En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».




En el evangelio de hoy Jesús nos habla de amor, de amor y de amor. Para así, parecernos cada día más a Él, que ha de ser nuestro objetivo. 

Es fácil amar a quien nos ama, pero el Señor nos invita a ir más allá. Porque sino, ¿cuál va a ser nuestra recompensa? ¿Y en que nos vamos a diferenciar de quienes no siguen a Cristo?

Amar sin cálculo. Amar sin medida. Ahí está la perfección que buscamos. Y la podemos poner en práctica en el día día; en la vida ordinaria, en nuestros ambientes, nuestras familias, en nuestros trabajos. 
La medida del amor es amar sin medida. Hagamos de ello una práctica fecunda, y no solo una lectura meditada. 

Que el Espíritu santo nos asista en esta ardua tarea.

                          Vicente Montesinos

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