Vicente Montesinos

 

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Se afanan muchos por encontrar los ocultos senderos de la dicha en las realidades que fascinan: el mundo (con sus encantos y bellezas), la tecnología, las riquezas, la belleza física, y otros tantos ídolos que aglutinan ingentes cantidades de admiradores.

Más todo esto no son más que pálidos reflejos. Apagados destellos de una superior y única realidad. Por ello nunca se encontrarán en estas cosas ni el manantial, ni la fuente, ni el origen de la felicidad.

Más ambiciosos, nosotros pensamos que todas las participaciones, todas las partículas de felicidad derramadas acá y allá en la tierra, no son más que fragmentos minúsculos y partecillas nimias de la auténtica felicidad, causa y raíz de toda otra que quiera merecer tal nombre.

Como las ansias y deseos del alma son, en este sentido, incontenibles, inmensos e ilimitados, nadie sino el Ser Infinito, Ilimitado y Eterno podrá ser quien proporcione al hombre la saciedad plena en sus deseos de felicidad.

Ya el Obispo de Hipona había comprendido a la perfección toda la profundidad de este pensamiento y lo expresó en una frase que será siempre definitiva en su contenido: “Nos has hecho, Señor, para Ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti” (Confesiones, I, 1)

Afirmar que la felicidad auténtica no se encuentra más que en Dios es decir algo que está muy dentro de la convicción de los fieles católicos. Y sí, Jesucristo nos promete esa felicidad, en una etapa celestial y perdurable; pero nos regala una etapa terrena y humana donde el hombre debe conseguir su perfeccionamiento progresivo, ayudado por la Gracia y la presencia real, vital y operante de Dios.

Él es nuestra dicha, aún en esta tierra. Nuestra felicidad, en este mundo, y en el otro. 

Contra el Edén materialista de todos los tiempos, opone Cristo el paraíso espiritual, que es el resultado de la presencia y acción de Dios en el alma del justo durante su existencia sobre la tierra.

Con San Pablo, “In Ipso vivimus, movemus et sumus”, y es imposible ser conscientes de esta proximidad y cercanía del Señor, y no experimentar los saludables efectos de esta realidad.

Si Dios es la fuente de la felicidad y el cielo es la suma de todas las venturas por hallarse en él Dios, su presencia real y operante en el alma del justo proporcionará lógicamente la alegría, la paz y la felicidad que nadie podrá arrebatar.

En Él encontrará el hombre la saciedad de sus deseos más íntimos, en cuanto es posible en este mundo.

Y por cierto… ¿Donde es más posible? Muy cerquita del sagrario.

Y porque hasta el cielo no paramos, que Dios os bendiga. 

 

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