LA PALABRA DE DIOS DEL DOMINGO: XVIII DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

 

 

 

 

Juan Donnet

 

 

XVIII DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

II clase, verde

Gloria, credo y prefacio de la Santísima Trinidad

 

 

Todos los cánticos de  la misa de este domingo están tomados de una antigua liturgia de dedicación y se refieren a una consagración de iglesia. Expresan la alegría del cristiano al poder venir a la casa del Señor a ofrecer la sola alabanza y el solo sacrificio dignos de él.

Ese perdón y de esa regaladísima paz, propia de la casa del Señor, -expresados en los cánticos de este día-, (Gr.) se goza en la santa Iglesia, debido al poder de las llaves que Cristo concedió a todos los sacerdotes en virtud del cual el sacerdote nos dice lo mismo que Jesús: «Perdonados te son tus pecados». Y, en efecto, por esa palabra sacramental quedamos libres de su peso, y curados además de nuestra espiritual parálisis (Ev.). Los nuevos ungidos del Señor serán también los encargados de predicarnos la doctrina salvadora de Cristo (Ep.), y de celebrar el Santo Sacrificio; preparando de esa manera a la humanidad para que pueda presentarse confiada ante el Supremo Juez de vivos y muertos (Ep.). Precisamente, durante estos últimos domingos, la Iglesia insistirá a menudo en el pensamiento de la venida de Jesucristo, cuando a imitación del señor de la parábola evangélica, volverá a pedirnos cuenta, de como hemos empleado el tesoro que un día nos confió para que negociáramos. Otros conceptos de la Epístola de hoy son para ser meditados, ¡Qué cuenta tan estrecha deberá rendir el cristiano, nadando como nada en un río de gracias! Y ¡cómo dilapidamos la rica herencia, cómo despreciamos las facilidades para salvamos, predicaciones, sacramentos!… Si se hubiesen dado a otros, ¿no hubiera sido mayor su fruto?


Para entender bien la liturgia de esta Domínica,  conviene recordar que en el Misal las Cuatro Témporas de Septiembre, destinadas no tan sólo a obtener la bendición de Dios sobre la Naturaleza, sino principalmente a la ordenación de nuevos suministros del Santuario. Por eso en el Salmo del Introito y del Gradual, vemos expresados los sentimientos más conmovedores de los que tienen la dicha de acercarse a la casa de Señor, al templo santo. Y como nada más propio de los ministros de Dios que el altar y los sacrificios, por ello el Ofertorio recuerda el altar y el sacrificio que Moisés ofreció al Señor en presencia de todo el pueblo después de su alianza con el Dios de Israel en el Sinaí. En la Colecta suplicamos la gracia de ser en todo agradables al Señor, y como esto no lo podemos alcanzar con solas nuestras fuerzas, por lo mismo imploremos la misericordia divina. Las gracias de que se alegra el Apóstol San Pablo en la Epístola hayan recibido los fieles de Corinto, pueden aplicarse a las del estado sacerdotal a que han sido elevados los nuevos presbíteros. La potestad de perdonar los pecados que han recibido los sacerdotes, nos la recuerda muy oportunamente el santo Evangelio al enseñarnos que Jesucristo tuvo y ejercitó esta divina potestad.

El mismo la comunicó después a los Apóstoles y a sus sucesores. (1)

 

 

TEXTOS DE LA SANTA MISA MISA

Introito. Eccli.36.18.- Dad, Señor, la paz a los que en Vos confían, para que se vea la veracidad de vuestros Profetas; oíd las oraciones de vuestro siervo y de vuestro pueblo Israel. Salmo. 121.1.- Me he alegrado en lo que me han dicho: iremos a la casa del Señor. Gloria al Padre…

Oración. Os rogamos, Señor, que la acción de vuestra misericordia dirija nuestros corazones; porque sin vuestra gracia no podemos agradaros. Por N.S.J.

Epístola. Col. 1,4-8. Hermanos: En mi Acción de Gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por Él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros, en el tribunal de Jesucristo Señor Nuestro.

Gradual. Sal. 121, 1 y 7. – Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor. Haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios.

Aleluya, aleluya. Sal. 101,16. Los pueblos temerán tu nombre, los reyes del mundo, tu gloria. Aleluya.

Evangelio. Mat. 9, 1-8. -En aquel tiempo subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. y le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Jesús, al ver la fe que tenía, dijo al paralítico: ¡Ánimo, hijo!, tus pecados quedan perdonados. A esto algunos de los letrados se dijeron: Éste blasfema. Pero Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestro corazón? ¿Qué es más fácil: decir «tus pecados quedan perdonados», o decir «levántate y anda»? Pues, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene en la tierra potestad para perdonar pecados dijo dirigiéndose al paralítico-: Levántate, coge tu camilla, y vete a tu casa. Y él, levantándose, se fue a su casa. El pueblo, al ver esto, quedó sobrecogido y glorificaba a Dios, que da tal potestad a los hombres.

Ofertorio. Éxod. 24, 4 y 5. – Consagró Moisés el altar al Señor, ofreciendo sobre él sacrificios e inmolando víctimas. Ofreció el sacrificio de la tarde para aplacar al Señor delante de todos los hijos de Israel.

Secreta.- Oh Dios, que nos habéis hecho participantes de vuestra sola y única Divinidad por medio de este sacr1flclo; os rogamos nos concedáis que, así como conocemos la verdad de vuestros dogmas, así vivamos santamente. Por N.S.J.

Prefacio de la Santísima Trinidad, En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no en la individualidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. Por lo cual, cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De suerte, que confe­sando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las personas, la unidad en la esencia, y la igualdad en la majestad, la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines, que no cesan de cantar a diario, diciendo a una voz. Santo…

Comunión. Ps. 95, 8-9. –Tomad ofrendas y entrad en su templo; adorad al Señor en su santa morada.

Poscomunión. -Os damos gracias, Señor, después de alimentarnos con vuestros sagrados dones; y suplicamos a vuestra misericordia que nos perfeccionéis con su par­ticipación. Por N.S.J.

 

TEXTOS DE LA MISA EN LATÍN: http://www.rosarychurch.net/latin/pent18.html

COMENTARIO

 

Como habitualmente, reproducimos el comentario del Padre Castellani; luego recopilamos citas de los Santos Padres sobre este Evangelio y luego haremos algunas consideraciones sobre temas que vemos como actuales.

 

COMENTARIO DEL PADRE CASTELLANI

DOMINGO DECIMOCTAVO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS [Mt 9, 1-8] Mc 2, 1-12 En la curación del paralítico de Cafarnaúm verificada en Galilea, en el fin del primer año, hace Cristo la primera afirmación implicim de su Divinidad; no es extraño que este suceso lo relaten los tres Sinópticos, resumido Mateo (IX, 1) y con más pormenores Marcos y Lucas. Es muy importante. ¿Por qué hizo una afirmación solamente implícita? Es obvio que así había de ser. Cristo no podía subirse a una cátedra y proclamar. “Miradme: yo soy Dios.” Lo hubiesen tenido por loco y nadie lo hubiese creído; y lo que es peor, algunos lo hubiesen creído… mal. La mitología pagana estaba llena de dioses que bajaban disfrazados a la tierra para sus hazañas no muy pulcras: para seducir mujeres o vengarse de sus enemigos, que eran los milagros que hacían Júpiter, Juno o Apolo. Los gentiles narraban eso; y los hebreos luchaban contra eso. Por eso quizá se asustó un poco el idólatra Pilato –no lo bastante– cuando los acusadores de Cristo le gritaron: “Éste dice que es Hijo de Dios.” En los Actos de los Apóstoles leemos que a Pablo y a Bernabé los quisieron adorar como dioses los habitantes de Listra en Licaonia después del milagro del hombre cojo. Salió el sacerdote de Júpiter con un toro para hacerles un sacrificio, de lo cual se indignaron grandemente los dos judíos; a los cuales los habitantes de esa pequeña ciudad griega tomaron por Júpiter y Mercurio: por Júpiter a Bernabé, que era grandote; y por Mercurio a San Pablo, que llevaba la palabra. Así pues, si Cristo hubiera dicho rotundamente desde el principio que era Dios, lo hubiesen tenido por idólatra y pagano. Tenía que revelar un misterio absoluto, algo increíble e incomprensible; y por eso su revelación tenía que ser progresiva y cauta; como dice muy bien Grandmaison, “pedagógica”. Después de la primera Pascua que celebró en Jerusalén en marzo del año 30 –de nuestra cronología: 36 ó 37 en realidad de verdad– y de unos ocho meses que pasó en Judea, se trasladó Jesús a Galilea después de la muerte del Bautista (a esto llaman la “Primera Misión Galilea”) por Caná, Nazareth, Cafarnaúm, y después por toda la comarca que rodea el Lago de Genesareth. En Cafarnaúm sobre el Lago tuvo lugar este milagro, así como otros muchos; era para Cristo la hermosa ciudad ribereña una especie de centro de operaciones. Allí se habían trasladado su madre y sus parientes, vendido el pequeño taller de San José. Multitud de gente de todas partes le seguían; entre ellos muchos fariseos, cuya hostilidad ya se había despertado; y probablemente estaba en la casa de uno de ellos, invitado a comer; pues dice Lucas que estaba aquello lleno de “doctores de la ley”. Algunos fariseos invitaban a comer a Cristo, lo cual está muy bien. Pero no siempre con buena intención: era rutina, curiosidad o malicia, más bien que amistad. La muchedumbre se apiñaba de tal manera delante de la casa, que tapaba la puerta; y los buenos vecinos que querían hacer curar a un paralítico, traído en una camilla, no podían entrar. En vez de decir: “no hay nada que hacer” y marcharse con su carga viva, dieron vuelta a la casa, subieron por el gallinero a la terraza, levantaron el techo –es posible que haya habido allí una abertura o trampa– y descolgaron al muerto con camilla y todo por medio de cuerdas –digo, al muerto de miedo– plantándolo delante del Taumaturgo; con lo cual se frotaron las manos y dijeron. “Hemos cumplido.” No le debe haber hecho mucha gracia al dueño de la casa. Confianzudos se pueden llamar éstos realmente. Muestra la excitación que rodeaba por entonces la persona de Cristo. La comarca pastoril y campesina estaba como fuera de sí. “Ánimo, hijo, te perdono tus pecados.” No esperaban oír eso. Un sobresalto corrió por la corona, quizás gestos de asombro o murmullos. “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?”, dijo Cristo volviéndose a los circunstantes. En efecto, pensaban: “Este blasfema. Nadie puede perdonar pecados sino Dios.” No pensaban mal en eso último, porque es verdad; pero hacían mal en juzgar ligeramente blasfemo a un hombre santo. “¿Qué es más fácil decir: Te perdono tus pecados, o decir: Levántate y anda?”. Decirlo es igualmente fácil; la cuestión es hacerlo. “Pues bien, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados [se volvió al inválido y dijo], tú levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Así lo hizo el favorecido, el cual pacatamente, en vez de salir corriendo, se llevó su sofácama a cuestas, como le mandaron: porque hoy día los muebles están caros. Los que casi salieron corriendo fueron los de afuera al verlo: “Llenos de temor decían: hemos visto lo increíble.” Esa afirmación nunca se había dado sobre la tierra: “yo puedo perdonar los pecados”. Jamás los hebreos habían soñado –ni ningún otro pueblo del mundo a osadas– que un hombre pudiese condonar las deudas del hombre con Dios; porque en realidad nadie puede, sino el Hijo del Hombre, y a quien El quisiere delegarlo. Este milagro es el preludio de la institución del sacramento de la Confesión. Los hebreos celebraban cada ano la fiesta de la Expiación “el día diez del séptimo mes”, que ellos llaman Etaním o Tishri. Mataban un novillo por el Pecado y un carnero en Holocausto, o sea en adoración de Dios; y tomando un macho cabrío, Aarón (el sacerdote) le gritaba en voz alta sus pecados y los pecados del pueblo, cargándoselos al pobre “cabrón emisario”. Después un hombre lo llevaba al desierto y lo abandonaba con una patada; y a la vuelta tenía que cambiarse los vestidos, quemarlos y lavarse el cuerpo. El rito tal como está en el Levítico, XVI, es terrible, lleno de sangre y fuego: el sacerdote debía hundir sus manos en la sangre del novillo y untar con ella por todo los dos cuernos del altar; y los restos quemarlos todos, hasta los excrementos. El pueblo empeoró el rito, no llevando el chivo emisario al desierto, sino a un precipicio; y precipitándolo con grandes insultos y alaridos. Todo esto para significar el apestamiento del pecado, su asquerosidad, y una especie de rudo arrepentimiento. Pero si los pecados así acusados “quedaban perdonados” o no eso nadie lo podía decir, fuera de Dios. Entre los romanos se llamaba culpa al pecado grave y peccatum a cualquier tropiezo que fuese, por ejemplo pecar contra la gramática: peccare significa en latín “tropezar”: pede cadera. Sólo los hebreos y los cristianos vieron el pecado en relación con Dios. Entre los paganos se pecaba contra el hombre, contra la sociedad, en último caso contra el Destino o Fatum, no contra Dios… ¿contra qué Dios, señor mío, si los dioses de ellos eran más inicuos y corrompidos que los hombres? Pero el pecado es tan temible porque es una relación con Dios; va contra el autor del orden universal; y lo que es peor, del orden sobrenatural o adopción divina, que ya hemos explicado. Herimos a Dios: “contristamos al Espíritu Santo en nosotros”. El pecado es el objeto de la religión, porque es la primera relación y la más universal, del hombre con Dios. El primer nombre nuestro con respecto a Dios es pecador. El decir “yo no tengo ningún conflicto con Dios” es declararse hombre irreligioso. La peor herejía de nuestros tiempos es la supresión –supuesta– del pecado. Ahí tienen una obra célebre en nuestros tiempos, la novela de ochocientas páginas De aquí a la Eternidad de James Jones, que escandalizó a Norteamérica y de la cual hicieron una cinta. Es un gran fresco muy verídico y minucioso del ejército norteamericano en tiempo de paz, en Hawai, antes del desastre de Pearl-Harbour: “our brave boys”. Un montón de hombres sometidos a una disciplina rígida: bravos, sufridos, altivos, estoicos: una sociedad pagana. Allí se ha suprimido el pecado contra Dios: se peca contra el Reglamento o contra el Camarada o contra el Superior, o contra la Patria. Se ha echado fuera el pecado cristiano; y por tanto todo el Cristianismo. El Pecado retorna en forma de verdadero horror, que sobrecarga el alma: hizo bien el intendente de Buenos Aires al prohibir hace poco su traducción. No se puede dar una idea sin leer el enorme libro de lo que es eso. El indiferentismo religioso dice: Uno se pueda salvar fuera de la Iglesia, primero. Luego dice: Todas las religiones son buenas. Después dice: Todas las religiones son nulas: que es justamente la conclusión de James Jones hacia el final de su encuesta. Finalmente dice: No hay pecada; y en este grado el indiferentismo es la cumbre de la irreligiosidad. Suprimid el pecado, la religión queda eliminada por la base. El hombre que está en pecado es un paralítico. Jesucristo escogió bien su ejemplo. Ni siquiera puede ir por sus propios pies a los pies del Salvador para ser salvado. Hay que agarrarlo entre cuatro, llevarlo en andas, alzarlo y romper un techo; y descargarlo con una cabria. “Y viendo la fe de ellos” –dice el Evangelio– se enterneció Jesús. Es necesario para eso una enorme fe, principio del perdón de los pecados11 Ni por la sangre de cabrones y burros – Y la aspersión de cenizas de la vaca – Realizada la Redención Eterna – Entró de una vez en el Santuario. Porque si la sangre de cabrones y novillos – Y la aspersión de las cenizas de la vaca Purifica a los inmundos – Con la pureza de la carne. Cuánto más la sangre de Cristo – Ofrecido él mismo a sí mismo por el Espíritu Eterno -Inmaculado a Dios – Purificará nuestras conciencias de las obras muertas – ¡para servir al Dios vivo! Por esto es Mediador de la Nueva Alianza – Por su muerte – Para redención de las culpas hechas bajo la Otra Alianza – Que reciban los que han sido llamados – Las Promesas de la Alianza Eterna” (San Pablo, Epístola a los Hebreos, IX, 11)..Hasta acá Castellani. (2)

 

SANTOS PADRES

 Evangelio según san Mateo, 9:1-8 

 

Subió Jesús en una barquilla, atravesó el lago y llegó a la ciudad. Presentáronle aquí a un hombre paralítico postrado en cama: y Jesús al verle, le dijo: «confía, hijo, tus pecados te son perdonados». Entonces algunos de los fariseos dijeron en su interior: «este hombre blasfema». Y como viese Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué cosa es más fácil decir, te son perdonados tus pecados, o levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, dijo entonces al paralítico: levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa». Y se levantó y se fue a su casa. Las turbas al ver este prodigio, se llenaron de temor y dieron gracias a Dios, que dio tal poder a los hombres. (vv. 1-8)

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1

Cristo manifestó su poder a través de la enseñanza. El dejó consignado que tenía poder de muchas maneras. Mediante el leproso, cuando le dijo: «quiero, sé sano». Por medio del Centurión, cuando le dijo a Jesús: «di una sola palabra y mi siervo quedará sano». Por medio del mar, que con sólo una palabra calmó. Por medio de los demonios que lo confesaron. Finalmente, de un modo más grande, cuando obligó a sus enemigos a confesar que Jesús era igual al Padre en dignidad. Y para demostrar más aún su poder, continúa: «Y subiendo Jesús en la navecilla, atravesó el lago y llegó a la ciudad». Podía Jesús atravesar el mar a pie y sin embargo lo atraviesa en una navecilla, a fin de que sus milagros continuos no pusieran en duda la verdad de su Encarnación.

Crisólogo, sermón 50

El Creador de todas las cosas, el Señor de toda la tierra, desde el momento en que por nosotros se encerró en los límites de nuestra propia carne, tomó una patria entre los hombres, se hizo ciudadano de una ciudad de Judea, tuvo padres, a pesar de ser el Padre de todos los padres. Todo con el objeto de atraer por la caridad a todos aquellos que se habían alejado de El por el temor.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1

Llama aquí el evangelista a Cafarnaúm la ciudad propia de Jesús. Porque Belén fue la ciudad de su nacimiento, Nazaret aquella donde se crió y Cafarnaúm su residencia habitual.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,25

Si la ciudad que San Mateo llama ciudad del Señor y San Marcos dice que es Cafarnaúm San Mateo dijera que era Nazaret, se presentaría una especie de contradicción o dificultad de difícil solución. Pero aun así, no habría tal dificultad, porque así como la extensión del imperio romano, compuesto de regiones muy diversas, está comprendida y se designa con la palabra ciudad romana, la misma Galilea se puede llamar ciudad de Cristo, porque en ella está situada Nazareth. ¿Y quién dudaría que está bien dicho afirmar que Jesús, al venir a Galilea, vino a su ciudad, aun cuando hubiera ido a cualquier ciudad situada en Galilea? Tanto más, cuanto que Cafarnaúm 1 era población principal y como una urbe Galilea.

San Jerónimo

Por las palabras su ciudad debe entenderse la ciudad de Nazaret y de aquí el nombre de Nazareno, que se dio a Jesús.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,25

Según esta interpretación no podemos menos que admitir que San Mateo omitió todas las cosas que Jesús hizo en su ciudad y sólo da principio a la narración desde que Jesús llegó a Cafarnaúm, por la curación del paralítico. En efecto, con frecuencia suelen omitirse muchos hechos intermedios y tomar como punto de partida de la narración un hecho que está enlazado con otros anteriores, aunque sin marcar su enlace o transición. Un ejemplo de esta manera de escribir lo tenemos en el pasaje del evangelista: «Y le presentaron un paralítico postrado en cama».

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1

El paralítico de que se trata aquí, no es el paralítico de que habla San Juan (cap. 5). Este, en efecto, estaba en la piscina y el primero en Cafarnaúm; el paralítico del que habla San Juan no tenía criados y el paralítico del que aquí hablamos tenía personas que le cuidaban y le condujeron a Jesús.

San Jerónimo

Le condujeron postrado en cama, porque le era imposible andar.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1

No siempre exigió Jesús la fe a los enfermos, por ejemplo, a los locos o a los de otra manera imposibilitados por la enfermedad. Por eso se dice en el Evangelio: «Al ver Jesús la fe de aquellos».

San Jerónimo

No del que era presentado, sino de los que le presentaban.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1

O también: era grande la fe de este enfermo, porque si él no hubiera creído no se hubiera dejado bajar por el boquete del techo, según expresión de otro evangelista ( Mc 2,1-11 y Lc 5,17-18).

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1

Jesús hizo brillar su gran poder, perdonando los pecados ante una gran fe. Por eso dijo al paralítico: «Confía, hijo, tus pecados están perdonados».

Juan Epíscopo

¡Tanto la fe personal, cuanto la de otros valen para Dios, a fin de salvar el interior y el exterior del hombre! Escucha el paralítico su perdón, se calla y no da las gracias a Jesús, porque se cuidaba más del cuerpo que de su espíritu. Por esta razón advirtió Jesús la fe de los que conducían al paralítico y no la mezquindad de éste.

San Jerónimo

¡Oh admirable humildad! Jesús llama hijo al que se encuentra despreciado, sin fuerzas y con los miembros dislocados, al que hasta los mismos sacerdotes se desdeñaban tocar. Y con razón le llama hijo, porque le están perdonados los pecados.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1

Los escribas, al tratar de difamar a Jesús, contribuyeron, a pesar suyo, a hacer brillar con su envidia el prodigio de Jesús, que se valió de la misma hipocresía de los escribas para hacer resaltar más el milagro del paralítico. Propio es de la infinita sabiduría de Cristo valerse de sus mismos enemigos para hacer patente su poder. Por eso dice: «He aquí que algunos de los escribas dijeron en su interior: Este blasfema».

San Jerónimo

Se lee en el profeta: Yo soy el que borro todas vuestras maldades ( Is 43,25). Apoyados en estas palabras los escribas, que miraban a Jesús como a un simple hombre y no comprendían las palabras de Dios, acusaron a Jesús del crimen de blasfemia. Pero Jesús, que comprendía sus pensamientos se muestra como Dios y les dirige las siguientes palabras, que traducen perfectamente su silencio: Con el mismo poder con que penetro vuestros pensamientos puedo perdonar a los hombres sus maldades; comprended ahora cuanto hice con el paralítico. De aquí se deduce como consecuencia lo que dijo Jesús, que al ver las intenciones de los escribas, exclamó: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?»

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,1

Jesús no destruyó las sospechas de los fariseos que pensaban que sus palabras las había dicho realmente como Dios. Si El no fuera igual al Padre hubiera dicho: «estoy muy lejos de tener poder para perdonar los pecados». Pero no es así, sino que afirma todo lo contrario con sus palabras y sus milagros. Por eso añade: «¿qué es más fácil decir: te son perdonados tus pecados o levántate y anda?» Así como el espíritu es más importante que el cuerpo, así también es más importante perdonar los pecados que sanar el cuerpo. Y arguye más poder a la salud del espíritu que a la del cuerpo puesto que este último es más visible y más reducido el círculo de sus operaciones y el espíritu es menos visible y sus operaciones más elevadas.

San Jerónimo

Sólo el que podía perdonar los pecados, puede saber si efectivamente el paralítico quedó perdonado. Tanto el que andaba como los que le veían andar, pueden dar testimonio de las palabras: «Levántate y anda». Aunque el poder de sanar el cuerpo y el de perdonar los pecados sea realmente uno mismo, sin embargo, entre el decir y el hacer hay gran diferencia. El milagro, que se verifica en el cuerpo, no es más que un símbolo del que se opera en el espíritu. Por eso se lee: a fin de que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra de perdonar los pecados.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,2

Jesús no dijo al paralítico: te perdono los pecados, sino tus pecados te son perdonados. Pero, al resistirse los fariseos a creer en El, Jesús les presentó su gran poder, diciéndoles que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados y, por consiguiente, que era igual al Padre. Puesto que el Hijo del hombre no necesitaba del poder de otro para perdonar los pecados, los perdonaba con el suyo propio.

Glosa

Las palabras «para que sepáis» pueden ser de Cristo, o del evangelista; como si el evangelista dijera: los mismos (los fariseos) dudaban que él (Jesús) perdonase los pecados; «pues a fin de que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados, dice al paralítico». Si se supone, por el contrario, que fueron dichas por Cristo, entonces el sentido es éste: vosotros dudáis que yo puedo perdonar los pecados; pues a fin de que sepáis que el Hijo del hombre, etc. Pero esta última oración está incompleta. Sin embargo el hecho está, porque lo que falta está sobreentendido y viene a ser como consecuencia de estas palabras: «dijo Jesús al paralítico: levántate y toma tu lecho».

Juan Epíscopo

A fin de que el testimonio de su enfermedad sirviera de argumento de su salud, dice al paralítico: marcha a tu casa, para que alcanzando la salud por la fe en Cristo no perseverara en la perversidad de los judíos.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 29,3

Le da este mandato para que no se tenga por una simple ilusión lo que con él acababa de acontecer. Por eso añade: Y se levantó y se marchó a su casa, cuyas palabras demuestran la verdad del milagro. Sin embargo, los hombres que presenciaron este hecho no le daban la verdadera interpretación. Por eso dice: «y al ver esto las turbas», etc. Porque si la idea que tenían de Jesús hubiera sido la verdadera, hubieran comprendido que era Hijo de Dios. Ellos no quisieron creer que Jesús era superior a todos los hombres y que era Hijo de Dios.

San Hilario, in Matthaeum, 8

Jesús, en sentido místico, lanzado de la Judea, regresa a su ciudad. La ciudad de Dios es la reunión de los fieles y Jesucristo entró en esta ciudad conducido por la nave, es decir, por su Iglesia.

Juan Epíscopo

No necesitó Cristo de la nave, sino que la nave necesita de Cristo porque jamás sin un piloto divino hubiera podido la nave de la Iglesia arribar al puerto del cielo.

San Hilario, in Matthaeum, 8

En el paralítico están representadas todas las gentes que necesitan presentarse al médico para curarse por el ministerio de los ángeles. Son llamadas hijos, porque son obra de Dios y se les perdonan los pecados que la ley no podía perdonar, porque la fe justifica. Luego presenta la figura de la resurrección y nos dice que retirado el lecho, el cuerpo queda sin ninguna enfermedad.

San Jerónimo

En sentido figurado, se dice con frecuencia que el alma que no obra sobre el cuerpo por haber perdido todas sus virtudes, se presenta al Señor, doctor perfecto, para que la cure.

San Ambrosio, in Lucam, 5

Debe presentar a todo enfermo quien se interese por alcanzar su salud, reformar los malos pasos de su conducta con la palabra divina, dar buenos consejos a la mente y a pesar de tener la endeble cubierta exterior del cuerpo elevarla a las cosas sublimes.

Juan Epíscopo

No busca el Señor en este mundo la voluntad de los insensatos sino que mira la fe de los otros, así como el médico no hace caso de lo que quiere el enfermo y atiende sólo a lo que exige la enfermedad.

Rábano

El levantarse significa la abstracción completa del espíritu de los deseos carnales: el tomar su lecho la separación del espíritu de las aspiraciones terrenales para convertirlas en espirituales; el ir a su casa, volver al paraíso o a la vigilancia sobre sí mismo para no caer en pecado.

San Gregorio Magno, Moralia, 23

El lecho significa los placeres de los sentidos, por eso se manda que el que está sano cargue con todo aquello en que permaneció cuando estuvo enfermo. Porque sólo el que se recrea en los vicios sigue enfermo con los placeres de la carne. Pero este que sanó, luego padece las afrentas de aquella misma carne, en cuyos placeres descansaba antes.

San Hilario, in Matthaeum, 8

Al ver esto las turbas se llenaron de temor; la causa de este gran temor, no era otra que el morir antes de obtener de Cristo el perdón de los pecados, sin el cual nadie puede entrar en la mansión eterna. Luego que cesó este temor glorificaron a Dios, que por medio de su Palabra dio a los hombres el poder de perdonar los pecados, de resucitar los cuerpos y de volver al cielo.

 

EL PORTENTO DE PERDONAR PECADOS

Jesús ha curado muchos enfermos en su vida pública y varios de estos constan en los Evangelios. No a todos los trata de la misma manera. Los hombres son diferentes entre sí y su actitud hacia Dios, y sus pecados, sus apegos malsanos a sí mismos y al mundo son distintos. Pero vamos a circunscribirnos a aquellos en los que gravita el pecado; es nombrado el pecado por Cristo. Al de la piscina donde se agitaban las aguas y el enfermo hacía treinta y ocho años que estaba postrado y no podía entrar a la pileta curativa porque otros iban antes que él, luego de curarlo, diciéndolo simplemente: Toma tu camilla y anda; y al estar aquel ingrato curado en diálogo no santo con los fariseos, Jesús le advierte: Oye, no peques mas, no sea que te suceda algo peor todavía….

Al leproso que le pide con fe: Si quieres puedes limpiarme! Jesús le responde: Quiero; queda limpio; y queda curado. La lepra simbolizaba la impureza y el pecado, por eso el enfermo y Cristo mismo utilizan el término LIMPIAR, que va mas allá de la sacar la suciedad física de la lepra; es sinónimo de purificación espiritual. Pero al paralítico de este Evangelio de hoy, lo cura viendo la fe de sus amigos, que representan la Iglesia: la que pone al enfermo pecador ante el Señor para su sanación. No es la Fe del paralítico, sino la de sus amigos, lo que lleva al señor a hacer el milagro. Ese es un importante tema lateral a la curación. Pero exclusivamente aquí, precede la curación con el perdón de los pecados: Animo hijo! tus pecados te son perdonados. Y luego de discutir con los fariseos termina con aquello de: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. La camilla, su lecho de tortura, su cárcel, es llevada por el pecador curado como signo de triunfo, igual que de la piscina de Siloé.

Jesús ha mostrado de muchas maneras su Divinidad. Leyendo pensamientos ocultos de los corazones; curando enfermos, resucitando muertos, expulsando al demonio, calmando la tempestad, caminando sobre las aguas….Prueba que es Dios por su poder sobre la enfermedad, la muerte, el Demonio y la Naturaleza. Pero acá, en este episodio, prueba su Divinidad -no rebate la afirmación de los fariseos de que solo Dios puede perdonar pecados, porque es verdad- prueba su Divinidad decíamos, perdonando pecados. Y cierra el círculo de manifestación de poder.

Jesús presente en la Misa; Jesús Sacramentado es el Portento de los portentos.
Quizás, después de él, el portento mas grande no es el paso del Mar Rojo, ni la detención del Sol por Josué, ni el derrumbe de las paredes de Jericó; ni la expulsión del Demonio de los poseídos, ni la resurrección del hijo de la viuda de Naím, o la de Lázaro (pregunto en estos últimos caso): quizás el portento mas grande es el perdón de los pecados graves; esos que separan al hombre de Dios.

Ese poder de Cristo que lo tenemos a la mano en el Sacramento de la Confesión, hoy devaluado no solo en la cultura de Occidente, sino en la iglesia (o esa estructura que otrora fue la de la Iglesia Católica); Sacramento que se llega a creer innecesario sencillamente porque se ha perdido la conciencia de Pecado. Incluso en documentos y exhortaciones verbales del actual pontífice, que llega afirmar ambigua, confusa, extrañamente, que el confesionario no es una cámara de torturas; que el adulterio -manifestado en los divorciados vueltos a casar, y analizado en Amoris Laetitia- no es pecado grave, se nota esta pérdida de respeto al Sacramento de la Confesión. Devaluación que se extiende a gran parte de la jerarquía y ciertamente la masa de bautizados.

Viviendo la relación con Dios en serio, con los Sacramentos bien vividos; conociendo la Fe en la Escritura, vivida por la Tradición e interpretada por el Magisterio bimilenarios, deberíamos recobrar la conciencia de Pecado, y a la vez la de la importancia del portento mas impresionante: El Sacramento de la Confesión. La Misericordia verdadera de Dios que perdona pecados, cuando hay Fe verdadera, aunque sea mas en la Iglesia que en el fiel, siempre que este tenga una humilde y sincera disposición de entrega al Señor como el paralítico, al que Jesús llama «hijo», manifestando así de alguna manera la docilidad del pecador, mas allá de su indigencia espiritual.

El hombre después del Pecado de Adán, queda separado de Dios, objeto de su ira y en manos del Enemigo, el Diablo. Cristo vuelve a unir al hombre con Dios, pagando en su Pasión y Muerte el precio que todos debíamos a Dios. El nos vuelve a unir a Dios: re-ligare. Nos vuelve a unir con Culto Público, Sacramentos: Bautismo, que exorcisa y perdona pecados; luego Confesión, que perdona los pecados después del Bautismo; Eucaristía, que es participar en el hacerse presente incruentamente el Sacrificio del Calvario de Cristo renovando nuestra Redención. También la Extremaunción perdona pecados. Por eso es una absoluta estupidez aquello de que Cristo no trae religión….

Ese es el portento de Cristo que debemos alabar hoy y durante toda la Eternidad: Su sacrificio redentor por la cual nos vuelve a unir con Dios, y el perdón de los pecados personales a cada uno de nosotros por los Sacramentos.

Digamos para finalizar que el Sacrificio de Cristo en la Cruz por el cual paga nuestros pecados, no es aceptado por el progremodernismo estulto y maligno que campea desde hace mas de medio siglo en la teología y la fe de los bautizados -e incluso campea en los Seminarios sacerdotales y catequísticos- ; sino que su muerte en la cruz se explica con cuestiones naturales, humanas, y hasta se llega a atribuirle a Él cierto fanatismo fanático de no haber sabido hacer diplomacia con Caifás, Herodes y Pilatos; diplomacia y contubernio con el Mal que si saben hacer ellos, los progremodernistas. Por esto hoy la Iglesia está como está calamitosamente en crisis.

Pero el Señor es el Señor y restablecerá a su Iglesia en el perdón de los pecados a sus miembros fieles, purificándola de escoria de traidores, y la dejará blanca y refulgente para su Parusía.

 

NOTAS:

1.https://rinconliturgico.blogspot.com/2016/09/xviii-domingo-despues-de-pentecostes.html

2. https://radiocristiandad.files.wordpress.com/2017/12/re-a124-el-evangelio-de-jesucristo-pe-castellani.pdf

 

 

 

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Categorías:LA PALABRA DE DIOS DEL DOMINGO

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1 respuesta

  1. Y a aquellos que tienen devaluado el sacramento de la confesión se suman los que lo valoran pero no les explican que al confesarse sin verdadero propósito de enmienda cometen sacrilegio, o los que predican que cuantas más veces te confieses más fuerza da para no volver a caer lo cual es una tremenda mentira pues no aclaran la necesidad de odiar el pecado dominante para tener verdadera intención de no volver a cometerlo, me consta de ver gente que sigue empantanada buscando con avidez confesarse sin obtener frutos por seguir ese consejo.

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