N. del E: El Padre Christian Viña escribe para Adoración y Liberación esta joya que no se pueden perder. Porque además de ser tan necesario leer algo así entre tanto espanto de modernismo y relativismo que atrapa a los sacerdotes; está escrito desde la verdad de una vida vivida de esta manera. Un ejemplo y ayuda impagables sin duda, por el que seguimos dando gracias a Dios y le rogamos que le sostenga.

+ Padre Christian Viña

 

Cambaceres, viernes 26 de octubre de 2018.

Memoria de San Alfredo el Grande.

 

 

 

 

         En estos tiempos recios –como diría la genial Santa Teresa de Jesús- cuando los curas nos mostramos claramente, con nuestro distintivo sacerdotal, sacudimos toda indiferencia a nuestro alrededor. La sotana emociona o indigna pero nunca pasa sin dejar huella.

         Obviamente, como ayer, hoy y siempre, están los que argumentan con lógica naturalista que el hábito no hace al monje. Y, por lo general, suelen ser los que no tienen fe, o desprecian visceralmente toda alusión a un Dios cuya existencia niegan, pero al que odian y combaten como si existiera.

         Obviamente, el signo exterior no implica de por sí bondad y, mucho menos, santidad. Pero al obligarlo para los clérigos, la Iglesia, madre y maestra, sabe perfectamente que es necesario para ser sal de la Tierra, y luz del mundo (Mt 5, 13 – 16).

         A mí me gusta contestarles a quienes, de entrada, arrojan esa opinión que el hábito sí hace al monje, lo distingue y lo protege. Lo hace porque modela su ser y su misión; lo distingue porque lo muestra muerto para el mundo, y solo vivo para el servicio y la alabanza de Dios y, desde Él, para amar a sus hermanos; y lo protege todo el tiempo de los cada vez más feroces ataques de los tres enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne.

         Están, también, los que por ideología, prejuicios o resentimientos lo detestan. Y lo asocian, sin más, a ese pasado preconciliar del que hay que abjurar, en estos tiempos de la primavera de la Iglesia, y de los nuevos paradigmas. Y suelen argumentar, para no mostrarse como definitivamente sectarios, que aleja de la gente. Como si esa endiosada gente huyese del mismo cual mortífera peste… Mi experiencia, como la de tantísimos hermanos sacerdotes y religiosos, demuestra que por el contrario acerca a la gente, porque muestra sin complejos lo que somos y, sobre todo, a Quién representamos. Y que estamos en el mundo, sin ser del mundo (Jn 15, 18 – 21).

         Las almas agradecidas –que felizmente abundan, aunque no hagan ruido como las otras- ven en el hábito lo absolutamente distinto, que refiere sí o sí al que sana y salva. ¿O es que acaso el moribundo o cualquier otro sufriente, en la cama de un hospital, no se siente protegido y consolado con su sola presencia? ¿Puede serle indiferente a quien encontró en él la conversión y el comienzo de una nueva vida?

         Nos pasa a los curas, por ejemplo, que enfermos aparentemente ya sin conciencia cuando reconocen el hábito dibujan en sus rostros una sonrisa de gratitud y de paz. Y en la calle, en el micro, en el tren o en un supermercado, despierta incluso a los corazones más endurecidos.

         Por el hábito que nos distingue nos piden a los sacerdotes confesiones, bendiciones, una estampita o un rosario; nos consultan sobre tal o cual cuestión bíblica o del catecismo; nos piden consejos sobre delicadas situaciones, y hasta nos plantean inquietudes vocacionales para entrar en un monasterio o en un seminario. Llevarlo, sin jugar a las escondidas, implica estar dispuesto a no cumplir estrictos horarios. En ocasiones, con solo metros de distancia, somos requeridos por las más diversas situaciones y, por lo general, sufrientes hermanos…

          No faltan, tampoco, los que nos atraviesan con sus gélidas miradas, colmadas de odio; o los que, por lo general, cubiertos en el anonimato de una muchedumbre nos arrojan insultos o calumnias. Jesús nos lo advirtió y, por lo tanto, no debe sorprendernos: Si el mundo os odia, sabed que a mí me odió primero (Jn 15, 18). Aun en esos casos, de cualquier modo, el Señor se las ingenia para sacar mayores bienes. Me ha ocurrido que, tras una grosería o un injustificado ataque, sus autores terminasen pidiéndome disculpas; y descargaran a borbotones en mis oídos sus pecados y dolores más profundos.

         Esta mañana, muy temprano, a metros de la estación de trenes de La Plata, un laico bien fervoroso me gritó: ¡Felicitaciones, padre, hay que ser valiente para andar hoy con sotana! Obviamente hacía referencia a los escándalos que vienen saltando, aquí y allá, en la Iglesia; y al creciente ambiente de hostilidad y persecución contra los católicos, en Argentina…

         ¡Gloria a Dios –le contesté- Más que nunca, como sacerdotes, debemos estar en medio de nuestros hijos cuidándolos y sosteniéndolos! ¡Es hora, como siempre, de buscar ser héroes y santos! Me acompañó unos pasos, me contó sobre su familia, volvió a manifestarme su gratitud; y debió dejarme ante una mujer que, profundamente angustiada, me pidió un rosario… Y así siguieron, otros hermanos, que movidos por la sotana recurrieron a mis servicios sacerdotales. Y otra vez, por cierto, volví a decirme sobre lo maravilloso que es ser padre, en esta sociedad huérfana…

         Finalmente, logré llegar al colegio. Y me dediqué toda la mañana, además de atender confesiones, a advertirles a los adolescentes sobre la malicia de halloween; y de las blasfemias, los crímenes, y las perversiones que se suceden bajo su amparo. Y, como sucede en estos casos, obtuve las más variadas reacciones. No se trata de un inocente baile de disfraces –dije entre otros argumentos- Todos esos vestidos y los demás signos sirven para abrirle, de par en par, las puertas al demonio.

         ¿Y vos acaso no estás disfrazado, también?, me retrucó una de las jóvenes. No, hija –le repuse- esta sotana me presenta como lo que soy: un sacerdote. Por eso los que viven en tiniebla y en sombra de muerte (Lc 1, 79) la detestan. Pero saben, sin embargo, que siempre estará allí: dispuesta a enjugar todas las lágrimas…

         El día siguió con otras múltiples ocupaciones. De regreso a la parroquia, y antes de la Hora Santa en amor, honor, reparación y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús, por nuestros pecados y los del mundo entero, mientras me preparaba para un baño, volví a permanecer unos instantes contemplando mi sotana. Y al verla nuevamente ahí, como en todas las horas, siempre lista para el combate volví a exultar en agradecimiento a Dios. Y a pedirle, otra vez, que con su gracia pueda llevarla siempre con honra. Y que ninguna mancha, ninguna tibieza, y ninguna cobardía logre relegarla jamás al olvido…

 

 

 

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