EDITORIAL: La respuesta a la pregunta que todos nos hacemos. ¿Por qué tantas barbaridades de Bergoglio?

 

 

 

Vicente Montesinos

 

 

Aquí les dejamos la recentísima «bendición» del Papa; en la que un cismático oriental, y un seglar hereje luterano “co-bendicen” junto a Francisco. Nueva burla grotesca.

 

 

 

 

 

Como la de Navidad; cuando la bendición fue sin mención a la Santísima Trinidad.

 

 

 

Como ayer; cuando volvió a humillar a la Iglesia de Cristo y a todos los católicos diciendo que hemos estado siendo 19 siglos «antijudios», y pidiéndoles perdón por existir.

 

 

 

 

 

Vamos a ver…

 

Si Francisco, como está más que demostrado, y sino él sus pastores protegidos; simpatizan con la Masonería…

 

 

 

 

Si Francisco, como está más que demostrado, junto a todos sus pastores protegidos, simpatizan con el marxismo, el comunismo y las dictaduras populistas de izquierdas.

 

 

 

 

Si Francisco, como está más que demostrado; simpatiza con Lutero y los protestantes.

 

 

 

Si Francisco, como está más que demostrado; simpatiza con los judíos…

 

 

 

 

Si Francisco como, como está más que demostrado, simpatiza con el Lobby LGTBI…

 

 

 

 

Si Francisco, como está más que demostrado, simpatiza con las radicales dirigentes de la Plaza de Mayo…

 

 

 

 

Si Francisco, con sus principales hombres, como está más que demostrado, simpatiza con la dictadura de género.

 

 

 

 

 

Si Francisco, como está más que demostrado, simpatiza con la diabólica agenda 2030 de la ONU.

 

 

 

Si Francisco, como está más que demostrado, simpatiza con TODOS, excepto con los verdaderos católicos..

… quienes para él somos los enemigos a batir, porque…

… desde la fidelidad a Cristo, estamos en contra de que se amolde la SANTA DOCTRINA, LAS ESCRITURAS, EL MAGISTERIO BIMILENARIO Y LA SANTA TRADICIÓN a….

 

 

  • el mundo…
  • la masonería…
  • el marxismo…
  • el comunismo
  • el populismo anticatólico
  • la herejía protestante
  • los cismas de oriente
  • el lobby financiero sionista
  • la judeización
  • el lobby LGTB
  • la dictadura de Género
  • la ONU y sus diabólicas agendas, entre las que destacan los planes abortistas y de destrucción de la familia
  • etc, etc, etc….

 

 

Entonces, ¿por qué no se va de la Iglesia Católica, que defiende desde hace 2000 años justo lo contrario de lo que él defiende, y se lleva a todos sus cardenales, obispos y sacerdotes herejes, y nos deja en paz?

¿Por qué, puesto que está tan a gusto con todos estos colectivos anticatólicos, mientras no es capaz ni de recibir a sus propios cardenales, porque le plantearon respetuosamente la DUBIA, y los va dejando morir arrinconados; no se marcha con los protestantes, con los judíos o con los organizadores del Orgullo gay? ¿Por qué?

¿Por qué es papa de la Iglesia católica, si es que lo fuera, cuando odia tanto lo católico?

¿Les digo por qué?

 

Porque prefieren acabar con la Iglesia Católica desde dentro.

Y para eso han venido… Y para eso han sido puestos.

 

Pero como antes, ahora y siempre, le digo, Bergoglio: LAS PUERTAS DEL INFIERNO NO PREVALECERÁN…

Y SIEMPRE, SIEMPRE… VA A TENER ENFRENTE A ESTE PEQUEÑO RESTO FIEL, DISPUESTO A DARLO TODO PARA QUE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL TIEMPO Y DE LA HISTORIA, (ESE FRENTE AL QUE NUNCA SE ARRODILLA) ENCUENTRE FE CUANDO VUELVA…

Téngalo claro… «»»»santidad»»»

Hasta el cielo no paramos

 

 

Hermanos; cuando muera, por caridad, recen para que cuanto antes este pecador pueda llegar a los brazos de Nuestro Padre.

 

 

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36 respuestas

  1. Dime con quien andas y te diré quién eres..

  2. Y se te olvidó su simpatía y cercanía con los fundadores de la «teologia» de la liberación. …
    Y con la imputada Cristina F.de Kirchner…

    • Mientras no se ponga de lado de Macri ladrones,vaciadores,asesinos al negarle a los enfermos terminales la atención médica,quitar vacunas de enfermedades que proliferan como gusanos,al quitar las escuelas nocturnas de los que trabajan y estudian para poder desarrollarse como profesionales,favorecer a los especuladores financieros,destruir la industria,vender al pátria a los sionistas de EEUU que ya son dueños de la patagonia que este ladrón entregó,generador de desocupación siendo el peor gobierno vende patria en los últimos 60 años,abrir la importación para destruir el país,generar este atroz impulso feminista en contra del hombre y a favor del aborto para su posterior venta para cosméticos de rejuvenecimiento facial como planet parenthood,echar profesional científicos que regularizaron el ingreso de alimentos,medicamentos,cosméticos en mal estado o sin garantías sanitarias.

    • Ufff… Y más que me estoy acordando… Ja ja ja

  3. Lo que tenemos que reconocer todos, absolutamente todos, es que la plenitud de la Verdad se encuentra en la Iglesia Católica, con los 7 sacramentos, pero esto no lo reconocerá Francisco porque sencillamente no lo cree, no es católico y ya va siendo hora de que lo sepamos y se lo digamos, para que se vaya con los suyos.

    https://infovaticana.com/wp-content/uploads/2019/01/cq5dam.thumbnail.cropped.750.422.jpeg

    https://infovaticana.com/2019/01/18/el-papa-tenemos-que-reconocer-el-valor-de-la-gracia-concedida-a-otras-comunidades-cristianas/#comment-157480

    • satanás cree que existe Dios, sabe que es màs poderoso que él, conoce su poder y tiene bastante idea de su tremenda gloria, sin embargo es tan soberbio que no es capaz de subordinarse a Dios. No me atrevo a confirmar que Bergoglio no cree e Dios, tal vez no quiere servirle.

  4. Él (Bergoglio) lo dijo muy claro al principio de su pontificado: » Yo no creí en un Dios Católico «.
    Sobran los comentarios.

  5. El Papa en Pánama visitará encarcelados y enfermos de sida. Es curiosa la afición a visitar las cárceles lejanas y a ignorar la propia.

  6. La presencia del Vaticano en el escenario político no cesa de crecer y continuamos con el proselitismo a favor del Global Compact. Todo parece una ceremonia de confusión que nadie entiende. Mejor haríamos en emplear las fuerzas ordenando la propia casa antes de pretender dar lecciones magistrales sobre la casa de los demás. Specola

  7. De acuerdo en el 100%.donde se firma?

  8. Pastor de Israel, escucha! Despierta tu poder y ven a salvarnos! Santa María, ven en nuestra ayuda!

  9. Boualem Sansal critica duramente a Bergoglio por presentarnos un Islam religión de paz que sólo existe en su mente anti católica.

    http://www.ilgiornale.it/sites/default/files/foto/2019/01/17/1547723187-papa-lapresse.jpg

    http://www.ilgiornale.it/news/cronache/scrittore-anti-islam-papa-francesco-sta-sbagliando-tutto-1630685.html

  10. El vender incluye la pederastia, pero Bergoglio prefiere mirar para otro lado, para no contristar al pensamiento único, que lo tiene sometido, bien sumiso.

  11. Y la cerecita arriba del helado: «María no nació santa sino que se hizo santa»…Esa hasta esta en la página web del Vaticano…para que no digan que son inventos y calumnias…Lo dijo !!!
    Y yo no se la perdono…ni en broma…

  12. As barbaridades de Bergoglio estão exemplarmente demonstradas na foto-montagem do editorial. Recordando um excelente artigo do Prof. Roberto de Mattei, Bergoglio está para o principal ideólogo da revolução na Igreja, Karl Rahner, como Lenine estava para Karl Marx. Nosso sedizente titular da Cátedra de São Pedro está fazendo a sua revolução prática, na via pastoral. Há mistérios por trás disso, do esquadro e do compasso, mas o que importa para nós, verdadeiramente católicos, é combater o mal, a revolução anticristã que corrompe a Santa Igreja, desde dentro.
    Não nos calemos. Sejamos os arautos que denunciam as batinas revolucionárias. Denunciemos os inimigos da Santa Igreja Católica Apostólica Romana, pouco importando seja um deles altíssimo hierarca. Nosso amor à Igreja é maior que tudo.
    Parabéns ao editorialista, por sua incansável luta contra-revolucionária.

  13. CONTRA EL ANTICRISTO MARXISTA, SOCIALISTA Y COMUNISTA 1.

    Jn 8, 48,49: «Los JUDÍOS le respondieron: «¿No decimos, con razón, que eres samaritano y que tienes un demonio?» Respondió JESÚS: «YO NO TENGO UN DEMONIO, SINO QUE HONRO A MI PADRE; Y VOSOTROS ME DESHONRÁIS A MÍ.»
    (Dios Todopoderoso salve a todos los hombres y mujeres de bien y justos, judíos incluidos, pero que éstos se conviertan de corazón ya de una bendita vez, por el bien de toda la humanidad. Que nuestra amadísima santa y doctora de la Iglesia católica, la de Jesucristo Nuestro Señor, les sirva de bendito ejemplo).

    Lucía de Nuestra Señora de Fátima (Viernes 13/7/1917): «…vendré a pedir la consagración de RUSIA a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieren mis deseos, RUSIA SE CONVERTIRÁ Y HABRÁ PAZ; SI NO, ESPARCIRÁ SUS ERRORES POR EL MUNDO, PROMOVIENDO GUERRAS Y PERSECUCIONES DE LA IGLESIA: LOS BUENOS SERÁN MARTIRIZADOS;…»
    (La consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María Santísima, pedida ya en 1929, se llevó a cabo en 1984, nada menos. Hubo abuso descomunal de poder para perjuicio de toda criatura de Dios. Un ministro de Dios no puede demorar el cumplimiento de la Santísima Voluntad de Dios, aunque piense con autoengaño demoníaco que la política, de izquierdas o derechas, es la «forma más noble de caridad»).

    Santa Faustina Kowalska: 818 (16/12/1936). «Después de la Santa Comunión, Jesús me dijo: NO PUEDO SOPORTAR ESTE PAÍS MÁS TIEMPO; NO ME ATES LAS MANOS, HIJA MÍA.» (En referencia a RUSIA, que no a ninguna otra nación)

    Videntes de San Sebastián de Garabandal (Santander, ESPAÑA): «¿Y cómo se llamará ese castigo? COMUNISMO» (La Santísima Virgen María obligó a las niñas a revelar públicamente que algunos cardenales, obispos y sacerdotes iban camino de perdición arrastrando a otros detrás).

    Benedicto XVI, papa actual: (Mi vida. Recuerdos 1927-1977. Joseph Ratzinger): «Pero la destrucción de la teología que tenía lugar a través de su POLITIZACIÓN en dirección al mesianismo marxista era incomparablemente más radical, justamente porque se basaba en la esperanza bíblica, pero la destrozaba porque conservaba el fervor religioso ELIMINANDO, sin embargo, A DIOS Y SUSTITUYÉNDOLO POR LA ACCIÓN POLÍTICA DEL HOMBRE». (Si se sigue con la extrema herejía de llamar caridad a la política, que Dios se apiade de todos nosotros ante su Santa Ira).

    P. José Antonio Fortea (doctor en Teología, nada menos. Si este señor no sabe, los premios nobel son todos necios tirando por lo menos ofensivo): Summa Daemoniaca, pag. 187: «…creo que la sociedad hitleriana supuso un triunfo mucho mayor del mal que la Unión Soviética. El marxismo siempre fue una doctrina más benigna que el nacionalsocialismo. Marx siempre fue mejor que Nietzsche. Al menos Marx buscaba el bien de los pobres, una sociedad justa. El nacionalsocialismo, doctrina verdaderamente demonIaca, nunca buscó eso…» (A. Hitler ni siquiera cita una sola vez al perturbado Nietzsche en Mein Kampf, no obstante es bueno comparar este texto con el Manifiesto Comunista de 1848 desde un punto de vista católico, no del de Hollywood). Este señor, el P. J. A. Fortea no es en absoluto malvado, sino que lo malo, triste y que nos hace sufrir, como en muchos otros consagrados, santos varones y mujeres por vivir en pobreza, castidad y obediencia a Dios, es que no se enteran de nada, por eso se escribe esto en Adoración y Liberación, por si acaso llama a pensar. Acuérdense que el demonio es capaz de engañar incluso a los mismos elegidos. Que cada cual reflexione en ello).

    P. Ángel «superstar»: «Nos traéis un mundo mejor» (A Pablo Iglesias Turrión, vicepresidente comunista del gobierno de España y pro aborto y eutanasia, además de «gestor» de las residencias de ancianos en la pandemia, feminista y pro asesinos genocidas tipo Mao Tse Tung y etarras aquí en España).

    Adolf Hitler (Führer del III Reich alemán): Mein Kampf: Vol II, cap. IX: «Con la característica hipocresía del JUDÍO MARXISTA, se quiso, por medio de volantes, incitar de nuevo a hombres y mujeres, a los «compañeros del proletariado internacional», para que otra vez se lanzasen a la calle. Tergiversaron completamente la verdad de los hechos: se afirmaba que nuestras «hordas de «asesinos» habían dado comienzo a una GUERRA DE EXTERMINIO contra los «pacíficos» obreros de Coburgo…». (En relación al desfile del NSDAP de octubre de 1922 y la inacabable campaña de satanización contra el partido militarista patriota y antimarxista de Hitler ya desde sus mismos inicios, con acusaciones de EXTERMINIO de obreros (nada menos) mucho antes de llegar al poder).

    UNIÓN DE REPÚBLICAS SOCIALISTAS SOVIÉTICAS, MARXISMO Y COMUNISMO

    Ante la lamentable omisión interesada que, en todo el mundo, especialmente en las democracias, se hace hoy día con todo lo relacionado con el COMUNISMO y la URSS, conviene hacer un sumario de lo que ese régimen maligno trajo y trae aún hoy al mundo.

    Antecedentes teóricos.

    El comunismo es la fase final que, como consecuencia de la revolución del “proletariado” (supuesta “clase social oprimida” no propietaria del “capital”) que conduce a la dictadura del mismo primero y luego a una fase intermedia que tiene al Estado como protagonista, el socialismo, Karl Marx, su ideólogo alemán de origen judío, junto al judío también Engels, “profetizaba” que se alcanzaría para la supresión de toda diferenciación de “clase” y para alcanzar la plena igualdad de toda la humanidad, idea totalmente contranatural. No obstante, Marx no describió ni concretó nunca esa supuesta sociedad comunista a la que él atribuía la culminación de la humanidad (mesianismo al que se refiere el actual papa alemán), lo que convierte su ideal en algo totalmente indefinido y oscuro.

    Karl Marx, nacido en 1818, de familia prusiana judía y acaudalada, gozó de los privilegios propios que solo los ricos (muy minoritarios) de su época (el siglo XIX) pudieron disfrutar. Jamás trabajó la tierra, ni en construcción, ni en minas, ni en industria o trabajo duro físico alguno (vital para poder comprobar por sí mismo el valor que en esta vida tienen los INCENTIVOS para toda conducta en el orden material, es decir, en el orden económico y de la actividad laboral en particular, como más tarde le reprocharía el economista John Stuart Mill). Y como la inmensa mayoría de ideólogos, ricos o de buena familia la mayoría, accedió a una cultura vedada al común de los mortales, aunque hizo un uso verdaderamente perverso, tanto de la inteligencia con la que Dios Nuestro Señor le dotó, como de la formación que fue adquiriendo incluso más allá de las aulas universitarias. Dado a una vida totalmente depravada en su juventud, se formó finalmente como abogado y se dedicó la mayor parte de su vida al periodismo de agitación, motivo por el cual fue expulsado de Alemania, Francia y Bélgica, pasando a residir en la más absoluta pobreza en Inglaterra gracias al apoyo económico que su amigo y colaborador intelectual Friedrich Engels le suministró. Y ya allí, culminó su obra más célebre, El Capital (Das Kapital), en tres tomos y cuyo tercer tomo fue publicado póstumamente (Marx murió en 1883). Una obra sumamente peligrosa para cualquier persona que se adentre a leerla y no tenga una sólida formación no ya filosófica, sino en análisis económico y, sobre todo, de moral católica, pues puede, bajo la apariencia de una falsa y “bondadosa” “liberación” de los “oprimidos” y bajo la continua apelación al sentimentalismo y a las emociones, acaba por “seducir” y convencer a los más ingenuos, aún buenos. Es preciso tener en cuenta que esa palabra, capital, hace referencia a uno de los factores de producción económica (maquinaria, instalaciones, herramientas, software, dinero y activos financieros, etc., pero también conocimientos técnicos y de todo tipo, el capital humano, que parece ser que para Marx era ajeno al “proletariado”. Primera gran falsedad, pues no tiene uno que acudir a escuela alguna para ser un gran profesional de muchos oficios, para poseer un invalorable capital humano, sin el cual, ni una sola actividad económica podría llevarse a cabo. Y así ha sido durante la mayor parte de la historia de la humanidad), y como tal, constituye todo el conjunto de bienes, físicos o inmateriales, que son empleados no para consumir, sino para la producción de otros bienes y servicios. Eso es el capital, sin más. La acumulación de capital es lo que los economistas denominan formación bruta de capital o, más corrientemente, inversión.

    Karl Marx empieza su infame andadura intelectual tras verse influido, pero para mal, por la filosofía de Hegel. Pero atraído por la actividad terrorista de los sindicatos que ya intimidaban en su tiempo a buena parte de la población (incluso a los llamados esquiroles y a los miembros de otros sindicatos), acabó por rechazar la filosofía y se lanzó a la actividad política, pues consideraba que no había que interpretar el mundo como los filósofos, sino transformarlo (soberbia propia de aquellos que, por ateos, tratan de suplantar a Dios “para cambiar el mundo” aunque no quieran para nada cambiar ellos mismos, es decir, esforzarse sinceramente en su conversión, mayor incoherencia imposible). Así pues, estudiará a los clásicos de la entonces denominada “Economía política”, Adam Smith y Ricardo principalmente, para dar “justificación” a sus ideales políticos que después iría puliendo en base a su experiencia de odio. De Ricardo toma la “teoría del valor trabajo” (que David Ricardo solo empleó como aproximación al valor de las mercancías (horas de trabajo en la producción de las mercancías dada la tecnología existente en cada ramo productivo) en su excelente modelo de comercio internacional basado en la ventaja comparativa, que resiste, aún hoy, muy bien los contrastes empíricos, pero nunca como valor real de las mercancías, que es determinado por oferta y demanda, sino como modo de explicar la asignación de recursos de modo eficiente en presencia de comercio entre países) como medida de lo que él consideraba verdadero valor de las mercancías. Y en base a este valor, elabora un disparatado modelo de economía supuestamente capitalista que suponía un ciclo de intercambio continuo dinero, mercancías, dinero, en el que los precios de los bienes producidos por el capitalista incluían una plusvalía que el propio capitalista se apropiaba, “explotando” de este modo al proletario, productor que él consideraba como exclusivo de los bienes. Ni que decir tiene que para Marx no había lugar para considerar los rendimientos decrecientes de los factores de producción (origen de la revolución marginalista neoclásica en economía, vigente en la microeconomía actual) que ya en su tiempo empezaban a explicar acertadamente el funcionamiento real de la economía, haciendo uso del cálculo diferencial de Newton, Gauss y Leibniz, a los modelos que explican el comportamiento económico, y que adoptaron los economistas neoclásicos científicos (Jevons, Walras, Marshall, Cournot, etc.), así como el papel crucial de los incentivos tanto de empresarios, inversores, innovadores, emprendedores, trabajadores, sindicalistas, burócratas, gobernadores, etc. (como los economistas austriacos encabezados por Menger tanto recalcaron). Tampoco explica su “teoría” el caso que se da cuando el precio es más bajo que los costes laborales unitarios (pérdidas o “plusvalía negativa”, que pueden ser transitorias en empresas privadas o permanentes en empresas públicas a cuenta de la «explotación» cada vez mayor que suponen los impuestos). Teniendo en cuenta la cantidad de disparates contenidos en su obra, no puede calificarse El Capital como obra “científica”, salvo para los políticos marxistas o de izquierdas, que no científicos, o por los necios que, sin conocimiento y, muchas veces, sin maldad, se han visto seducidos emocionalmente por sus incoherencias sin solución. Prueba de los disparates de su obra, son las innumerables “profecías” que lanzó y de las cuales no se ha cumplido siquiera una:

    1º La inevitabilidad de la llegada del socialismo a todo el mundo debido a las crisis y depresiones recurrentes (ciclos económicos, que resultan incluso acordes a la naturaleza creada por Dios Nuestro Señor, según nos muestra la parte final del Génesis en lo referente a José en Egipto y los 7 años de bonanza y los 7 años de miseria. Pero por supuesto, Marx aspiraba a contravenir esta realidad natural de las espinas y abrojos de un suelo maldito por nuestro pecado, pues él no solo era ateo, sino que odiaba a Dios y pretendía hasta transformar la naturaleza por Él creada, a tal grado llegaba su soberbia ciega),

    2º la creciente miseria del proletariado (contundentemente falsa en los países que él consideraba “capitalistas”. Especialmente falsa en los denominados “paraísos fiscales”. Curiosamente cierta en los que aplicaron su ideal marxista, tanto en los comunistas, como en los socialdemócratas),

    3º las inexorablemente decrecientes rentabilidades del capital (falsa porque la caída en la rentabilidad en un sector, se ha solventado buscando innovaciones y creando nuevos bienes y servicios. La rentabilidad tiende a mantenerse en el largo plazo, de acuerdo a no pocos estudios empíricos, especialmente en los sectores tradicionales de la economía, como, por ejemplo, el de muchos productos alimenticios, y a nivel global),

    4º la concentración creciente de la industria y la riqueza en manos de pocos (esto, que es falso, ha sido defendido incluso por papas como el actual. La concentración de riqueza, anima a otros a competir con los más acaudalados, lo que genera una mayor redistribución de la renta nacional vía libre competencia. De hecho, de haber sido verdad eso de la concentración de la riqueza en toda economía, ¿cómo hubiese sido posible la supervivencia actual de hasta 7600 millones de hombres y mujeres en el mundo?. Lo que suele dañar no es esa supuesta concentración, sino las trabas a la libre competencia, en las que los marxistas e izquierdistas son los campeones históricos sin tasa. ¿Alguna riqueza más concentrada que en la actual China, Venezuela, Corea del Norte y Cuba, todas comunistas y para los tiranos multimillonarios comunistas déspotas ilimitados además de genocidas inacabables?),

    5º la alienación inherente a la naturaleza del trabajo (especialmente falsa en los países en los que los mercados laborales son más flexibles, como USA o UK en la actualidad, que muestran una creciente rotación de la población de un trabajo a otro en busca de mejores oportunidades que suelen darse con libertad, e incluso una mayor propensión al emprendimiento),

    6º el paro creciente que denominó “ejército industrial de reserva” (especialmente falso en los países con mercado de trabajo más flexible, como los dos anteriores, aunque la rigidez haya sido siempre, como el hambre, un instrumento al servicio de los marxistas, tanto socialistas y comunistas, como los más moderados, los socialdemócratas. A nivel del mundo entero, jamás hubo tanta población ocupada (más de 4500 millones de personas actualmente, tres veces más que población global hace un siglo). Y creciendo) y

    7º la identificación del comunismo, de la ausencia de la propiedad privada “burguesa”, como naturalismo y humanismo, como liberador del “hombre social” (justamente todo lo contrario. Nada hay más “alienador” que no sentirse dueño ni siquiera de la casa en la que uno habita. Nada más opresivo, hipócrita y esclavista que trabajar para la “colectividad”, es decir, los golfos y bandidos de turno rojos, y no para uno y los suyos (recuerden la paja del ojo ajeno y la viga del propio a la hora de tratar de “dirigir” la vida ajena). Nada más contranatural que el marxismo, como trataré de demostrar. Nada más inhumano (¿qué frutos ha dado el árbol marxista? Eso lo dice todo.). Y el hombre es “social” por naturaleza, dentro de la FAMILIA, que los marxistas ortodoxos o moderados, siempre tratan de destruir, en el centro educativo, en el que los marxistas no tratan de educar, sino de adoctrinar, en la calle, para los marxistas, ámbito de un estado policial, en el trabajo, solo dignificante y redentor en libertad, a lo que se opone el marxismo, etc. Pero ser “social” no tiene porqué implicar ser hipócrita y fariseo, adulador, cobarde, arribista, etc., ni implicar dejar de ser buen cristiano, de ser noble y sincero, aunque astuto, que son virtudes que atraen mucho más beneficio a largo plazo, aunque a corto nos puedan llevar al martirio.

    Aunque El Capital es hoy poco leído y mucho menos aún entendido (tarea imposible porque sus contradicciones lógicas lo hacen inviable. Y por cierto, sus conclusiones son ajenas a todo rigor apoyado en análisis matemático o estadístico, lo que da nulo valor en cuanto a contraste empírico, carácter que sí trató de imprimir a su obra, Adam Smith y otros muchos grandes economistas posteriores a él), sí es objeto de mayor lectura el documento que Marx y Engels publicaron allá por 1848 y que tanto mal ha traído y trae al mundo, el denominado Manifiesto comunista, verdadera aberración contranatural y antihumana, obra que ni el mismo demonio, como oposición a Jesucristo Nuestro Señor, podría haber escrito de modo diferente de su puño y letra. De hecho, El Capital, trata de “justificar” sus injustificables asertos, rebatidísimos acertadamente no solo desde el punto de vista religioso, filosófico o económico, sino desde todos los puntos de vista de las ciencias sociales (psicología, sociología, antropología, etc.). En ese infame documento, Marx no solo aboga por abolir la propiedad privada que él solo atribuye a los “burgueses”, sino también la religión a la que considera una droga (¿qué ser humano, qué hombre o mujer verdaderos, no necesita a Dios, no necesita Fe, Esperanza y Caridad, incluso más que el alimento? ¿Se puede concebir semejante satánica aberración, querernos separar de Dios Nuestro Señor, de Jesucristo para poner en su lugar a un asesino de cuerpos y almas rojo? Los resultados de la actual secularización materialista en el mundo deberían hacer reflexionar a toda persona que se tenga por cuerda), tan molesta para los marxistas (y no solo para ellos), la patria y los sentimientos patrióticos (que para desgracia posterior de Lenin, no consiguieron erradicar de los corazones de todos los hombres y mujeres, y de la que sacaría partido el genocida Stalin), pues no atribuye patria alguna al proletariado, la abolición de la familia con la socialización de la mujer y la ruptura del vínculo padres hijos, a los que supone “explotados” por los primeros (de descerebrados y posesos embriagados de egolatría), el derecho a la herencia y la libertad, pues defiende los impuestos fuertemente progresivos (con impuestos, que son un robo y, por lo tanto, pecado mortal, no existe libertad. No se puede obligar a una persona a querer a Dios y a ir a la Iglesia, como es lógico y natural, pero se puede encarcelar al que no pague impuestos, aunque done mucho dinero a la Iglesia o pague cualquier bien y servicio público. ¿Cabe mayor incoherencia? ¿Es el Estado más que la Iglesia de Dios Nuestro Señor? ¡Naturalmente que NO! (al menos para los que somos católicos). La Santa Iglesia Católica Apostólica Romana solo sirve a Dios y no a los políticos sean del signo que sean) y la obligatoriedad de trabajar (ojo, la obligatoriedad, que es esclavitud, como demostró luego el bloque soviético en la práctica), así como otros demenciales latrocinios expuestos en los diez puntos o “mandamientos infernales” finales de ese anti evangelio.

    En Karl Marx, así como en los más célebres marxistas de los últimos dos siglos (Lenin, Stalin, Trotsky, Mao Tse Tung, Rosa Luxemburgo, Ho Chi Min, Pol Pot, etc.), podemos constatar, en sus obras, discursos y escritos, un odio enfermo y enloquecido, metastásico, visceral, extremo, sutil y persistente a toda la Creación de Dios Nuestro Señor, al mismísimo Dios y su Santa Iglesia Católica Apostólica, a los católicos, a la naturaleza por Él creada, a la vida, a la verdad, a la castidad, a la alegría, a la felicidad humana, a la familia, a la maternidad y a la paternidad, a la patria, a la historia y los antepasados, a la libertad o libre albedrío, regalo del Señor a todas sus criaturas hechas a imagen y semejanza de Él, y, en definitiva, al ser humano, criatura de Dios. Y aunque la horrorosa experiencia y herencia del marxismo, inigualable en crueldad y daño causado, en el mundo, que aún perdura con gran intensidad en no pocos lugares, resistiéndose desesperadamente a desaparecer, ha llevado a una creciente proporción de la población de todas las naciones a rechazar esa ideología de maldad sin precedentes, su influencia devastadora y destructora en las almas que se han visto envenenadas por ella, ha sido y sigue siendo enorme. Incluso en la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, (la única verdadera, la de Jesucristo Hijo Redentor y Salvador del mundo, la de San Pedro), el «humo de Satanás» ha entrado en ella por medio del marxismo de la teología de la “liberación”, de Pax, del “aggiornamento” o mundanización, de la doctrina social de la Iglesia (socialdemócrata sin paliativos y al servicio de la política, que no de Dios) y del catecismo contaminado por ella, llevando a la actual abominación de la desolación en los templos que deberían estar abarrotados día tras día, dando gracias a Dios por su Infinita Bondad y Misericordia para con nosotros, y, sin embargo, están casi vacíos y con unas vocaciones a la vida religiosa muy reducidas, algo verdaderamente letal para todos nosotros, pues de esas almas consagradas, de su intercesión en cielos y tierra, y de su impagable generosidad con el prójimo en obras y oraciones, depende en buena medida nuestra salvación eterna, ni más ni menos.

    Para Marx la historia de la humanidad es una historia de la “lucha” del “oprimido” contra el “opresor”, del esclavo contra el amo, del vasallo contra el noble, del proletario contra el burgués, y en su obra, promueve una revolución violenta para implantar la dictadura del proletariado, es decir, la DICTADURA DE LOS COMUNISTAS Y SOCIALISTAS, sin reparar en que los triunfadores, de acuerdo con su idea, serán los nuevos “opresores” a derribar en una especie de guerra eterna que, de haber sido cierta, hubiese llevado a la humanidad a su completa extinción desde el mismo Adán y Eva. No se halla en Marx una apelación sincera a la Caridad cristiana, ni a la Regla de Oro, ni al amor a Dios ni al prójimo, verdaderos “motores” de la vida y la existencia. A Marx, como a sus seguidores, solo les mueve una cosa: el ODIO, el odio propio de quien no tiene fe, ni esperanza, ni acepta la caridad, EL ODIO DE LOS SIN DIOS.

    Hoy, los marxistas buscan continuar la siembra de cizaña iniciada por Marx, con fines exclusivamente políticos para alcanzar el poder y satisfacer su vanidad ilimitada, que nunca para “liberar” al “oprimido” (que siempre y en todo lugar ha resultado fuerte y mortalmente perjudicado por el marxismo en cualquiera de sus variantes, anarquista, socialista, comunista, bolchevique o socialdemócrata izquierdista), buscando “oprimidos” entre las mujeres (a las que inicialmente quisieron socializar sexualmente, luego no le atribuían opinión ni voluntad alguna al respecto, como si fuesen meros animales de compañía productoras de placer), entre los pobres (nadie los ha empobrecido más en toda la historia de la humanidad, nadie ha generado mayor terror, miseria, hambre y muerte de los pobres que los marxistas), entre los trabajadores (que con los marxistas fueron simplemente esclavizados, degradados y asesinados en masa), entre los desempleados (nadie ha generado más desempleo que los gobiernos marxistas democráticos, para los que el hambre es un arma de dominación que golpea la cabeza del enemigo, como afirmaría Lenin), entre los homosexuales y demás enfermos o depravados (a ello obedece por ejemplo la famosa “liberación sexual” de finales de la década de los sesenta del siglo anterior, que trajo un verdadero holocausto de enfermedades de transmisión sexual, divorcios, abortos, promiscuidad, adulterios, caída en picado de la natalidad y la nupcialidad, suicidios por infelicidad extrema, prostitución de todo tipo, incluso infantil, tráfico y extorsión de personas e innumerables calamidades contra las familias y los hombres y mujeres de bien que aún sufren por familiares víctimas de todos esos males que de perdurar acabarán con buena parte de la humanidad), entre los de otras razas que no sea la blanca europea (instigando odio «vengador» contra ella, cuando los blancos europeos han sido la raza menos racista y civilizadora de entre todas, incluidos los eslavos y germanos), entre los indígenas africanos, americanos, asiáticos, etc. No tiene el marxismo otra finalidad que crear bandos enfrentados para beneficio de los propios marxistas, solo que sin ningún límite moral ni humano. El marxismo es un auténtico anticristo. Es la culminación del mal iniciado con la llamada «reforma» o rebeldía protestante (relativismo moral intolerable que ha hecho de la “libre interpretación de la Biblia”, una excusa para hacer de cada hombre un falso “dios” en sí mismo, «autojustificado» haga lo que haga y para sí mismo, para alejarse de Jesucristo Nuestro Señor, Verdadero Dios y Hombre), que se acentuó con la mal llamada revolución francesa, es decir, con el radicalismo ateo jacobino y masón (que pretendió, con todo tipo de mentiras y manipulaciones, enfrentar Fe y razón, destruir la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana con persecución y exterminio de sus miembros, y que trajo la nefasta democracia, decadente sistema actual de los mercaderes de la mentira y de los embusteros), y que culminó en el ateísmo extremo del marxismo. Teniendo en cuenta que todo mal viene del alejamiento del hombre con respecto a Dios y a la finalidad excelsa a la que fue invitado a vivir, a ser, es decir, al cumplimiento del plan y Santísima Voluntad que Dios Nuestro Señor tiene para todos y cada uno de nosotros, no queda duda alguna de que el marxismo es la ideología más perversa y satánica de cuantas han existido, seguramente que la definitiva arma de satanás.

    Aprovechando el movimiento sindical en beneficio propio (la solidaridad del terror del “proletarios del mundo, uníos”) con todo tipo de engaños, mentiras y violencia, el marxismo termina aglutinándose en torno a la primera Internacional, con Marx como líder supremo y dictatorial, especie de congreso de marxistas de distintas nacionalidades que persiguen implantar el comunismo en todo el mundo tras una revolución sangrienta y una dictadura del proletariado inicial. Pero dado el crecimiento económico significativo consustancial a la economía de mercado en los países europeos pioneros en la industrialización, así como la pujanza económica cada vez mayor de América, que atraía a cada vez más europeos, y el populismo de las medidas de “bienestar” de los liberales conservadores para evitar revoluciones a corto plazo, se acabó por satisfacer en buena medida el deseo de una vida material mejor para los más pobres y más susceptibles de ser engañados por el anticristo del marxismo, por lo que el movimiento marxista inicial se escindió en tres corrientes principales, todas ellas aún muy malignas: la ortodoxa o comunista y socialista, irreconciliable con todo otro sistema, la más o menos “moderada” y peligrosamente sutil, socialdemócrata, que busca seguir la vía revolucionaria pero dentro de las democracias, y la más heterodoxa y directa, la encabezada por Bakunin, la del anarquismo o comunismo libertario (que rechaza a Dios y al Estado, al orden, a la ley y a la autoridad, salvo la de ellos, los propios anarquistas, con pistola en mano, incluso la propia autoridad y disciplina comunista), que es expulsado dictatorialmente de la I Internacional por el propio Marx y cuyos miembros sufrirían una verdadera masacre sangrienta tras la irrupción de los bolcheviques en Rusia, aunque ya desde antes venían atentando y sufriendo atentados, en todo lugar, contra los comunistas y socialistas ortodoxos en una especie de “guerra civil ideológica” por la supremacía dentro del marxismo y por atraer al mayor número posible de afiliados engañados. A partir de entonces surge una II Internacional socialdemócrata y una III Internacional, la Komintern, comunista.

  14. CONTRA EL ANTICRISTO MARXISTA, SOCIALISTA Y COMUNISTA 2.

    Praxis marxista.

    La mayor influencia perversa del marxismo se ejerció, hasta 1917, a través de las organizaciones terroristas que tomaron por nombre sindicatos. Estas organizaciones, agrupaban a muchos trabajadores que, individualmente, eran incapaces de mejorar sus condiciones de trabajo personales (bien por falta de trabajos alternativos, bien por exceso transitorio de oferta laboral o desempleo involuntario, bien por su escasa productividad o la de sus puestos), aparte de que la envidia de sus compañeros lo hacía casi imposible aunque destacasen por su buen desempeño o su alta productividad, por lo que su adhesión voluntaria o forzosa (la sindicación llegó a ser obligatoria en no pocos países), les convertía en un “ejército” capaz de imponer en negociaciones colectivas, y a través de la violencia (con destrucción de maquinaria, innovaciones, almacenes, empresas y productos), el chantaje (contra empresario, gobernantes y compañeros no afiliados) y el terrorismo (contra patronos, gobernantes, fuerzas de seguridad e incluso contra miembros de otros sindicatos o trabajadores individuales que no secundaban o no podían hacerlo por no poder perder el jornal, las demandas laborales o las huelgas, denominados esquiroles) condiciones laborales cada vez más exigentes y onerosas, no solo para los empleadores, sino para el creciente número de desempleados que cada vez tenían más difícil acceder a un sueldo con el que sustentar a su familia, aunque fuera menor y en peores condiciones. De hecho, el marxismo, multiplicó los efectos perversos del sindicalismo del modo más absolutamente irresponsable, sometiendo a cada individuo en particular, a una dinámica de terror de la que era muy difícil desmarcarse sin padecer la furia de otros trabajadores. Ahora bien, ese comportamiento sindical propio del marxismo, tornó en auténtica tiranía cuando los marxistas accedieron al poder por primera vez en la historia de la humanidad en Rusia, tras el golpe de estado de Lenin en octubre de 1917. Fue entonces cuando las huelgas (mecanismo terrorista de boicot, incluso contra el propio trabajador, pues pone en peligro la viabilidad de su empresa), tan continuamente promovidas por el marxismo en los países democráticos, incluso por motivos meramente políticos, fueron prohibidas a golpe de ráfagas de ametralladora, a golpe de deportaciones, trabajos forzados, encarcelamientos, torturas y asesinatos masivos. Fue en la Rusia soviética donde los trabajadores experimentaron en carne propia la verdadera faz del comunismo que hoy tanto se nos oculta en las democracias. Allí el trabajo pasó a ser esclavitud (sí, sí, lo que leen, esclavitud. Allí, como mínimo, encarcelaban a alguien por negarse a trabajar, cuando aquí solo te cuesta el despido), las reivindicaciones desaparecieron bajo un manto de terror, miseria física y espiritual y muerte que la humanidad nunca antes había conocido. Además, los sindicatos, marxistas en su totalidad en todo lugar y tiempo, aunque algunos lo nieguen insistentemente (a veces sin saber intelectualmente que ser sindicalista implica ser marxista, sin más, pues es el reconocimiento de algo tan diabólico como la «lucha de clases», instrumento de odio al servicio no del trabajador, acomplejado políticamente, sino del marxista que le engaña para alcanzar el poder. Trabajar nunca fue motivo de vergüenza fuese cual fuese la honrada tarea que se desempeñase, pero los marxistas fueron especialistas en crear verdaderos complejos entre los más pobres), siempre se opusieron y se oponen a la innovación tecnológica, crucial para generar una mayor productividad persistente y un mayor crecimiento económico a largo plazo, beneficioso para todo el conjunto de la población, pues fueron los sindicalistas los que hace dos siglos destruían los telares y máquinas movidos por vapor (ludistas), los que hace un siglo se oponían al motor de explosión y a la difusión de la electricidad, los que en los años sesenta del siglo pasado se oponían a la informatización, mediante ordenadores, de los registros y cálculos, los que hoy se oponen a la robotización, pues para ellos, progreso tecnológico es sinónimo de desempleo, como si las máquinas lloviesen del cielo. No quieren admitir que la innovación tecnológica trae un aumento de la productividad que reduce los precios de los bienes y servicios, para bien de la humanidad al elevar los salarios en términos reales, un aumento del empleo, directo porque las máquinas e innovaciones ahorran mucho menos empleo, incluido el de mujeres y niños, del que generan (piénsese por poner un solo ejemplo, cuantas personas de entornos rurales encontraron un empleo mejor en las industrias de tractores, cosechadoras y maquinaria agrícola, así como de industrias y servicios auxiliares, con respecto a las personas que antaño araban, acondicionaban la tierra, abonaban, sembraban, segaban y separaban el grano de la paja y desempeñaban cualquier penosa labor agrícola que hoy hacen las máquinas sin apenas una fracción del tiempo y sin apenas esfuerzo), e indirecto porque las máquinas no solo requieren ser concebidas, diseñadas, probadas, montadas y vendidas por una sola industria, sino que en el proceso intervienen un sinnúmero de industrias y servicios auxiliares para su mantenimiento, reparación, repuestos, etc. La tecnología logra sortear el límite que los rendimientos decrecientes de los factores productivos imponen a la economía en el corto plazo, es decir, logra alcanzar rendimientos crecientes a largo plazo, muchas veces por asociación de personas con gran talento. Si las ideas del viejo ludismo hubiesen sido ciertas, ¿cómo es posible que hoy trabaje en el mundo 3 veces más hombres y mujeres que aquellos que constituían la población del mundo hace un siglo, habiendo tantos ordenadores, máquinas y robots, cada vez más productivos?, ¿realmente se puede sostener de modo cabal y razonable que las máquinas quitan empleo sin generar mucho más y de mejor calidad, menor esfuerzo físico, menos tediosos y mejor retribuidos, además de hacer accesibles cada vez más bienes y servicios a más personas? Pero es claro que esto no es finalidad del marxismo en absoluto, solo interesado en el poder y recurriendo a cualquier maldad para lograrlo. Los sindicatos jamás crearon riqueza alguna, aunque sí contribuyeron y contribuyen siempre a destruirla, a generar divisiones, a sembrar cizaña. Aprovechan la debilidad y el sufrimiento humanos en beneficio propio, nunca del débil o del que sufre. Su proceder es propio del demonio. Los sindicatos nunca crearon empresas, industrias o negocios, que era aquello a lo que debían haberse aplicado, incluso como cooperativas, por ejemplo, para competir arruinando al “malvado” “explotador” al que tanto odian. Obstaculizaron la reducción de la jornada laboral a 8 horas diarias, pues exigían mantener el mismo salario por hora que cuando se trabajaba 10 ó 12 horas (lo cual era inasumible para cualquier negocio o empresa). Y es que los sindicatos procuran el “bien” del “trabajador”… con el dinero y los recursos ajenos, nunca con los propios (como aquél que invita a todo, con el dinero de otro. ¡Vaya “bondad” la suya!). Fueron, pues, con su inflexible rigidez, responsables de que la reducción paulatina de la jornada laboral, exigencia natural de los rendimientos decrecientes aplicados al esfuerzo humano (productividad media creciente al reducir el tiempo de trabajo), se hiciese con mucha mayor lentitud, haciendo más persistente el desempleo por la rigidez que introducían en la negociación laboral colectiva que monopolizaban de modo totalmente mafioso junto a las también mafiosas patronales. La actitud de los sindicatos solo puede calificarse de terrorista, de conspiración contra la generación de riqueza y empleo, de boicot a la paz y de boicot sobre la vida de millones de personas que no tienen empleo ni modo de ganarse la vida, y su proceder generó una reacción por parte de patronos, que instigó una mayor colusión tácita con patronales de tapadera, perjudicial para todo el conjunto de la población, con precios superiores y calidades inferiores a las que generaría una competencia limpia e intensa, propia del libre albedrío de cada individuo, don de Dios. Y lejos de ser entidades beneficiosas por ser solidarias (consigo mismas, claro, como todo solidario), son entidades que solo persiguen del modo más salvajemente egoísta, corrupto, mafioso, desconsiderado e irresponsable para con los demás, el beneficio de sus afiliados (muy minoritarios entre los trabajadores en la mayoría de países), aunque el conjunto de los empleados se beneficie a título semi gratuito de su actuación (semi gratuito porque la totalidad de los empleados, afiliados o no, han de contribuir con impuestos y cotizaciones al sustento de esas organizaciones terroristas, lo quieran o no). Con ellos queda patente la falsedad y maldad de la solidaridad farisea frente a la santa, individual, libre, desinteresada y discreta Caridad cristiana, la que se hace sin que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha, verdadera virtud de todo ser y acorde con lo que verdaderamente nos exige Nuestro Señor Jesucristo. Los sindicatos, como organizaciones marxistas, han castigado duramente la diligencia premiando la indolencia, han castigado a los que destacaban, a los buenos, en beneficio de los privilegiados, malvados e indolentes, con su idolatrada y obstinada persecución de la “igualdad” que es antinatural. Y sus miembros, mayoritariamente, ni trabajan ni dejan trabajar a los demás como todos los que hemos trabajado en varios sectores y empresas sabemos bien.

    De la Rusia zarista a la Rusia soviética y la URSS.

    Teniendo todo esto en cuenta, previamente a la Primera Guerra Mundial, surge un ruso intelectual inflamado de odio y huido de la Rusia del pusilánime zar Nicolás II por actividades revolucionarias contra la autocracia, Vladimir Ilich Ulianov, con el alias de Lenin, que, desde su cómodo exilio en Suiza, será enviado, atravesando Alemania en plena guerra, con dirección a San Petersburgo, con la intención de sacar, por medio de él, a Rusia de la guerra (objetivo logrado, y con gran beneficio, tras el golpe de estado de 25 de octubre de 1917 según calendario juliano). Lenin, que había nacido en 1870 en la actual ciudad de Ulianov, a orillas del Volga, en el seno de una familia acaudalada de funcionarios zaristas y con antecedentes judíos, también tuvo acceso a la formación universitaria a la que la inmensa mayoría de sus paisanos, a los que despreciaba profundamente, no podían ni siquiera soñar acceder. Hermano de un terrorista anti zarista ejecutado, fue expulsado de la universidad de Kazán, aunque más tarde terminaría sus estudios de derecho con gran brillantez dada su excepcional inteligencia, desgraciadamente al servicio del mal más absoluto. En sus avatares vitales de revolucionario, adquirió tal odio por la humanidad que ni siquiera sus correligionarios plasmaron en una biografía oficial suya posterior a su muerte, acaecida en enero de 1924, ocultando su verdadera personalidad incluso a los miembros más fanáticos del partido comunista soviético, el PCUS, fundado por los propios bolcheviques. De hecho, lo poco que se sabe de semejante ser, ciertamente diabólico, viene de diplomáticos, políticos socialistas y comunistas extranjeros, huidos de Rusia, etc., que trataron con él.

    A comienzos del siglo XX, Rusia había experimentado un crecimiento económico verdaderamente espectacular, con una industria crecientemente próspera de capital mayoritariamente extranjero (alemán, inglés, francés, etc.) y fundamentada en la sobreabundancia de recursos minerales y energéticos. Pero al espectacular crecimiento económico y al no menos espectacular crecimiento demográfico, acompañó un malestar creciente entre una población que quería asimilarse al resto de Europa avanzada, con una democracia, dejando atrás el absolutismo extremo que suponía la autarquía zarista. Las huelgas se multiplicaron, instigadas no solo por obreros industriales, sino también por estudiantes universitarios e incluso por miembros de la hereje y blasfema secta ortodoxa, como el tristemente célebre “padre” Gapón, llegando a un extremo en el denominado “domingo sangriento” en 1905, con centenares de muertos tras huelga pacífica multitudinaria en San Petersburgo (capital de la entonces Rusia zarista). La actitud de muchos socialistas revolucionarios de entonces, favorables al terrorismo, instigó una reacción de la temible Ojrana, o policía zarista, que en nada contribuyó a serenar los ánimos, ni siquiera con la autorización de ciertos sindicatos y la creación de un parlamento manipulado denominado duma en San Petersburgo.

    No obstante, el 80% de la población rusa de 1913 era ajena a esas agitaciones anti zaristas, pues consistía en población rural pobre, en los mujik o campesinos que, desde el decreto de emancipación de 1861, que abolió la servidumbre, eran dueños en sus mir o comunas de al menos la mitad de las tierras y pujaban por la otra mitad con una nobleza rural zarista en franca retirada hacia las ciudades y con abandono de la propiedad rural. Otro 10% de la población alternaba el trabajo en el campo con empleos temporales en las industrias de las ciudades cercanas, mientras que la población urbana permanente era otro 10%, entre ellos una proporción de ingresos medios y altos creciente, aunque mayoritariamente beneficiaria del régimen zarista. La presión demográfica, que se intensificó por un aumento superior al 100% de la población de los dominios de la Rusia del zar Nicolás II en tan solo 50 años, con una superficie apta para la agricultura y la ganadería no mayor de 3 millones de kilómetros cuadrados (dada la imposibilidad de llevar a cabo actividades agrícolas y ganaderas en la tundra por las condiciones climatológicas extremas la mayor parte del año), obligó al ministro zarista Stolypin a ceder cada vez más tierra a los campesinos a cambio de indemnizaciones escasamente satisfechas. Fue ese ministro la última esperanza para convertir Rusia en un país avanzado, pero el rechazo violento, promovido por los propios socialistas revolucionarios mayoritarios en el enorme entorno rural ruso de entonces, de los campesinos a los que se separaban de la comuna y trabajaban sus tierras ya en propiedad, vendiendo el excedente en mercados al más puro estilo de una economía de mercado, lo que facilitó sobremanera la llegada de los bolcheviques, muy minoritarios y circunscritos mayoritariamente a los entornos urbanos e industriales, al poder en Rusia, a partir de octubre de 1917. Por tanto, fue la implantación de una corriente marxista, los socialistas revolucionarios, con su terror intimidador colectivista (idéntico al que utilizan los sindicatos en todo país) en las vastas regiones rurales y generalmente muy atrasadas de Rusia, la que propició la llegada del mal a ese país maldito. Aunque eso solo no explica el devenir histórico. Hay que poner de relieve, y a la vista de lo que muchos testigos, historiadores y supervivientes, nos han transmitido por medio de libros y memorias, que Rusia era, en primer lugar, un país extremadamente descreído, ateo, donde la degeneración moral era enorme (la adicción al vodka, los robos, los asesinatos, la violencia, los escándalos, abusos, violaciones e incluso las relaciones incestuosas, eran algo desgraciadamente muy difundido en Rusia previamente a la primera gran guerra). Y, aunque la secta ortodoxa rusa aún tenía una proporción muy reducida de seguidores, principalmente ancianos y ancianas, era muy mal vista por la mayoría al ser considerada una institución propiamente zarista (hay que tener en cuenta que todas las sectas y falsas religiones, independientemente de que sean ortodoxas, protestantes, anglicanas, musulmanas, budistas, etc., a diferencia de la verdadera religión de la Santa Iglesia Católica Apostólica, obedecen a un líder o grupo poderoso político o militar, sin ninguna vocación espiritual sincera, que se sirven de la herejía y de la blasfemia, del Santísimo Nombre de Dios, para beneficio propio, normalmente en términos de poder y riquezas. Son, pues, diferentes todos ellos de Jesucristo Nuestro Señor, Dios y Hombre Verdadero, pobre y virgen, que en su Santísima Evangelización jamás optó por una facción política o militar u otra, quería juntar a los hijos de Jerusalén como la gallina quiere juntar a los polluelos bajo sus alas, y que sus discípulos extendiesen la Buena Nueva de los Sagrados Evangelios por toda nación pagana, siendo vendido por Judas Iscariote con una finalidad de atraerle, tal vez, al liderazgo o trono en una acción armada o política contra romanos y contra Herodes, y crucificado por razones de envidia, de política, al verse «amenazados» los privilegios de los políticos de su época, los escribas y fariseos, con la creciente conversión y seguimiento al Señor (recuérdese aquellas palabras de Caifás sobre que convenía que pereciese antes un Hombre que una nación entera). Es esta una diferencia crucial. Dios en vida no fue político, ni líder, ni jefe militar, sino el más humilde y pobre de los hombres, hasta el punto de dar Su Santísima y Preciosísima Vida por todos nosotros en la Cruz, sirviendo así a nuestra Salvación, y no siendo servido como los reyes y señores poderosos que han creado sectas y falsas religiones por puro interés de poder y material, ante la necesidad de Dios de toda la humanidad). Todo ello hace a Rusia no ya diferente a todas las demás naciones, sino a las de todos los tiempos, porque el comunismo no surgió en ninguna época histórica anterior en ningún lugar, luego el rechazo a Dios y el ateísmo creciente fueron especialmente intensos allí, como bien patente nos lo reveló Santa Faustina Kowalska de palabra de Nuestro Señor Jesucristo, que no podía soportar aquel país en los años treinta (punto 818 de su diario, 16/12/1936).

    Una vez iniciada la Primera Guerra Mundial, en el verano de 1914, el patriotismo, para desgracia de Lenin, que veía en la propia contienda una oportunidad para los “proletarios” de todo el mundo de aprovechar la situación para imponer en cada nación, por medio de una guerra civil revolucionaria, una dictadura del proletariado o comunista destruyendo a la “burguesía” capitalista, a la que odiaba en extremo, llevó a millones de hombres a morir a los frentes por su país, con una clara postergación de sus reivindicaciones. Y, como la guerra se prolongaba, Alemania se valió de Lenin, a quien financió, para lograr una paz muy beneficiosa (aunque de beneficios efímeros a partir del Tratado de Versalles) con Rusia, una vez aquél se impuso con violencia y todo tipo de golpes electorales, alianzas ventajosas temporales con mencheviques y socialistas revolucionarios de izquierdas y engaños de todo tipo. Así, Kerenski, tuvo que dejar Rusia huyendo de la ira bolchevique azuzada con oposición a la guerra en octubre de 1917, cuando Lenin se impuso con un golpe de estado no reprimido popularmente por el miedo a una vuelta al zarismo vengativo. Empezaba así un período horrible de requisas criminales a los campesinos que hundieron del todo la producción agrícola, de persecución y muerte de los llamados kulaks, que no eran más que campesinos con alguna vaca o con algo de ganado y tierras adquiridas en propiedad legítimamente y considerados del modo más arbitrario “contrarrevolucionarios”, prohibición del comercio con penas de muerte a los infractores, creación de la policía política o cheká en manos del sanguinario polaco Dzerzinski que extendería el terror, las cárceles, la tortura y la muerte a partir del verano de 1918, así como los temibles gulags o campos de trabajo esclavo, muchos de ellos en la inhabitable e inhóspita Siberia, tras intento de asesinato del propio Lenin, hambrunas generalizadas provocadas, especialmente en las ciudades, hiperinflación provocada a propósito que destruyó el valor del rublo en el interior y en el exterior de Rusia, como Lenin pretendía para su comunismo sin dinero y redistribuidor desde las autoridades comunistas, hundimiento de la industria por abandono de sus propietarios extranjeros e imposibilidad de hallar técnicos colaboradores competentes, atentados y ejecuciones masivas en una guerra civil inmisericorde con los “blancos” (Kornílov, Denikin, etc.), ejecución de la familia real al completo en Ekaterimburgo, persecución de creyentes y rechazo mundial generalizado aunque pasivo ante tanta desgracia. Para cuando los bolcheviques fundaron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), como estado “plurinacional” (idea de Lenin, enemigo del sentir patriota, para satisfacer a los no rusos), en diciembre de 1922, ya habían sido víctimas mortales del bolchevismo más de 5 millones de personas según la mayoría de historiadores. Y tan horrible y desesperada era la situación, que hasta los propios bolcheviques tuvieron que aceptar, por petición de muchos soviets, la vuelta al mecanismo de mercado para incentivar la producción de alimentos y demás bienes necesarios para la vida en lo que dio en llamarse nueva política económica (NEP), que, dejando en manos del Estado las industrias pesada y militar, el transporte, las minas, el sector petrolero y energético, el comercio exterior y al por mayor, permitió paliar transitoriamente la situación autorizando el comercio al por menor, la pequeña industria y la agricultura no intervenida, así como mercados libres de alimentos y otros productos básicos, destinando cada vez más proporción de población a labores burocráticas y policiales, así como en el recientemente creado ejército rojo (obra de Trotsky). Así pues, el mercado pudo venir en auxilio inicial del comunismo para garantizar su supervivencia, dado su espantoso fracaso inicial.

    Después de la muerte de Lenin en enero de 1924, se desata una dura pugna por el poder soviético entre Trotsky, intelectual judío de origen acomodado y cerebro del bolchevismo a la altura del propio Lenin, y su enemigo Stalin (de nombre real Iosif Visarionovich Dugachvili), georgiano ex seminarista ortodoxo en Tiflis y de origen humilde, atracador de bancos, posible ex confidente de la Ojrana zarista, muy astuto, suspicaz y dado a las intrigas conspiradoras para escalar en la pirámide de poder del partido comunista, imponiéndose este último con la ayuda de Bujarin, Zinoviev y Kamenev.

    Una vez en el poder, Stalin aplica la tesis de “socialismo en un solo país” frente al intento fracasado de su predecesor por extender la revolución bolchevique a todo el mundo, aunque en realidad no sea más que un cambio transitorio de estrategia, pues Stalin procuró siempre el triunfo del comunismo en todos los demás países empleando diversas tácticas incluso contradictorias unas con otras. Así, ya en enero de 1928 da por abruptamente finiquitado el paréntesis de la NEP e inicia la “industrialización acelerada” de la URSS, que pretendía alcanzar el nivel de producción de los países occidentales mediante el primer plan quinquenal y la que terminaría siendo extraordinariamente sangrienta, colectivización de la tierra, con la creación de sovjozes o granjas públicas y, sobre todo, de koljozes, o cooperativas, que debían ambas entregar su producción al Estado al precio previamente fijado por la autoridad desde Moscú. Esta medida atroz, pues suponía de facto una esclavitud agraria a la burocracia bolchevique y sus comisarios, generó tal oposición por parte del campesinado que desató una segunda ola de terror, mucho más intensa que la de Lenin entre 1918 y 1922, en la que cualquier oposición a las disposiciones de los comisarios comunistas locales era calificada de sabotaje y sus autores, reales o supuestos, “enemigos del pueblo”, con la consiguiente condena, ejecución, deportación a gulags o campos de trabajo esclavo, encarcelamiento o tortura. La colectivización de la tierra generó que muchos campesinos dejaran de trabajar los koljozes y se dedicaran casi en exclusiva a sus parcelas privadas que Stalin respetó como último recurso para evitar un baño de sangre y una catástrofe por desabastecimiento de las ciudades aún mayores, pero las autoridades soviéticas castigaron esa conducta con requisas indiscriminadas y ejecuciones masivas, en un infierno desatado de muerte que aún hoy es difícil cuantificar en cuanto a número de víctimas mortales, aunque en la URSS había costumbre de registrar nacimientos y defunciones, así como de realizar censos, como en el resto de países avanzados, por lo que, aún perdidos muchos registros, se estima un mínimo de 15 millones de muertos por el terror en la era de Stalin, siendo de 30 millones la estimación mayor. Y, más concretamente y dentro de esa cifra, se suelen estimar las víctimas del hambre en Ucrania, «granero» de la URSS, las víctimas del llamado holodomor, entre 5 y 7 millones en los dos últimos años del primer plan quinquenal, 1932 y 1933, en los que a los efectos nefastos de la colectivización se sumaron los de unas cosechas malas, las continuas requisas tanto para abastecer las ciudades, como para vender el grano al exterior y obtener así divisas con las que comprar maquinaria y bienes de equipo imprescindibles para la industria pesada, las requisas violentas de todo tipo de joyas, oro y objetos de valor en las dachas y casas de particulares de cualquier ciudad, pueblo o aldea, y la prohibición que las autoridades establecieron para dejar la aldea, pueblo o koljoz, con destino a las ciudades, en busca de empleo y vivienda, pues la avalancha de campesinos hambrientos y sin ocupación empeoraba considerablemente la situación, ya de por sí de gran carestía, en todas las ciudades. Comenzó así una época infernal en la que la población no solo no podía huir del país, sino que ni tan siquiera podía dejar su localidad sin riesgo de ser perseguido por la policía política, ahora denominada NKVD, capturado y, bajo la acusación de espionaje o sabotaje en tribunales populares carentes de las más mínimas garantías de defensa, compuestos por jueces bolcheviques, ser deportado a un gulag o directamente ejecutado o encarcelado. Se fomentaba, además, la delación, pues las “deserciones” o huidas, acababan pagándolas, en medio de un delirio de terror nunca antes llevado a cabo, los miembros de la familia y vecinos del escapado. Se llegaba incluso a interrogar a los niños en los colegios a fin de descubrir a supuestos “enemigos del pueblo” entre sus padres y familiares. Fue el inicio de un Estado policial y de terror sin precedentes en la historia de la humanidad.

  15. CONTRA EL ANTICRISTO MARXISTA, SOCIALISTA Y COMUNISTA 3.

    Mientras, la propaganda de los medios monopolizados por los soviets, radio y prensa con un único periódico estatal, el Pravda, ocultaban totalmente los sangrientos horrores y errores del comunismo, con su colectivización agrícola y su industrialización a base de jornadas laborales superiores a las 14 horas diarias y sin posibilidad alguna de reclamar mejoras sin ser condenado, deportado o encarcelado, y ensalzaban los supuestos logros del primer plan quinquenal con cifras totalmente exageradas, inventadas y manipuladas por el Gosplan (organismo central de planificación económica), los directores comunistas de empresas e industrias y por los propios técnicos. La realidad era que la mayoría aplastante de la población pasó hambre, privaciones de todo tipo y se vieron territorialmente encarceladas en un régimen de terror, muerte y miseria material y moral sin parangón en la historia de la humanidad. Solamente hubo algunos logros destacables en industrias básicas y gracias, especialmente, a técnicos e ingenieros extranjeros ingenuos que simpatizaban inicialmente con el socialismo (a los que luego se retuvo en suelo soviético sin permitirles volver a sus países) y a la mano de obra esclava que había sido condenada por ser “enemigos del pueblo”, aunque las largas jornadas de trabajo y el terror hicieron también su papel. Ante el fracaso claro del sistema comunista, y ya prácticamente concluido el segundo plan quinquenal, centrado éste en la industria militar ante la amenaza que para la URSS suponía el acceso al poder en Alemania de Hitler, Stalin desató una segunda ola de persecuciones, llamadas purgas o procesos de Moscú, esta vez incluso sobre sus viejos camaradas, a los que no tuvo escrúpulo moral alguno para no culparles de las calamidades de la población con acusaciones de lo más variopinto, como saboteadores, espías de los países capitalistas, traidores al proletariado, etc. Así, y con procesos en tribunales populares totalmente sectarios, acabó con sus viejos camaradas de primera hora que tanto habían hecho para llevarlo al poder Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Orzhokidnize, Yagoda, etc., urdiendo conspiraciones contra ellos a raíz del asesinato de Kirov en 1934, quién sabe si por su propia orden. Tales purgas acabaron con la vida de casi 800000 personas, muchos de ellos comunistas, entre los años 1937 y 1938. Ni siquiera el ejército rojo se salvó, pues la mayor parte de los oficiales fueron ejecutados sin saber siquiera el delito supuesto que habían cometido (Stalin nunca confió en los antiguos oficiales zaristas, a pesar de que Trotsky sí se sirvió de ellos, incluso para ganar la guerra civil a los “blancos”. Curiosamente, dos de sus más exitosos mariscales en la Segunda Guerra Mundial se libraron por los pelos de las purgas, Zhukov y Rokossovski. Éste último conservó el resto de su vida una dentadura de acero tras tener que pasar por las torturas del NKVD, además de portar siempre consigo una pistola y prometer a su esposa que se pegaría un tiro si volvía a ser detenido por el NKVD).

    Ya en 1936, al estallar la Cruzada liberadora en España, Stalin envía ayuda militar al bando rojo del frente popular socialista, comunista y anarquista, consistente en tanques, aviones, cañones, armas y munición diversa junto con miles de militares, comisarios, policías de la NKVD torturadores de chekas y técnicos, a cambio de las dos terceras partes de las reservas de oro del Banco de España. La ayuda soviética a los rojos en España prolongó la guerra mucho más de lo que ambos bandos hubiesen deseado, además de suponer una completa subordinación a Moscú y a Stalin de todo el bando rojo (Stalin promovió la sustitución de Giral por Largo Caballero, y de Largo Caballero por Negrín, artífice del envío de oro a la URSS, en plena guerra, así como la defenestración de Indalecio Prieto). Con la injerencia en España (que ya venía de años anteriores, especialmente de 1934 con apoyo a los golpistas del terror rojo socialistas, comunistas, antiespañoles catalanes y republicanos, en su fallida revolución bolchevique de octubre de aquél año en toda España, especialmente en Asturias), así como antes en otros países europeos en los que el comunismo también fue apoyado desde la URSS, como Finlandia, Hungría y la propia Alemania, donde los espartaquistas eran la facción comunista más poderosa del mundo, incluso más que la del propio partido comunista de la URSS, Stalin pretendía desviar la belicosidad de Hitler hacia occidente, hacia UK y Francia, ganar tiempo para armarse ante la inevitabilidad de su enfrentamiento mutuo en un futuro cercano, y, de paso, intentar implantar el comunismo más allá de las fronteras soviéticas ganando oro y todo lo que pudiera robar y requisar de España utilizando a los rojos españoles a su capricho. Así pues, Stalin, vulnerando su supuesta estrategia de “socialismo en un solo país”, y haciendo uso de los agentes de la Komintern a su servicio, siembra toda la cizaña que puede allende su imperio del mal, por medio de intentos revolucionarios violentos en varios países primero, luego por medio de frentes populares tratando de atraerse con engaño extremo la alianza de los demócratas y dando una falsa apariencia de “moderación”, luego instigando guerras civiles revolucionarias de exterminio de todo disidente, luego mediante acciones terroristas (maquis en España, p. ej.) y, por último, y como hacen los comunistas hoy día, mediante infiltración en todo tipo de instituciones (sindicatos, administraciones públicas, logias masónicas, empresas públicas y privadas, Iglesia Católica, medios de comunicación, juzgados, ejército, universidades, partidos políticos de todo signo, asociaciones vecinales, ongs, etc.) y adoctrinamiento, incluso muy sutil (a través de centros educativos de todo nivel, del cine y la propaganda de empresas privadas amorales, por ejemplo, pues entre los especialistas en marketing y publicidad, los rojos son los más destacados).

    No obstante, la URSS, aparece durante el mandato de Stalin (como aparecería con los varios mandatarios que le sucedieron), como un país del que poco se hablaba, escribía y se sabía en el resto del mundo (cuestión de la guerra fría aparte), bien sea por desinterés, bien por conveniencia de los propios comunistas y socialistas occidentales, bien por puro desconocimiento, pues ningún extranjero podía, como en el resto del mundo, viajar libremente por sus tierras y, mucho menos, hablar directa, espontánea y libremente con sus pobladores. Solamente los periodistas y políticos de izquierdas hacían propaganda favorable de ella incluso con falsas pruebas visuales (fotos y reportajes trucados) en sus visitas cuidadosamente preparadas a aquel infierno terrenal, pues a aquellos selectos visitantes occidentales comunistas y socialistas invitados para hacer propaganda favorable al comunismo en occidente, solo se les mostraba unos escenarios ya acondicionados para las visitas y que daban impresión de normalidad, e incluso de logros considerables. Si la URSS hubiese sido un país normal, con dificultades como todos, USA incluido, no hubiese tenido problema alguno para mostrar a cualquier turista, periodista, visitante, etc., su día a día, incluso pudiendo hablar con sus paisanos libremente, así como permitir la libre entrada y salida de su población del país, como todos los demás países del mundo fuera cual fuera su modo de gobierno (población en libertad condicional o en busca policial aparte). Pero la URSS nunca fue normal. Fue, de hecho, un verdadero infierno (paradójicamente calificado por sus comunistas como «paraíso») en el que se prohibía el contacto con la población a los visitantes (no pocos turistas hablan de las restricciones, incluso para ellos, a la libre circulación por las calles y barrios de Moscú o Leningrado, y del grado extraordinario de vigilancia policial y militar, con armas dispuestas, a las que eran sometidos. Por supuesto que esas restricciones eran complementadas con trabas a cualquier tipo de conversación con la población rusa, muchos de cuyos miembros no respondían a preguntas por intimidación de sus autoridades), pues había y, desgraciadamente, hay, mucho que ocultar. ¿Cabe pensar en algo más anómalo para más de 170 millones de seres humanos como cualquiera de nosotros? Pues todo el mundo, aún hoy, a callar y a censurarlo en todos los medios, no se vaya a saber lo que realmente fue el comunismo y sus servidores. Además, los pocos libros de historia o testimonios veraces, eran fuertemente censurados en público en occidente, como sucedió aquí con el testimonio de Solzenytsin en 1976. Hoy sucede algo parecido con China, que dista muchísimo de ser una nación «capitalista» y sí muy similar a aquella RDA que acogía multinacionales extranjeras en sus ciudades (IKEA, Coca Cola, Playmobil, etc.) para captar divisas occidentales como pago aportando mano de obra esclava disidente con el comunismo de sus cárceles demenciales en la que se trataba siempre de torturar a los presos sin ni siquiera dejarles dormir, pudiendo vender esas multinacionales en occidente (nunca allí), a precios muy inferiores a sus competidores, productos manufacturados por esclavos del infernal comunismo.

    Siguiendo, por otra parte, la consigna general marxista leninista de respetar la legalidad solo cuando convenía a los intereses del partido y de la revolución comunista, Stalin firmó acuerdos comerciales con los principales países del mundo, no solo con Alemania, importando maquinaria y bienes de equipo, imprescindibles para la industrialización soviética, a cambio de exportar a los mismos cereales (incluso en medio de las mayores hambrunas), carbón, hierro, oro, petróleo y otras muchas materias primas y minerales. La URSS, por otra parte, nunca respetó la propiedad industrial ni las patentes extranjeras, como sí se hacía en occidente con respecto a los demás países (algo totalmente similar a lo que se ha tolerado con China desde 1978 y que ha propiciado el engaño de que China es un país «rico» o «capitalista» actualmente. Se puede comprobar fácilmente cómo allí restringen el tráfico y la libre circulación, ¿qué tienen que ocultar?). En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Stalin pacta con Alemania el reparto de Polonia, a la que no pudo invadir 20 años antes, violando inmediatamente lo pactado al invadir también Finlandia, Lituania, Letonia, Estonia y el noreste de Rumanía, la actual Moldavia, Bucovina y Besarabia. Previamente, se ve enzarzado en una guerra con Japón por el territorio de Manchuria, donde logra contener el expansionismo nipón y controlar Mongolia, seguramente que gracias a la invalorable asistencia militar y material de los USA de Roosevelt, que gracias a Dios no se decidió a ayudar militarmente a los rojos en nuestra Cruzada, pero que bien pudo haberlo hecho a la vista de los acontecimientos históricos posteriores y siendo ese personaje tan infame como era, insensible a la sangre cristiana derramada por sus acólitos comunistas.

    La invasión soviética del este de Polonia, iniciada 17 días después de la llevada a cabo con la parte occidental por parte de la Wehrmacht alemana, no produjo reacción alguna ni por parte de UK, ni por parte de Francia, ni de USA, cuestión sorprendente porque los dos primeros imperios derramaron la sangre de sus soldados jóvenes supuestamente por defender a Polonia (en realidad por detener el éxito arrollador del III Reich en economía, en popularidad y en poder militar). Tampoco suscitó reacción alguna la invasión soviética de los otros países citados. Clama al cielo el caso de Finlandia. Por contra, ya en plena guerra mundial, la invasión alemana del territorio soviético iniciada en 22 de junio de 1941 (parece ser que no tan sorpresiva como se ha venido sosteniendo durante décadas, pues los archivos soviéticos reconocen que la enorme concentración de tropas del ejército rojo cerca de Prusia oriental, Checoslovaquia, Polonia y Rumanía, tenía por finalidad, asestar un golpe mortal en dirección oeste al que Hitler se anticipó, pues en realidad ambos regímenes eran existencialmente incompatibles, enemigos mortales irreconciliables que no podían soportar la existencia del otro, por lo que estaban forzosamente destinados a la confrontación bélica y a la plena erradicación de uno u otro, como así sucedió), supuso una clara alianza entre las democracias y el comunismo que se vio reforzada tras la locura del ataque japonés a Pearl Harbour (cuya causa aún sigue no aclarada ni siquiera poco satisfactoriamente por la inmensa mayoría de historiadores, al servicio de las universidades embusteras al dictado de lo “políticamente correcto”, de su vanidad intelectual enemiga de la verdad y amiga del becerro de oro y de la mentira, de otro modo no serían historiadores, no les dejarían serlo) y la consiguiente entrada formal de USA en la guerra del lado demócrata-comunista (y esto va al Día del Juicio Final se ponga quien se ponga como se ponga. Veremos si ante Dios Todopoderoso vale toda esa fanfarria del «totalitarismo»). A este respecto, la entrada de USA en la guerra fue definitiva para inclinar la balanza a favor de los aliados demócratas-comunistas (comandados por el socialdemócrata liberal masón F. D. Roosevelt, el liberal conservador Winston Churchill y el citado genocida comunista Stalin). El Eje (Alemania, Japón, Italia, Finlandia, Rumanía, Hungría, Bulgaria y divisiones de voluntarios anticomunistas de más de veinte naciones del mundo) no pudo mantener una guerra prolongada contra USA, URSS y toda la Commonwealth, imperio británico incluido, pues a la inferioridad numérica de hombres, había que sumarle la inferioridad en recursos para la guerra, especialmente de petróleo, vital para la movilidad de las divisiones acorazadas, además que no hubo rupturas en la triple alianza (que coordinó sus acciones militares, vitales para derrotar al Eje entre dos vastos frentes, no solo en Teherán, el Kremlim, Yalta y, ya derrotada Alemania, Potsdam, sino también por medio de una intensa labor diplomática), esperanza frustrada del líder del III Reich, Adolf Hitler.

    USA abasteció a la URSS, en virtud del acuerdo llamado de “préstamo y arriendo” (que no fue ni préstamo ni arriendo, no hubo devolución alguna), ya desde septiembre de 1941 (seguramente que desde mucho antes), con aviones de guerra y transporte (crucial para moverse en tan largas distancias, embarradas según estación climatológica), tanques, cañones (la artillería resultó vital para la victoria soviética), fusiles, munición de todo tipo, raíles, locomotoras, vagones, camiones de todo tipo, jeeps, alimentos (los alemanes llegaron hasta Stalingrado y el Cáucaso, controlando la mayor parte de la tierra soviética productora de cereales, con lo que si USA no hubiese enviado carne enlatada, leche, cereales y otros muchos alimentos más, la mayor parte de la población soviética no sometida a ocupación alemana hubiese muerto de inanición forzando a Stalin a pedir la paz por separado. De ahí la terca insistencia de Hitler de no ceder territorio a pesar de la aplastante superioridad numérica del ejército rojo. Los ciudadanos soviéticos llegaron, aún con ayuda norteamericana, a alimentarse de ratas, perros e, incluso, muertos, es decir, a practicar el canibalismo para sobrevivir), materias primas diversas, hierro y acero, petróleo (pues los pozos soviéticos del Cáucaso fueron destruidos ante el avance alemán en la táctica de tierra quemada y el abastecimiento de Irán, invadido por soviéticos e ingleses durante la guerra, era insuficiente), medicinas (aporte vital para recuperar a los heridos) y, sobre todo, ingenieros y técnicos, que organizaron la industria militar soviética en ciudades cercanas a los Urales (Magnitogorsk, Novosibirsk, Cheliabinsk, Ufa, Perm, Tomsk, Sverdlovsk, etc., además de producir los T-34, los IS-II, los sturmovik, los cañones propulsados ISU, los cañones zis y los katiusha en fábricas de USA o de UK transportando por el Ártico o el Ïndico en convoyes la producción para su montaje en la URSS) y que aportaron diseños occidentales y ayudaron a producir nuevas armas necesarias para la victoria (fusiles pepeshina, lanzacohetes katiusha montados sobre camiones Studebacker de USA, tanques T-34 e IS-II muy mejorados en blindaje y con motores de patente angloamericana, etc., que no hubiesen sido posible fabricar en serie sin la asistencia técnica y de ingenieros norteamericanos. Los soviéticos empezaron la guerra sin apenas fusiles para todos sus soldados y jamás fueron capaces de producir en serie en ninguna industria, salvo la militar, y gracias al espionaje y a ingenieros capturados en el extranjero). A pesar de toda esta ayuda, Stalin, solo en una ocasión elogió la imprescindible ayuda que recibió de sus aliados angloamericanos (cuando reconoció públicamente que las 8 divisiones que Hitler envió al sur de Francia, a Italia y los Balcanes en noviembre de 1942, tras la operación Torch, bien podían haber inclinado la balanza a favor de la Werhrmacht en la crucial batalla de Stalingrado, entre agosto de 1942 y febrero del año siguiente). Solamente reconoció en privado (como muchos de sus más brillantes mandos militares), según consta en memorias de Molotov, Zhukov y Kruschev, la salvación que para la URSS supuso la ayuda vital de USA, sin la cual, hubiese sido totalmente derrotada y sometida al III Reich. Por lo demás, la forma que el ejército rojo combatió no es ni comprensible ni propia de mandos que quieran ahorrar sangre, muerte y sufrimiento a su propio pueblo, sino solamente salvar su vida ante la posible represalia que una derrota podría provocar no ya solo sobre ellos, sino también sobre sus familiares (esposas, hijos, padres, hermanos y hermanas, etc.). Los ejércitos soviéticos sufrieron millones de muertos y prisioneros y pérdidas de tanques, aviones, armas y munición en los primeros meses de la guerra y durante 1942, los de la blitzkrieg alemana, en los que el avance alemán fue sencillamente espectacular (incluso comparándolo con el que recientemente llevaron a cabo ejércitos que lucharon contra los yihadistas al norte de Irak), millones de deserciones que provocaron una reacción extremadamente inhumana por parte de los politruk o comisarios comunistas, que ejecutaban indiscriminadamente a soldados de cualquier batallón en los que se hubiesen producido deserciones, imponiendo así el terror en sus filas (clave para hacer luchar a los suyos), la delación ante cualquier intento de deserción e incluso la ejecución de los que intentaran huir haciendo cargar a sus compañeros con la responsabilidad, así como el terror ante la posibilidad real de que el castigo cayese sobre los familiares de los desertores en la retaguardia, medida esta última auténticamente criminal. A todo eso hay que decir que muchas unidades de infantería eran enviadas al combate frontal como carne de cañón en operaciones suicidas de diversión incluso sin fusiles suficientes para cada soldado. También, soldados desarmados eran enviados a través de campos de minas para hacerlas estallar con su paso, algo verdaderamente demencial. Los comisarios soviéticos acudían detrás de la tropa disparando a los rezagados, titubeantes, los que huían o los que retrocedían sin orden expresa. Y no pocas veces, incluso sobre sus propios heridos para evitar tener que trasladarles a los hospitales. La propaganda bolchevique a favor de la “gran guerra patriótica”, que excluía cualquier alusión política y apelaba al más puro sentimiento patriótico, incompatible con el socialismo y el comunismo, internacionalistas, fue aprovechada al máximo y constituyó, tal vez, la mayor victoria soviética de la guerra, pues logró que solo buena parte de la población de los países bálticos y de Ucrania y una pequeña proporción de bielorrusos y rusos lucharan aliados a los alemanes, estos últimos siempre como personal auxiliar y anti partisano, contra el comunismo que antes de la guerra los había diezmado con las requisas, la colectivización, el terror y el trabajo esclavo en industrias básicas. A esa propaganda contribuyó el terrible trato que la población soviética, ya muy castigada antes de la guerra (y luego mucho más con la retirada del ejército rojo y la táctica de tierra quemada que les dejó casi sin ganado, ni cosechas, ni grano, ni herramientas), sufrió bajo dominio alemán, que se sumó a la requisa por necesidades bélicas y llegó a ejecutar a todos los comisarios y funcionarios comunistas o partisanos e incluso miembros de aldeas y pueblos que los ayudaban o eran sospechosos de hacerlo en represalia (psicosis de guerra, como luego sufrieron los marines en Vietnam, nada diferente por mucho que se intente ocultar). Este trato inhumano, no diferente al recibido de los propios comisarios bolcheviques con anterioridad, altamente aireado por la propaganda roja y por los propios partisanos, animó a la población soviética a resistir a la invasión, aunque solo fuera porque creían que nada bueno podían esperar bajo dominio alemán, lo que resultó también crucial para luchar tenazmente y lograr las victorias definitivas: Stalingrado, Kursk-Orel-Jarkov-Belgorod y Bagration, no sin unas pérdidas descomunales en vidas y sin la crucial también coordinación cronológica militar con los angloamericanos, bombardeos masivos sobre ciudades alemanas aparte, (que redujeron el potencial productivo del III Reich considerablemente, causando mares de sangre y horror), en El Alamein, la operación Torch, Sicilia y sur de Italia y el desembarco de Normadía, que propiciaron la división en dos frentes fundamentales (este y oeste) y la no concentración de las fuerzas del Eje y su consecuente derrota, aun disponiendo de los mejores ejércitos, mandos, soldados y armas.

    Por todo ello, cabe sacar la importantísima lección en honor a la verdad de que, primero, el comunismo, con sus errores infernales (como ya nos advertiría la Santísima Virgen María en Fátima a través de los tres pequeños pastorcillos y luego Santa Faustina Kowalska, ambas revelaciones referentes a Rusia), se expandió por el mundo gracias a los regímenes democráticos (ateos todos y no agredidos inicialmente y reimpuestos en Europa occidental tras triunfo no en elecciones, sino tras triunfo en la guerra más sangrienta hasta la actualidad), segundo, el comunismo hubiese podido ser destruido de no haber intervenido en su auxilio el mundo sin Dios democrático, autodenominado falsamente “libre”, y tercero, el comunismo es hoy más peligroso e influyente que nunca dado el grado de secularización, de ateísmo y de materialismo que vivimos en la actualidad en todo el planeta, logro del propio marxismo (y lo peor es negarlo o no querer constatarlo por ignorancia, anestesia generalizada, maldad o cobardía) y la propia democracia, su aliado.

  16. CONTRA EL ANTICRISTO MARXISTA, SOCIALISTA Y COMUNISTA 4.

    Terminadas las hostilidades en Europa, el horror concluye con la rendición de Japón tras los dos primeros bombardeos atómicos sobre poblaciones civiles de la historia, aunque no son pocos historiadores los que sostienen hoy, de modo totalmente lógico, que la verdadera rendición de Japón se produjo tras la invasión de Manchuria y de la península coreana por tropas del ejército rojo pocos meses antes de aquel mes de agosto de 1945. Japón, tal vez, resistiera bombardeos, pero no podía tolerar ser invadido por la URSS y tener que vivir bajo el yugo comunista como sí tuvieron la desgracia de tener que soportar los supervivientes del este de Europa. Por cierto, ese ataque que Stalin desata sobre Japón en los últimos meses de la guerra en el Pacífico, vulnerando un pacto de no agresión firmado en agosto de 1939 con los propios japoneses y que éstos siempre respetaron (incluso una vez lanzada la operación Barbarossa en junio de 1941), enfrió de tal manera la relación con los angloamericanos que bien se podría decir que aquel ataque inició la denominada “guerra fría”. Por cierto, aquel ataque no fue respondido por USA ni por ningún otro aliado occidental (una vez más, como lo ocurrido con Polonia al este del Bug en septiembre de 1939) hasta unos pocos años después, cuando tuvo que verter la sangre de los suyos para salvar el sur de la península coreana de la esfera de influencia soviética, cuando ya era demasiado tarde para combatir al comunismo, en plena expansión mundial.

    Una vez terminada la II Guerra Mundial acaecen dos sucesos que han recibido una atención totalmente dispar. Por un lado, en la ciudad alemana de Nüremberg, feudo tradicional del extinto nacionalsocialismo, tiene lugar un “macro juicio” (en realidad farsa para “justificar” la guerra contra Alemania, que de haber logrado la victoria contra la URSS hubiese sido imbatible, como hoy lo es en el seno de la socialdemócrata UE, que está plenamente subordinada a sus intereses económicos) de las autoridades civiles y militares supervivientes y capturadas del III Reich derrotado, entre ellas, y como miembro más destacado, el mariscal Hermann Göering, ministro del aire alemán y máximo mandatario de la Luftwaffe o fuerza aérea alemana (el mismo militar que nos ayudó a los católicos y españoles enviando a España la gloriosa Legión Cóndor al mando de Hugo Von Sperrle primero y de Von Richtofen después). En ese juicio, como todo el mundo sabe, resultan condenados a muerte varios miembros del III Reich, elegidos democráticamente en 1932, 1933 y 1937 en elecciones en Alemania y condenados por “crímenes contra la humanidad” y otros crímenes no tipificados aún en el derecho internacional. Entre los crímenes imputados al III Reich, figura el supuesto exterminio de 6 millones de judíos en cámaras de gas de campos de concentración como Auschwitz, Majdanek, Sobibor, Treblinka, Belzec, Dachau, Mauthausen, etc., aunque, dada la costumbre existente en toda Europa ya desde bastante antes de la guerra de llevar censos de población, así como por testimonios de los paisanos de cada pueblo y ciudad en cada país, es posible que la verdadera cifra no alcance siquiera por poco la mitad, pues muchos de los que supuestamente figuraban entre los desaparecidos, fueron apareciendo años después en distintas naciones del mundo, aproximándose el número real de víctimas mortales judías a 2,9 millones, de las cuales queda por dilucidar cuáles fueron víctimas reales de su reclusión y esclavitud para el III Reich (medida criminal tomada por Hitler para evitar huelgas y boicots marxistas al esfuerzo bélico alemán), y cuáles lo fueron de los comisarios del ejército rojo soviético, como “venganza” por su “contribución” pasiva o no resistente a la industria alemana de guerra contra “la patria del proletariado mundial” (esos comisarios sí que pudieron bien recurrir a “gasearlos”. La URSS no suscribió la Convención de Ginebra sobre trato a prisioneros). La cifra de los 6 millones de judíos “gaseados” fue difundida ampliamente y sin contestación o contrastación científica alguna por la intensísima propaganda soviética y marxista por todo el mundo, asumida del modo más dogmático imaginable, bien por los interesados partidos de izquierdas (comunistas, socialistas y socialdemócratas) occidentales, bien por los liberal conservadores en un intento de ocultar la verdad, desvincularse, cargada de complejos, de la denominada “extrema derecha” y “blanquear” al comunismo con el que colaboraron a extender, por interés puramente económico, el mal por toda la tierra. Ni que decir tiene que la mayoría de víctimas de la guerra (en torno a 60 millones de personas, judíos incluidos), lo fueron, o bien por batallas y bombardeos o bien por hambre y enfermedades asociadas a la desnutrición, aunque a los comunistas soviéticos les interesa, junto al judaísmo internacional o sionismo (enemigo de Jesucristo y de los católicos), culpar de sus espantosos crímenes al resto de la humanidad “fascista” o capitalista, como es constante proceder en ellos. Por otra parte, llama la atención el silenciamiento en cuanto a que no hubo en Nüremberg juicio alguno contra ningún aliado alemán (ni siquiera Franco, gracias a Dios. Por cierto, teniendo en cuenta los testimonios furibundamente hostiles al bando católico nacional español que durante nuestra Cruzada emitió Franklin Delano Roosevelt y que recoge la prensa y las cadenas de radio de USA, testimonios completamente ajenos a cualquier sentimiento de piedad por los que estaban siendo asesinados inmisericordemente por la hidra roja en chekas, paseos y fusilamientos por ir a misa y ser patriota español, es un auténtico milagro de Dios que nuestros abuelos católicos no fueran exterminados por un ejército de USA enviado para ayudar a los rojos, por ese depravado presidente anticristiano masón socialdemócrata, admirador de Stalin, norteamericano, cuya “cultura” de progre multimillonario en las mejores universidades de USA no le llegaba para distinguir entre fascismo y catolicismo (como por desgracia hoy la mayor parte de la humanidad, analfabetizada de modo interesado). Menudo hijo y siervo de Satanás. Digno constructor del “New Deal”, “with the devil”, cabría decir, a la vista de sus pésimos resultados, los peores en cuanto a miseria y desempleo en USA en toda su historia, además de infectarla de socialdemocracia. En verdad Dios nos permitió existir al librarnos de ese sujeto, el más votado en su país, además de un gobierno conservador, no amigo, pero no laborista en UK, del menos criminal que su carnicero y borracho sucesor, Chamberlain, que también nos salvó, a diferencia de lo que pasó con Hitler y su III Reich, régimen homónimo al español en Alemania), ni, por supuesto, por los crímenes, aún mayores en número a los cometidos por las SS y la Gestapo, perpetrados por las tropas angloamericanas, con millones de prisioneros alemanes asesinados y condenados a morir de hambre (el testimonio de Benedicto XVI sobre los últimos días de la guerra y sobre la suerte de los prisioneros alemanes, debería aclarar a los escépticos al respecto), con millones de mujeres alemanas violadas (los alemanes no practicaron violación masiva de mujeres en ningún país ocupado por ellos y sus aliados, ni siquiera en el este) y con la inmensa mayoría de la población alemana esclavizada en labores de desescombro (las pobres viudas Trümenfrauen) y reconstrucción teniendo que padecer todo tipo de vejaciones y humillaciones por haber combatido contra el comunismo (Dios quiera que las generaciones actuales de alemanes, (que vivieron esa especie de bipolarismo entre lo que le contaban en sus hogares padres, abuelos y bisabuelos sobre la guerra y las sorpresas que se llevaron al enterarse de lo que se les acusaba en Nüremberg, completamente diferente a lo que les trataron de inculcar en colegios, institutos y universidades de la Alemania esclavizada de posguerra sobre lo genocidas anti judíos que son todos los alemanes, sus familiares incluidos), no promuevan la venganza como aquí en España pretenden los sedientos de odio, sangre y venganza rojos comunistas y socialistas y los antiespañoles vascos y catalanes ¡contra los descendientes de las víctimas de su genocidio anticatólico y antiespañol!).

    Tampoco fueron sometidos a juicio en Nüremberg aquellos que perpetraron los mayores crímenes contra la humanidad durante toda la guerra, tanto cuantitativa como cualitativamente, los miembros del ejército rojo de la URSS de Stalin con sus comisarios comunistas a la cabeza (personas verdaderamente deformes, depravadas y perversas, auténticos untermenschen por su salvaje forma de comportarse). A ellos se debe, y con el consentimiento o “justificación” del propio Stalin, no solo el asesinato y la muerte de hambre de millones de alemanes y de ciudadanos de otros muchos países del este de Europa a modo de venganza (incluidos prisioneros de guerra. De los prisioneros de Stalingrado, 105000, solo se salvaron 6000, por ejemplo), sino también, millones de violaciones y asesinatos de mujeres perpetrados ya desde Ucrania, Bielorrusia y países bálticos hasta la propia Alemania, la deportación y expulsión sangrienta de decenas de millones de personas de sus hogares, el asesinato de millones de judíos atribuidos propagandísticamente a los alemanes que solo recientemente se sabe que perpetraron mayoritariamente los propios soviéticos por orden de sus comisarios comunistas del ejército rojo (aunque los judíos lo callen muy sospechosamente), el asesinato y deportación a gulags de soldados soviéticos del ejército rojo capturados durante la guerra por los alemanes y que trabajaron como mano de obra esclava en la industria militar alemana para salvar sus vidas, los cuales no querían volver a la URSS una vez acabada la guerra, a sabiendas de lo que les esperaría allí, y fueron enviados allí en trenes de ganado por los angloamericanos con todo tipo de engaños y coacciones, incluso amenazados con armas, el saqueo más grande perpetrado en toda la historia de la humanidad en todos los países que cayeron bajo su órbita (la propia Alemania oriental, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Austria hasta su desocupación, Rumanía, Bulgaria, Moldavia, países bálticos y una buena franja de territorio finlandés) con hechos tales como divisiones soviéticas seguidas hacia el oeste por interminables convoys de camiones, vehículos y carros tirados por caballos o mulos requisados llenos de todo tipo de objetos robados (joyas, dinero, relojes, cortinas, mantas, sábanas, cuadros, muebles, utensilios de cocina, cubertería, cerámica, colchones, lámparas, somieres, estufas, aparatos de radio, juguetes, ropa de todo tipo, herramientas, máquinas diversas, animales de granja, etc.) que hicieron de la guerra un “negocio” de robo muy rentable para los soldados soviéticos supervivientes (hasta el punto de que el famoso sargento del ejército rojo que enarbola la bandera roja de la hoz y el martillo sobre el derruido Reichtag en Berlín, mundialmente famoso por aparecer en tan difundida foto, muestra una muñeca con varios relojes antes de ser retocada tal imagen por los propagandistas rojos que no se percataron inicialmente de ese molesto detalle de cara a sus aliados occidentales. El Photoshop soviético hacía desaparecer a líderes soviéticos de fotos junto a Stalin. Así de potente era la propaganda roja, es decir, la mentira ilimitada). La crueldad y barbarie exhibida por los miembros del ejército rojo y sus comisarios comunistas no tiene precedente en la historia de las guerras, pues adquiere los rasgos propios, no ya de venganza, sino de verdadera limpieza étnica y política. Tales crímenes horrendos se prolongarían durante todo el mandato de Stalin y hasta 1955 aproximadamente (hasta Anthony Beevor lo medio reconoce tímidamente a pesar de la extrema censura actual). Solamente en 1945, y tras la guerra, tanto el exitoso y efímero superviviente general Patton y el recientemente defenestrado primer ministro británico, W. Churchill, caerían en la cuenta de que habían ayudado al mismo diablo a ganar la guerra y que ahora había caído sobre Europa un “telón de acero” desde el Báltico hasta el Trieste que hacía muy peligrosa la coexistencia, pues la convivencia con ese bloque comunista era de todo punto imposible como hoy está quedando cada vez más en evidencia con sus actuales correligionarios sea cual sea la estrategia que adopten. Pero entonces, USA y UK no parecían muy preocupados, alejadas sus poblaciones de la tiranía comunista al otro lado del telón que tanto habían contribuido a implantar por su alianza con la URSS. Fue siempre estrategia de los angloamericanos el logro del comunismo… para los demás. ¿Qué esperan merecer sino la suerte de Cafarnaum?

    Con la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, el comunismo se implanta en todos los países que cayeron bajo el avance del ejército rojo, o bien a través de revoluciones más o menos violentas, o bien a través de farsas electorales completamente manipuladas y con los electores sometidos a un terror intenso. Solamente la Yugoslavia de Tito se resiste a acabar bajo el yugo de Stalin (aunque Tito también fue un tirano criminal comunista de su pueblo), que ya domina en Lituania, Letonia, Estonia, parte de Finlandia y Moldavia, todas ellas anexionadas a la URSS, en Polonia (desplazada territorialmente hacia el oeste a capricho del tirano georgiano y sin la más mínima objeción angloamericana), la República Democrática Alemana (minorada territorialmente a favor de Lituania y Polonia), Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria y Albania. Además, los comunistas acaban imponiéndose, con ayuda soviética, en China y Corea del Norte, aunque no logran imponerse en Grecia tras 4 años de sangrienta guerra civil. En conclusión, si en abril de 1918 Lenin tiene que admitir una paz, plasmada en el tratado de Brest Litovsk, muy dañina para Rusia, que pierde Finlandia, Polonia, los países bálticos y buena parte de Ucrania y Bielorrusia, en 1945 Stalin ya domina casi media Europa y la mayor parte de Asia. No obstante, USA, ya con el mandato del demócrata masón H. Truman, ofrece servilmente el Plan Marshall a la URSS, siendo rechazado por el soberbio Stalin, que prefiere transferir las industrias alemanas y de los países del este bajo su poder a modo de reparación a territorio soviético, perpetrando de este modo un saqueo adicional al que llevaron a cabo sus soldados y comisarios, y llevando a la más absoluta miseria a decenas de millones de europeos del este. Por otra parte, la aceptación de dicho Plan Marshall por Tito, lleva a un enfrentamiento diplomático entre ambos países comunistas y a la no aceptación de Yugoslavia dentro del llamado COMECON, bloque comercial comunista en la Europa del Este.

    La reconstrucción de la URSS (que perdió más de 27 millones de personas en la guerra, la mitad de ellos civiles, además de sufrir la mayor destrucción material de cuantas naciones se vieron envueltas en la guerra, así como de un número de heridos y mutilados aún mayor) fue una dura tarea que solo fue posible gracias a la inmensa cantidad de recursos industriales, tecnológicos y científicos requisados a la propia potencia derrotada, así como a la labor de los científicos e ingenieros alemanes capturados, que pasaron a trabajar como prisioneros para el comunismo soviético, procurándoles nuevas armas (bomba atómica, aviones a reacción, mejoras del armamento convencional, etc.) y a la inmensa muchedumbre que, desde los gulags o desde las inmensas obras y miles de fábricas estatales, y en régimen de esclavitud, lograron situar a la URSS en un nivel económico ligeramente mejor al de preguerra en vísperas de la muerte de Stalin (marzo de 1953). No obstante, las condiciones de vida siempre fueron muy duras, el hambre jamás se mitigó, el terror hacía vivir al día a cada persona y la arbitrariedad de las autoridades era total a la hora de encarcelar, torturar, deportar o ejecutar a cualquier sospechoso de ser espía, saboteador o enemigo del pueblo. A todo eso hay que sumar que Stalin solía llevar al extremo su suspicacia ante cualquier contrariedad referente a sus planes, siendo víctimas de sus paranoias o miedos cualquiera, incluso sus más allegados ministros o camaradas (aunque durante la guerra se cuidó mucho, con una astucia verdaderamente diabólica, de no aparecer públicamente salvo en momentos puntuales y justo tras una victoria militar del ejército rojo, de no publicar fotos suyas en medios escritos para ceder el protagonismo a sus mariscales, de no promover la defensa del socialismo, ni del comunismo, ni de Lenin y su legado, sino solo la defensa de la madre patria Rusia, invocando incluso la derrota de Napoleón al cruzar el Beresina en 1812, llegando incluso a prohibir cualquier referencia a la guerra que no fuera la “gran guerra patriótica”, incoherencia grande para cualquier marxista, enemigo del patriotismo). Justo pocos meses antes de su muerte separó a Molotov y a Beria de sus cargos y no pocos de sus más allegados afirman que estaba a punto de desencadenar otra ola de purgas contra los judíos y otros miembros del partido comunista de la URSS, supuestos espías para occidente. Beria mismo se jactó de su supuesto valor ante los demás mandatarios soviéticos (Molotov, Malenkov, que había contradicho peligrosamente al propio Stalin en un congreso reciente, y Kruschev), poco después de su muerte, e incluso ante su hija Svetlana con aquellas famosas palabras: “Yo lo maté. Lo maté y os he salvado a todos”, que hacen sospechar de un magnicidio “preventivo”, aún por pasividad ante la necesidad de atención médica tras derrame cerebral del tirano en Kuntsevo, su dacha a las afueras de Moscú. Como «premio» a ello, Beria fue ejecutado ese mismo año entre chillidos propios de un histérico (quien a hierro mata…).

    Muerto Stalin, entre 1953 y 1956, una pugna sucede al triunvirato transitorio Molotov-Malenkov-Beria supuestamente no sangrienta, por el poder absoluto en la URSS, que acaba con el triunfo de Kruschev, que en el XX congreso del PCUS en 1956, más movido por el odio revanchista contra su antiguo amo, que al parecer se cebaba con él ridiculizándole ante los demás en las siniestras cenas del Kremlin, que por afán de transparencia, acaba condenando los crímenes de Stalin en lo que se dio en llamar “época de deshielo” pero que en realidad no fue más que una continuidad con respecto al sistema anterior. Kruschev, además, no podía ir muy lejos en la condena de los crímenes porque él mismo fue comisario jefe del ejército rojo y ordenó asesinar a miles de soldados y mandos, incluso altos mandos, durante la guerra, con lo que formaba parte de la maquinaria genocida roja.

    Durante el mandato de Kruschev, el régimen de terror comunista, que parecía haberse atenuado con la desestalinización, vuelve a surgir con gran intensidad tras las revueltas de Berlín de agosto de 1953, en las que la población se enfrenta a las fuerzas ocupantes que acaban sofocando las protestas con tropas y tanques, y, sobre todo, en noviembre de 1956 en Hungría, donde se produce un verdadero enfrentamiento sangriento entre tropas soviéticas ocupantes y decenas de miles de húngaros valientes deseosos de librarse del comunismo, que termina con los tanques soviéticos entrando en Budapest ante la pasividad y cobardía repugnante de los países democráticos, que dejaron, por enésima vez, vendidas y abandonadas a las poblaciones del este europeo. Pero la cobardía o complicidad democrática frente al comunismo no quedó ahí.

    La URSS, especialmente durante el mandato del sanguinario comisario comunista ucraniano, promueve movimientos de descolonización por todo el mundo apoyados irresponsablemente por diversos presidentes de USA, tanto a nivel diplomático, con una ONU cada vez más proclive a defender intereses comunistas y socialistas (especialmente hoy), como violentamente, con sangrientas guerras de “independencia” revolucionarias que dieron lugar a la pérdida del imperio en el caso de Francia y UK, siendo especialmente sangrienta la larga guerra de Vietnam, que concluyó con la derrota y huida del ejército de USA y la expansión del comunismo a todo el país, a Laos y Camboya; a la implantación de regímenes comunistas (por ejemplo en Cuba con apoyo a Fidel Castro, que inicialmente no era comunista, y grave riesgo de una tercera guerra mundial en plena escalada nuclear); a la agitación peligrosísima del islam (que había estado apaciguado durante siglos) contra occidente, con instigación del odio sembrando cizaña contra el cristianismo e implantando regímenes pro-soviéticos desde Argelia hasta la India y envenenando de odio a los árabes, contra los judíos de Israel, aliado de USA, y contra todo occidente; y a la promoción de todo tipo de movimientos terroristas comunistas tanto en Hispanoamérica (con infames peleles drogadictos como Ernesto “Che Guevara”, las FARC, el sandinismo, regímenes narco-terroristas y populistas, etc.), como en África (con auténticas masacres genocidas étnicas sucediendo a la descolonización, incluso en la española y próspera Guinea Ecuatorial), como en Asia e incluso en Europa (conexión con grupos terroristas en Alemania, Irlanda e incluso la ETA, FRAP y GRAPO en España).

    Con Kruschev, el sistema soviético siguió apoyándose en el terror, la ausencia total de libertad, la ineficiencia descomunal tanto en la agricultura, la industria y los servicios, la burocratización total de la vida, una persecución religiosa más acusada que en épocas anteriores dentro de las fronteras soviéticas que sometió a los intereses comunistas a la secta ortodoxa con el pope Alexei completamente subordinado a los comisarios rojos (salvaje herejía que Dios no permita jamás en su Santa Iglesia Católica Apostólica, la que Él mismo fundó en San Pedro, pues un Santo Padre, cardenal, obispo o miembro consagrado o no jamás ha de rendir servidumbre a ningún político, sino solo a Dios mismo, a quien hay que obedecer antes que a cualquier tirano, dirigente o político, incluso por encima de nuestras vidas y nuestra sangre), y una minoría católica rebelde en la clandestinidad, especialmente en Lituania (en tierras de la antigua Prusia alemana) y otros países del bloque soviético, Polonia, Hungría y Checoslovaquia principalmente. Las reuniones mantenidas con líderes occidentales para lograr la “distensión” en la “guerra fría”, mostraron una actitud totalmente hipócrita por parte de los soviéticos, que a punto estuvieron de provocar una nueva guerra, esta vez con armas nucleares, cuando llevaban misiles a Cuba y la flota norteamericana salió al encuentro de la soviética en la llamada “crisis de los misiles” en octubre de 1962. El propio Kennedy tuvo que oír del propio mandatario soviético, amenazas como la de “os enterraremos”, en plena expansión comunista por el mundo, con ansiedad creciente en USA (excepto en el ámbito propiamente militar, más informado de la verdadera situación de miseria y desesperación en la URSS, luego el miedo fue explotado electoralmente por la democracia norteamericana) y buena parte de occidente. Aunque, previamente invitado a USA, Kruschev acabó reconociendo que el “obrero” no vivía nada mal en el capitalismo, y para evitar que sus compatriotas lo pudieran comprobar por sí mismos (desmontando las mentiras continuas de la propaganda roja, que hacían creer a los ciudadanos del otro lado del telón de acero que en occidente se vivía en un continuo estado de esclavitud y miseria), decidió levantar, en agosto de 1961, el “muro de la vergüenza” separando la parte soviética de Berlín, de la occidental controlada por los angloamericanos, evitando así las cada vez más numerosas “deserciones” o exilios a occidente por parte de ciudadanos del bloque comunista.

  17. CONTRA EL ANTICRISTO MARXISTA, SOCIALISTA Y COMUNISTA 5.

    En 1964, y ante el fracaso continuo y el estancamiento del sistema comunista, incapaz de converger con las naciones más ricas y de responder a las necesidades de la población, orientando la mayor parte de recursos a la producción de armamento en la guerra fría e imposibilitado para la producción de bienes de consumo, Kruschev resulta depuesto de modo golpista y con intervención militar, y sustituido por Breznev, en un intento de reconducir el sistema hacia una mejora generalizada del nivel de vida que resultó en un completo fracaso y en un acomodo de la denominada nomenklatura comunista, reacia a cualquier cambio que les hiciera perder sus privilegios. Durante su largo mandato, hasta 1982, se consolida un régimen de corrupción ilimitada en el que la población no consigue salir de la miseria y del terror continuo, aunque ya empiezan a surgir, entre los miembros más destacados de la ciencia y la cultura, voces contrarias al sistema en lo que se llamó disidencia. Entre los miembros más destacados de esa disidencia se encuentra el físico Sajarov, recluido en un manicomio de una ciudad cercana a los Urales, por “prescripción” de la “psiquiatría” política soviética, que etiquetaba de enfermos a todos los opuestos al comunismo. No obstante, el más destacado disidente con diferencia, y el que abrió una fisura más profunda en aquel imperio del mal, fue un antiguo recluso de los gulags en tiempos de Stalin, Alexander Solzenytsin, premio nobel de literatura en 1970, que con sus obras (Archipiélago Gulag y Un día en la vida de Ivan Denísov), llegadas a occidente de modo clandestino, describe la realidad de la vida en la URSS, especialmente la de los desgraciados condenados a los gulags por el comunismo. Este escritor ruso, “incorregible” enemigo del marxismo y de sus mentiras sin límite, con un compromiso inquebrantable con la verdad y reacio incluso a cualquier tipo de socialdemocracia y que considera el comunismo y el marxismo en general como algo ajeno al pueblo ruso, provocó en occidente tal reacción que las autoridades soviéticas no tuvieron más remedio que expulsarle de la URSS, pues su condena hubiese provocado un rechazo mundial tan fuerte que pondría en peligro cualquier intento de extender o consolidar el comunismo por el resto del mundo, y su permanencia allí, hubiese podido instigar un crecimiento de la disidencia aún mucho más peligroso para el propio sistema soviético. Alexander Solzenytsin solo puede ser calificado de auténtico cristiano fiel a la verdad, valiente sin reservas y destructor de buena parte de las interminables mentiras en las que el marxismo se apoya. Es lógico que las personas de izquierdas lo consideren una especie de virus (benigno) mortal para su causa. Su aportación al fin de la URSS y del bloque comunista es fundamental y previa a la que tendría una década después San Juan Pablo II, Margaret Thatcher y Ronald Reagan. En su disidencia, fue mucho más lejos que ningún otro compatriota suyo.

    Además de la disidencia interna, en 1968, en Praga, capital de Checoslovaquia, tiene lugar una revuelta encabezada por estudiantes universitarios y apoyada por el resto de la población, pidiendo pacíficamente mayor libertad en lo que se denominó “primavera de Praga”. Una vez más, y ante el silencio cobarde de occidente, los tanques soviéticos acallan cualquier intento de desconexión con el comunismo, enviando a la cárcel a los cabecillas. Esa revuelta pacífica coincide con otra revuelta violenta izquierdista, progre o marxista que tuvo lugar en París, por estudiantes universitarios también, aunque con fines completamente opuestos a los de los estudiantes de Praga, pues los estudiantes parisinos, mayoritariamente de familias acaudaladas progresistas, con muy mal uso de su libertad que sus homónimos del este no disfrutaban, y con consignas a favor del comunismo y del genocida mayor de la historia, el genocida tirano chino Mao Tse Tung, demandan un mayor libertinaje en lo que se dio en llamar “liberación sexual” o “mayo del 68”. Esa revuelta pretendía, influida por la corriente freudiana de psiquiatría y por el marxismo, promover unas relaciones sexuales mucho más promiscuas, sin ningún tipo de fidelidad ni vínculo matrimonial, ajenas a la tradición católica, un mayor consumo de drogas (LSD, éxtasis, marihuana, cocaína, etc.), un mayor hedonismo, un falso pacifismo (de hecho la revuelta fue bastante violenta y obligó a la gendarmería francesa a emplearse a fondo para reprimirla en más de una ocasión) pero solo para occidente (nunca fueron ni a Moscú ni a Pekín a instalar sus comunas hippies y su carnaval de sexo promiscuo, holgazanería, drogas y guarrerías de todo tipo, solicitando el desarme soviético) y, finalmente, la implantación del sistema comunista en occidente, aunque por aquel entonces, ni siquiera los trabajadores adscritos a sindicatos rojos tenían la intención de expandir el sistema soviético dado que no pocos rojos habían vuelto de aquel bloque bastante decepcionados y asqueados, además que la llamada “primavera de Praga” hacía mella en el ánimo de occidente. Esta lamentable actitud de los estudiantes parisinos progres fue bastante común también en los USA, donde muchos jóvenes estudiantes universitarios de familias ricas y progres, exentos del servicio militar y, por lo tanto, exentos de tener que ser enviados a luchar y a dar sus vidas a Vietnam y de tener que trabajar para poder vivir, nutrieron el movimiento hippy con gran abuso de drogas, sexo promiscuo, abortos, enfermedades de transmisión sexual, degeneración creciente y holgazanería improductiva, mientras que los hijos de los pobres, sin posibilidad de ir a la universidad, ni de eludir el reclutamiento militar obligatorio, dejaron su sangre, vidas y su juventud luchando contra el comunismo en una guerra a la que su país llegó con casi dos décadas de retraso, para desgracia de la humanidad, y que además perdió, tanto fuera (no solo en Vietnam, sino también en distintos lugares de Hispanoamérica, como en Bahía Cochinos, Cuba) como dentro del país, donde a los pobres soldados se les acogió, tras cobarde agitación progre totalmente manipulada y mezquina a más no poder, como si fueran mercenarios asesinos, en otro vergonzante capítulo de USA, nación que nunca venció al comunismo salvo en las fantasías hollywoodienses y que experimentó a lo largo del siglo pasado una degradación moral creciente al compás de su excelente crecimiento y devenir de su economía, herencia de sus dos primeros siglos de libertad y emprendimiento de los humildes llegados de Europa.

    La llamada “primavera de Praga”, no obstante, produjo una pésima imagen internacional que desgastó el “prestigio” que la URSS todavía tenía en muchos países del mundo. A ello hay que añadir el fracaso sin paliativos del comunismo en muchos países tercermundistas, donde solo se podía mantener con terror dictatorial sobre un océano de sangre, miseria y hambre. Además, cada vez más miembros de la nomenklatura soviética eran autorizados a visitar occidente de vacaciones, con lo que constataban más y más personas las mentiras en las que habían vivido y sido educados o adoctrinados (incluso a través de emisiones de radio seguidas de modo clandestino, que desde occidente emitían para los habitantes del bloque soviético), cada vez había más deserciones entre los miembros del espionaje, del personal diplomático e incluso de artistas y deportistas, cada vez más gente trataba de huir cruzando el telón de acero hacia occidente, por lo que el comunismo fue generando cada vez más desencanto incluso entre los propios comunistas soviéticos, pues era evidente que en occidente, el nivel de vida general, era muy superior al de cualquier país del bloque soviético, incluso el de las personas más humildes de occidente frente a la propia nomenklatura comunista. Y, aunque el desviacionismo fue violentamente contestado en países como China en tiempos de Mao, Rumanía con Chauchescu, la RDA con Honecker y Albania de Hoxa, cada vez se hacía más difícil mantener un régimen de terror y corrupción. Cada vez era más difícil evitar el contacto de la población con turistas y visitantes de países capitalistas.

    En no pocos países de la órbita soviética, con Polonia, Hungría y Checoslovaquia a la cabeza, la oposición al régimen comunista soviético creció considerablemente. A su vez, se estaban formando nuevos líderes marxistas que ya no aceptaban continuar con la vieja ortodoxia y perseguían, dentro del sistema socialista, algo tan quimérico como mejorar las condiciones de vida dando algo más de margen al mercado para la producción de más bienes de consumo. Ni que decir tiene que tal experimento (una suerte de «socialismo de mercado») nunca fue posible en lugar alguno, aunque procurar una mayor libertad de acción precipitó el fin del terror comunista y la transformación del sistema, con diferente grado de éxito según cada país, hacia una economía socialdemócrata o de mal llamado “estado del bienestar” como las actuales en Europa. Dentro de esos líderes, cabría situar a Vaclav Havel, Lech Walesa y el propio Gorbachov.

    Tras la muerte de Leonid Breznev, en 1982, se suceden dos líderes efímeros, Andropov (1982-1984) y Chernenko (1984-1985), que tratan de imponer una mayor disciplina laboral en la URSS, ante la incontrolada caída de la productividad en todos los sectores, de las últimas dos décadas, y castigar la corrupción, algo totalmente imposible dado que los propios comunistas, tanto a nivel nacional, como regional o local, hicieron de dicha corrupción, un modo de vida. Sí es de destacar, en referencia al primero, que en diciembre de 1983 un altercado militar con derribo, por parte soviética, de un avión en la frontera entre las dos naciones coreanas, estuvo mucho más cerca que ningún otro acontecimiento anterior de desencadenar una tercera guerra mundial. Tanto el propio Andropov, como Ronald Reagan, dispusieron sus ejércitos con alerta máxima para la confrontación armada en un episodio cuya gravedad se silenció al mundo por aquel entonces, y que solo milagrosamente pudo solucionarse (seguro que, por temor extremo a las consecuencias de una guerra nuclear, lo que generó un equilibrio del miedo, además de la precaria salud del anciano dirigente soviético entonces, Andropov, que moriría en breve) cuando ni la diplomacia fue capaz de alcanzar un acuerdo. Y ya fallecido Chernenko, Gorbachov accede al poder soviético en 1985 con la intención de lograr una mayor transparencia (glasnost) en la gestión de todo ministerio, organismo, industria, koljoz y empresa estatal, como paso previo a identificar los problemas en base a información suministrada y así proceder a corregirlos (algo totalmente ingenuo, pues la vastísima cantidad de información necesaria para planificar una economía como la soviética sería imposible de recopilar, nada podría garantizar su fiabilidad y, desde luego, no había ni la más mínima intención de colaborar por parte de una burocracia interminable que nada bueno podía esperar de facilitar datos verosímiles ni del cambio que ello podría acarrear). Gorbachov, pues, pretendía mejorar el sistema comunista, nunca sustituirlo por el “capitalista” o de economía de mercado, pero como fiel marxista ortodoxo, no consideró en absoluto el papel fundamental que la maraña de incentivos individuales en todo sistema económico y en todo tiempo, impulsa a los agentes o personas en su actividad material (empresarios, trabajadores, sindicalistas, políticos, burócratas, inversores, consumidores, ahorradores, emprendedores, innovadores, desempleados, personas dependientes, etc.) a actuar económicamente de un modo u otro, pero no necesariamente en el modo que el gobernador de turno quiere o trata de imponer. Incurrió, pues, en el mismo error en el que incurren por soberbia y vanidad tantísimos emperadores, reyes, poderosos y políticos de uno u otro signo a lo largo de la historia, como escribiría Adam Smith, el pretender dirigir a millones de personas en el gran tablero de ajedrez de la sociedad, del mismo modo que se mueven las piezas, como si éstas no tuvieran otro principio de movimiento que aquél que el gobernante o político quiere imprimirle. Con esta actitud, completamente despótica, lo que hacen es suplantar a Dios mismo. Todo ser humano está dotado de un don que le hace a imagen y semejanza de Dios, ese don es el libre albedrío, que no consiste en creerse dueño de su vida, sino en cumplir lo que la Santísima Voluntad de Dios nos exige a todos y cada uno de nosotros individualmente, por vocación natural y divina (de encontrarnos con Dios al término de nuestros días), no la voluntad de uno mismo (soberbia conducente siempre a la desgracia de uno y de los demás), ni mucho menos la de un líder político o gobernador con afán de grandeza y vanidad desbocada que venga a suplantar los designios de Dios para con cada uno de nosotros individualmente.

    Aún con todo, la glasnost de Gorbachov tuvo sus consecuencias en el logro de una mayor libertad de información que resultaría letal para el comunismo que se pretendía salvar, al ser hábilmente aprovechada por la disidencia creciente dentro y fuera del país (especialmente al desencadenar una especie de espiral de acusaciones múltiples que destaparon muchos escándalos). Una vez más, como tantas veces en la historia de la humanidad en cualquier latitud, la verdad hace libres a los hombres, por eso tenemos Fe en Jesucristo, porque no es que lo veamos o hablemos con Él, lo que otros nos cuenten, sino que su Palabra es la Verdad (como nos revela el evangelista San Juan), lo que Es, que en Él no hay engaño ni mentira. En Polonia, y tras la designación de Juan Pablo II como Papa en 1978, el catolicismo sale cada vez más de la clandestinidad y convoca a una multitud creciente de población con cada vez menos miedo a las autoridades comunistas, que se ven impotentes ante el cambio pacífico que está teniendo lugar. Además, Gorbachov, centrado en los irresolubles problemas económicos internos en la URSS, se desentiende de los países satélites, que inician poco a poco un tránsito hacia una mayor libertad que culmina simbólicamente con la caída espontánea del Muro de Berlín en noviembre de 1989, punto de partida para la sucesiva caída pacífica o violenta de los regímenes comunistas de la RDA (que termina unificándose a la RFA un año después), Polonia, Checoslovaquia (que se escindiría en dos naciones), Hungría, Rumanía (con fusilamiento sin juicio del tirano sanguinario Chauchescu), Bulgaria y Yugoslavia (que padecería su fragmentación en 6 repúblicas del modo más violento, con una guerra sangrienta en la que intervino la OTAN, y en la que se dieron auténticos crímenes de genocidio étnico). Además, China, inicia en 1978, dos años después de la muerte del genocida Mao Tse Tung, y bajo la dictadura de Deng Xiao Ping, amparado por USA en el contexto de la guerra fría contra el comunismo soviético, un “tránsito” hacia una mayor libertad económica (aunque sin respetar la repatriación de capital de empresas extranjeras, un comercio libre con equilibrio arancelario y las patentes o propiedad industrial occidental) que aún hoy disfruta el país a pesar de la falta de libre albedrío en todos los demás ámbitos (la prosperidad material de China es clave para tratar de entender que la economía es una ciencia, no una ideología política, filosofía o una disciplina subjetiva, y que si se aplica sensata y cabalmente los hallazgos del análisis económico, la mejora material de la humanidad es segura. Por desgracia, se hace uso de la economía en beneficio solo de uno u otro grupo de presión político, como si por ejemplo se tratase de salvar la vida solo a unos y no a otros en un hospital, es decir, aplicando medicina selectiva). China aún padece un régimen de terror con privación de libertad en gulags y cárceles, así como ejecuciones por razones políticas y religiosas, para todo el que se opone al comunismo peculiar de su nomenklatura dirigente, aunque a los países democráticos de occidente esto no le interese airearlo dado que China supone un porcentaje creciente en las exportaciones y de negocio de muchas multinacionales (es el servilismo más abyecto al dinero de las democracias, en las que multitud de grandes empresas y multinacionales manifiestan con su propaganda farisea su adhesión a tal o cual causa «social» o medioambiental y luego les importa un pimiento extraer beneficios del infierno oriental sobre la sangre de las víctimas del comunismo). Incluso Hong Kong y su población han sido sometidos del modo más violento a los intereses de los asesinos rojos en el poder sin que ni USA ni ningún país europeo exprese la más mínima oposición. (Hong Kong fue una colonia británica hasta 1997. Como China era una nación muy poderosa, UK tuvo que irse de allí “con el rabo entre las piernas”, a diferencia de lo que hace con las Malvinas argentinas y con Gibraltar español).

    Ante la imposibilidad de revertir la situación de fracaso económico continuo en la URSS, una fallida intentona golpista militar comunista en Moscú en agosto de 1991, lleva al poder a Boris Yeltsin, el “enterrador” de la URSS, que dejará de existir el 31/12/1991, 69 años después de su constitución y 74 después del golpe de estado bolchevique encabezado por Lenin, dejando una herencia de miseria, muerte, terror, corrupción y abyección moral como ningún otro reino, imperio, nación o civilización haya dejado en cualquier otro momento histórico anterior. La “defunción” de la URSS dejó huérfanas de ayuda exterior a otras naciones comunistas cuyos habitantes padecen aún hoy los estragos de esa horrorosa ideología, la marxista, como Cuba y Corea del Norte. No obstante, aun cuando el marxismo parecía extinguido como peligro para siempre a mediados de la década de los noventa del siglo pasado, ha vuelto a resurgir durante las últimas tres décadas y en una serie de versiones heterodoxas, de la mano de políticos diversos de izquierdas que han aprovechado las democracias y su creciente corrupción moral para comprar votos con gasto público. Este ha sido el caso de muchos países hispanoamericanos con regímenes marxistas financiados con el narcoterrorismo (Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Méjico) y con revueltas violentas para implantarlo (Chile, que era hasta hace poco el más próspero de toda Hispanoamérica, Ecuador, Perú y Argentina).

  18. CONTRA EL ANTICRISTO MARXISTA, SOCIALISTA Y COMUNISTA 6.

    RESULTADOS DEL MARXISMO

    Como al árbol se le conoce por su fruto, es preciso hacer un balance sobre los resultados que el marxismo ha tenido en el mundo en los dos últimos siglos y en todo lugar, especialmente después de que se implantase por primera vez en el mundo en la Rusia de 1917, a partir de la cual, se difundió por varias naciones del mundo. Además, es preciso hacer balance de las socialdemocracias o estados del “bienestar”, tan influidos por el marxismo menos directo o más “moderado” y sutil en países no comunistas.

    1- Religión y dimensión espiritual del ser humano.

    Los regímenes marxistas han perseguido, condenado a la clandestinidad y asesinado en masa a los creyentes católicos, especialmente a las almas consagradas, en todos los países donde se han implantado (URSS, Polonia, Checoslovaquia, RDA, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Albania, Yugoslavia, China, Corea del Norte, Vietnam, Camboya, etc.) con la excepción de algunos países y regímenes de Hispanoamérica, ante la evidencia de una mayoría de población católica aunque analfabeta e intelectualmente débil y manipulable. En esos países hispanoamericanos, la teología de la liberación (marxista y, consecuentemente, satánica y apóstata) ha causado estragos a la población católica, alejándoles de Dios con una falsa doctrina subordinada completamente a los políticos marxistas, nunca al Señor y a la Evangelización. Los asesinatos de católicos perpetrados por los comunistas en Europa, silenciados incluso por el Vaticano (tal vez para no generar resentimiento, lo cual es santo), desde 1917 hasta comienzos de los noventa del siglo pasado, son innumerables (seguro que muchísimos más que los perpetrados en cualquier otro momento histórico y que los perpetrados contra otras poblaciones, como los judíos, por ejemplo). Solamente en Polonia, después del otoño de 1944, y bajo dominio soviético, hubo innumerables violaciones de monjas y religiosas, y asesinatos de personas consagradas y fieles completamente silenciados incluso hoy (los papas y obispos se han prodigado hasta la saciedad en recordarnos el asesinato de mártires como del Pater Maximiliano Kolbe o como la monja conversa Edith Stein, nunca los inacabables asesinatos de católicos a manos del comunismo y del socialismo, y ocultar la verdad no es propio de verdaderos católicos, por mucha prudencia que se alegue). Y en la URSS, la Iglesia Católica, muy minoritaria, fue completamente ahogada en sangre. Se asesinó a católicos reunidos clandestinamente por el simple hecho de rezar el Santo Rosario. Aun así, no pudieron acabar con la fe en muchos países sometidos, donde el culto continuó siempre en la más absoluta clandestinidad. Y de España durante los años treinta, sobran los argumentos (aunque los obispos actuales lo callen sospechosamente). En verdad ha quedado probado que las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Santa Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, la católica apostólica.

    El patrimonio de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana (catedrales, templos parroquiales, monasterios, abadías, conventos, escuelas, institutos, universidades, bibliotecas, hospitales, orfanatos, leproserías, centros de salud, comedores de pobres, asilos de enfermos y de pobres, tierras, inmuebles diversos donados, empresas no lucrativas, patrimonio artístico y bibliográfico, etc.) ha sido saqueado, requisado y destruido de modo especialmente intenso en los países donde se ha logrado implantar el marxismo, no habiendo sido restituido en una mínima parte tras el fracaso espantoso de esos regímenes en todo lugar de la tierra. El patrimonio católico que hoy pervive, es responsable de buena parte del PIB de cada nación occidental, de modo directo o indirecto, se reconozca o no. Ningún otro instrumento más santo para las Santísimas Manos de Dios Todopoderoso que su Santa Iglesia Católica Apostólica, tan odiada furibundamente por el marxismo de todo tipo.

    El marxismo, oficialmente ateo y hostil a Jesucristo Nuestro Señor y su Santa Iglesia Católica, ha promovido una DESNATURALIZACIÓN DEL SER HUMANO (HOMBRE Y MUJER) que en ninguna otra tiranía se ha producido con tanta intensidad. La URSS fue el primer estado en legalizar el asesinato indiscriminado del no nacido o ABORTO, en los años veinte, con Lenin. El aborto llegó a ser tan grave en la URSS, que algunos años hubo menos nacimientos que abortos (hay que tener en cuenta que las violaciones, adulterios, incestos y la conducta sexual depravada, fueron mucho más intensos en aquel país que en ningún otro antes o después, pues los límites morales y de conciencia católicos eran incluso ridiculizados públicamente con un ateísmo oficial imperante, como se hace hoy día en las democracias, incluso a través de los más insensatos y descerebrados medios de comunicación). Además, en todo régimen marxista, se ha promovido el aborto (hoy defendido por los marxistas como falso y satánico “derecho a decidir” de la mujer a ser madre, una auténtica locura y denominado hipócritamente “interrupción voluntaria del embarazo”. ¿Alguien puede calificar un asesinato como «interrupción voluntaria de la vida del otro» para tratar de «justificarlo»?), la EUTANASIA (especialmente de personas con minusvalías que las incapacitaban para trabajar, aunque el HAMBRE PROVOCADA fuera el método político más empleado para acabar con las personas no “deseables” para el sistema o no proclives al mismo), el amancebamiento o CONCUBINATO (pues el matrimonio dejó de ser vínculo bendecido por Dios en la Iglesia mediante boda cristiana, cuya labor fue proscrita), la PROMISCUIDAD (téngase en cuenta que en los países comunistas, mujeres y hombres eran “propiedad socializada”, luego no se penalizaba en absoluto el adulterio), la subordinación de las familias al Estado, con consecuencias tan horrorosas como “divorcios” y separaciones forzosas por razones políticas (el Estado podía separar a esposos y esposas por la condena y deportación de uno de ellos, por ejemplo. No cabe concebir mayor afrenta al mismo Cristo Jesús), separación de los hijos respecto a padres condenados, y otras muchas monstruosidades, entre las que destaca, por su actualidad, un intento de lograr lo que se denomina comúnmente “igualdad real” entre hombres y mujeres, experimento contranatural realmente diabólico y terrorista feminista comunista, consistente en hacer trabajar a la mujer y al hombre en las mismas profesiones sin límite físico alguno. Este experimento, contranatural al rechazar la natural complementariedad del hombre y la mujer, el uno para con la otra, que no la igualdad, supuso una desnaturalización de la mujer, alejándola de su naturaleza femenina y de vocación a la maternidad, al adquirir rasgos masculinos en el trabajo en minas, altos hornos, industrias pesadas, canteras, industrias de la construcción y cementeras, con maquinaria agrícola, en talleres, transportes, etc., que las hacían no aptas para formar una familia ante el nulo atractivo que esa “masculinización” de la mujer tiene para el común de los hombres, que no aceptan para formar familia a alguien igual, sino complementario, a la mujer. Este experimento feminista comunista, rotundamente fracasado por chocar frontalmente con la naturaleza humana creada por Dios, fue una de las mayores fuentes de desdicha personal en no pocos millones de personas en la URSS, aunque en occidente nadie lo remarque. Y causa, junto con muchas otras, del elevadísimo índice de suicidios entre la población durante toda la existencia de dicho régimen comunista. Aun así, no son pocas las mujeres (mayoritariamente de izquierdas o marxistas, solteras, poco agraciadas intelectual y físicamente, disolutas, prostitutas, lesbianas y, sobre todo, ateas) que hoy, en las democracias, abogan por una “igualdad real a conveniencia” (en el ámbito laboral especialmente, sin incluir los trabajos físicamente más duros), intimidando legal y públicamente o tratando de hacerlo, a otras mujeres y a la totalidad de los hombres, con una ideología terrorista de género extraordinariamente dañina para la formación de matrimonios y familias y para su mantenimiento unidos (con siembra de cizaña entre marido y esposa e intervencionismo intolerable a nivel de intimidad del hogar. Además, con alejamiento sesgado antinatural de los hijos e hijas del padre en caso de separación temporal hasta reconciliación o permanente, contrario a la “igualdad ante la ley” y, sobre todo, muy dañino para la educación, que queda amputada por falta de contacto con el progenitor masculino), familias con descendencia (con promoción intensa del aborto y los métodos anticonceptivos abortivos), acceso al trabajo retribuido para al menos un miembro del matrimonio en aquellos casos con todos los miembros en desempleo, descrédito del imprescindible y honroso trabajo que tradicionalmente tenía el título de “ama de casa”, vital para la supervivencia de todos los miembros de la familia y descrédito de la maternidad, de la familia y del propio matrimonio, así como de las profesiones típicamente femeninas (enfermera, parturienta, maestra de escuela, modista, etc.).

    Y aún peor resultó el inhumano experimento chino, recientemente abandonado, de imponer a cada familia la “política del hijo único”. Es impensable la cantidad de abortos que tal medida provocó en ese infierno comunista que aún hoy subsiste para beneficio de los accionistas de las multinacionales allí implantadas, especialmente de niñas por una costumbre bárbara e inhumana, cuyas consecuencias, por el desequilibrio de sexos de las actuales generaciones jóvenes de aquel país, aún están por padecerse.

    El marxismo invirtió la pirámide jerárquica de valores humanos, en la que Dios ocupa la cúspide, el hombre, su criatura, al servicio de Dios cumpliendo su Santísima Voluntad para Gloria del mismo Dios y no propia, el lugar intermedio, y el Estado y sus leyes, la base, es decir, el Estado y sus leyes al servicio del hombre. Para los regímenes marxistas, el Estado y sus leyes se sitúan en la cúspide (encarnado, evidentemente, en sus satánicos comisarios o líderes comunistas, socialistas o socialdemócratas), el hombre ha de ser su siervo y esclavo y Dios queda totalmente excluido e incluso proscrito violentamente de la vida. Una locura propia de bestias, que no de seres humanos, hombres o mujeres, criaturas de Dios. Una locura propia de la estirpe de la serpiente, de los hijos de las tinieblas, de la cizaña de la tierra que no tiene otro destino que el horno infernal eterno. Y lo peor es que las democracias están siguiendo el mismo camino de modo paulatino, aunque de un modo mucho más sutil, anestesiando espiritualmente a la población mundial con placeres, goces y bienes materiales y mundanos.

    2- Salud general (física, mental y espiritual) de la población.

    Se suele definir la vida general de las personas, en los regímenes comunistas, como una vida gris, oscura, triste y deprimida. Pues bien, lo cierto es que ninguna otra ideología ha causado un daño más grande a la ESPERANZA, virtud teologal esencial para la vida y connatural al ser humano alegre y confiado a pesar de los sufrimientos y dolor inherente a la vida, que el marxismo. Las personas que lo vivieron en la URSS o cualquier otro país comunista o socialista, suelen expresar en sus memorias, la falta de esperanza en un porvenir mejor, la vida monótona en la más absoluta desesperanza, la pasiva fatalidad de vivir un infierno del que poco se puede hacer para escapar salvo emborracharse o drogarse para mitigar esa sensación horrible sin sucumbir a la locura o al suicidio. En la URSS, las tasas de enfermedad mental, fueron escandalosamente altas, especialmente las depresiones. Hay que recordar que uno de los pilares de esta maligna y perversa ideología consiste en destruir por completo en el ser humano, cualquier atisbo de esperanza. Solo así, es posible la dominación completa de la población, que, descreída y desesperada, como corderos sin buen pastor, buscará “satisfacción” a su angustia vital en el partido, nunca en Dios, cuyo recuerdo el marxismo intentará siempre extirpar. En la URSS se cometió el mayor crimen en toda la historia de la humanidad sobre la criatura de Dios, se intentó destruir la dimensión fundamental del hombre, su conciencia, su ser espiritual, su deseo de Bien, de Paz y de encuentro con Dios. La fe, la esperanza y la caridad cristiana, son realmente mortales para el diabólico marxismo, de ahí su insistencia en destruirlos. La capacidad de discernimiento, la sabiduría, don del Espíritu Santo, que no de universidades, son verdaderamente destructores de la mentira, hija del demonio, en la que crece ese tumor de las almas que es el marxismo. Esto debería ser objeto de profunda reflexión, incluso entre los católicos.

    Por otra parte, el balance referente a las drogas en los países marxistas es verdaderamente demoledor. Los índices de alcoholemia son aterradores. En la URSS, el vodka acabó siendo aquello que curiosamente Marx atribuía diabólicamente a la religión, el opio del desgraciado pueblo soviético. Fue la droga que “mitigaba” la frustración vital de decenas de millones de seres encarcelados en su país y aterrorizados. Hasta tal punto llegó a ser importante por su carácter adictivo, que las autoridades hicieron lo necesario por hacer lo más abundante posible su producción y suministro a la población (las tiendas semivacías y con productos de pésima calidad, colas interminables para lograr alimentos escasos, racionamiento generalizado, etc., pero el vodka corría como ríos. Nunca hubo un Estado que promoviese la autodestrucción y autodegradación personal de su población con mayor discrecionalidad que el soviético. Y por desgracia, las democracias parecen seguir tal procedimiento, con todo tipo de drogas, para desviar la atención de su incuestionable fracaso y sus insolubles inconsistencias). Para millones de personas, el vodka llegó a ser igual que la heroína en la España de comienzos del régimen democrático (acaso por ellas pudo aparecer la democracia en una nación que encabeza el conjunto de las que son católicas verdaderas, fieles a Jesucristo y la Santísima Virgen María, pues de otro modo no se entiende esa especie de esquizofrenia de ser una nación que ama a Dios pero es demócrata, algo propio de un pueblo espiritualmente enfermo, débil, decadente e irreflexivo. No hay más que incoherencia en el que se supone católico y es partidario de ese sistema que libera a Barrabás y mayoritariamente pide la crucifixión del Señor. De locos). El vodka, por su parte, fue, como la totalidad de las drogas, causa directa de interminables desgracias en el seno de las familias, de ruina física, mental y moral de millones de personas, de muertes por peleas y congelación y del colapso por congestión de la precaria sanidad pública soviética. Y ya en los años setenta, se generaliza entre la juventud soviética y con la connivencia interesada de las autoridades, el consumo de heroína procedente de las repúblicas centroasiáticas mayoritariamente. En esto, la URSS fue bastante parecida a los regímenes marxistas heterodoxos de países hispanoamericanos, que encontraron fuentes de financiación para sus “revoluciones” multimillonarias en el terrorismo narcotraficante (aunque juren y perjuren que ellos están con «los pobres»). Por lo tanto, bien se puede añadir al marxismo, en mayor medida que ningún otro tipo de ideología, la expansión mundial de las DROGAS, devastadoras especialmente para millones de jóvenes y sus familias (que con dichas drogas son incapaces de reflexionar sobre la realidad de sus vidas, de lo que están viviendo, por lo que se incapacitan para reaccionar contra el mal), como recurso para financiar su actividad política, comprando o sobornando incluso a gobernadores nacionales, regionales y locales, miembros de la policía, jueces, fiscales, funcionarios, sicarios, poblaciones enteras, etc.

    Y en cuanto a la salud física, también hay que constatar que los excesivos accidentes laborales en comparación a países industriales occidentales, las muy abundantemente incidentes enfermedades asociadas a la miseria y al hambre, y, a partir de los años cincuenta, con la construcción y puesta en funcionamiento de las primeras centrales nucleares (con alarmante negligencia en cuanto a profesionalidad del personal, seguridad general de las instalaciones, protocolos fiables frente a accidentes, derrames o escapes, tratamiento de residuos e impacto medioambiental general), la irrupción de todo tipo de cánceres, hicieron de la URSS un país sumamente peligroso y con una población cuya salud física era de las peores en occidente (aunque en sus cifras demográficas maquilladas no se refleje el considerable impacto sobre la esperanza de vida al nacer). Especialmente letal ha sido la “herencia” que dicho régimen ha dejado al mundo entero respecto a las radiaciones nucleares (fruto de fugas y accidentes en centrales nucleares mayoritariamente silenciados tanto dentro como fuera del país), mal que ha afectado y afecta a todo el mundo, incrementando sensiblemente la probabilidad de padecer cualquier tipo de cáncer a lo largo de nuestras vidas, además de otras desgracias que aún no nos han desvelado y que podrían ser mayores y más persistentes en el tiempo. En la URSS, antes que en cualquier otra parte del mundo, se pudo constatar la enorme correlación positiva entre accidentes nucleares y crecientes tasas de incidencia de cáncer entre poblaciones y la cercanía al foco de radiación, aunque en occidente se silencie esta plaga (siguiendo, por cierto, la tradición soviética en cuanto a ocultar información incluso con penas de cárcel al infractor o algo peor), principalmente de la etapa comunista, sobre las generaciones venideras de toda la tierra. Así pues, la RADIOACTIVIDAD ROJA es otra peste o error de Rusia esparcido sobre la tierra del que ya nos advirtiera la Santísima Virgen María en Fátima en 1917, salvo para el que no se quiera enterar.

    En la URSS y demás países comunistas, y especialmente en China, el HAMBRE fue un problema creado desde el poder y jamás paliado, de igual modo que el desempleo involuntario en las democracias occidentales. Al hambre que sucedió a la sangrienta y golpista implantación en el poder de los bolcheviques y el alivio moderado de la NEP, sucedió una época en la que los cereales, vitales para alimentar a una población tan vasta, solían ser exportados a cambio de divisas para adquirir maquinaria y bienes de equipo para la industrialización acelerada, sin ninguna consideración por una población que languidecía bajo los horrores del HOLODOMOR, especialmente en Ucrania y Transcaucasia (Georgia, Armenia y Azerbaiyán, así como, sur de Rusia). El hambre, de hecho, fue un instrumento político de sometimiento de la población y de castigo por medio de requisas indiscriminadas, tal como la concibió inicialmente Lenin primero y la aplicó Stalin después. Y en China, en tiempos de Mao Tse Tung, la factura mortal de las hambrunas alcanzó niveles descomunales con las demenciales iniciativas de el “gran salto adelante” y con la “revolución cultural”. Además, en todos los países comunistas, el hambre ha sido verdaderamente una plaga (casos de Albania, Rumanía, Bulgaria, Vietnam, Camboya, Cuba, etc.), aunque hoy, este hecho ha sido ocultado y cuenta con el silencio cómplice de las democracias liberales y socialdemocracias, que matan de hambre a millones de hombres y mujeres por medio del desempleo involuntario, causado por la rigidez de los mercados de trabajo (fruto del sindicalismo y patronalismo principalmente y que consisten en la más absoluta falta de libre negociación individual). En los países comunistas, incluso se llegó, en determinados momentos históricos, como durante la Segunda Guerra Mundial en la URSS e incluso hasta hace poco en países comunistas del sudeste asiático y China, a alimentar la población con ratas, ratones, insectos, perros, gatos y otros animales, así como al mismo canibalismo.

    Y con respecto a la higiene, pocos países del siglo XX, ni tan siquiera los del denominado tercer mundo, han tenido una incidencia tan mortal en sus poblaciones por su ausencia generalizada como los comunistas. La suciedad y la basura en suburbios de las ciudades, en pueblos y aldeas era compañera común en la antigua URSS, cuyas autoridades solo se cuidaban de ofrecer una imagen maquillada del país a los turistas, permitiéndoles visitar solo los lugares más históricos de Moscú, Stalingrado (actual Volgogrado) y Leningrado (actual San Petersburgo), los distritos de la élite burocrática comunista, la nomenklatura.

    Aparte de todo ello, la deficiente sanidad soviética se caracterizaba por un personal sanitario formado con libros e investigaciones médicas traídas de occidente. Su aportación a la investigación médica y a la industria farmacéutica fue nula. Los tratamientos, en muchos casos completamente anticuados respecto a occidente, solían ser mucho menos efectivos para devolver la salud y salvar la vida del paciente, recurriéndose de modo frecuente a importar instrumental médico y fármacos de países avanzados occidentales para clínicas de las que solo se beneficiaban los altos cargos comunistas de la administración del país o de las repúblicas y regiones. La situación de los hospitales era de una congestión propia de un período de guerra, con pacientes por los pasillos y salas de espera, incluso en el suelo, siendo frecuente la muerte por falta de atención temprana. Además, la mayor parte del vasto país (22 millones de kilómetros cuadrados), carecía de hospitales cercanos a la mayoría de pueblos y aldeas, con lo que la mortandad se agravaba por las largas distancias y la muy deficiente red viaria que había que recorrer para lograr asistencia médica adecuada. Las consultas médicas rutinarias, solían llevar más horas de espera que las colas para abastecerse de alimentos en los almacenes y tiendas estatales. En definitiva, los problemas de la sanidad pública de las democracias se multiplican e intensifica enormemente en los países comunistas.

  19. CONTRA EL ANTICRISTO MARXISTA, SOCIALISTA Y COMUNISTA 7.

    3- Sistema legal y judicial.

    La URSS, y los países comunistas que le sucedieron, podrían calificarse perfectamente, y a este respecto, como un imperio de la contra-ley. Los bolcheviques, de acuerdo a lo impuesto por Lenin, solo aceptarían la legalidad, tanto dentro, como fuera del país, si convenía a sus intereses “revolucionarios” y de partido. Al caos que acompañó al período de implantación del bolchevismo y la guerra civil, caracterizados por un uso completamente arbitrario y sanguinario del poder fundado en la fuerza de las armas y en leyes y decretos totalitarios sin paliativos cambiantes según la situación y que generaban una inseguridad absoluta, sucedió la creación de tribunales populares sin ningún tipo de garantía jurídica para los acusados y presididos no por jueces profesionales, sino por comisarios que convertían las sentencias en órdenes a ejecutar, arbitrarias y sin ninguna ecuanimidad. No solo se transgredió todo derecho y libertad, sino que se generó una situación en la que nadie sabía a qué atenerse. Los textos constitucionales de 1936 y 1977 no eran más que meras tapaderas propagandísticas “legales” de cara al exterior, para aparentar normalidad tras la que ocultar el crimen masivo. No hubo límite alguno al ejercicio del poder por parte de los dirigentes comunistas. Y esas fueron también características de todos los demás países comunistas. Esta falta absoluta de seguridad jurídica acabó degenerando a la larga en una inmensa red de corrupción, con sobornos y chantajes de todo tipo, que hicieron posible la supervivencia de millones de personas incumpliendo el orden oficial comunista en un sistema semioculto minoritario paralelo no legal ante el que las autoridades no tuvieron más remedio que mirar hacia otro lado, ante la realidad de los hechos. Se trataba de la “economía sumergida capitalista” de los mercadillos tolerados y tratos comerciales individuales que tenían lugar espontáneamente en todo lugar, muchas veces recurriendo al puro trueque, ante la ausencia de valor de la moneda o la imposibilidad de adquirir bienes con ella.

    No obstante, el resultado más nefasto de este sistema de contra-ley, fue la continua persecución ejercida contra la población en un sistema policial que tenía intervenida incluso la correspondencia y todo tipo de comunicaciones personales (telegráficas o telefónicas e incluso en la intimidad del hogar familiar). Decenas de millones de personas fueron ejecutadas, deportadas a GULAGS o regiones inhóspitas, esclavizadas en innumerables obras públicas, encarceladas y torturadas, acusadas de “contrarrevolucionarios”, “enemigos del pueblo”, “espías de occidente” y “saboteadores”. Solzenytsin, por ejemplo, afirma que al menos un tercio de la población soviética fue, en algún momento de su vida, confidente de la policía política, (la temible NKVD, KGB después) delatora de sus vecinos e incluso sus familiares, no pocas veces, sin razón objetiva para denunciarles. Los controles policiales en todas las carreteras, accesos a ciudades, instalaciones, empresas estatales, organismos y ministerios, etc., hacían prácticamente imposible la huida e, incluso, el espionaje real. Se sabe más de la URSS, de boca de ex espías soviéticos en occidente y de diplomáticos desertores, que de la propia población (circunscrita en su vida a un ámbito espacial muy reducido) superviviente de aquel sistema. Destaca, por su crueldad, el sistema soviético de campos de trabajo o de concentración llamados gulags, en los que las condiciones de vida fueron de extrema crueldad, pues los presos (mayoría de ellos “enemigos del pueblo”, es decir, no afectos al comunismo o supuestos enemigos del mismo), aparte de las horribles condiciones climatológicas del largo invierno ruso que tenían que soportar, tuvieron que trabajar en régimen de esclavitud en minas, yacimientos y todo tipo de obras públicas, con jornadas laborales que excedían en mucho las 8 horas diarias, con escasos cuidados médicos, ejecuciones frecuentes por enfermedad, intento de huida o bajo rendimiento y frecuentemente subalimentados, para poder sobrevivir. Extendidos por todo el territorio soviético, la supervivencia en estos enclaves era realmente excepcional. Tras la muerte de Stalin, Beria libera a millones de reclusos, aunque todavía se desconoce cuántos lo fueron con cada dirigente desde Lenin hasta Yeltsin. Y seguro que mucho mayor fue el número de personas que fueron encarceladas por motivos incluso desconocidos, en las temibles CHEKAS, donde se practicaron frecuentemente torturas con un sadismo desconocido y ejecuciones masivas. La famosa cárcel moscovita de Lubianka fue centro sanguinario famoso de tortura y ejecución durante décadas, sinónimo de terror para los soviéticos.

    En la URSS se prohibió el libre movimiento de personas no ya fuera del país, sino dentro del mismo (algo totalmente inédito en la historia de la humanidad, pues no se conoce reino o imperio que haya llegado a tal grado de liberticidio con la totalidad de la población), teniéndose que pedir permiso a los burócratas o comisarios locales para poder desplazarse a cualquier otro lugar, incluso para visitar familiares, y produciéndose dichos desplazamientos de un modo totalmente controlado y dirigido. No existía libertad religiosa, el derecho de asociación libre, la libertad de expresión escrita ni de palabra, la libre elección del lugar de trabajo y de residencia, la libertad de enseñanza ni de cátedra, la libertad de prensa, la libertad de empresa, la libertad de negociación colectiva o individual en el trabajo, la libertad de hacer huelga o de dejar el trabajo (ambos reprimidos sangrientamente a comienzos del período bolchevique), la libertad investigadora o innovadora, la libertad de elección de profesión (al menos en gran medida, pues solo accedían a la universidad quienes eran arbitrariamente seleccionados por las autoridades comunistas), y las libertades que son habituales, con mayor o menor cumplimiento, en buena parte de los regímenes democráticos. Todas estas restricciones han sido comunes a todo régimen comunista con mayor o menor intensidad según el momento histórico. Es realmente acertado calificar el marxismo de liberticida.

    Y con respecto a la organización territorial, las actuales 15 repúblicas que antes de 1991 constituían la URSS, estaban sometidas por completo al poder de Moscú mediante dirigentes del PCUS. Los recelos hacia Rusia nunca remitieron. Cualquier intento secesionista fue contrarrestado, especialmente por parte de Stalin (inicialmente comisario de nacionalidades), con deportaciones masivas (familias y poblados enteros) hacia el otro lado de los montes Urales, a las repúblicas centroasiáticas o a la horriblemente fría Siberia. Muchas minorías fueron literalmente exterminadas, con silencio cómplice y cobarde por parte de occidente. Y el antisemitismo se intensificó especialmente tras la defenestración del judío Trotsky y la asunción del poder por parte de Stalin, antijudío denunciado hasta por su propia hija Svetlana Aleluieva, huída a USA en los sesenta. A partir de 1991, la desmembración de la URSS fue especialmente violenta en el Cáucaso.

    4- Economía.

    La economía, tanto en la URSS, como en los demás países comunistas o socialistas, es una economía planificada, en la que el mecanismo de asignación de recursos pasa a ser la autoridad central planificadora (en la URSS, el Gosplan), la cual decide qué producir, con qué características y calidades, como producirlo, es decir, tecnología a emplear, en qué cantidades y con qué precios, así como a quién va destinada la producción final (incluso recurriendo frecuentemente al racionamiento). En la economía planificada, la intervención pública estatal es, pues, total (en la URSS prevalecía el lema totalitario y propio de usurpadores de atribuciones propias de Dios Nuestro Señor, hecho artículo constitucional, “de cada cual según su capacidad y a cada cual según sus necesidades”, por supuesto, tirana y arbitrariamente aplicado según la autoridad comunista, que no según la población mediante el mecanismo de mercado. Autoridad aquella que definía las “necesidades”, aunque jamás las capacidades). No hay lugar para la libre iniciativa económica. Además, la propiedad de los medios de producción (tierra, capital, tecnología y recursos naturales) es estatal o pública. Son los directores de las fábricas, empresas y organismos públicos los que reciben las órdenes de producción del Gosplan en Moscú y procuran ejecutarlas o justificar su no cumplimiento (en causas verídicas o en meras coartadas difíciles de verificar). Las tablas input-output del economista ruso huido a USA, V. Leontiev, dan una idea de la magna e inabarcable tarea de los planificadores en un país comunista (propia de alguien que trata de suplantar a Dios mismo). En las economías planificadas estatales, no se puede contar con las señales que en el mecanismo de asignación de recursos de mercado orientan las decisiones libres y eficientes de consumo y ahorro, de inversión, de innovación, de emprendimiento y creación de empresas, de entrada o salida de un determinado mercado, de mejora de la calidad, de elección de profesión, de asignación del tiempo entre horas de trabajo y horas de ocio, de movilidad de recursos productivos, etc. Es decir, los precios, los salarios, la rentabilidad de los diferentes activos, los tipos de interés, los tipos de cambio y la cotización de los activos reales y financieros, no son señales para la toma de decisiones en una economía planificada, que fija todos ellos en función de la información de la que dispone (siempre sesgada, incompleta, manipulada, poco veraz, a destiempo y pocas veces útil) o de los fines que pretende conseguir. Esto genera un grado de ineficiencia descomunal traducido en escaseces letales para la supervivencia simple de la población. La economía planificada no respeta ni considera los incentivos naturales que todo ser humano tiene en su búsqueda de bienestar y prosperidad material para él y los suyos. Y un sistema que no sirve al hombre, está irremisiblemente abocado a la destrucción. En este sentido, el despotismo comunista no tiene parangón en la historia. Es como si se pretendiese hacer el hombre para el sábado (Estado), y no el sábado (Estado) para el hombre.

    Los resultados de la economía planificada, en todo país en el que fue implantada, son verdaderamente apocalípticos. Ningún sistema ha generado tanta pobreza y miseria material como el comunismo y el socialismo. La pobreza extrema de la mayor parte de la población esclavizada y encarcelada en los países comunistas, no solo no fue a menos, sino a más, pues un sistema que solo funciona con terror no puede pervivir a la larga (esto explica su transición, más o menos exitosa, en Europa oriental, a regímenes socialdemócratas de “bienestar”, menos desastrosos, o a regímenes que combinan la tiranía comunista con un cierto papel para el mercado, como en China actual). No solo han fracasado estrepitosamente las economías planificadas comunistas y socialistas, sino también los países socialdemócratas o del mal llamado “estado del bienestar”, presentan unos resultados nefastos a largo plazo (consecuencia de su marcado keynesianismo de décadas anteriores), especialmente en lo concerniente a las cuentas públicas (déficit y deuda incontrolados en la mayoría de los casos, insostenibilidad de la denominada seguridad social y coste electoral de reducción del gasto público inasumible para conservar el poder, que hace dinámicamente inconsistente cualquier plan de viabilidad del presupuesto público), el mercado de trabajo (con rigidez letal en muchos países, especialmente España y Grecia, países especialmente afectados por la “euroesclerosis”) y la capacidad de generar empresas y riqueza con una maraña de regulaciones crecientemente intervencionistas, complicadas e incluso contradictorias (con efectos negativos sobre la incertidumbre y la seguridad jurídica).

    Las cifras macroeconómicas de los países comunistas no son en absoluto fiables (mera propaganda con números artificialmente inflados en la mayoría de los casos), como los propios burócratas que vivieron aquel régimen han llegado a reconocer mayoritariamente con posterioridad. Los planes quinquenales soviéticos tuvieron, en general, unos resultados verdaderamente decepcionantes y sus únicos logros, a base de terror, mano de obra esclava y jornadas extenuantes muy superiores a las 8 horas diarias, técnicos y científicos extranjeros, patentes y propiedad industrial no respetadas o cedidas por otros gobiernos y espionaje industrial y militar, se dieron generalmente en industrias básicas (hierro y acero, herramientas, productos químicos, papeleras, cemento, materiales de construcción y armamento), obras públicas (viviendas colectivas, centrales térmicas e hidroeléctricas en ríos, canales, instalaciones militares, equipamiento público en algunas ciudades grandes como Moscú y San Petersburgo y una exigua red eléctrica que jamás llegó a todas las aldeas y pueblos, especialmente los siberianos y los cercanos a los Urales y del norte de Rusia) y minería y recursos naturales (cuya producción de hierro, carbón, gas natural, petróleo y otros muchos minerales, se exportó en buena medida al extranjero a cambio de divisas para importar maquinaria y bienes de equipo, como se hizo con los cereales). El fracaso en la producción de bienes de consumo (automóviles, motocicletas, bicicletas, ordenadores, muebles, electrodomésticos, ropa y textil, calzado, productos farmacéuticos, etc.) fue clamoroso y nunca mitigado, aunque ya desde Kruschev se pretendiera infructuosamente subsanar. La producción de bienes de equipo (plantas industriales, cadenas de montaje, maquinaria de precisión, etc.) también resultó ser muy pobre, teniéndose que recurrir a la importación constantemente. También fue calamitosa la producción del reducidísimo sector servicios al margen de la burocracia funcionarial, aún peor (turismo, muy limitado, de baja calidad general y controlado, incómodo en grado sumo para el visitante, transporte interior y exterior y otros servicios, muy ineficientes y burocratizados totalmente). Y, aún peor fueron los resultados en cuanto a producción agrícola, ganadera y pesquera. La adquisición estatal de la producción total de koljozes y sovjozes, al precio fijado desde el Gosplan, hizo caer la producción agraria hasta tal punto que el hambre siempre estuvo presente en la URSS. Los agricultores no tenían incentivo, no solo a producir más para el gobierno, sino a cuidar de la maquinaria agrícola (tractores y cosechadoras, escasos en relación al número de explotaciones que debían compartir su uso, a pesar de la propaganda comunista de un campo completamente mecanizado), del ganado y de la propia tierra, para hacerla más productiva con acondicionamiento y abono cuidadosos. Los agricultores fueron, a medida que el terror fue remitiendo, acaparando con sobornos cada vez más cantidad de producción para vender luego en los mercadillos tolerados locales a distribuidores estatales o al consumidor final y, así, sacar un mayor rendimiento económico individual. Además, ya Stalin permitió, ante la sangrienta oposición a la colectivización de millones de campesinos, la tenencia de parcelas particulares a las familias campesinas, en las que podían tener su propia producción doméstica. Esas parcelas privadas, un 3% de la superficie agrícola total del país, fueron vitales para mitigar el hambre y evitar catástrofes humanitarias mayores en varios momentos críticos, permitiéndose vender la producción de las mismas, mezclada con la sustraída al propio koljoz, a los distribuidores estatales o al consumidor final en los mercadillos tolerados locales (similar, aunque no en libertad plena, a la bendita aportación que en España hizo la economía minifundista del norte a lo largo de toda la historia). Además, la producción en tales parcelas particulares era mucho más diversa a la de los propios koljozes (en cuyas tierras se cultivaba mayoritariamente cereales, remolacha, maíz y patatas, mientras que en las parcelas particulares, se producían huevos, hortalizas, legumbres, frutas en árboles, etc.). Por su parte, la producción ganadera también fue muy pobre, porque los precios estatales no incentivaban la cría y cuidado y la cabaña ganadera quedó muy disminuida tras la Segunda Guerra Mundial, costando décadas su recuperación. Con respecto a la pesca, la contaminación creciente de los ríos soviéticos, unido a la escasa flota pesquera, hicieron del pescado un manjar al alcance exclusivo de la privilegiada nomenklatura comunista, exportándose también el caviar al extranjero de modo masivo. Y en otros países como China, fundamentalmente agraria hasta Deng Xiao Ping, los resultados económicos fueron verdaderamente horrorosos en términos de hambrunas, especialmente tras el “gran salto adelante”. Las comunas chinas de Mao, apenas podían producir arroz y cereal suficiente para alimentar a la multimillonaria población, en un país mucho más cerrado al comercio exterior que la URSS, de modo similar a como hoy es Corea del Norte.

    En lo que respecta a la política monetaria, no puede calificarse de otro modo que catastrófica. Si la hiperinflación que afectó a varios países perdedores de la Primera Guerra Mundial (Alemania, Austria, Hungría, etc.), como consecuencia del señoriaje desencadenado por la monetización de los pagos por reparaciones a los países vencedores, fue letal para la economía y para las poblaciones que las padecieron, la hiperinflación que Lenin provocó deliberadamente en Rusia tras su toma del poder y con el banco central ruso en manos de bolcheviques, y con la finalidad de acabar con el dinero, destruyó definitivamente la confianza de la población en el rublo y provocó el masivo recurso al trueque (también al robo, pillaje y saqueo). En la URSS, los ciudadanos no tenían acceso a las divisas extranjeras, monopolizadas por el banco central de Moscú y empleadas siempre en las importaciones determinadas por el Gosplan, nunca a disposición del público. Sí padeció la población soviética un proceso de continuas requisas, especialmente hasta los años treinta, de joyas, oro, plata y objetos de valor, que sirvieron como reserva para importaciones. A ese respecto, se llegó a registrar violentamente los hogares particulares tanto en ciudades, pueblos y aldeas, obligando a la población a entregar a las autoridades todo objeto de valor con amenaza de ser fusilado en caso de rebeldía. Por lo demás, a lo largo de todo el período comunista, los salarios fijados por el Estado, apenas servían para adquirir lo mínimo para poder sobrevivir, por lo que la población tuvo que recurrir frecuentemente a trabajar extraoficialmente para obtener renta extra, a practicar trueques e, incluso, a robar en el lugar de trabajo. Los almacenes y tiendas estatales mostraban, por lo general, una escasa provisión de bienes, de muy baja calidad por lo general, con una insuficiente provisión dada la demanda, con lo que generalmente no se lograba satisfacer a toda la población. Y en el caso de los alimentos, aparte de la poca variedad, se requería guardar colas enormes para poder adquirir los bienes de primera necesidad, siendo frecuente el racionamiento a base de cupones para evitar el “acaparamiento” con posterior reventa en el mercado negro. Ante esta situación de desabastecimiento continuo, las autoridades no tuvieron más remedio que facilitar el florecimiento de la economía no regulada, la de los mercadillos tolerados de pueblos y ciudades, donde la población se abastecía de fruta, verdura, pescado, legumbres, huevos, carne, etc., a un precio bastante mayor que el que tenía la escasa provisión pública y sin ningún tipo de control sanitario.

    Es difícil estimar la evolución de los salarios en términos reales, debido a la falta de estadísticas al respecto y del maquillaje de las oficiales, pero hasta bien entrados los años cincuenta, es seguro que el salario real fue inferior con respecto al de 1914, no registrándose una mejora significativa en las décadas posteriores, en las que la situación no fue tan mala debido a la ausencia de guerras en el interior, pero en las que el estancamiento era evidente.

    Por su parte, en los regímenes marxistas hispanoamericanos, el dólar USA fue y es la divisa de referencia en todos los intercambios extraoficiales, especialmente en Cuba, Nicaragua y, actualmente, en Bolivia y Venezuela. En esos países se acepta el dólar USA en las tiendas, preferentemente a la moneda local, generalmente extraordinariamente devaluada, inestable y sin conversión fuera de las fronteras del país. La divisa extranjera tiene un cambio oficial, en el banco central del país, mucho más bajo que en el mercado extraoficial, pero el acceso a las divisas extranjeras ha de justificarse, por lo que la población recurre al segundo para no levantar sospechas entre las autoridades, creando así un mercado dual extraordinariamente perjudicial para la economía y la población en su conjunto.

    En cuanto al trabajo, los socialistas y comunistas suelen hacer constar que en sus regímenes no existe el desempleo, todo el mundo tiene trabajo en una economía planificada. Si tenemos en cuenta que la esclavitud es empleo, su afirmación es correcta. Es cierto que en los sistemas socialistas y comunistas de economía planificada se llevó a extremo el precepto comunista de la obligatoriedad de trabajar…incluso en forma de esclavitud en gulags e infinidad de obras públicas, en batallones civiles de trabajo. De hecho, la negativa a trabajar se castigaba con cárcel en aquellos sistemas, pues se entendía tal decisión como un sabotaje al “pueblo”. Las huelgas inmediatamente posteriores a la “revolución” eran castigadas con cárcel, deportación y fusilamiento, pues los marxistas consideran que la huelga, en sus regímenes, son atentados contra los intereses del “pueblo proletario y campesino” (mayor incoherencia imposible: las huelgas solo son legales en el “malvado capitalismo”, pero nunca en regímenes socialistas y comunistas con trabajadores en mucho peores condiciones). La productividad por hora trabajada fue paupérrima en los regímenes comunistas y socialistas y solamente el miedo a ser deportado, encarcelado o, incluso, ejecutado, hizo rendir adecuadamente, en momentos puntuales, a la población empleada. No obstante, el logro de un nivel adecuado de rendimiento con métodos de terror era algo impensable a la larga, por lo que cuando la disciplina se fue relajando de modo natural, los trabajadores fueron encontrando cada vez más excusas para justificar su falta de cumplimiento colectivo del nivel de exigencia requerido. Siempre se diluía la responsabilidad entre muchos, siempre había algún otro colectivo o empresa estatal al que culpar o causa natural o física que podía alegarse para el no logro del objetivo. Era la típica conducta funcionarial, solo que mucho más intensa que en occidente. De hecho, los trabajadores soviéticos, por ejemplo, solían tener mucho más absentismo que en cualquier país occidental, bien por falta de supervisión o negligencia de los propios supervisores, bien por enfermedad o accidente del trabajador, bien por manipulación de informes sobre datos de producción que simulaban asistencia al trabajo, bien por prolongación artificial de períodos de convalecencia, etc. De nada sirvió la propaganda soviética tratando de incentivar la productividad creando mitos fantásticos como el minero Stojanov (se propagó la leyenda de que tal personaje había extraído 100 toneladas de carbón en un turno de 8 horas nocturnas en una mina de la cuenca ucraniana, algo poco probable incluso para una partida de 5 ó 6 mineros, y con una veta favorable y suficiente ventilación). A todo esto, era frecuente que las plantas industriales, la maquinaria y los bienes de equipo, cuando resultaban averiados, eran reparados en un tiempo generalmente exagerado dada la dificultad de transportar repuestos y técnicos adecuados. Además, el mantenimiento no era, ni de lejos, tan exhaustivo como en las empresas privadas occidentales de la época. Todo ello daba origen a períodos de interrupción de actividad bastante más largos de lo normal. Por su parte, las innovaciones tecnológicas en la URSS, al margen de las militares (logradas éstas en buena medida gracias al espionaje), fueron escasísimas. De hecho, la mayor parte de las industrias soviéticas no militares en 1991, como en la mayoría de países de Europa del Este, ¡producían con tecnologías propias de los años 50!. Así se explica el lamentable balance en términos de crecimiento económico (la tasa de crecimiento acumulada del PIB per cápita soviético se estima inferior entre 1 y 1,5% con respecto a la de USA en el mismo período, en las 7 décadas de existencia de la URSS, con lo que la divergencia entre ambos países con respecto a 1917 fue abismal, incluso peor que la experimentada por Méjico con respecto a USA mismo, por ejemplo). La evolución de la fuerza de trabajo, vinculada al crecimiento poblacional, fue bastante parecida a la de occidente, si bien, dentro de la URSS, hubo grandes diferencias entre las repúblicas caucásicas y centroasiáticas, y el resto de repúblicas en cuanto al crecimiento poblacional (mucho mayor en las primeras).

    No obstante, algo que llama la atención, especialmente en la URSS, y de acuerdo a lo revelado por muchos ciudadanos soviéticos con posterioridad, es el hecho de que el terror también tuvo un efecto negativo sobre los mejores trabajadores en el sentido de que incluso los más capacitados y profesionales procuraban, en general, no llamar la atención ni de las autoridades ni de sus propios compañeros en el desempeño de sus funciones, pues el hecho de destacar podía suponer una promoción forzosa a niveles de responsabilidad mayores, en los que decepcionar las expectativas oficiales, incluso por causas completamente ajenas al propio promocionado, podía acarrear graves consecuencias penales. Por regla general, el trabajador soviético procuraba cumplir con el mínimo nivel de rendimiento exigido y no destacar, pasar completamente desapercibido. Y este proceder contribuyó también de modo extraordinariamente negativo en la productividad global de la economía, haciéndose sentir sus efectos con mayor intensidad en el largo plazo. Esta fue una de las razones por las que líderes como Andropov y Gorbachov se lamentaban públicamente por el estancamiento de la economía desde la etapa de Kruschev y que Breznev no logró, en absoluto, revertir, con una nomenklatura comunista acomodada y reacia a todo tipo de cambio que pudiera socavar su posición privilegiada.

    Por su parte, la situación de lo que en occidente se llama clases pasivas o dependientes (pensionistas, incapacitados, enfermos crónicos, niños y niñas huérfanos, abandonados o separados forzosamente de sus padres) era verdaderamente miserable. Los asilos, orfanatos, residencias, hospitales de desahuciados y centros de enfermos mentales, eran verdaderos infiernos de miseria y desatención (justo en el extremo opuesto de lo que son esos centros cuando pertenecen a órdenes religiosas católicas de monjes y monjas de clausura). Si la población vivía muy pobremente, la vida de los pobres desgraciados recluidos en esos lugares fue especialmente degradante. Los centros asistenciales de misioneros en los países más pobres eran humanos en comparación a aquellos de los países comunistas, verdaderos infiernos inhumanos dentro de un infierno general.

    Capítulo aparte merece la consideración de las infraestructuras o capital público en los países socialistas y comunistas en general y en la URSS en particular. En ésta última, la mayor parte de la red ferroviaria, especialmente la línea transiberiana y la que discurre entre Moscú y San Petersburgo, las más transitadas, ya estaban construidas en la Rusia anterior a 1917. La red de carreteras era tercermundista o peor incluso, con ausencia de autovías y autopistas más allá del entorno de las dos ciudades anteriormente citadas, predominio de caminos de tierra intransitables la mayor parte del año por nieve, hielo y barro acumulados (la famosa rasputitsa), carreteras asfaltadas poco reparadas y frecuentemente plagadas de baches, lo que hacía el tránsito por ellas, horriblemente lento, y pueblos y aldeas completamente aislados sin acceso durante el largo invierno. Aun siendo buena parte del territorio llano, lo que no requiere muchos túneles y puentes, la infraestructura viaria era muy pobre (parece ser que aún sigue siéndolo en su mayor parte). La excesivamente tardía asistencia en carretera ante una avería o un accidente, hacía especialmente peligroso el tránsito en invierno o entre poblaciones muy distanciadas. El tránsito fluvial, bastante denso inicialmente en el Volga, el Don y el Donetz, acabó por reducirse drásticamente ante los accidentes nucleares y los vertidos industriales incontrolados (nada que ver con los producidos en occidente, mucho menos dañinos éstos últimos). Hoy es difícil encontrar en Rusia o cualquier país ex comunista, un río limpio y ajeno a todo tipo de contaminación, incluso radioactiva. En lo tocante a los puertos, además del de Odessa, Sebastopol, San Petersburgo y Vladivostok, casi todos ellos acondicionados antes de 1917, la aportación del período soviético se reduce a la base militar naval de submarinos de Múrmansk y poco más. Y los aeropuertos dignos de destacar son los de Moscú y San Petersburgo, solamente ampliados tras la época zarista, aunque con un volumen de vuelos ínfimo en comparación a los vuelos de cualquier ciudad importante de occidente. Sí pertenecen a la época stalinista la construcción de enormes presas en el Volga y el Don, con centrales hidroeléctricas añejas, pero la red eléctrica jamás llegó a la totalidad de pueblos y aldeas de la vasta extensión soviética (hoy, lógicamente, muchos de ellos abandonados). También se prodigaron los soviéticos en la construcción de muchas centrales térmicas alimentadas con carbón, muy ineficientes y contaminantes. La industria soviética consumió entre 8 y 20 veces más carbón y electricidad por tonelada en la producción de acero, que en la mayoría de acerías occidentales, lo que da idea de la magna ineficiencia y despilfarro de recursos, así como de la descomunal agresión medioambiental, que supuso ese perverso sistema. Y despilfarros de ese orden, o incluso mayores, se dieron en otras muchas industrias. También son de los años cincuenta las letales centrales nucleares que se construyeron en territorio soviético, en base a proyectos obtenidos muchas veces a través del espionaje, y que tan ineficiente e incompetentemente se gestionaron, con las consecuencias horribles ya citadas (los físicos soviéticos no tenían ni podían tener ni de lejos el nivel de los físicos occidentales, por mucho que la proganda soviética bramase con lo contrario. De hecho, los mejores físicos soviéticos aprovecharon los frutos de las investigaciones occidentales, nunca de su propio país, muy paupérrrimas).

    Siendo la URSS uno de los países con mayores reservas de petróleo del mundo (y que fue recurso constante de exportación para la obtención de divisas), resultó un auténtico fracaso su aprovechamiento interno, pues jamás se logró generalizar el uso de automóviles (como sí se logró, por ejemplo, en España desde finales de los años cincuenta con los famosos SEAT), muy reducidos en número y mayoritariamente importados del extranjero. La URSS obtuvo, en la década de los setenta, licencia para producir los FIAT italianos que aquí en España llevaban el nombre de SEAT 124 y allí se les denominó trabant. Aun así, no fueron capaces de producir automóviles más que para una minoría de privilegiados del PCUS, lo que es indicador de las dificultades enormes que el comunismo tenía para organizar una industria moderna. Lo mismo ocurrió con otro tipo de vehículos, como camiones, motocicletas, furgonetas, etc., y con maquinaria de obras, grúas, hormigoneras, perforadoras, excavadoras, palas, etc. Incluso la maquinaria agrícola (tractores, cosechadoras, etc.) fue muy escasa para la cantidad de superficie agrícola a trabajar. Ni siquiera las mal llamadas crisis del petróleo de los años setenta (en realidad perturbaciones inflacionarias provocadas por la política monetaria excesivamente expansiva de la Reserva Federal de USA), que elevaron drásticamente el precio nominal en dólares del barril de petróleo, beneficiosas por lo tanto para la URSS, sirvieron más que para aliviar transitoriamente la miseria generalizada entre la población soviética (y quizá para posponer la caída del comunismo).

    En cuanto al asunto de las construcciones, aparte de las instalaciones industriales gigantescas en ciudades como Magnitogorsk o Novosibirsk, heredadas fundamentalmente de la Segunda Guerra Mundial, y aparte de edificios oficiales en todas las ciudades, con un estilo arquitectónico bastante austero en detalles (hasta la arquitectura soviética era marcadamente pobre), destaca la construcción de millones de viviendas colectivas (bloques de apartamentos, que constituyen una anomalía en lo que a las viviendas se refiere, pues la mayor parte de la historia las familias vivieron en viviendas unifamiliares, además de fuente continua de conflictividad vecinal, despilfarro, fraudes y de ausencia de libertad individual) en ciudades de todos los tamaños, incluso ciudades construidas artificialmente en torno a yacimientos, minas, industrias, instalaciones militares, etc. La mayoría de viviendas del periodo soviético eran bastante pequeñas en relación al número de habitantes que las ocupaban (12 ó 13 metros cuadrados por persona en el mejor de los momentos), mal equipadas (falta de ascensores, trasteros, zonas comunes, etc.), las cocinas y los aseos eran generalmente colectivos (para todos los apartamentos de una misma planta o, incluso para todos los vecinos del edificio), insalubres (con falta de limpieza y mantenimiento clamorosas), y con ausencia de intimidad de los hogares. La separación entre viviendas consistía en tabiques finos de ladrillo (además, era prácticamente imposible pasar desapercibido a los vecinos, que no pocas veces eran confidentes de la policía política a cambio de ciertos privilegios), y éstas podían ser objeto de vigilancia policial ante cualquier sospecha (de la época soviética es la generalización de los micrófonos ocultos). El hacinamiento fue un problema continuo en muchos países comunistas (lo de China trasciende lo imaginable) y fuente de epidemias frecuentes entre los vecinos de un mismo bloque. Y, aunque en el entorno rural las viviendas construidas en madera unifamiliares eran la norma (similares a las chabolas de poblados marginales de las ciudades españolas), su tamaño reducido tampoco minoraba aquellos problemas (además de tener otros problemas enormes: piojos, ratas, ausencia de más suelo que alfombras, escasa ventilación, etc.). Solamente los miembros más destacados del PCUS podían disfrutar de mayor amplitud en casas unifamiliares de madera a las afueras de las ciudades, llamadas dachas, construidas mayoritariamente en el período zarista, aunque ello era un privilegio para una fracción muy minoritaria de la población.

  20. CONTRA EL ANTICRISTO MARXISTA, SOCIALISTA Y COMUNISTA 8.

    5- Ejército.

    Si hay algo de lo que los soviéticos siempre se sintieron orgullosos, fue de su ejército rojo, creado a partir de la oficialidad zarista por Trotsky en 1918 y vencedor con Stalin y sus servidores demócratas, en 1945. Las exigencias que la guerra fría suponía para mantener la seguridad del país (es decir, la tiranía comunista con su nomenklatura al frente), implicaron el uso de una creciente proporción del producto interior soviético en la industria armamentística, siempre prioritaria a cualquier otro sector. El ejército rojo, muy numeroso en cuanto a tropa, fue el objeto en el que USA apoyó su intensa campaña de miedo a la población occidental sobre una hipotética invasión soviética del resto del continente europeo y de una confrontación nuclear y, así, sacar partido político, que no para combatir realmente al comunismo, como sí hicieron verdaderamente Franco y Hitler pese a quien pese. Lo cierto es que aparte del factor numérico de tropas y algunos avances en tanques, misiles, artillería, armas convencionales y aviación (la flota soviética era mayoritariamente de submarinos, algunos de ellos con armamento nuclear), los militares norteamericanos sabían que la URSS no era más que un “gigante con pies de barro”. La calidad de las armas soviéticas nunca estuvo a la altura de las de su adversario norteamericano, aunque en occidente se temía a la URSS como si de una “superpotencia” se tratara. La realidad indica que incluso tenía problemas para controlar militarmente los países del este europeo, cada vez más rebeldes a la tiranía de Moscú. Su incapacidad para evitar el espionaje de la fuerza aérea norteamericana, con aviones como el blackbird o el aurora, mucho más veloces que los defectuosos mig soviéticos, le llevó a iniciar una especie de respuesta reactiva en la carrera espacial (proyecto que quizá fuera inspirado por los planos y documentos requisados en la Alemania derrotada tras la guerra, en los que seguro se inspiraron para producir la bomba atómica, los misiles de los que fueron modelos primitivos las bombas V1 y V2 alemanas y el motor a reacción del Messerschmidt 262, del que incluso habla el papa Benedicto XVI en sus memorias durante su servicio militar en la Wermacht alemana en 1944/1945). Mitos propagandísticos o no, el Sputnik, el vuelo de la perrita Laika y la proeza de Gagarin, alimentaron el miedo en occidente a favor de la política de USA de atraer aliados, que respondió en 1969 con la proeza aún mayor hasta la fecha de Aldrin, Collins y Armstrong en la Luna o con el montaje más fantasma de Hollywood de toda la historia del cine documental, quién sabe (desde luego que resulta extraño que nadie «volviese» a la luna desde entonces con tanta mejora en la ciencia aeroespacial ni aparezcan por ningún lado tierra y rocas lunares que no trajeron incomprensiblemente de allí).

    No obstante, lo cierto es que ni USA venció en Vietnam, ni la URSS en Afganistán, lo que es síntoma de que ambos llevaron a cabo una guerra de faroles bastante inflada propagandísticamente por una y otra parte, (en una especie de teoría de juegos estratégicos), que supieron explotar el miedo a una confrontación nuclear de la población mundial en su favor (algo similar a lo que USA y Corea del Norte o Irán hacen hoy día). El simple anuncio (mera fanfarronería, aunque benigna en este caso por sus resultados) de Ronald Reagan, nada más llegar al poder, de lanzar un programa de “guerra de las galaxias”, pudo haber contribuido a acelerar la descomposición soviética, incapaz del todo de competir con los yankees. Llama la atención un hecho acaecido en 1986 y protagonizado por un piloto que despegó con su avioneta desde un aeródromo de Suecia y la hizo aterrizar en medio de la Plaza Roja para asombro de propios y extraños, pues no había sido localizada por radar alguno (un desastre militar de campeonato). Si ese era el nivel del ejército rojo, lógico que ni siquiera soñara con aventurarse más allá del llamado Telón de acero. Es casi seguro que ni uno ni otro bando tuviese ni tan siquiera una fracción mínima de los misiles nucleares que afirmaban poseer apuntando al contrario, y, muchos menos, con capacidad destructiva efectiva.

    Sí resultó mucho más efectiva que la de su enemigo norteamericano la actividad de los espías soviéticos o extranjeros a favor de los soviéticos (principalmente la de aquellos que comulgaban con la causa comunista y querían la expansión a su propio país, aun estando muy desinformados acerca de la verdadera situación de la población del bloque soviético). La imposibilidad de moverse libremente por los países del bloque soviético dificultó sobremanera el mantenimiento de una red efectiva de espionaje occidental en los países comunistas, mientras que los espías al servicio de éstos, gozaban de plena libertad de movimiento en los países occidentales. No obstante, fue bastante frecuente que los espías soviéticos en occidente, acabasen desertando e, incluso, ejerciendo de dobles agentes a favor de occidente, con lo que compensaban así la ventaja inicial soviética. El espionaje, además, fue una de las fuentes de adquisición de tecnología, no solo militar, para la URSS y sus satélites, ante la ausencia prácticamente total de innovaciones en aquel país.

    6- Educación, cultura y medios de comunicación.

    Uno de los pilares absolutamente imprescindibles para la existencia de un régimen marxista, tanto comunista o socialista, como socialdemócrata, es la propaganda. La PROPAGANDA MARXISTA llevada a cabo desde las aulas del colegio, instituto, universidad, escuela politécnica, escuela militar, asociaciones de vecinos, periódicos, pasquines, cine, reportajes, radio, televisión, correspondencia oficial, etc., ha demostrado ser la más eficaz de la historia. Ningún régimen ha sacado mayor partido a la propaganda que los marxistas. Es una propaganda, la marxista, fundamentada en su totalidad en la MENTIRA (y aquí en España, se sufrió ese torrente inacabable de mentiras en plena Cruzada, con un profesional soviético de las mismas mítico e infame a más no poder, el afamado Ilya Ehremburg, el propagandísta mayor del anticristo comunista). En eso también se parecen a los medios e instituciones democráticas cada vez más. La mentira es el arma de seducción de masas que se difunde por medio de la propaganda en los medios de comunicación y en el adoctrinamiento en la educación. Este tipo de instrumento es realmente diabólico, pues hace o puede hacer creer al común de los mortales, cualquier cosa que se difunda desde instituciones oficiales, salvo que se disponga de una sólida capacidad de discernimiento que solo Dios otorga como gracia a quienes le aman profundamente. Ahora bien, mientras en las democracias occidentales existen modos de contrarrestar las mentiras (cada vez menos ante el clamoroso fracaso de toda democracia, como el fracaso del marxismo, que implican una mayor censura y control de la información por parte de los líderes democráticos, temerosos de que acaben pagando el fracaso en sus personas con su propio linchamiento público, al más puro estilo de Fuenteovejuna) mediante investigación rigurosa y libertad limitada de expresión, en los países marxistas se limita de tal modo el acceso a la información perjudicial para el sistema, la investigación rigurosa (prácticamente inexistente en dichos sistemas comunistas y socialistas) y a la libre expresión y difusión de mensajes, que es lógico que no llegue a la población general más información que la que oficialmente se le pretende hacer creer. La falta de información veraz, la ocultación de la verdad, es la sangre del marxismo. La VERDAD y el marxismo son completamente incompatibles. La primera es mortal para el segundo. El marxismo se alimenta de la mentira y de la IGNORANCIA GENERALIZADA, siempre y en todo lugar. Además, el marxismo trata de destruir en el ser cualquier atisbo del natural y divino don del discernimiento, contrarrestándolo con el relativismo moral en todo orden, anestesia del alma.

    En la antigua URSS, la prensa escrita quedó monopolizada en un solo diario, el PRAVDA (curiosamente, verdad, en ruso. Así servían a satanás los comunistas soviéticos y los de la Komintern, con esa tergiversación típica demoníaca, según la cual todo lo bueno y santo es «malo» y lo malo es «bueno», la mentira es «verdad» y la verdad «mentira», o, cuando son flagrantemente sorprendidos sueltan aquello de «al pueblo no le importa la verdad»), sucesor del Izvestia. Era un mero órgano de propaganda comunista embustera sin límite alguno del PCUS, al modo en que en España es hoy el diario marxista ultra subvencionado con dinero público, El País (aunque éste compite con otros muchos medios casi tan manipulados y siervos del demonio, padre de la mentira, que aquel, para perjuicio de la verdad en España,hoy perseguida y proscrita). La mayor parte de la población adquiría ese diario (Pravda) sin ningún tipo de confianza en su contenido, pues bien sabían que era evidentemente falso su contenido y que ocultaba la verdadera situación del país. En la URSS jamás se autorizó la venta de prensa extranjera, ni siquiera la marxista occidental. Por su parte, durante la mayor parte del período soviético hasta los años setenta, la radio fue el medio familiar de acceso a información (manipulada al modo marxista) y entretenimiento (los aparatos de televisión se generalizaron casi al final del período soviético). Por su parte, el cine oficial soviético, de un marcado contenido adoctrinador marxista tipo «Marineros del Kronstadt» o «el guerrillero Chapapaiev», no logró, para disgusto de los comisarios rojos, tanto éxito como el cine importado norteamericano o de Europa occidental filtrado por la censura roja en las salas de cine soviéticas (incluso Stalin era un gran aficionado al cine mudo de Charlie Chaplin y a los primeros western hollywoodienses, más que al cine de su país).

    Mejor resultado dio a la propaganda comunista, los excelentes resultados que los atletas y deportistas lograron en los juegos olímpicos y mundiales. La URSS pudo competir en medallas y triunfos con USA en muchos eventos mundiales y en muchas disciplinas deportivas, pero con el paso de los años y la mejora de los sistemas de detección médica, han salido a la luz escándalos monumentales sobre dopaje e incluso tratamiento hormonal de deportistas para mejorar su rendimiento de forma considerable (incluso con atletas transexuales compitiendo contra mujeres). Ningún otro país del mundo ha tenido más escándalos de este tipo que la URSS, tramposos hasta en el deporta, país que mimó a sus deportistas con privilegios materiales respecto al resto de la población, para hacer propaganda de su supuesta superioridad sobre el capitalismo occidental, aunque nunca respetaron las normas de una competición limpia. Por desgracia, las democracias hoy van camino de imitar este nefasto espectáculo de corrupción deportiva (los escándalos olímpicos y deportivos en general se multiplican cada vez más, con reasignación de medallas olímpicas varios meses después de la competición, cimiento todo ello de una futura destrucción de la competición deportiva).

    En lo que respecta a la educación, es preciso aclarar que, aunque los comunistas siempre se jactaron de haber acabado con el analfabetismo y de haber logrado una población culta y con masivo acceso a la universidad, en realidad:
    1º lograr que las personas sepan leer y escribir, así como que dispongan de una educación primaria mínima, es altamente positivo, pero la educación en los países marxistas es claramente adoctrinadora, sin permitir desarrollar una opinión y un interés académico o investigador propio, y, mucho menos, una capacidad propia de discernimiento, vital para ganar en sabiduría (ni en sueños se permite, en regímenes marxistas, la educación religiosa verdadera, es decir, NT, especialmente Santos Evangelios, así como revelaciones de santos y santas, a ningún nivel. La Palabra de Dios, hoy proscrita incluso de las democracias más «liberales», auténticos totalitarismos encubiertos, no augura más que destrucción total de toda institución «educativa», creación original de la bimilenaria y santa Iglesia católica),
    2º la población en los países marxistas dista mucho de ser verdaderamente culta, pues se les enseña solo lo que interesa al poder, censurando cualquier acceso a otras fuentes que no sean marxistas. Ese tipo de «educación», similar al que cada vez más se pretende en las fracasadas democracias, es, en realidad, deseducación, para que no se sepa, para que se crea estar «educado» con títulos sin valor viviendo en la mentira continua,
    3º el acceso a la universidad se dio solamente en una proporción similar a la mayoría de países occidentales, con una selección de estudiantes completamente ajena a la valía y méritos de los estudiantes de enseñanza media y sí muy fundamentada en la adscripción al partido comunista de padres, familiares o de éstos a organizaciones afines, o pertenencia anterior a las juventudes comunistas, los llamados «pioneros». Cabe señalar, asimismo, que muchos de los resultados de la investigación científica en occidente, eran plagiados en la URSS y renombrada su autoría a favor de científicos soviéticos (colmo de la mamarrachería «científica» soviética, que puso nombres soviéticos a teoremas como el del gran matemático alemán, el mejor de todos los tiempos, Gauss). Además, el fruto de la investigación universitaria soviética, además de extraordinariamente escasa, tuvo en no pocas ocasiones unos efectos nefastos cuando se llevó a la práctica (destaca la general «aceptación» que tuvo para la comunidad científica soviética los trabajos del bolchevique Lisenko, el cual llegó a sugerir que podría obtener abundantes cosechas de trigo ¡en la Siberia Ártica!, nada menos. Asimismo, la práctica de los ingenieros agrónomos para extraer abundantes cosechas en las repúblicas centroasiáticas, acabaron desertizando irreversiblemente gigantescas superficies de terreno previamente fértil para el ganado). Aparte, buena parte de la ciencia y la tecnología, era considerada “burguesa” en los primeros tiempos del sistema soviético (como por ejemplo la teoría general de la relatividad de Einstein), además de existir un temor a destacar ya citado en relación a la productividad laboral. La pésima calidad de la educación en los países comunistas quedó bien patente cuando tras la caída del telón de acero, innumerables titulados en las universidades marxistas, ingenieros y doctorados incluidos, quedaron sin ocupación equiparable a sus supuestas cualificaciones cuando emigraron a occidente y tuvieron que ganarse la vida en trabajos no cualificados. Muy pocos científicos e ingenieros de países comunistas pudieron ser reutilizados en occidente (y gracias a que muchos de ellos consiguieron libros y documentos de investigación clandestinamente para poder ponerse al día con respecto a occidente). Bien se podría decir que, más que educación, el marxismo persigue el adoctrinamiento continuo en la mentira y el engaño desde la más tierna infancia, desde lo que ellos llamaban los «pioneros» con pañuelo rojo al cuello. Y eso no es educación en sentido estricto ni de ningún tipo. Y mucho más si con esa «educación» se promueve el alejamiento del educando de la Verdad de la Fe, de Dios, de Jesucristo Nuestro Señor, cercenando de ese modo todo acceso a la sabiduría verdadera sin la cual nada prospera, pues sin Dios nada se puede hacer.

    Por último, en lo que a arte, música y literatura se refiere, la aportación soviética y comunista en general es, verdaderamente, paupérrima. Los miembros más destacados de la literatura rusa (y no digamos en otros países como China o países del sudeste asiático) fueron férreamente censurados por las autoridades soviéticas, cuando no aniquilados. Los escritores que gozaron del favor del comunismo fueron en general mediocres y poco leídos. Y la aportación artística en la era soviética es aún mucho más pobre. El “realismo socialista” apenas ha aportado obras de fama mundial. El arte más admirado en la época soviética fue el que se pudo salvar de los primeros tiempos del bolchevismo en palacios y edificios de la época zarista, correspondiendo las pinturas y esculturas más célebres a esa época pre soviética, que son las que atraen turistas. Y en lo que se refiere a la música, más de lo mismo. Los rusos siempre se sintieron más admirados por la música de los clásicos como Tchaikovski o Borodin que por los maestros de la época soviética, hoy prácticamente olvidados.

    7- Ocio y actividades de esparcimiento.

    Aunque se respetó, en la mayoría de países comunistas y en tiempos de paz, al menos un día de descanso semanal (costumbre claramente cristiana), las largas jornadas laborales, frecuentemente superiores a las 8 horas diarias, reducían considerablemente el tiempo de ocio a dedicar a la familia. Además, en los países comunistas, la mujer se vio fuertemente castigada porque a sus obligaciones laborales para el Estado, debía añadir la maternidad y el cuidado de familiares ancianos no recluidos en ruinosas residencias de vejez. El tiempo de descanso también se veía reducido diariamente por las frecuentes largas colas ante las tiendas oficiales, necesarias para abastecerse de alimentos, ropa y otros aprovisionamientos necesarios, ante los organismos oficiales para realizar cualquier trámite oficial, ante los centros de asistencia sanitaria para obtener tratamiento o medicinas, en las paradas de autobús o metro para asistir o volver del trabajo, etc. El ocio al aire libre, inexistente la mayor parte del invierno debido a las extremadamente bajas temperaturas, estaba también fuertemente restringido a la localidad a la que estaba adscrita la familia por la propiska, siendo escasos los permisos para viajar a los famosos balnearios y costas del sur de Ucrania y Rusia en verano. El turismo interior en la URSS o China sencillamente no existía, como consecuencia de la privación de la libertad de movimientos. De este modo, decenas de millones de seres se vieron circunscritos a llevar una existencia muy restringida sobre el terreno, y ello sin tener en cuenta a los condenados en gulags o cárceles. Las salidas al exterior del país, autorizadas para los altos cargos de los partidos comunistas, solo fueron posibles de un modo muy limitado en la década de los setenta. Es sangrante el caso de decenas de miles de individuos que acudieron a la URSS desde el extranjero, ilusionados con el “nuevo experimento”, en los primeros tiempos del comunismo soviético, que ayudaron incluso con sus conocimientos técnicos y habilidades durante la industrialización y en otros sectores económicos, y que fueron para su terrible sorpresa privados de volver a sus países, quedando encarcelados en aquel régimen. Así sucedió incluso con los comunistas de otros muchos países, que no pudieron retornar a sus países de origen sino tras una larga retención forzosa de años contra su voluntad. Solo los dirigentes comunistas fueron autorizados por Moscú, y menos por Pekín, a volver a la Europa occidental, siempre como líderes de la causa del “proletariado”, para extender el comunismo a sus países.

    Aparte de la asistencia a espectáculos deportivos como el fútbol, el baloncesto, el hockey sobre patines, el atletismo, etc., era posible, en apariencia, la asistencia al cine, el teatro, los conciertos de música clásica y la celebración de fiestas tradicionales en pueblos y aldeas con música folclórica del lugar, a las que se les quitó su posible connotación religiosa ortodoxa. No obstante, no hubo acceso a la música moderna occidental, hasta la década de los setenta. Por cierto, la música moderna, obtenida no pocas veces de modo clandestino, fue otra de las raíces de la desafección de la juventud soviética por el sistema que padecían (algo bueno habría que reconocer en el pop y el rock occidental a favor de la libertad, aunque solo eso tengan de positivo). Y una de las pocas cosas positivas que sí cabe encontrar en la URSS y demás países comunistas fue la desaparición por completo de casinos, timbas y casas de apuestas (tal vez incluso hasta de ámbitos privados). No obstante, la ludopatía es mucho más intensa hoy entre la población china que entre la de otros países del mundo, como bien hemos podido constatar en la España actual (fenómeno este para investigación psicológica, pero que tal vez tenga explicación en que la víctima crecida en ambiente ateo busca sustituir a Dios, a la virtud cristiana de la esperanza, por la “suerte” en el azar).

    ¿QUÉ QUEDA HOY DEL MARXISMO?

    Mucho, por desgracia. Ha quedado perfectamente claro, a la vista de la historia reciente que el marxismo es más fuerte cuanto más débil es el vínculo del ser humano con Dios Nuestro Señor, cuanto más nos alejamos de Dios, cuanto más le postergamos en nuestras vidas. El marxismo hoy está presente en el mundo, tanto en su versión ortodoxa en países como Corea del Norte, como en sus versiones más heterodoxas, en Cuba, China, Venezuela, países del sudeste asiático, etc., como en todas las democracias en la práctica totalidad de los partidos políticos y la totalidad de sindicatos, incluso en los partidos de derechas, liberal conservadores, que han asumido también como propios muchos postulados perversos de esa ideología satánica (lucha de sexos con el terrorismo de la ideología de género, lucha de orientaciones sexuales, con la ideología lgtbi, lucha por los “derechos laborales”, verdaderamente letal para la libertad económica y el acceso al empleo, intervencionismo creciente e intolerable en la vida de las personas y muy acusado en la economía, lucha por la tergiversación total y la deconstrucción de la verdad haciendo uso incluso de la censura más radical, lucha por el adoctrinamiento en aulas de colegios, institutos y de la universidad, etc.). Incluso hoy, Donald Trump, expresidente de USA, reconoce en sus discursos lo que ya desde décadas atrás era evidente, que el partido demócrata de USA es un partido socialista encubierto, de la “radical left” y enloquecido de odio contra todo lo bueno y santo. El marxismo ha abandonado la revolución violenta y la guerra civil revolucionaria, de momento. El marxismo, hoy, se “mueve” sigiloso como una serpiente y ataca con sutilidad a un mundo anestesiado espiritualmente por su veneno y embriagado de abundancia material y vanidad egocéntrica. Hoy el marxismo domina la inmensa mayoría de medios de comunicación y universidades públicas y privadas. Hoy el marxismo está apoderándose de la administración pública de innumerables países democráticos, infiltrando sus agentes y burócratas del modo más sectario y arbitrario, sin mérito alguno en base a profesionalidad y pruebas objetivas y ecuánimes, en juzgados, ministerios, corporaciones públicas de todo tipo, organizaciones “no gubernamentales”, ejército, fuerzas de seguridad, centros de inteligencia, etc. También están presentes en consejos de administración de muchas multinacionales, cada vez más amorales y servidoras del dinero sin ninguna consideración a lo santo y bueno. Su infiltración ha llegado a lo más sagrado, a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana a través de la teología de la liberación (de orientación claramente marxista), de la doctrina social de la iglesia (claramente socialdemócrata, mundana y política. Especialmente grave si tenemos en cuenta que Jesucristo no fue ni político, ni gobernante, ni rey, ni emperador, sino que vino a servirnos, como el más humilde de entre nosotros, célibe, pobre y manso, dando incluso su Preciosísima Vida por nuestra inmerecidísima Redención y Salvación, con una invitación a la sincera conversión y a la contricción o arrepentimiento cambiando radicalmente de estilo de vida a uno mucho más noble. NUNCA, NUNCA JAMÁS, PODREMOS PAGAR LA DEUDA INFINITA QUE TENEMOS CON JESUCRISTO. BENDITO SEA POR SIEMPRE, BENDITO SEA SU SANTÍSIMO CORAZÓN Y EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA Y BENDITO SEA POR SIEMPRE SU SANTÍSIMO NOMBRE. Y NOSOTROS, MISERABLES E INÚTILES SIERVOS NO VACILEMOS JAMÁS EN QUERERLE, EN AMARLE HASTA EL EXTREMO Y MÁS ALLÁ, SIEMPRE MÁS Y DÍA TRAS DÍA, INCLUSO POR ENCIMA DE NUESTRAS MISERABLES VIDAS Y SANGRE, QUE NADA VALEN SIN NUESTRO SEÑOR, RAZÓN DE NUESTRA EXISTENCIA, PARA DARLE GLORIA A ÉL Y NUNCA A NOSOTROS), del catecismo inspirado en buena parte en ella y de algunos miembros “consagrados” que han intentado inútilmente destruir la Iglesia del Señor desde dentro con escándalos ciertos en muy escaso número (y de miembros infiltrados falsos, como los homosexuales) y falsos denunciados por los propios falsos acusadores, enemigos de Dios, con la satánica intención de destruir a la propia Iglesia, que han actuado muchas veces de modo totalmente impune. También se ha apoyado, el marxismo, en la ignorancia patente, la indolencia acomodaticia en la reflexión obligada y continua sobre la Vida, Pasión, Muerte y Gloriosa Resurrección de Nuestro Señor, la moralidad católica y la candidez e ingenuidad, que no maldad, de innumerables papas (especialmente Juan XXIII, Pablo VI, Francisco, etc.), cardenales (muy influidos por la masonería, enemiga de Dios, y del propio marxismo), obispos y sacerdotes, que creían, azotados como todos por el vendaval secularista y materialista de este mundo que nos ha tocado vivir, positiva una “puesta al día”, un aggiornamento de la Iglesia (y por desgracia, alejada de Nuestro Señor, como bien explica Benedicto XVI), sin tener en cuenta que la palabra de Dios no muda nunca, que Cielo y Tierra pasarán más sus palabras no pasarán, que Dios es pasado, presente y, sobre todo y por encima de todo, FUTURO, futuro eterno. La Palabra de Dios, contenida en las Sagradas Escrituras, en el Nuevo Testamento que da cumplimiento al Antiguo Testamento en la encarnación de Dios Nuestro Señor en Jesucristo, Dios Hijo Redentor del mundo, por obra y gracia del Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, es eterna. Es de ayer, de hoy y de siempre y para siempre. Es para los hombres de hoy, como los de ayer, y para los que han de venir en el futuro. Para todos y para todo.

    El marxismo ha “tolerado” de modo limitado un cierto papel del mercado y de la propiedad privada, especialmente en China (y que disfrutan sobremanera sus nomenklaturas o grupos dirigentes, de modo similar a la tolerancia que en los países del antiguo bloque del este, especialmente la RDA, se toleró, con mano de obra esclava encarcelada por no ser comunistas, la producción de ciertas industrias, como Ikea o Playmobil, que dieron lugar a un escándalo enorme en toda Europa en los setenta y ochenta cuando se descubrió el destino de esos trabajadores de esas empresas occidentales en territorio comunista). También ha tolerado una Iglesia católica corrompida por la teología de la liberación, como en Hispanoamérica, es decir, Cuba y Venezuela fundamentalmente, donde los obispos se someten al tirano satánico de esos desdichados países como el famoso pope Alexei se sometió a los tiranos soviéticos con sus templos convertidos en cuadras, almacenes, silos improvisados, salas de cine, destilerías de vodka, etc. Los regímenes marxistas y los políticos marxistas e influidos por éstos en las democracias, suelen estar liderados por multimillonarios progresistas (los sin Dios) que se empeñan en destruir toda influencia santa que los Sagrados Evangelios puedan tener sobre los hombres y mujeres de hoy, intentando suprimir inútilmente el Santísimo Nombre de Nuestro Señor Jesucristo y su imborrable y bendito recuerdo y sello en nuestras almas sedientas de su Infinita Misericordia y presencia en el mundo. Esos multimillonarios, como Jorge Soros, Bill Gates, Vezos, Zukelberg, etc., enemigos mortales de Jesucristo Nuestro Señor, Dios Todopoderoso, y su Iglesia católica, siembran toda la cizaña que pueden por todo el mundo a través del marxismo y de la masonería, tan influyentes debido a la propaganda ininterrumpida en medios de comunicación, internet, redes sociales, cine y espectáculos de todo tipo (la mayoría al servicio del mal y la mentira). Han logrado poner de rodillas ante el demonio a buena parte de la población mundial seduciéndola con dinero y poder (apelando a la vanidad, la egolatría, el egocentrismo y narcisismo tan desgraciadamente extendidos, ofreciéndonos, como a Nuestro Señor: “todo esto te daré si postrándote ante mí me adoras”). Pero sus intentos son vanos, pues ni las puertas del infierno pueden con la Santa Iglesia Católica Apostólica, la iglesia que Nuestro Señor cimentó sólidamente en San Pedro, la que ha traído la Buena Nueva a todos los rincones del planeta en todo tiempo, la que ha traído la Fe en el Señor, la Esperanza en la Vida Eterna que el Señor nos prometió, la que ha traído la Caridad cristiana y la que la ha ejercido santamente durante 2000 años en y con sus santos y santas consagrados y no consagrados de todos los tiempos, los que han elegido a Aquél que sentenció “Al Señor tu Dios adorarás. Y sólo a Él darás culto”, a Aquél que, aparentemente derrotado, exhaló su Santo Espíritu con las palabras: “Padre. En tus manos encomiendo Mí Espíritu”, a Aquél que Gloriosamente Resucitó venciendo a la muerte y envió a los suyos a predicar el Evangelio a toda criatura, prometiéndonos su presencia con nosotros hasta el fin de los tiempos. Y, así, la serpiente infernal comunista no tiene otro destino cierto que el aplastamiento de su cabeza por la estirpe de la Santísima Virgen María, cuyo calcañar cada vez más desesperadamente acecha.

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