Prisionero de guerra. Por Antonio Caponnetto

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Por Antonio Caponnetto

Para Adoración y Liberación

 

Hace bastante más de diez años escribí estos versos, dedicados a los soldados argentinos que padecen injusta prisión, como consecuencia de la vileza marxista constituida
en poder. Los hago circular ahora, nuevamente, en una versión más amplia, para que quede el registro de la culpa del actual gobierno anarco libertario, al que muchos cristianos insensatos y miopes contribuyeron a instalar en el supremo mando político.

Les advertimos de muchas formas en qué terminaría este inmoral maridaje. No fuimos escuchados sino injuriados. Ellos –constituídos en neoderecha rampante- eran “los que la vieron venir”.

Nosotros, los “principistas” incurables. Ahora (agosto de 2024), a la vista de todos están las pruebas de que, en comunión con las izquierdas, empezando por las que regentean el Vaticano y las miserables cúpulas eclesiales nativas, esta nueva gestión gubernativa, supuestamente contraria a su predecesora, no es sino la otra cara de la misma calderilla emponzoñada, prostibularia y farisea. Es que los prisioneros de guerra, no son sólo cautivos de la Revolución Marxista, sino rehenes capturados para asegurar el funcionamiento de la Democracia Liberal.

 

Por Antonio Caponnetto
“Preocupáos de los presos, como si vosotros estuviérais prisioneros con
ellos”

San Pablo, Hebreos, 13, 3.

Yo que icé la bandera hasta el vértice altivo,
en una plaza de armas soleada de heroísmo,
cuando todo era joven: el casco, las jinetas,
los sables aguzados y el viejo patriotismo.

Yo que domé un desfile en el frío de julio,
desbravando los vientos o refrenando escarchas,
como cimbra el jinete sobre un lomo tobiano,
a grupas del orgullo, osando contramarchas.

Yo que monté las guardias parapetado en lunas,
al acecho de sombras homicidas y rojas,
para que un sueño en calma tuvieran los que nunca
conocen del peligro su acero y sus congojas.

Yo que dejé mi lecho y a su vera una cuna,
combatiendo la senda del terror clandestino,
mientras casa por casa se encendían los leños,
mansamente alejados del fuego mortecino.

Yo convertido en rama, en fantasma o en muro,
en soldado del Cuerpo de Invisibles Patriotas,
patrullando amenazas más cruentas que una herida,
más dolientes que un día bruñido de derrotas.

Yo que estuve en Potrero de las Tablas, en Lules,
en Tucumán, la tierra de la caña cetrina,
en Manchalá, Simoca o en Quebrada de Artaza,
donde cayeron juntos Maldonado y Berdina.

Yo que anudé un rosario a mi fusil baqueano,
impetrando el auxilio del Arcángel Custodio,
por cumplir el mandato del hermano que dijo:
“camaradas tirad, pero tirad sin odio”.

Yo que usé de coraza el pellejo curtido,
cuerpeando una emboscada de negritud moruna,
me olvidé de mi nombre para llamarme sangre ,
y en formoseña tarde me llamé Hermindo Luna.

Yo que no supe darle resuello a la osamenta,
cada vez que la patria alistó centuriones,
era la paz de abril, la cuaresma, el sosiego:
me volví malvinero con el alma hecha horcones.

Yo prolongué en el Sur mi baquía en el monte,
o adiestrada en la selva de ciudades arteras,
bajé un Harrier intruso fusilando injusticias,
asalté casamatas, comulgué en las trincheras.

Yo aquí estoy, prisionero de furentes rencores,
de infernales venganzas sin bozal ni tabique,
de olvidos, desmemorias, fingimientos, agravios,
la juntura execrable del lodo bolchevique.

Yo aquí estoy, asimismo, prisionero de aquellos
que claman libertades, antojos irrestrictos,
y son sólo sirvientes, recaderos sumisos
de semitas logiados, confesos y convictos.

Yo advertí la encerrona de aliarse con sus bandas,
de la patria enemigas aunque el guión enarbolen,
nuestra causa guerrera nunca fue registrada
en la agenda sombría de un truculento gólem.

Sin embargo esta celda no atenaza la Historia,
no aprisiona las gestas, no aherroja el estandarte,
ni esclaviza los frutos del amor a la tierra,
pródigo en las batallas de las que fui baluarte.

No se arrestan recuerdos, pendones victoriosos,
van francas las hazañas, de dolores cauterios.
Somos libres nosotros, prisioneros de guerra,
porque honor y deberes no sufren cautiverios.

Somos libres en sueños que fueron realidades,
en vigilias castrenses de amores escoltados,
el calabozo tiene un horizonte inmenso,
que no tienen los ruines, los sepulcros blanqueados.

Al paso de los años, las nobles soledades,
se vuelven compañías como la lluvia leve,
no somos invisibles a la luz de la Historia,
que no alumbra ni premia el rencor de la plebe.

Nadie pone cerrojos al cielo en el que habitan
aquellos que partieron integrando un comando,
su triunfo será el nuestro, acaso en los confines,
cuando vuelva un criollo a dar la voz de mando.

 

 

 

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