Vicente Montesinos

 

 

 

 

Ya hemos hablado de la Conferencia de Roma del pasado 7 de abril y hemos podido leer un texto que, si hubiera emanado del Santo Padre, hubiera sido un bálsamo para nuestros castigados oídos. ¡Así es como se aclaran las dubia y se pone fin a la confusión! No hace falta más. ¡Esto necesitamos!, y no tanta llamada a la “santidad de la misericorditis”, al alcance de todos, menos de los católicos fieles (rígidos, pelagianos y pepinillos en vinagre)

Por si alguien no ha leído todavía la declaración final de la Conferencia, se la adjuntamos aquí:

 

Declaración final de la Conferencia de Roma del 7 de abril de 2018 (imperdible)

 

Lo que no ha trascendido con tanta profusión son las ponencias individuales previas a la mencionada declaración final, y entre ellas quiero hacer especial mención a la del cardenal Leo Burke, por su contribución al constante debate sobre el actual pontificado.

Y es que el Cardenal Burke trató sin reparo el famoso asunto de la “plenitudo potestatis“, es decir, el alcance los supuestos plenos poderes del Santo Padre. Un asunto sobre el que es absolutamente necesario echar luz; en el Pontificado de la papolatría, en el cual cualquier cosa que diga el Papa Francisco es tomada como Palabra de Dios, independientemente de donde, como y en calidad de que lo diga.

Burke, argumentando su alocución en las Sagradas Escrituras, en la sana doctrina, y en las enseñanzas de los teólogos y los canonistas, explico claramente que la llamada “plenitudo potestatis” no es una carta blanca que posee el Romano Pontífice para modificar a su antojo la constitución o el Magisterio de la Iglesia, sino que únicamente se configura (y no es poco) como un poder discrecional de gobierno para mantener la plena fidelidad de la Iglesia a lo que Jesucristo le encomendó. De esta forma, todo poder otorgado por Cristo a su Iglesia tiene por objeto cumplir los fines que Cristo estableció, y no contradecirlos. Así de sencillo.

Lo que ha venido a explicar Burke, con abundancia de argumentos, es que el Papa no es el dueño de la fe, sino el máximo depositario de la misma, como cabeza de la Iglesia, y debe guardar y cuidar ese depósito como la principal de sus funciones.

No es por tanto ajeno a la doctrina que todo acto del Papa in quantum homo que sea de por sí herético o pecaminoso, socava los cimientos de la Iglesia, y es por tanto nulo.

Por lo que se refiere a corregir a un pontífice que abusara de su plenitud de poderes, el cardenal Burke invocó una gran abundancia de textos teológicos al respecto, y en particular el tratado De Romano Pontífice, de San Roberto Belarmino.

«Por el momento –decía–, podemos afirmar que, como demuestra la historia, es posible que el Romano Pontífice, en el ejercicio de la plenitud de poderes, incurra en herejía o en incumplimiento de su principal obligación de salvaguardar y promover la unidad de la fe, del culto y de la disciplina.»

Ahora bien, dado que el Papa no puede someterse a un proceso judicial, según el principio de Prima Sedis a nemine judicatur (nadie puede juzgar a la primera Sede), ¿qué es lo que se debe de hacer? Burke lo deja claro: «Una respuesta breve y preliminar, basada en el derecho natural, los Evangelios y la tradición canónica, aconsejaría proceder en dos etapas: primero, la corrección del presunto error o dejación de funciones iría dirigida al Sumo Pontífice. Luego, si persistiese en el error o no respondiese, se procedería a hacer una declaración pública.» ¿Les suena?

Cristo mismo nos ha enseñado el método de la corrección fraterna, que se aplica a todos los miembros de su Cuerpo Místico (Mt. 18, 15-17). Y gran ejemplo del mismo, y nunca mejor traído que ahora, es la corrección fraterna de San Pablo a San Pedro cuando este último no quiso reconocer la libertad de los cristianos ante ciertas normas rituales de la fe judaica (Gál. 2, 11,12).

Además,  el canon 212 del Código de Derecho Canónico de 1983 señala la obligación de seguir «por obediencia cristiana, todo aquello que los pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, declaran como maestros de la fe o establecen como rectores de la Iglesia», pero de igual modo, se declara en dicho Canon el derecho y deber de los fieles «de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores, y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas».

Como señaló el Cardenal, “los poderes del Papa se los ha conferido el propio Dios, luego están limitados por el derecho natural y el derecho divino, son expresiones de la verdad y la bondad eterna e inmutable que proceden de Dios, y han sido plenamente reveladas en Cristo y transmitidas de modo ininterrumpido por la Iglesia. Por tanto, toda expresión de la doctrina o de la praxis que no se ajuste a la divina Revelación, contenida en las Sagradas Escrituras y la Tradición de la Iglesia, no puede ajustarse a un ejercicio auténtico del ministerio apostólico o petrino, y debe ser rechazada por los fieles.”

Tras evocar las palabras de San Pablo, «aunque nosotros, o un ángel del Cielo, os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gál. 1, 6-8), el cardenal declaró: «Como católicos devotos, debemos enseñar y defender siempre la plenitud de poderes que Cristo quiso conferir a su Vicario en la Tierra. Pero al mismo tiempo debemos enseñar y defender ese poder dentro de las enseñanzas de la Iglesia y la defensa de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, que es un cuerpo orgánico de origen divino y vida divina.»

Así pues, no hay duda alguna al respecto, por más que nos quieran vender que el Papa tiene el mismo poder que Cristo. Porque eso es una herejía. Y es que, como se fijó ya en el Decreto de Graciano:  «Ningún mortal debe tener la audacia de reprender a un papa con motivo de sus defectos, porque quien tiene el deber de juzgar a todos los hombres no puede ser juzgado por nadie, a menos que tenga que ser llamado al orden por haberse desviado de la fe; por cuyo perpetuo bien todos los fieles ruegan con insistencia al tiempo que le advierten que su salvación depende en tanta mayor medida de su integridad» (Decretum, 1a, dist. 40, c. 6, Si papa).

¿Alguna duda dejan las palabras del Cardenal? Creo que las entiende hasta un niño de 4 años… Entonces… ¿qué sucede con tantos miles de católicos, sacerdotes, obispos y cardenales?

Espero ansioso una sola réplica fundamentada. Una sola desautorización que demuestre que Burke se equivoca.

Espero…

 

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