Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

El Espíritu Santo es nuestro “maestro interior” porque inspira, guía, acompaña, ilumina, fortalece, corrige, sostiene el permanente amor de Cristo en cada bautizado. 

Escuchar sus suaves inspiraciones es tarea constante del discípulo si no quiere ir por caminos equivocados. 

Es el discernimiento de la voz del Espíritu junto a las estridentes voces del espíritu humano; ambas están combatiendo dentro del hombre. 

Discernir es distinguir la auténtica acción del Espíritu Santo de aquellas otras voces que también ocupan nuestro interior.
Que tengamos un hermosa celebración en comunidad y el Espíritu Santo derrame sus dones en cada uno de nosotros para gloria de Dios y santificación de los hombres. 

¡Feliz Pentecostés! 

                                        Vicente Montesinos

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