En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: «¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es María su madre, y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?»
Y se negaban a creer en él. 
Entonces Jesús les dijo: «Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa».
Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos.

 

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En el Evangelio de hoy constatamos como muchas veces el lugar más difícil para que nuestro anuncio evangélico sea aceptado es nuestro propio medio, y más aún, nuestra propia casa. Ni para el mismo Jesús fue diferente.

Generalmente la gente que vive con nosotros no es fácil de dejarse evangelizar. Sin embargo, es ahí donde podemos verdaderamente ser luz, ser modelo. En nuestra casa, en nuestro ambiente, en nuestro trabajo, en nuestra universidad, entre nuestros amigos…

No se trata de imponer, sino de convencer; no se trata de acusar, sino de amar. Muchas veces vale más nuestro testimonio de amor silencioso que muchas exhortaciones y amonestaciones.

Recordaremos así con San Josemaría Escrivá que la cotidianidad, la existencia de cada día, es el ámbito en el que Dios llama —a cada una y a cada uno— a la santidad, a una íntima relación con Él, que no se quede en meras palabras, sino que se traduzca en un esfuerzo constante por imitar a Cristo y gastar la vida en su servicio, siendo sembradores de paz y de alegría entre quienes nos rodean.

 

Vicente Montesinos

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