Foto tomada por Adoración y Liberación en la Iglesia de la Santísima Trinidad de Roma

 

San Martín de Porres fue un religioso dominico, nacido en Perú, de padre español y madre de  raza negra.

Ya desde niño, a pesar de las dificultades de su condición de hijo ilegítimo y mulato, aprendió la medicina, la cual ejercería después con gran caridad en Lima a favor de todos los pobres.

Vivió de manera extremadamente austera y humilde, entregándose a la penitencia, a la oración, y al ayuno, hasta 1639, año en que falleció. Fue beatificado en el siglo XIX, y canonizado por el papa Juan XXIII en 1962.

Tuvo que sufrir en sus carnes el racismo, pudiéndose decir por su gran entrega, que a pesar de ello, este mulato hizo más bien a la sociedad peruana de su época que todos los blancos juntos.

Muchas veces lo pudieron ver en éxtasis, elevado sobre el suelo, durante sus largas noches de vela y oración ante el Señor.

Tuvo una profundísima devoción a la eucaristía, no fallando ningún día a la santa misa al rayar el alba.

Por su trabajo constante de ayuda a los pobres y necesitados en el campo de las curaciones, tuvo contacto con los frailes dominicos, donde solicitó su admisión como donado, ocupando la escala más inferior entre todas las del convento.

Vivió en extrema pobreza y, pronto llenó el convento, el hospital y hasta la casa de su hermana, de pobres necesitados de curación.

A todos los atendía, y pronto se corrió la voz de su buen ejercicio profesional, y muchas otras veces de las curaciones que se producían por intercesión de Martín, que sanaba enfermos sólo con tocarlos.

Fundó asilos para atender a los enfermos, enseñó la doctrina cristiana a los indios, y en muchas ocasiones se le pudo ver en varios lugares a la vez curando a necesitados, con el don sobrenatural de la bilocación.

Murió de una simple fiebre el día 3 de noviembre, que era el previsto para su fallecimiento, como se le había anticipado.

Su entierro fue una multitudinaria manifestación de gran parte de la ciudad de Lima, rodeado de indios, mulatos, enfermos, y todos los más necesitados de la ciudad. Tuvieron que cambiarle varias veces el hábito porque todos se llevaban trozos del mismo como reliquia.  Muchas de ellas todavía existen hoy, y lo sabrás si eres uno de los afortunados en poseerla.

Una vida apasionante, la de San Martín de Porres, que nos enseña la incesante caridad con el otro, la humildad, la sencillez, la amabilidad, y una vida de oración profunda.

Dios nos conceda, por su gracia, por nuestra oración, y por la intercesión de San Martín, todo este catálogo de virtudes.

Vicente Montesinos

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