Nota de la Redacción: El historiador y teólogo Damián Galerón acaba, para Adoración y Liberación, con esta segunda entrega, el artículo “La Banca Vaticana y el problema de los últimos papas”, cuyo desenlace tanta expectación ha creado, y que nos piden todos nuestros lectores.

 

 

Damián Galerón

 

 

 

Le sucede Juan Pablo II. Este Papa era de armas de tomar; y naturalmente intentó poner en orden la Banca Vaticana pero tampoco lo consiguió. Empezó su pontificado con un atentado que casi le cuesta la vida en la plaza de San Pedro; es cierto que se atribuye este atentado a la pista búlgara, pero para que nos aclaremos un poco, esa pista búlgara estaba relacionada con los servicios de inteligencia soviéticos, KGB, quienes querían quitarle de en medio para evitar que Polonia se saliera de la órbita soviética.

Sin embargo, hay razones suficientes para pensar que la orden de matarlo salió del propio Vaticano, es decir, de ese grupo de cardenales masones, quienes actualmente ya tienen en sus manos la casi totalidad de las decisiones que se toman en la sede romana.

Con el nuevo pontificado, y ante la gravedad del desfalco económico provocado en las finanzas vaticanas, Juan Pablo II convocó a una reunión a todas las órdenes religiosas más poderosas de la Iglesia, como los Franciscanos, Jesuitas, Dominicos, durante la cual, les expuso el grave problema económico existente.

Les mencionó el enorme agujero económico provocado por la gestión de monseñor Marzinkus y otros, y les dijo a los interventores de dichas órdenes religiosas que si podían ayudarle a resolver ese enorme lío. Los interventores le dijeron que si, pero dado que la cantidad era muy grande, necesitaban saber a qué iba a ser destinado ese dinero. Por razones de sigilo, Juan Pablo II les dijo que, de momento, no podía revelarles cual iba a ser el destino de ese dinero; ante esa respuesta, los interventores religiosos le dijeron al Papa que, en ese caso, no podían ayudarle.

Y es en ese momento cuando el Opus Dei le cubre las espaldas al Papa, diciéndole que ellos se hacían cargo de la deuda; ante este gesto, Juan Pablo II los nombra como parte de su prelatura personal.

A la muerte de Juan Pablo II, Benedicto XVI asume la misma intención de su predecesor, es decir, aclarar las cuentas del Banco Vaticano, pero no pudo hacer nada al respecto. Nombró personalmente a hombres excelentemente preparados para ello, como al banquero Ettore Gotti Tedeschi, quien se tomó tan en serio su trabajo que empezó a colaborar con las autoridades italianas ante la sospecha de que el Banco Vaticano seguía siendo una inmensa lavadora de dinero negro a nivel internacional.

Benedicto XVI tampoco pudo hacer nada; le hicieron la vida imposible. En un último intento, nombra al barón Ernst Von Freyberg, caballero de la Orden de Malta como nuevo presidente del banco vaticano. Este nombramiento suponía el capítulo final de la guerra dentro de la curia vaticana. Ernst Von Freyberg no aguantó más allá de seis meses; presentó su dimisión.

Los acontecimientos demostraron posteriormente que la guerra por parte de este sector de la curia romana, (masonería eclesiástica) formada por altos prelados de la Iglesia contra Benedicto XVI, la tenían ya ganada. En realidad, el objetivo de esta poderosa secta masónica eclesiástica, no era otra que el control total de las inmensas cantidades de dinero que mueve banca vaticana, también conocida como IOR.

Conviene aclarar que, dentro de este conglomerado de intereses financieros vaticanos, está profundamente infiltrada la mafia italiana, así como el narcotráfico internacional, sin olvidar a la Camorra Napolitana, sociedades secretas, lavado de dinero, venta de armas, crimen organizado y un largo etc., las cuales se mueven bajo identidades bancarias no identificadas.

Pero quien en realidad mueve y domina todo este tinglado, no son otros que los llamados “Iluminatti” quienes en realidad, está formado por la élite judío-sionista.

Cometeríamos un error al pensar que son masones normales y corrientes; en realidad, dentro de la pirámide del poder a nivel mundial, ellos están en el vértice, pero no es tema a tratar en este momento. Son tan poderosos que no dudaron en matar a Juan Pablo I; tampoco dudaron en ordenar matar a Juan Pablo II; y se quitaron a Benedicto XVI en cuanto pudieron.

Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI intentaron poner orden en las finanzas vaticanas pero no pudieron con la “bestia”. De Francisco no hablo porque el argentino baila otros tangos diferentes a los pontífices anteriores.

Respecto al Papa Francisco, que es el actual responsable del tema vaticano, ya desde el principio dije a todos mis amigos y enemigos que estaban muy equivocados respecto a la imagen que tenían de él. Vivimos en un mundo donde si no tienes información estás perdido y ya desde los inicios de su pontificado, disponía personalmente de información sobre el actual Papa, que era notablemente alarmante. Y en base a esa información advertí que, el nuevo responsable de la Iglesia no resolvería nada, sino que agravaría mucho más la situación de la Iglesia, no solo en el tema de las finanzas vaticanas, sino en todo lo demás.

 

Los Idus de Marzo

Perdí amistades y progresivo alejamiento de otros, pero no fue eso lo que me preocupaba, sino observar que el paso del tiempo confirmó todos mis temores sobre lo acontecido a mediados de marzo del 2013, aniversario romano de los “Idus de marzo”, a poca distancia de donde Julio César fue advertido por un adivino de que se acercaba a su muerte.

Este nigromante le advirtió a Cesar de que se “cuidara de los Idus de marzo” mientras le entregaba un pergamino. Julio César no lo leyó pensando que se trataba de los favores y peticiones que le hacían muchos de sus seguidores. En ese pergamino estaba escrito parte de los nombres que estaban implicados en una conjura contra él. Pocos minutos después, al subir la escalinata de acceso al Senado, caía asesinado Julio César. Entre los conjurados, estaban gran parte de sus mejores amigos, entre ellos Bruto, de quien se dice que era hijo ilegítimo de César.

Quizá por estas referencias históricas que guardo en el archivo de mi memoria, recordé la similitud histórica entre la fecha de la elección del Papa argentino y la casi coincidencia del magnicidio de César en esos días de los Idus de marzo.

Desde el principio dije que el reto al que se enfrentaba el Papa argentino consistía en si sería capaz o no, de desligarse de la nueva conjura, encabezada esta vez, no por Bruto, sino por la poderosa masonería eclesiástica que, en gran parte, ha controlado a los últimos Papas.
Pecaríamos de ingenuos si pensáramos que Francisco no está bajo el poder de esta secta masónica que domina el Vaticano; y el poder que tienen, no solo está fuera de toda duda, sino que lo demostraron a través de las filtraciones a la prensa de los documentos personales de Benedicto XVI con el asunto conocido como “Watiliks”, que fue una de las razones de su dimisión.

Si hacemos una cierta similitud histórica, observamos que, al principio, Marco Bruto no quiso liderar la conspiración contra César, pero por unas razones u otras, Casio Longino le convenció de que era necesario completar la conspiración. Es decir, con el magnicidio de César, la república romana estaba sentenciada.

El escenario sigue siendo el mismo, la ciudad de Roma. Los actores actuales son diferentes, pero el acontecer de lo que estamos viviendo en la capital del imperio es de una gran similitud histórica. El César ha sido sustituido por el Pontífice y, el imperio romano, ha cambiado de nombre bajo otro de característica parecidas: la Iglesia.

Julio César muere durante la festividad romana de los “idus de marzo”; el actual César de la iglesia fue elegido prácticamente en la misma festividad de los Idus de marzo.

¿Es un preludio este acontecer histórico de que, esta vez, no será asesinado el César, sino que el César, cometerá el magnicidio de acabar con el “imperio espiritual” que encabeza?

 

 

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