¿JURAMENTADOS O REFRACTARIOS?: LA HIPÓCRITA SENSATEZ DE PERMANECER EN LA IGLESIA BERGOPREVOSTIANA. Por Alex Holgado.
Reflexión para sacerdotes sumisos y obedientes en la (falsa) iglesia.
Reflexión para sacerdotes obedientes en la (falsa) iglesia.
Álex Holgado
Adoración y Liberación
.

Le he oído decir en un vídeo a un sacerdote tradicionalista -serio y cultivado pero inevitablemente imbuido de esa cismática reducción del papado a un mero orden jurisdiccional- que, durante la Revolución Francesa, un gran número de sacerdotes “se pasaron” al orden constitucional del Estado revolucionario firmando un juramento, no así los refractarios, que “permanecieron” fieles a Pío VI y a la Iglesia. (Atención a los verbos utilizados –pasarse en sentido peyorativo y permanecer en positivo-, en los que nos detendremos más adelante).
En su sesgada deducción posterior, este sacerdote, como no podía ser de otra manera, vincula los juramentados con la Iglesia postconciliar entregada al modernismo y a los poderes mundanos, mientras identifica los refractarios con los tradicionalistas, que serían los celosos guardianes y paladines de la catolicidad. Sin más.
Pero no nos dejemos embaucar con semejantes reduccionismos, pues la cosa ni fue ni es propiamente así. Por varias consideraciones que vamos a tratar de desmadejar y que tienen que ver con la visión de la actual situación de la Iglesia, la cual a su vez condiciona inevitablemente la interpretación de lo que sucedió en el pasado.
En primer lugar, existe una clave que en mi opinión resulta crucial para situar a cada uno en su lugar y arrojar luz a los acontecimientos de la Historia, y esta es el poder terrenal. Según quien detenta este poder y cómo reacciona a él cada grupo o individuo, con sumisión o con rebeldía, pueden rastrearse las pistas que conducen a la verdad. Funciona como una extraordinaria pauta para el análisis de la realidad.
Con estas coordenadas y considerando que en Roma ha usurpado el poder la masonería eclesiástica a través de un papa hereje y satánico, tal y como los tradicionalistas reconocen, ¿cuál diríamos que ha sido su posicionamiento, acaso el refractario? ¿En serio se lo creen? Ahí están los doce años de cohabitación con el bergoglianismo, régimen con el que llegaron a acercar posiciones incluso los lefebvristas. Y ahí tienen a un Burke celebrando con el máximo boato del vetus ordo en la basílica de San Pedro con todas las bendiciones de Prevost, el aventajado pupilo de Bergoglio.
Pregunto: ¿en qué se parece el estatus de las fraternidades sacerdotales tradicionalistas a la vida de destierro, incertidumbre y persecución de los clérigos refractarios durante la época del Terror revolucionario? Ciertamente, en nada, y sí, en cambio, es similar al de los curas juramentados, los cuales, aun siendo la mayoría de ellos conscientes del carácter anticristiano del Estado francés, optaron por colaborar con él con tal de mantener sus parroquias e intereses. Touché.
Desde el punto de vista institucional o legal –ámbitos en los que se encarna y desde los que se ejerce el poder-, el tradicionalismo convive saludablemente con la falsa iglesia anticrística. Se puede afirmar sin ambages que colaboran simbióticamente. Aquel necesita a esta para no perder el certificado de validez católica y sumar adeptos en el descontento, y esta, a su vez, necesita al tradicionalismo para destruir la catolicidad sembrando el caos de la diversidad.
Este colaboracionismo tradicionalista no se debe solo a un deplorable oportunismo, que sería humanamente comprensible, sino que se trata de toda una declaración de principios. Estamos ante un meditado protocolo de actuación que revela cuáles son sus prioridades, las mismas, como vemos, que las del clero juramentado: garantizar la operatividad en este mundo. La fidelidad a la Verdad, la fe y la trascendencia, en definitiva, se reducen a un puro cálculo.
Sencillamente, los tradicionalistas no están a la altura de la gloriosa Historia de la Iglesia. Porque con semejante divisa utilitarista no se diferencian en absoluto de los apóstatas bergoglianos ni de los curas juramentados; pertenecen a la misma raza de lobos, aunque luzcan distintos pelajes.
Entonces, si bergoglianos y tradicionalistas son la versión contemporánea de los juramentados, ¿quiénes serían los sacerdotes refractarios en la actualidad? La respuesta es obvia: los que para guiar al pequeño resto fiel lo han perdido todo.
No obstante, y para acabar de comprenderlo mejor, volvamos a la aseveración inicial del sacerdote tradicionalista que motiva esta reflexión y a los verbos que empleaba: “pasarse” para los juramentados y “permanecer” para los refractarios. De entrada parece una elección ajustada, pero esconde una trampa mental muy sutil: la de la ambigüedad de los significados en función de los contextos. Vamos a ver si conseguimos desenmascararla.
Situémonos en el período histórico parangonado. Estamos en 1790, a punto de desembocar en la conocida como Época del Terror de la Revolución Francesa, un período de violencia extrema, con guerras internas y externas y terrible represión estatal. En ese escenario, la Asamblea nacional aprueba la ley de la Constitución Civil del Clero que reorganiza la Iglesia en el país sin contar con Roma, obligando a los sacerdotes franceses a firmar un juramento de lealtad al régimen civil que los desliga de la autoridad del Papa.
Es decir, el Estado revolucionario los pone en la tesitura de elegir entre dos situaciones totalmente contrapuestas: la tranquilidad de firmar y permanecer prudentemente en la legalidad y seguir así ejerciendo su labor pastoral o, por el contrario, la locura de rechazar la legalidad y pasar a padecer la persecución, la incertidumbre y la catacumba. Tuvieron que definirse. Y, es necesario decirlo para desechar estériles romanticismos, la mitad optó por lo primero, es decir, por permanecer.
Como vemos, al poner en sus circunstancias sociales históricas la cuestión, los términos de apoyo teórico ya denotan significados absolutamente contrarios.
Y es que los curas que firmaban el juramento cívico de lealtad al nuevo orden revolucionario no experimentaban ningún cambio en sus vidas como religiosos. La nueva condición de funcionarios del Estado no les impedía administrar los sacramentos, celebrar la Misa ni cambiar su rutina pastoral, al menos en los primeros años. Además, garantizaba a la porción del pueblo fiel la continuidad de la parroquia en un momento de colosales vaivenes vitales.
Desde este punto de vista, era lo más sensato. De manera que no se ajusta a la praxis de lo sucedido la carga expresiva que conlleva decir que estos sacerdotes “se pasaron” a otro régimen. No fue así. No pasaron a ninguna situación distinta. Siguieron como si nada, sin ver alterado lo más mínimo su día a día, porque antes, durante y después estuvieron del lado del poder establecido.
Los curas juramentados, en la práctica, lo que hicieron fue optar por lo fácil, por lo natural, eligieron seguir la inercia de los acontecimientos y para más inri pudieron hacerlo esgrimiendo argumentos de responsabilidad, como el de no abandonar su puesto y quedarse al cuidado de sus ovejas. Es decir, en lo institucional, aparentemente permanecieron.
El caso es que, sin embargo y como bien sabemos, les fue radicalmente alterada esa institucionalidad, quedándose en la adulteración, la falsificación, la fantasmagoría de un cristianismo sin raíz, una perversión en definitiva que más tarde facilitó la prohibición de todo culto que no fuera el grotesco panteísmo deísta de la masonería. Permanecer con el poder acaba siendo disolutivo.
¿Qué sucedía en cambio con los otros, con los sacerdotes refractarios? La propia denominación nos indica que estamos ante los díscolos, los exaltados, los renegados, los negacionistas o conspiranoicos que diríamos ahora.
Según la visión oficialista de ese entonces y de la actualidad, estos curas con su negativa a firmar el documento traían la discordia y el enfrentamiento con las autoridades, encendían los ánimos con su actitud refractaria en unos tiempos en los que deberían haber ejercido como hombres de paz, como mediadores o puentes en una sociedad polarizada por ideologías enfrentadas, como apaciguadores, como aquietadores, como referentes de la autoridad competente y la jurisdicción. Pero estos curas traían el fuego y la espada, la agitación y la rebelión, el paso adelante y el desafío al poder establecido.
Su comportamiento era interpretado como altanero, fanático y hasta supersticioso, lo cual resultaba desde luego perjudicial para los intereses personales de los interfectos, pero también, oficialmente, para la fama de la Iglesia, para el bien de la Iglesia y sus fines. A fin de cuentas era el pueblo por medio de la Asamblea nacional, su órgano representativo, el que les pedía comprometerse con el nuevo régimen. Su libertad de conciencia era, por tanto, egoísta y dañina para el interés público.
Por lo demás, ¿qué le esperaba al refractario? Echarse al monte, dejar la confortable sacristía, exponerse a la intemperie y pasar a ser declarado enemigo de la nación, un traidor. Le esperaba la constante huida, la emboscadura, ser un proscrito, el ejercicio precario de su sacerdocio, desempeñado a escondidas, sin medios, en sótanos, en graneros, en el bosque, incluso en barcas en alta mar, falto de la necesaria dignidad.
De manera que, de facto, ateniéndonos a la realidad social, el sacerdote que pasaba a otra situación era el refractario. El que daba el salto mortal a la incertidumbre, la persecución, la difamación, la pobreza, era el que no firmaba el documento, el que no se plegaba obediente y humilde al cauce oficial. El que rechazaba lo que el común entendía por la vía correcta pasaba a padecer una pesadilla.
Exactamente igual que ahora les sucede a los sacerdotes que no tragan con la iglesia oficial, a quienes no permanecen en la comodidad de los cargos, los nombramientos, las canonjías, las viviendas parroquiales o los palacios episcopales, el sueldo mensual… A los sacerdotes que, con el cambio de paradigma institucional, salen de la iglesia falsa para pasar a la Iglesia verdadera y así permanecer fieles a Jesucristo.
Igual que ahora porque, en este tiempo también convulso, se ha producido un quiebre en el seno de la Iglesia con el asalto de Bergoglio al trono de San Pedro y la toma del poder vaticano por parte de la masonería eclesiástica. Pero esta alteración se ha vestido de continuidad, a pesar de haber obligado a Benedicto XVI a declarar una dimisión, un hecho insólito que no se había dado en siglos. No importa, la sucesión se hace ver como fluida, normal la insólita coexistencia de dos papas y coherente la cascada de herejías, blasfemias y apostasías.
El continuismo, la fidelidad, la obediencia, la pacificación, la concordia, la tolerancia, la tranquilidad, la tradición (¡!), la legalidad oficial, están con la herética, apóstata, satánica y cismática iglesia bergoprevostiana, simplemente porque detenta las estructuras del Vaticano, la Santa Sede. Su poder terrenal garantiza una existencia sin sobresaltos materiales ni humanos y hasta justifica cualquier barbaridad doctrinal. Aunque optar por ella implique traicionar a la Iglesia verdadera y, por lo tanto, a Jesucristo. Un detalle sin importancia.
Y con esta iglesia colabora y en ella permanece y a ella se pliega, como queda dicho anteriormente, en relación simbiótica, el mundo tradicionalista. Pero también los conservadores del una cum.
Hay que ser claros y explicar que los sacerdotes que firmaron lo hicieron convencidos o convenciéndose a sí mismos de que era lo más sensato y cristiano y que obraban en pro de la continuidad de la Iglesia en la Francia revolucionaria. Que con su obediencia contribuían a conservar el buen orden de las cosas, ya demasiado alterado, y, de paso, salvaban la vida, que no era poco beneficio. “No tengo nada más querido en el mundo que la conservación de mi propia existencia”, revela uno de ellos, el abate Moreau, en mayo de 1791.
Es decir, su paso de la verdadera Iglesia al funcionariado estatal no fue traumático, sino que se trató, en el aspecto terrenal, de una transición armoniosa, sin sobresaltos, digamos que indolora. Todo lo contrario para los refractarios, quienes vieron comprometida para siempre su vida terrena –los que la conservaron- por salvar su vida ultraterrena. Tenían verdadera fe y fueron coherentes con su conciencia, de manera que se pasaron a la trinchera.
Como vemos en aquel entonces y ahora se repite, en contraposición y frente al institucionalismo o a la iglesia anticrística, está la opción de salir a la verdad, de pasar a estar con Jesucristo y su pequeño resto fiel, lo cual implica incertidumbre, persecución, condena, excomunión, marginación, incomprensión, desprecio, burla, exposición, desamparo, soledad. ¿Qué sacerdote va a optar por esta escondida y auténtica fidelidad en la cruz? Los verdaderos, los entonces refractarios y ahora Don Minutella y sus compañeros del Sodalizio Mariano.
Hay que preguntarse qué bando implica mudanza humana y cuál mudanza espiritual. La iglesia cuya lealtad hoy, en fragorosa batalla preternatural, conlleva bienestar social/terrenal es imposible que provea también salud al alma, salvación. Aquel, ya sea sacerdote o seglar, que, teniendo noticia de la razón y existencia del pequeño resto católico, opta por la comodidad de la superestructura y las relaciones mundanas, se comporta como un apóstata traidor a Nuestro Señor, por mucho que se presente con ropajes de humildad, obediencia, legalidad o sensatez.
Los meros conceptos de permanencia o cambio funcionan como trampas al servicio del príncipe de este mundo, con el que nada queremos tener que ver por mucho que se travista de ángel de luz. Aunque ya ni necesite camuflarse para engañar, como puede comprobarse con la reciente nota (anti)doctrinal Mater populi fidelis, de Bésametucho Fernández, negando el título de corredentora a la Virgen Santísima. Satanás lo tiene comprobado y sabe que la soberbia de tradicionalistas y conservadores una cum les impide reconocer el error de sus posiciones y una hipotética y saludable mudanza. La disolución está demasiado avanzada. Acabarán lanzando flores al paso de la carroza con la prostituta entronizada como diosa razón.
OTROS ARTÍCULOS DEL AUTOR:
¿POR QUÉ BERGOGLIO NO ES PAPA? El relato definitivo de Álex Holgado para ADORACIÓN y LIBERACIÓN
EL DESPLIEGUE DE LA IGLESIA ANTICRÍSTICA EN TOLEDO QUE NO SE QUIERE VER. Por Alex Holgado.
Bergoglio: el hijo espiritual de Baudelaire. Introducción (Por Álex Holgado)
¿SIMBOLOGÍA ROSACRUZ EN UN APOSTOLADO CATÓLICO? (2). Por Alex Holgado.
