De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.



Señor Jesús, tú no cesabas de hacer el bien; pero también te dedicabas momentos diarios a retirarte en oración. 

Cuántas veces nos escuchas decir, señor, que no tenemos tiempo para la oración, metidos en nuestras innumerables tareas y en completar nuestra repleta agenda. 

Ayúdame señor a organizarme para que la oración y el diálogo contigo no falte en ningún momento de mi vida. 

Puede valerme lo que decía San Francisco: «Hay que trabajar fiel y devotamente, sin apagar el espíritu de la santa oración y devoción, al cual han de servir las otras cosas temporales».

Que así sea.

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