En aquel tiempo, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros»




El mensaje de las bienaventuranzas no está dirigido solo a los discípulos, sino que va dirigido a todos; y tiene un carácter universal.

Ahora bien, no deja por ello de puntualizar la conducta moral que nos pide, y el cambio que hemos de aplicar ya en esta tierra; en esta vida, y no esperando sólo a la vida eterna. 

La salvación definitiva se dará en el otro mundo, pero es aquí donde debemos comenzar a ser sembradores de paz y de alegría. Ahí está el “lei motiv” de las bienaventuranzas. 

Incluso en la Cruz. “Bienaventurados seréis cuando os persigan…”. Recordemos la promesa del Señor: “… vuestra recompensa será grande en los cielos “. 

Y regocijémonos. 

                           Vicente Montesinos 

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