Sus declaraciones son dignas de elogio, y sobre todo, de reflexión. También para tantos católicos de buena fe que siguen sin entender por qué Adoración y Liberación y otros luchamos sin cesar esta batalla, con nada que ganar y todo que perder, HUMANAMENTE hablando. Les dejamos aquí las palabras del escritor italiano, que hemos traducido para ustedes.

Vicente Montesinos

En unas declaraciones para Church Militant, el vaticanista Aldo Maria Valli, explica porqué está comprometido en esta batalla por la Iglesia que desde algunos lugares seguimos.

Valli fue uno de los primeros en publicar el testimonio de Monseñor Viganò en su web; y sigue en contacto con él.

Sus declaraciones son dignas de elogio, y sobre todo, de reflexión. También para tantos católicos de buena fe que siguen sin entender por qué Adoración y Liberación y otros luchamos sin cesar eta batalla, con nada que ganar y todo que perder, HUMANAMENTE hablando. Les dejamos aquí las palabras del escritor italiano, que hemos traducido para ustedes.

Quizá, y sólo quizá, después de la lectura de este texto, con el que nos identificamos plenamente, entiendan porque desde Adoración y Liberación luchamos en esta causa.

Quizá, y sólo quizá, este testimonio ayude a abrir algunos ojos más, y salvar más almas, misión primordial y final de Adoración y Liberación.

Dios lo quiera.

Él nos ayude.

No es fácil para mí explicar por qué estoy llevando a cabo esta batalla por la verdad. Muchos sentimientos fluctuan en mí, y me esfuerzo por encontrar la lucidez necesaria, ya que sé que cada palabra puede ser mal interpretada. Pero lo voy a intentar.

Francisco fue elegido para pasar rápidamente página después de la crisis de la parte final del pontificado de Benedicto XVI, marcado por la filtración de noticias sobre el arresto de su mayordomo, las controversias sobre el Banco del Vaticano y la imposibilidad de administrar de forma eficiente la máquina gubernamental.

Desde el punto de vista de la imagen, la operación tuvo éxito, ya que Francisco llegó con un nuevo estilo, muy apreciado por la cultura dominante. Pero ciertamente se ha pagado un alto precio: superficialidad en los análisis de problemas y fenómenos (migración, ecología, globalización, islamismo), ambigüedad doctrinal (Amoris Laetitia), demagogia en el tema ecuménico e interreligioso, y como consecuencia directa, el desconcierto de tantos fieles.

En cuanto a la reforma de la curia, mordió más de lo que podía digerir, con algunos resultados, pero también altos costes y mucha confusión.

Francisco ha hecho de la idea de la misericordia divina el núcleo de su enseñanza. Él cree que para la humanidad de hoy, en gran medida indiferente a la Fe pero con una pizca de nostalgia por la palabra de Dios, la misericordia es la llave que abrirá la puerta de su corazón y restablecerá la conexión entre la Iglesia y la criatura distante. Hay una lógica en esta visión: señalar más el amor de Dios y menos las obligaciones morales derivadas de la Fe podría ser una forma de devolver ovejas de vuelta al rebaño.

Pero Francisco banalizó la misericordia divina, quitándola de la dimensión del juicio y transformándola en “misericorditis”. Es cierto que el Dios cristiano es un padre acogedor que nunca se cansa de perdonar, pero se requiere una comprensión de la conciencia, una conversión del hijo.

Pero en la predicación de Francisco es como si Dios tuviera el deber de perdonar cuando se enfrentara con el derecho al perdón exigido por la criatura. Esta es la razón por la cual los secularistas y los incrédulos aprecian tanto al Papa Francisco: los confirma en sus elecciones. Pero de esta manera, confunde a aquellos que no se sienten confirmados en la fe y ven toda la operación como una concesión para el mundo.

Por lo que veo y oigo, la gente pide mucho a la Iglesia (o, más bien, exige) pero no están dispuestos a someterse a disputa. Y Francisco, en gran parte, refuerza este comportamiento, cuando, por ejemplo, habla genéricamente de una iglesia “en salida”, “no autorreferencial”.

¿Pero qué significa “en salida”? Si para salir debo hacerlo renunciando a mi identidad y diluir el “depositum fidei”, ciertamente no estoy prestando un buen servicio a la Iglesia ni a las almas.

Incluso diré que la Iglesia tiene el deber de ser autorreferencial, en el sentido de que debe buscar continuamente su centro: Jesucristo.

No hay aceptación sin guía moral y doctrinal, sin una propuesta clara hacia la conversión. De lo contrario, solo hay generalidad y palabras de consuelo superficial. La dirección espiritual implica la necesidad de expresar juicios claros sobre lo que es objetivamente bueno y lo que es objetivamente malo.

En este sentido, incluso con toda la cordialidad hacia el mundo, los pastores no pueden comprometerse. Apelar al concepto único de “discernimiento” es ambiguo. El discernimiento siempre es necesario, pero como un medio para llegar a Dios, no para justificar todo y legitimar el subjetivismo gobernante.

La Iglesia Católica está dramáticamente dividida. Se podría decir que siempre ha sido así, porque las divisiones, o al menos las incomprensiones, han estado en ella desde los primeros Apóstoles, pero en este momento el riesgo de cisma es real.

Por un lado, tenemos la Iglesia del “misericordismo”, del diálogo con el mundo a cualquier costo; por el otro, la Iglesia de aquellos que desean glorificar a Dios, no al hombre.

En el Catecismo leemos que la primacía del sucesor de Pedro tiene el propósito de proteger el depositum fidei, que nos llegó a través de la tradición para que este patrimonio no se disperse. La confrontación con el mundo es necesaria y obligada porque la Iglesia vive en el mundo, pero eso no puede ocurrir a costa de ceder o comprometerse.

Es por eso que el lema “construir puentes, no muros” suena superficial y ambiguo. A veces, se requiere un muro para defender la identidad y la fe. No se trata de orgullo, sino de la conciencia del hecho de que estamos llamados a proteger y perpetuar este tesoro.

El gran desafío de estos días, como bien entendió Benedicto XVI, es la lucha en el terreno del subjetivismo y, por lo tanto, del relativismo. Bajo este prisma, es posible ver que ya existen dos iglesias: la que hizo del diálogo con el mundo una especie de dogma, legitimando el subjetivismo interpretativo y el relativismo moral, y el otro, que continúa recurriendo a la ley divina. La grieta es clara. La tarea del sucesor de Francisco va a ser de una dificultad sin precedentes.

La ambigüedad doctrinal de Francisco alcanza su punto máximo en Amoris Laetitia. Exalta el matrimonio cristiano, fundado en la indisolubilidad y la apertura a la vida, pero como bien sabemos, también fija la idea de que, al enfrentarse al comportamiento humano, la Iglesia debe proceder caso por caso, lo que abre el camino al subjetivismo y al relativismo , como siempre ocurre cuando se introducen dispensas a la regla general.

En general, el documento genera confusión por su ambigüedad. Y esto es tan cierto que estamos llenos de interpretaciones, en un sentido u otro. Es cierto que los pastores están llamados a la autonomía, pero esto es inaceptable. Los amigos me dicen que soy demasiado desconfiado, porque “la doctrina ha sido confirmada”, afirman, “con algunas excepciones”. Pero el problema radica exactamente en estas “pocas excepciones”. Cuando se introduce este principio, se abre una brecha desde donde el subjetivismo se desborda.

Y es inútil invocar el discernimiento, porque, debo repetirlo, el discernimiento solo tiene sentido cuando hay principios claros; de lo contrario, solo se usa para legitimar todas las otras opciones. Que es exactamente lo que el mundo quiere. Y a través de este camino, el mensaje cristiano se reduce a un vago sentimentalismo que arroja la verdad a un lado por el “superdogma” del diálogo.

Al comienzo de este pontificado, realmente creía en Francisco. He amado a Benedicto XVI, pero pensé que Francisco podría traer un clima de mayor confianza en la Iglesia. Me agarré a esta esperanza con todas mis fuerzas, pero después de Amoris Laetitia, entendí que estaba equivocado. Francisco, desafortunadamente, está conduciendo el barco de Pedro hacia las rocas del relativismo y el subjetivismo.

Y si el capitán comete un error en la ruta, es el deber de cada bautizado llamarlo y pedirle que se convierta, respetando la ley eterna de Dios y la sana doctrina. Ya basta de usar la pastoral y el discernimiento como coartada. Porque un movimiento pastoral fundado en una doctrina deformada solo puede dar frutos envenenados y un discernimiento cuya estrella polar no es la ley divina solo sirve como justificación para el pecado.

Es entonces, cuando al conocer el informe de Mons. Carlo Maria Viganò, he abierto los ojos a la corrupción moral en la cumbre de la Iglesia.

Como un simple católico, durante mucho tiempo, elegí no ver y no creer en las advertencias.

Pero esto ya no es posible. Y aquí es cuando elegí apoyar a Mons. Viganò en su batalla: la purificación exige un cambio radical, pero el cambio solo puede tener lugar en la verdad. Estoy muy dolorido, pero creo firmemente que este es el único camino que queda.

Esto tiene un alto precio. Soy el experto en el Vaticano para TG1, el noticiero principal de la primera cadena de televisión italiana (RAI, el canal de televisión estatal). Pude haberlo tenido fácil, evitando la exposición. Podría seguir disfrutando de los privilegios de una posición destacada, envidiada por muchos. En cambio, lo pongo todo en juego. Humanamente hablando, tengo mucho que perder y nada que ganar.

Entonces, ¿por qué lo he hecho?

Porque lo que está cerca de mi corazón es el juicio de Dios, no el juicio de los hombres.

Y cuando nuestro buen Dios finalmente me llame a casa, quiero poder decirle que hice todo lo que pude para salvar la fe, por el bien de la Iglesia.

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