Vicente Montesinos (23 de enero de 2018)

 

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En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

 

Sorprende la distancia que parece tomar Jesús con respecto a su familia.

Y es que Jesús inaugura un nuevo concepto de familia: los que creen en Él, como Hijo de Dios vivo, forman la familia de Jesús: los doce Apóstoles y muchos otros discípulos como Marta, María y Lázaro… Y hoy… ¿todos nosotros?

Jesús no rechaza a su familia; y el texto hay que ponerlo en contexto con el resto de la Palabra; pero Jesús sí que toma distancia sobre su ligazón con la familia de sangre, queriéndolos mucho, para establecer una intimidad nueva en su familia “apostólica”.

Esto nos sitúa en un contexto de Iglesia como familia, donde todos debiéramos sentirnos familia en Jesús.

Hoy os invito a que cuando veamos curiosa la reacción de Jesús en algunos pasajes, aprendamos a escrutar el sentido profundo de sus hechos para descubrir su relación con el Reino que está instaurando, esa nueva creación, el mundo de la gracia, la Redención.

Jesús nunca se equivoca, sino que es la verdad, y nosotros somos aprendices de esa Verdad, que es Camino a la Vida. Somos nosotros los que nos equivocamos al escucharle y mal interpretarle; al ponernos en contradicción con Él y sus mandatos, y al, directamente, desobedecerle, a veces desde las más altas responsabilidades, y por lo tanto, con las más altas de las culpas.

Así entenderemos como en este Evangelio en lugar de su familia de la tierra, Jesús ha escogido una familia espiritual. Echa una mirada sobre los hombres sentados a su alrededor y les dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,34-35).

Así pues, recojamos el guante de Jesús, para formar parte de su familia, que no es otro que el del cumplimiento de la voluntad divina.

Una voluntad sin medias tintas, sin correcciones políticas y sin relativismos.

¡Y porque hasta el cielo no paramos, que Dios os bendiga!