Vicente Montesinos

En negrita y cursiva les comparto el artículo publicado en el Diario La Razón el pasado 21 de marzo por el Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio Cardenal Cañizares Llovera, Arzobispo de Valencia.

 

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El día de San José se ha cumplido el quinto aniversario del inicio «oficial» del pontificado del Papa Francisco, elegido por Dios, con la mediación de los cardenales, como sucesor del Papa Benedicto XVI en la Sede de Pedro, con quien ha mostrado una continuidad total querida por Dios, que es quien, en definitiva, lleva la Iglesia y nunca la abandona, y, no lo olvidemos, elige el Papa que la Iglesia y el mundo necesitan.

Damos gracias a Dios por este don que está siendo para la Iglesia y para la humanidad entera el Papa Francisco, Papa, como él mismo dijo, venido «del fin del mundo», de las «periferias» de la tierra, a las que la Iglesia –todos sus hijos– ha de llegar, hemos de llegar, con el Evangelio, «el gozo o la alegría del Evangelio», para usar el título de su exhortación apostólica [Evangelii Gaudium], tan luminosa e iluminadora como programa de la Iglesia para el momento presente y los próximos años.

Veo en sus palabras, en una conversación privada antes del cónclave, y en el nombre elegido por él para su pontificado –Francisco– la clave de interpretación, luz que ilumina su actuar. Es un hecho: las gentes, particularmente los sencillos y limpios de corazón, los pobres y los que sufren, desde el primer momento lo recibieron y acogieron con gran alborozo, con ese gozo que es el anuncio, la llegada, la presencia del Evangelio, de la Buena Noticia que los hombres, especialmente los pobres y necesitados esperan. Una gran corriente de esperanza, sin ninguna exageración, se ha despertado por doquier. ¡Cuántas veces nos ha urgido: «No os dejéis robar la esperanza»!

Todo está siendo muy revelador de que, en verdad, lo que Dios quiere en este pontificado es abrir a la esperanza a los hombres contemporáneos, «capaces de lo mejor y de lo peor», que se abran a una esperanza grande y nueva, la única que puede saciar sus corazones insatisfechos. Es lo que el Papa está haciendo. Sus viajes y sus signos están siendo muy elocuentes en este sentido del Evangelio de la misericordia y de que los pobres están siendo evangelizados.

Ahí tenemos, desde el comienzo, el conmovedor y relámpago viaje a Lampedusa; o su visita a Asís, con todo lo que evoca la figura del Poverello de Asís, San Francisco, especialmente conmovedor en aquel encuentro con los más pobres; o su gran apelación ante el conflicto de Siria; o su viaje a Río de Janeiro en Brasil con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, de los más necesitados de misericordia y más heridos de hoy, aunque parezca lo contrario, ante los que no podemos pasar de largo como en la parábola del Buen Samaritano; y además, allí mismo, ofreció ese signo tan elocuente de su visita a la favela, no como espectador y turista, sino «mojándose » de verdad y sin populismo de ningún tipo; o su último viaje a Chile o Perú, con su visita a la Amazonía…

Basten estos signos, aunque podríamos seguir enumerando y enumerando otros muchos signos… ¿Cuál es la razón última de esto en este Papa, como en Teresa de Calcuta, en Francisco de Asís, y en esa pléyade ingente de servidores de los pobres porque han descubierto y ven en ellos al mismo Cristo? No es otra que el encuentro con Cristo en la oración, el encuentro con Dios misericordioso en la eucaristía, o en la penitencia, o en la adoración. Dios, Cristo que vive, es la razón última. ¡Qué providencial y qué bien hace Dios las cosas! Cuando aquella tarde del 13 de marzo era elegido, y cuando otro 13 de marzo en el que se cumplía un año de la elección del Papa Francisco, a la misma hora, donde estábamos haciendo ejercicios espirituales con el Papa, como todos los días, a la mismísima hora, nos encontrábamos todos en adoración eucarística ante el Señor. Ahí está el secreto de este Papa de la misericordia y de la esperanza, de alegría y del Evangelio: sólo en Dios que es amor, y esto es lo que afirmamos en la adoración, por la que entramos en comunión con Él y para que la Iglesia toda entregue el Evangelio de la misericordia, que tiene como destinatarios y beneficiarios preferenciales los pecadores y los pobres y como realización «una Iglesia de los pobres y para los pobres».

Recemos por el Papa, recemos mucho, como él nos pide constantemente desde su elección. Y, como dijo en su primera homilía en la Capilla Sixtina, es hora «de caminar, de edificar la Iglesia, de confesar el nombre de Cristo», con el que no haremos otra cosa que edificar la Iglesia y avanzar en el camino, renovarla y reproducir aquel sueño de San Francisco sobre la capilla de San Damián: reconstruir la Iglesia, presencia de Cristo.

Publicado en La Razón el 21 de marzo de 2018.

 

 

Sinceramente, mi muy querido D. Antonio, me desconcierta de todo punto. No sé de que otra manera expresar lo que siento al leer este panegírico absoluto sobre Francisco; uno de los mayores que mis ojos han podido ver en estos últimos años, tan proclives a ello.

Y ello porque estamos muy acostumbrados a que en este caótico pontificado existan unos pocos valientes que dicen la verdad cuando hay que decirla; una enorme masa de silentes conformados y complacidos; y por último una no pequeña masa de cortesanos, pelotilleros y mea-pilas que deben alabar a Francisco haga lo que haga, confundiendo a Bergoglio con Nuestro Señor, cayendo en una papolatría imperdonable, y queriendo hacer ver que todo es rosa, cuando no hay nada más lejano.

En este último grupo hallamos a decenas de miles de sacerdotes, centenares de obispos y decenas de cardelanes; y todos ellos actúan así, o bien por una ignorancia supina de la sana doctrina, el magisterio bimilenario, las sagradas escrituras y la tradición; o bien por un rebote diabólico contra estas, o bien porque son vientres agradecidos o algo esperan conseguir, trepar o alcanzar.

Pues bien, Don Antonio no está en ninguno de estos últimos casos. ¡Doy fe! Don Antonio es un Cardenal conocedor de la doctrina, de la tradición y del Magisterio, y un buen biblista. Don Antonio no está rebotado contra el bonus odor Christi, más bien todo lo contrario, ya que siempre ha luchado él mismo contra a todo lo que pierde el olfarto católico.

Me dirán: pues algo busca, quiere o espera….

Les aseguro que no.

Don Antonio ya no aspira nada. Alcanzó la dignidad de Cardenal, fue un hombre fuerte de Benedicto XVI quien lo tuvo como mano derecha precisamente en cuestiones de sana doctrina y lo llevó a su lado a Roma; y llegado Bergoglio, fue defenestrado, y enviado a un “dorado retiro” en mi querida Archidiócesis de Valencia, perdiendo la batalla frente a Osoro para liderar la Iglesia Española de facto (que dicho sea de paso, sí que aspira a muchas cosas, por lo que este discurso si lo hubiera firmado él, nada me habría extrañado).

A nada aspira, porque no es su estilo; y además, por mucho que aspirara, sabe él que ya nada tiene que hacer, por edad, y por afinidad con Bergoglio.

Luego… ¿Qué es lo que ocurre, Don Antonio? ¿Qué necesidad tiene usted de publicar este discurso que no quiero calificar con las palabras que me vienen a la cabeza?

No lo entiendo.

Y no lo entiendo porque podrían decirme que todo Obispo debe estar con su papa y todo ese rollo macabeo de mala comprensión de la fidelidad y la obediencia y del papismo y la papolatría (lo que justificaría, en su caso, un prudente silencio, que yo tampoco comparto y que califico de otra forma). Pero de ahí a salir a la palestra a ejercer este bochornoso ejercicio de alabanza…

Y no lo entiendo ya que, y sobre todo…., y esto es lo que más me duele, sé que Don Antonio no se puede creer todo lo que ha manifestado. Él sabe que no es así. Y eso me descorazona y me preocupa. Por él, y por las almas que le estamos encomendadas.

¿Acaso se va a creer Don Antonio de verdad que el pontificado de Francisco es de total continuidad con el de Benedicto XVI? ¿Pero como se le ocurre decir esto sin pudor, excelencia?

¿Acaso se cree su Excelencia que Francisco es el Papa que la Iglesia y el mundo necesita? Don Antonio, sólo hay que conocerle mínimanente para saber que usted no piensa así.

¿Pero Eminencia… como puede decir que una gran corriente de esperanza nos recorre? ¿Esperanza donde, Eminencia? ¿En los enemigos de la Iglesia? Porque no se referirá, mi queridísimo Don Antonio, a las cientos de miles de almas que se alejan cada día de Nuestra Santa Madre Iglesia, confusas y atribuladas?

¿Acaso su Eminencia siente en lo profundo de su corazón que Francisco es como San Francisco de Asís y Santa Teresa de Calcuta?

Don Antonio, desde el cariño, el respeto y la devoción filial que siempre le he profesado, le pregunto, con todo el dolor de mi corazón: ¿Era esto necesario? ¿Para qué? ¿Para confundir más aún a los millones de católicos atribulados que buscan en pastores como usted el sustento a su fe en el Cristo que nos enseñaron a conocer nuestros antepasados; en el Cristo de las Sagradas Escrituras; en el Cristo del que emana la sana doctrina; en el Cristo de nuestra amada tradición?

Siento mucho decir lo que voy a decir, y que Dios me perdone si me equivoco, pero, mi queridísimo Don Antonio: este discruso yo no me lo creo. ¡No me lo creo de un sucesor de los apóstoles tan valiente como usted! Sólo usted sabrá porque lo ha querido hacer sin necesidad y con tanta publicidad. Sólo usted y Dios lo saben.

 

Deseando no haber perturbado a Vuestra Eminencia; queda a su disposición, implorando su bendición

Vicente Montesinos

De V. Emcia. Revma. fiel servidor, que besa Su sagrada púrpura

 

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