En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?». Y buscaba verle.



Y buscaba verle… Estas son las contradicciones de los hombres corruptos, y este Herodes Antipas lo era, según el testimonio de sus contemporáneos.

Nadie suele ser totalmente corrupto. Puede haber siempre una pequeña parte del ser que se libre del veneno. Pero al final, si no hay una verdadera conversión, la corrupción llegará a ser total.
A este Herodes se le dio la oportunidad de estar muy cerca de Jesús, cuando Pilato, para congraciarse con él, se lo envió, por ser el Maestro de Galilea. 

Pero Herodes no la supo aprovechar. Quiso, sí, divertirse a su costa, tratándo de conseguir que le hiciera algún milagro.
Jesús se encargó de decirnos lo poco que Herodes valía, cuando ni siquiera se dignó abrir la boca para dirigirle la palabra. 
Que nunca seamos Herodes para Jesús ni para nuestros hermanos. La santísima Virgen nos ayude. 
                                    Vicente Montesinos

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