Liturgia y sacerdocio; a las raíces del sacrificio del Calvario. Por El Patriarcado Católico Bizantino

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Estimados editores:

Les enviamos nuestra carta «Liturgia y sacerdocio: a las raíces del sacrificio del Calvario», en la que brindamos consejos prácticos para sacerdotes y fieles sobre cómo vivir la Santa Misa más profundamente.

Quisiéramos solicitarles la publicación.

Gracias de antemano.

Atentamente

Obispos Secretarios del Patriarcado Católico Bizantino

 

 

Reflexionemos sobre la liturgia desde el punto de vista del beneficio espiritual. La condición para una experiencia más profunda del sacrificio de Cristo en el Calvario son dos momentos de silencio. Uno antes de la consagración y el otro después de ella.

En el primer momento de silencio, el sacerdote se da cuenta de las raíces espirituales del sacerdocio neotestamentario. Estos se remontan al derramamiento del Espíritu Santo sobre los apóstoles.

En el monte Sion se instituyó el sacrificio incruento y también se derramó el Espíritu Santo. ¡También hoy, por el sacramento del orden, el Espíritu Santo hace presente el sacrificio de Cristo en la cruz!

La Iglesia nació en el monte Sion el día de la venida del Espíritu Santo. En la Biblia, especialmente en los profetas, se enfatiza muchas veces el monte Sion en Jerusalén. Después de Pentecostés, el Espíritu Santo empezó a actuar particularmente a través de los sacramentos. Cristo, como el Hijo de Dios que asumió nuestra naturaleza, pagó por nuestros pecados con Su sangre y muerte. Después de Su resurrección y glorificación, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles. En el santo bautismo, Él nos da la vida divina. Jesús dijo: «Tenéis que nacer de agua y del Espíritu» (cf. Jn 3, 5). Desde donde nace el sol hasta donde se pone, el Espíritu Santo hace presente la ofrenda pura de Cristo en la liturgia (Mal 1, 11). En la epíclesis oriental, el sacerdote pide el envío del Espíritu Santo no solo sobre los dones, sino también sobre nosotros, es decir, sobre el sacerdote y el pueblo.

Un sacerdote de Cristo debe esforzarse por llevar una vida devota. Él recibió la unción del Espíritu Santo en la ordenación. Debe reavivar esta unción en cada santa misa por la fe, precisamente pidiendo que el Espíritu Santo sea enviado de nuevo. La vida espiritual del sacerdote está intrínsecamente vinculada al sacrificio de Cristo en la cruz. El sacerdote debe transformarse en Cristo para que pueda exclamar con el Apóstol: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2, 20). La fe relacionada con la petición del Espíritu Santo antes de la consagración impide la rutina sin alma. Una pausa de unos tres minutos antes de la consagración conduce a una concentración más profunda antes de la culminación del misterio eucarístico. También después de la consagración, una adoración de tres a cinco minutos dispone al sacerdote para ser transformado en Cristo. Esto implica 1) la experiencia interior del testamento de la cruz, 2) el acto de contrición perfecta, y especialmente 3) la unión con la muerte de Cristo. Lo que más necesita la Iglesia hoy son sacerdotes santos. No es necesario que todo sacerdote de Cristo tenga estigmas visibles como el Padre Pío, pero cada uno de ellos debe hacer esfuerzos para lograr la unión con Cristo crucificado.

El sacramento del sacerdocio neotestamentario se instituyó junto con la institución del sacrificio incruento de Cristo. Jesús tomó pan y dijo: «Esto es Mi cuerpo…» y luego tomó el cáliz de vino y dijo: «Ésta es Mi sangre…». Estas palabras se refieren a la Eucaristía. El mandato final de Cristo se aplica a la institución del sacerdocio del Nuevo Testamento: «¡Haced esto…!». Significa que los apóstoles han de ofrecer este sacrificio incruento no como un símbolo, sino para hacer presente su consumación en el Calvario. La unidad entre su institución en el monte Sion, su cumplimiento en el Calvario y su realización en un tiempo y lugar específicos se logra a través de la actuación del Espíritu Santo. Lo hace por medio del sacerdote ungido para ofrecer este sacrificio.

¿Qué significan las siguientes palabras «en conmemoración mía»? Su significado es: «Haced esto como Mi legado inmutable que os dejo antes de Mi muerte». Este es el verdadero significado de las palabras «en conmemoración mía».

 

La declaración de Cristo en Sion: «recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22), también se aplica a la institución del sacerdocio.

Ambos sacramentos, tanto de la Eucaristía como del sacerdocio, fueron instituidos en el monte Sion y también consumados allí con la venida del Espíritu Santo.

Los apóstoles celebraron la primera santa misa el mismo día o en los días posteriores al descenso del Espíritu Santo. Resulta muy obvio que esta liturgia no se parecía a la de hoy. Los apóstoles oraron espontáneamente, pero la culminación fueron las palabras de institución de Cristo y una ferviente invocación al Espíritu Santo. Con el transcurso del tiempo, surgieron diversas formas de liturgia tanto en Oriente como en Occidente. Este fue especialmente el caso entre los siglos I y III, en la época de la sangrienta persecución de los cristianos. En el siglo IV, el orden de la liturgia en Oriente fue revisado por San Basilio el Grande y San Juan Crisóstomo. En Occidente, la liturgia fue revisada por el papa Dámaso. Aun después de eso, hubo otras además de estas dos liturgias, como la liturgia de Santiago, o más tarde la liturgia gala, la liturgia ambrosiana…

Todas las liturgias excepto las oraciones y los cánticos tenían la misma esencia, a saber, las palabras de Cristo y la epíclesis. El papa Dámaso omitió deliberadamente cualquier mención del Espíritu Santo por temor al abuso. Asumió que el Espíritu Santo actúa implícitamente mediante el sacramento del orden sacerdotal mismo. Sin el Espíritu Santo, los sacramentos no funcionan en la Iglesia.

Desde esta perspectiva de la historia, examinemos también la situación actual. La Iglesia oriental celebra principalmente la liturgia de San Juan Crisóstomo. La Iglesia occidental ha celebrado desde 1967 la misa del papa Pablo VI, el llamado Novus Ordo.

¿Qué diría personalmente sobre la cuestión de la liturgia? He celebrado la liturgia diariamente durante cincuenta años. Antes y durante mis estudios en el seminario, trataba de experimentar interiormente la antigua misa en latín. Cuando me hice sacerdote, comencé a celebrar la misa de Pablo VI. Desde que ingresé en la Orden de San Basilio el Grande y me pasé al rito oriental hace treinta años, celebro la liturgia de San Juan Crisóstomo. Desde mi conversión a la edad de quince años, he centrado mi atención en la esencia. La liturgia fue para mí la fuente de fortaleza en la lucha contra el pecado, en la lucha por mantener mi corazón y mi mente puros, para salvar mi alma inmortal. Cuando, durante nuestros estudios en el seminario, experimentamos el fin de la misa en latín y comenzamos a celebrar la misa reformada con el altar colocado cara al pueblo y con el abandono del latín, como seminarista me quedaba adherido a la experiencia espiritual de la esencia del santo sacrificio. Básicamente, por lo tanto, no me importaba si se celebraba la misa en latín o reformada. Encontré el cambio externo innecesario. Como sacerdote, continué experimentando la santa misa personal e internamente.

Continué mis esfuerzos para experimentar internamente la esencia de la liturgia incluso cuando celebraba la liturgia oriental. ¿Qué quiero decir? De hecho, me gustaría animar a los sacerdotes de rito latino y oriental, así como a todos los creyentes sinceros, a experimentar más profundamente este misterio de la fe. El mencionado momento de silencio antes y después de la culminación de la liturgia puede ser útil a este respecto. El misterio de la fe culmina en la epíclesis vinculada a la consagración.

Durante la primera pausa o momento de silencio, es apropiado que el sacerdote y el pueblo se arrodillen y que el coro, si hay uno, cante una antífona. En la liturgia occidental, lo mejor es cantar «Veni Sancte Spiritus» en la primera pausa. El sacerdote y los fieles están en espíritu en Sion donde Jesús instituyó el sacrificio incruento. Al mismo tiempo, los apóstoles fueron ungidos allí y capacitados por el Espíritu Santo

para ofrecer el sacrificio de Cristo. Esta es la alianza nueva y eterna sellada con la sangre de Cristo.

Después de la consagración, hay un segundo momento de silencio en el que el sacerdote y los fieles siguen de rodillas y todos se dan cuenta de lo siguiente: Ahora estoy en espíritu junto a la cruz de Cristo al lado de la madre de Jesús en el lugar del apóstol Juan. Jesús me ve y me habla. Ahora, en el momento antes de Su muerte, Él me deja también a mí Su última voluntad y testamento con las palabras: «He ahí tu madre». El apóstol Juan acogió espiritualmente a la madre de Jesús en lo íntimo de su ser; en griego: eis ta idia. A esta hora la recibo espiritualmente como lo hizo él cuando estaba junto a la cruz. Puedo pronunciar lentamente el nombre divino de Jesús con fe: Yehoshua en arameo. Después de eso, hago un acto de contrición perfecta. Mis ojos espirituales están fijos en las cinco llagas de Cristo. Mirando cada una de las llagas, puedo decir lentamente en mi mente: «Jesús, Jesús, Jesús, ten piedad de mí, pecador». Entonces me doy cuenta de la esencia de la consagración, es decir, la actualización de la muerte de Cristo, en la que fui sumergido por el bautismo (Rm 6, 4). Puedo pensar en las palabras de Jesús, cuando exclamó: «¡Eloí, Eloí!, ¿lemá sabactani?». Expresan la lucha espiritual más difícil de Jesús. Él tomó sobre sí mismo la raíz de todo el mal que hay en el hombre. Él también tomó sobre sí mismo todos los pecados y crímenes de la humanidad. Experimentó el mayor dolor: oscuridad espiritual, separación del Padre. Sus últimas palabras expresan que se había consumado la apertura de una brecha en la oscuridad espiritual que envuelve al hombre. Esto abrió el camino para que encomendáramos nuestro espíritu en las manos del Padre junto con el espíritu de Jesús. Nuestra salvación, que está en nuestra unión interior con Jesús, se consuma así.

El sacerdote termina este segundo momento de silencio cantando: «Éste es el misterio de la fe», y el pueblo responde: «Anunciamos Tu muerte…».

La principal necesidad hoy en día es la metánoia, es decir, la conversión de nuestra mente y nuestro estilo de vida a Dios. Que se manifieste también con un gesto externo, a saber, que durante la misa el sacerdote volverá su rostro de nuevo hacia Dios, que está presente en el tabernáculo, y ya no estará de espaldas a Él.  

Finalmente, un breve resumen de las dos pausas

El primer momento de silencio dura unos tres minutos. Viene antes de las palabras iniciales de la consagración. El sacerdote y el pueblo están de rodillas y el coro canta la antífona Veni Sancte Spiritus.

Tanto el sacerdote como los fieles se dan cuenta de que Jesús instituyó el sacrificio incruento en el monte Sion. Fue allí donde también se derramó el Espíritu Santo. ¡Él ahora hará presente el sacrificio de Cristo a través del sacerdote! Veni Sancte Spiritus… Recibo con fe el mismo Espíritu Santo que los apóstoles en el día de Pentecostés.

El segundo momento de silencio después de la consagración dura de tres a cinco minutos. El sacerdote y el pueblo siguen de rodillas; el coro canta una antífona que repite el nombre de Jesús. Tanto el sacerdote como los fieles se dan cuenta de lo siguiente:

1) Testamento desde la cruz

Estoy en espíritu en el Calvario. Jesús, ahora me ves y ahora me dices: «¡He ahí tu madre!». «Recibo». Digo en espíritu: «Ye-ho-shu-aa-aa-aa».

2) El acto de contrición

Miro Tus llagas y digo en mi mente: «Jesús, Jesús, Jesús, ten piedad de mí, pecador». Lo repito cinco veces.

3) La muerte de Cristo

Fuimos sumergidos por medio del bautismo en la muerte de Cristo. Ahora estoy unido a Tu muerte, por la cual soy salvo. Digo en espíritu lentamente con fe: «Ye-ho-shu-aa-aa-aa».

 

 

+ Elías

Patriarca del Patriarcado católico bizantino

29 de junio de 2022

 

 

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