Vicente Montesinos

 

“No temo a lo que los hombres puedan hacerme por decir la verdad. Solo temo a lo que Dios me haría si mintiese” (SAN JUAN BOSCO)

 

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S.S el Papa Francisco

 

La verdad es que los católicos nos definimos por nuestra adhesión inquebrantable a la Iglesia, una, santa, y apostólica. Nuestra obediencia a las Sagradas Escrituras, al Magisterio, a la Tradición. Y por supuesto, nuestra unión efectiva al Santo Padre, siempre que hable ex cathedra o establezca dogmas de fe; y afectiva, debiera ser, en todo lo ideológico, práctico, diario, pastoral…

La lástima es que el Papa Francisco ha perdido ya la adhesión afectiva de gran parte de los católicos (todos los fieles al Magisterio Bimilenario) y que lleva camino de perder definitivamente la adhesión incluso efectiva. Con el desastre, peligro y escándalo que ello supone para Nuestra amada Santa Iglesia Católica.

No se puede sentir más dolor como católico que al observar la impronta que este pontificado está imprimiendo a nuestra Iglesia. No se puede sentir más estupefacción al descubrir que no hay ningún Pablo dispuesto a corregir firmemente a Pedro, con los propios instrumentos que la Iglesia posee, y cesar de una vez con esta situación de descontento, confusión, apostasía, destrucción y dejadez.

 

No se puede sentir más estupefacción al descubrir que no hay ningún Pablo dispuesto a corregir firmemente a Pedro, con los propios instrumentos que la Iglesia posee, y cesar de una vez con esta situación de descontento, confusión, apostasía, destrucción y dejadez.

 

Y no se puede sentir más soledad (bueno sí, seguramente la que sentiré después de este artículo) al tratar a diario con tantos obispos, presbíteros, religiosos, diáconos… y observar que nadie está dispuesto a dar la cara por el Resto Fiel. Sí. El resto fiel. Todos esos millones de católicos que asisten perplejos al desmontaje, lento, pero paulatino y efectivo, de toda nuestra sana doctrina.

Santísimo Padre, Su Santidad es Pedro. Pero ello no me exhime de mi deber de denunciar lo que, en conciencia, y desde mi humilde modo de ver, está siendo una actuación pontifical que nos lleva a una pendiente peligrosísima, y a una constante pérdida de almas.

Me decían hoy que no publicara este artículo. Que me metería en problemas. Lo sé. Pero mi principal problema sería rendir cuentas al Altísimo por no cumplir con mi deber. Mi público es Dios. Y mi Madre la Iglesia, y si alguien la va a dañar, la voy a defender con uñas y dientes, le pese a quien le pese; que poco me importa, y me juegue lo que me juegue, que me importa menos aún. Yo quiero poder seguir comulgando a diario con la conciencia tranquila.

El conflicto generado por Amoris Laetitia; presentado en pequeñas dosis; en forma de famosas notas 351, y de su complemento a las mismas en ruedas de prensa de avión, etc… (los juristas hablaríamos de nocturnidad y alevosía); nos ha llevado a episcopados enteros enfrentados por esta violación de la sana doctrina; a diócesis contra diócesis; a parroquias contra parroquias; a sacerdotes contra sacerdotes; a fieles contra fieles; en un enfrentamiento y un juego de la confusión desconocido en la Santa Madre Iglesia desde hace centenares de años.  La alarma invade a la Iglesia. Pero Francisco no hace nada para volver a poner orden. Sigue adelante; sin ni siquiera prestar atención a los cardenales que le presentan sus “dubia” (que van muriendo poco a poco); las correcciones filiales; las dudas de muchos de nosotros sobre cuestiones capitales de la doctrina que vemos en peligro y le pedimos que clarifique, etc.

El tremendo espectáculo dado en torno al 500 aniversario de la mayor herejía de la historia; y el homenaje a ese nefasto personaje llamado Lutero dado por el Papa Francisco; con los continuos pasos hacia la protestantización de la Iglesia llevados a término por este Pontificado; con el silencio, la aquiescencia y la ayuda del Colegio Cardenalicio y de gran parte de los Obispos (el último episodio ha sido el sellito conmemorativo con los dos heresiarcas en el lugar de la Virgen y de San Juan) ; es un tremendo misil en la línea de flotación de la única Iglesia de Cristo; y un insulto a todos los que dieron su vida en defensa de la Iglesia tras el sucio golpe de Lutero y sus secuaces.

La purga de todo Cardenal, Obispo o “cargo” que le lleve la contraria al Papa, o que pregunte, únicamente, por la confusa doctrina actual, no tiene antecedentes en la historia moderna.

El ascenso a importantes lugares de responsabilidad de personajes de, por ser finos, dudosa fidelidad al Magisterio y a la Sana Doctrina (pro-abortistas, miembros o simpatizantes del Lobby LGTB, ecologistas radicales, miembros de otras confesiones…) que dejan día a día estupefactos a millones de católicos.

Las humillaciones a prelados de sana doctrina, como Muller o Sarah, sin ir más lejos, y entre otros; y el aislamiento a quienes, como Monseñor Schneider, sigue siendo fiel a la doctrina de la Iglesia; está siendo inmisericorde, en el llamado, paradójicamente, “pontificado de la misericordia”.

Y es que esta actitud despótica real contrasta con la cara simpática, buenista, progremodernista y light de un papado contradictorio, que más allá de confirmar en la fe, confirma en la constante confusión. Porque hasta los hermanos que estén satisfechos con este Pontificado (únicamente por que “arma lío”) estarán de acuerdo en que la claridad y lucidez brilla por su ausencia.

La lista es larguísima. Aburriría. Y descorazonaría. Más aún.

Santidad: me siento triste, y preocupado. Por la Iglesia; y por usted. Los verdaderos católicos hemos de ayudarle. Queremos ayudarle. Pero sinceramente, tras casi 5 años de intentos, ya no sabemos como hacerlo. Nos limitamos cada vez más a rezar, no sólo por Su Santidad, como siempre, sino por que el Señor envíe luces para salir de esta dificilísima situación.

¿Por donde quiere llevar la liturgia, tan sagrada? ¿Cuales son sus líneas en lo moral, que se apartan peligrosamente de las enseñanzas que la Iglesia nos ha dado; y del depósito de la Fe que hemos recibido, y del que Su Santidad es custodio, y no dueño absoluto?

¿Porqué ese cariño hacia los enemigos de la Iglesia y ese tono despectivo constante con los llamados “tradicionalistas“, a quienes descalifica con evidente falta de caridad, causándonos un indescriptible dolor? A quienes así se dirige, en su gran mayoría, aman la sagrada tradición de la Iglesia y, lejos de obsesionarse con el pasado, como Su Santidad afirma, o ser estrechos de mente, antiguos, o tantas y tantas cosas como ha manifestado; están muy preocupados por el futuro de la Iglesia, sintiéndose responsables de su defensa. Una defensa que pareciera Su Santidad ha declinado.

Santidad… Es que no pararía… ¿Por qué amenaza la unidad de la Iglesia, dando poder a las conferencias episcopales para traducir y crear sus propias liturgias? ¿Qué interés tiene en ello? ¿Porque acabar con los pocos legados que nos van quedando de universalidad y de catolicidad en esta Iglesia en crisis?

Santidad… ¿Porque nos obliga a tragar con un falso ecumenismo; que más que acercar a los hermanos alejados a casa, se muestra indiferente con que los fieles estén o no dentro de la Iglesia?

¿Porqué desobedece a Cristo quien nos manda a evangelizar, diciendo que no le interesa traer fieles a la Iglesia Católica y que eso es proselitismo?

¿Por qué nadie denuncia, si me lo permite Su Santidad, estas, a mi humilde modo de ver, barbaridades; y le ayuda a reflexionar sobre estos clarísimamente erróneos derroteros?

Obispos que defienden la ilegalidad contribuyendo con su ánimo a golpes de Estado en democracias occidentales… Arzobispos que apoyan guías que animan a menores de edad a fornicar, tomar anticonceptivos y abortar… Cardenales que piden renunciar a nuestras creencias más importantes en aras del diálogo…  Etc, etc, etc…. ¿Porqué no dice nada, Santidad; y si alguien le habla de la defensa de la sagrada tradición lo aparta de la vida eclesial?

Santidad; sabemos que usted es infalible sólo cuando, en calidad de Pastor y Maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema y apostólica autoridad, define que una doctrina acerca de la fe o de las costumbres debe ser abrazada por la Iglesia universal. Me gustaría sentir su infalibilidad más allá de ello; pero me es imposible. ¿Qué pecado cometo? ¿Cómo debo tomar las reacciones a este artículo que, mientras escribo, a los pies del Santísimo Sacramento, ya vislumbro?

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Como ha dejado que el modernismo, el paganismo, el relativismo, el buenismo y la corrección política tomen las riendas del Vaticano, y desde allí, las del mundo católico?

¿Cómo ha conseguido, Santidad, decir cosas como que a usted no le interesa convertir a los protestantes, contradiciendo flagrantemente a Cristo; y que multitudes de católicos le aplaudan, desde una papolatría ignorante e insultante? ¿Como ha conseguido que sus hermanos en el Episcopado y casi todos los sacerdotes del mundo callen?

¿Cómo puede decir a las madres de familia que cumplen con amor con el Catecismo y las enseñanzas de la Iglesia que paren como conejas, y que nadie se queje?

¿Cómo, cómo, cómo…? Las preguntas se amontonan. Me atribulan. Las rezo. Las medito. Le pido a Dios comprenderle, Santo Padre. Le pido, más allá de mi fidelidad al Obispo de Roma, sentir ese afecto por su pontificado que sería deseable… Pero no puedo. Mi amor a la Iglesia y mi conciencia me lo impiden.

 

¿Cómo, cómo, cómo…? Las preguntas se amontonan. Me atribulan. Las rezo. Las medito. Le pido a Dios comprenderle, Santo Padre. Le pido, más allá de mi fidelidad al Obispo de Roma, sentir ese afecto por su pontificado que sería deseable… Pero no puedo. Mi amor a la Iglesia y mi conciencia me lo impiden. 

 

Santidad, usted parece haber tomado definitivamente partido por una Iglesia que se mueva con el mundo. Y los católicos requerimos una Iglesia que mueva al mundo.

Su Santidad parece querer que nos acomodemos al modernismo; en lugar de luchar contra él.

Con el debido respeto Santidad; ya no estamos en los años 60. Ya no hay que andar revolucionado ni armando lío. Ya bastante se ha armado. Y de aquellos barros, estos lodos. Lo que necesitamos es volver a nuestras raíces, a nuestra esencia, a nuestra fe; y a pastores que sepan conducirnos hacia el corazón del Evangelio de Cristo, y no fuera de él.

 

Con el debido respeto Santidad; ya no estamos en los años 60. Ya no hay que andar revolucionado ni armando lío. Ya bastante se ha armado. Y de aquellos barros, estos lodos. Lo que necesitamos es volver a nuestras raíces, a nuestra esencia, a nuestra fe; y a pastores que sepan conducirnos hacia el corazón del Evangelio de Cristo, y no fuera de él.

 

Papa Francisco: le imploro que piense sobre lo que humildemente escribo, y vea urgentemente formas de hallar dónde está hoy el rebaño. Porque camina hacia el acantilado . No logrará esto rodeándose con quienes aún viven en los 60.

Así que vuelva, o mejor, vaya, donde siempre hubo de estar; y abrace la sagrada tradición de la Iglesia. 

Porque, y aunque esta frase me cueste, como se dice en mi barrio, “vida, hacienda y corazón”, humildemente le digo, que se está usted equivocando. Y si no es así, peor me lo pone.

Se despide de Su Santidad, su obediente y humilde servidor.

 

 

 

 

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