Damián Galerón

Me sorprendí notablemente cuando hace poco más de un año, la mayor parte del clero diocesano vasco se expresó de forma abierta y declarada contra sus obispos; no era la primera vez que sucedía. Esta “rebelión” se expresó a través de una carta firmada por la gran mayoría de los párrocos; nada menos que el 80%. Les pedían que se marcharan. ¿Las razones?, eran bastante simples: no les aceptaban como obispos porque no son nacionalistas ni tampoco apoyan la causa del independentismo vasco.

Estamos hablando de las diócesis de San Sebastián y Bilbao. Sin embargo, en los últimos 40 años, esas dos diócesis, nunca han tenido mejores obispos que los actuales. Me refiero a Iceta y Munilla, obispos de Bilbao y San Sebastián respectivamente, nacidos ambos en el país vasco, teniendo como lengua materna el euskera, a parte del castellano.

Conozco el ambiente; nací en esa zona del país vasco y me formé allí hasta pasada la adolescencia. Estudié entre las localidades de Escoriaza y Arechavaleta, una zona radical abertzale, centro geográfico del terrorismo de la ETA. Estamos hablando de la década de los años 60.

Hacía solo un par de años que se había fundado el grupo terrorista ETA en el seminario de Derio, cerca de Bilbao. Aunque por esos tiempos yo era jovencito, iba captando ciertas cosas que se percibían en el ambiente religioso. No había problemas con el idioma, pero se percibía esa mentalidad cerrada que, responde en parte, al ambiente rural. En los oficios religiosos, a los alumnos nos daban las homilías en castellano, pero a los fieles, lo normal era el euskera, al menos en determinados lugares.

Sin embargo, ya por ese entonces se percibía un ambiente muy especial en el ámbito eclesiástico, no solo en las parroquias, los conventos y sacristías, sino en general dentro de todas las órdenes religiosas del País Vasco.

Todavía en esos años, el País Vasco era un hervidero de vocaciones religiosas; y de hecho, era raro encontrar un país de cualquier lugar del mundo que no tuviera, ya fuera un sacerdote, un misionero o un obispo que no fuera vasco. Era realmente admirable.

Sin embargo, algo comenzó a torcerse a partir de esos años. Dentro del contexto de la vida religiosa, a partir de la década de los años 50, y justificándose en que había que luchar contra el régimen de Franco, se introdujo el marxismo dentro de las instituciones religiosas de una forma realmente acelerada.

Como no podía ser de otra forma, fueron los Jesuitas los pioneros de este proceso de demolición de la vida religiosa. No debemos olvidar que los Jesuitas, la orden religiosa más poderosa de toda la historia de la Iglesia, es de origen vasco, ya que su fundador, Ignacio de Loyola, lo era.

¿Qué sucedió en esa zona del norte de España para que siendo un hervidero de vocaciones religiosas, se haya convertido en poco menos de 40 años en un erial donde no hay siquiera una sola vocación?

Describir este fenómeno es un asunto extremadamente complejo, pero resumiendo este enorme galimatías, podemos decir que la deriva extremista que surgió en esa zona del norte de España, contó con el silencio cómplice de los diversos obispos vascos. Y no solo de parte de los obispos vascos, sino que también entre el resto de los obispos españoles, guardaron un cómplice silencio, cuyo resultado, es la situación actual.

En realidad, aunque no se quiera reconocer, fue una guerra ideológica entre los propios religiosos, que abarcaba a las parroquias, sacristías, conventos, colegios, órdenes religiosas, instituciones benéficas, ikastolas (escuelas), etc.

En muy pocos años y de una forma sigilosa pero muy eficaz, se fue imponiendo la tesis marxista entre los religiosos, pero todo ello, perfectamente camuflado bajo la forma de un activismo pseudo-religioso, donde era casi imposible diferenciar los límites existentes entre la religión y un extremismo político. Desgraciadamente, esto dio origen al nacionalismo independentista vasco, el cual, puso las bases que llevaron a la justificación del crimen organizado por el grupo terrorista ETA.

En la década de los años 60, gran parte del grupo terrorista de ETA estaba formado por religiosos; y estos religiosos, no pocos sacerdotes entre ellos, eran los ojos, los oídos, los confidentes, los estrategas, los encubridores de cualquier delito.

Los mismos obispados, los conventos, las sacristías, los claustros y las parroquias, se convirtieron en encubridores de los delitos de sangre.

Todo formaba parte de una infraestructura que servía de apoyo logístico al crimen organizado del terrorismo. Y entre estos sicarios del terror, había no solo religiosos consagrados, sino también sacerdotes.

No voy a entrar a precisar acontecimientos, porque hay hechos que superan incluso los límites del propio pudor.

Si todo este ambiente ya era de por sí terrible, vino posteriormente un personaje que culminó el desastre que ya existía dentro de la vida religiosa. Este personaje, no podía ser otro que un obispo: monseñor Setién.

Si tuviéramos que recurrir a ejemplos militares para explicar un poco lo sucedido, se suele utilizar la palabra “tierra quemada”; es decir, un ejército en retirada, destruye todo lo que encuentran a su paso para impedir al enemigo la utilización de cualquier tipo de estructuras que todavía permanezcan sin daños. Si esto lo aplicamos a lo sucedido en el País Vasco, podemos decir que monseñor Setién, provocó una auténtica devastación en el ámbito religioso.

No merece la pena entrar en detalles, pero sí menciono una anécdota: nunca olvidaré la entrevista que le hizo el diario EL PAIS, hace ya unos cuantos años. Le dedicó nada menos que cinco páginas completas. Tuve que leer dos veces las cinco páginas para intentar comprender sus respuestas. No conseguí entender lo que decía. Tras volver a repasar de nuevo la entrevista llegué a una conclusión: estaba ante un hombre, un obispo en este caso, que era en realidad un hombre sinuoso, retorcido, maquiavélico, sibilino, malvado… y aun así, creo que me quedo corto en mi diagnóstico sobre él.

Retorcido, por no decir que perverso, hasta límites que avergüenzan el sentido común. Llegaba hasta límites de negarse a oficiar una misa de difuntos por algún policía o guardia civil asesinados por el grupo terrorista. ¿Motivos? Simplemente que no era de los suyos. A las víctimas, es decir, a los familiares del asesinado, les negaba el saludo. ¡¡¡Y era obispo!!! Sus hijos espirituales, es decir, los sacerdotes vascos, le imitaron maravillosamente en sus gestos; algunos, llegaron incluso a convertirse en sicarios destacados del grupo terrorista ETA. No dudaban en pegar un tiro en la cabeza a quienes “no eran como ellos”.

Habría que recurrir a ciertos textos del libro del Apocalipsis, para encontrar semejante grado de Abominación entre los pastores que dirigen la Iglesia.

El obispo que le sucedió en la diócesis de San Sebastián, un tal Uriarte, acabó demoliendo lo poco que dejó el otro. El resultado no fue otro que una guerra interna entre los propios religiosos consagrados, en la cual, ganaban por mayoría absoluta los sacerdotes favorables al grupo terrorista ETA, de quienes no pocos, eran confidentes para que siguieran matando.

En toda la historia de la Iglesia Católica desde su fundación hace 2000 años, no es fácil encontrar un caso tan claro de “infestación diabólica” como el sucedido en la iglesia vasca. Y es tal el grado de perversión a la que se llegó, que hace unos años, un buen amigo mío, sacerdote pasionista, me dijo cómo había sido testigo en uno de los centros que tienen en el País Vasco de que entre los propios religiosos vascos no se hablaban entre ellos debido a la causa nacionalista y que no dudaban en hacerse la vida imposible unos a otros.

A partir de la década de los años 70, entre el 80 y 90 % de los párrocos eran nacionalista y apoyaban la causa del terrorismo de la ETA. Las persecuciones entre los propios sacerdotes no se hicieron esperar. A todos los párrocos que no apoyaban la causa nacionalista les amenazaban de muerte, de manera que unos cuantos tuvieron que tomar el camino del exilio. Conviene matizar que, en esa zona del norte de España, todos los párrocos eran vascos; no había ni uno solo que no fuera de la tierra.

Algunos tuvieron que exiliarse. Recuerdo bien el caso del padre Jaime Larriñaga, párroco de Maruri, cerca de Bilbao. Vasco hasta la médula, de lengua materna euskera y de generaciones vascas que se remontan a siglos atrás. Pues bien, los propios sacerdotes nacionalistas, no solo le negaban el saludo, sino que decían que no era vasco de verdad; simplemente porque defendía el evangelio frente a la politización en que se habían convertido las homilías en el resto del país vasco.

Se llegaba al extremo de amenazar a los fieles que iban a la misa dominical del padre Larriñaga. Tuvo que exiliarse a Madrid cuando le informaron de que el grupo terrorista ETA ya tenía preparado su asesinato. Alguno de los párrocos nacionalistas, habían pasado información a ETA para que le metieran una bala en la cabeza. Y no era el único caso.

Pasadas unas cuantas décadas, no pocos de estos “animales consagrados”, abandonaron el sacerdocio y pasaron a formar parte del partido Nacionalista Vasco (PNV). Desde entonces, el País Vasco se convirtió en un lugar nada aconsejable para vivir. Sometido a una atroz dictadura ideológica del grupo terrorista, apoyada por la casi totalidad del clero vasco, vaciaron las iglesias y dejaron sin vocaciones religiosas a lo que durante siglos fue un vergel de vocaciones y santos.

Esta dictadura ideológica, que todavía subsiste, provocó el exilio forzado de unas 200.000 personas a partir de esos años de verdadero terror. Todavía hoy impera la ley del silencio, a pesar de los dos buenos obispos que tienen, quienes intentan reverdecer un paisaje humano y espiritual desolado por el odio.

Sin embargo, hay una buena noticia en todo esto, y es que la mayoría de esta panda de animales, todos ellos nacionalistas con el odio convertido en metástasis en su vida personal, escapados del monte, pero que por un error, un día les ordenaron sacerdotes, todos ellos superan ya la franja de los 70 años de edad.

Algunos han muerto; otros están en camino hacia un destino donde las sombras eternas será su única morada; si no se arrepienten.

Sé de algún caso, de ciertos religiosos con delitos de sangre, si bien, ignoro en estos momentos si ya fallecieron o no. Y sé que había más de uno. Y por lo que sé, jamás se arrepintieron de sus delitos; delitos de sangre.

Si hoy saco a relucir la rebeldía sacerdotal de esta panda de animales contra sus obispos, no es por simple curiosidad. Lo menciono porque esta Abominación, ya fue profetizada en su momento para el País Vasco.

Pero lo peor es que veremos dentro de poco a muchos sacerdotes, portadores de verdaderos errores y herejías que actualmente proliferan a lo largo y ancho de la Iglesia, oponiéndose totalmente a la propia Iglesia milenaria.

Y dentro de esta oscuridad espiritual que lo está invadiendo todo, el mal, a través del espíritu de soberbia, se irá afirmando por todas partes; y no solo se negará la veracidad del Evangelio, sino también la existencia de la propia Iglesia.

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