En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado».




Mi paz os doy. 

Pero no como la da el mundo. Y es que la paz de Jesús viene de haber pasado por la Cruz, por el dolor, por la humillación.
El dolor es inherente a la vida. Pasamos y pasaremos por multitud de etapas de dolor, físico, moral y espiritual. Pero sí que tiene un sentido; y Jesús tiene la cura para tanto sufrimiento. 

Y es que Él salió de este mundo en paz y dando paz, y dejándonos La Paz, que además se queda con él y junto a nosotros para siempre en cada Sagrario del mundo.

Su salida fue sufriente, pero lo fue porque desde ese momento, cada dolor humano, ofrecido, forma parte de la redención, y entra dentro del plan salvífico de nuestro Señor.

Pidámosle al Señor que sepamos aceptar el dolor con serenidad, porque ello complace al Padre, y que cooperemos, desde nuestra pequeñez, con el plan redentor del Salvador para nosotros.
En María tendremos fiel testigo y guía.

                           Vicente Montesinos

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