En aquel tiempo, Jesús dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños”

En el Evangelio de hoy, y en tan entrañable pasaje, Jesús no está proclamando la ignorancia como una virtud, ni condenando el saber como un pecado de orgullo. 

El se sitúa más allá del plano moral y lo que revela es la gratuidad de la revelación de Dios: Dios se da a conocer preferentemente a los pequeños y despreciados de este mundo. 

Jesús bendice a Dios, por tanto, no simplemente porque oculta a unos y revela a otros, sino porque detrás de este actuar divino se intuye y se contempla el amor libre y gratuito de Dios por los hombres, especialmente por los pequeños del mundo, por los que padeciendo algún tipo de “carencia” son despreciados y olvidados. 

Jesús bendice al Padre porque muestra preferentemente su bondad y su amor a los hombres y mujeres más insignificantes del mundo.
                                         Vicente Montesinos

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