En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?». Él respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre». 

Dícenle: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?». Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no por fornicación- y se case con otra, comete adulterio». 

A quien hoy siembra las dudas en relación a la indisolubilidad del matrimonio, a los deberes morales derivados de este grandioso Sacramento, a la comunión con la iglesia de los divorciados vueltos a unir, etc., Jesús le vuelve a responder de forma clara y tajante.

La unión matrimonial de un hombre y una mujer tiene su fundamento en la unión perfecta de Dios Uno y Trino (Padre, Hijo y Espíritu Santo). 

El amor del uno por el otro debe ser lo que les lleve a unir ambas vidas en una sola. El amor verdadero, sublime, hace que el varón se entregue totalmente a la mujer para procurarle su bienestar y felicidad, y viceversa.

Oremos siempre para que Cristo bendiga la unión de los matrimonios y haga que el amor reine en los esposos, y para que la Iglesia no intente cambiar jamás el plan perfecto de Cristo sobre los hombres. 

                                            Vicente Montesinos

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