FIRMA INVITADA: ¿ACTUALIZARSE?

¡Maldito estólido caprichoso! ¡”Esfuérzate y sé hombre!”, le espetó el rey David a su hijo Salomón (1Reyes 2,2).
La Iglesia no tiene que “actualizarse”, ni siquiera “renovarse”, a la manera humana o mundana, sino permanecer fiel a sí misma, es decir, a su Cabeza, Nuestro Señor Jesucristo.

 

 

Álex Holgado

 

 

“La Iglesia tiene que actualizarse”, dicen.

Expresión tópica de la formidable conspiración del rupturismo para conducirnos a la nada, al vacío religioso y cultural anterior a toda civilización.

Somos y existimos gracias a las generaciones que nos han precedido, y que nos evitan empezar de ese cero bárbaro del que partió la humanidad. Estamos instalados sobre los hombros de una enorme torre de antepasados, de santos, que nos permite vislumbrar desde una altura moral y experiencial privilegiada.

Y no debemos -no podemos- renunciar a este tesoro milenario. Salvo que pretendamos suicidarnos.

“Actualización” es un término venerado hasta la saciedad, una fórmula para tontos que viven para estar a la última, a la última tontería de esta sociedad consumista, vacua y circense.

Actualizar es despreciar, vilipendiar, rebajar, distorsionar, aminorar, ultrajar, violentar, ignorar, una valiosa herencia por el solo hecho de no entenderla. Por propia incapacidad o pereza. Lo rechazo porque no se adecua a mis deseos.

¡Maldito estólido caprichoso! ¡”Esfuérzate y sé hombre!”, le espetó el rey David a su hijo Salomón (1Reyes 2,2).

La Iglesia no tiene que “actualizarse”, ni siquiera “renovarse”, a la manera humana o mundana, sino permanecer fiel a sí misma, es decir, a su Cabeza, Nuestro Señor Jesucristo.

 

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Categorías:BLOG ADORACIÓN Y LIBERACIÓN, Firma invitada

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9 respuestas

  1. Por no ser fieles a Cristo tenemos esta iglesia confusa y falta de virilidad de hoy en día.

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  2. El aggiornamento que propugnan es volver a herejías más viejas que la tos, cuyos efectos dañinos están más que acreditados. El demonio ya no se viste de Prada, se viste de aggiornamento, de misericorditis, de recortes del evangelio, de un Jesucristo desfigurado.

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  3. Manipulación del lenguaje: actualizarse es “poner en acto” …hoy. No esmodernizarse ni mucho menos ponerse en sintonía con el “mundo” Juan Pablo II llamó a una Nueva Evangelización, no a una evangelización nueva. Insistió en que había que evangelizar otra vez al mundo secularizado.

    Por más que se intente, quien quiere quedar bien con todos, al final no queda bien con nadie.

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  4. Los silencios cómplices se acaban pagando, tarde o temprano, por muy clérigo que se sea. ¡ Váyanse ! http://religionlavozlibre.blogspot.com/2018/09/curas-siguen-la-politica-del-silencio.html

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  5. Es lo mejor que he visto y oído respecto a la bomba Viganó. No es corto, pero vale la pena verlo y oirlo en su integridad. Gracias Michael Matt por aliarte con la Verdad contra tanta mentira, contra tanta mafia, contra tanto engaño desde la cúspide. La bomba Viganó estallará tarde o temprano. Es imposible desactivarla.Si tratan de desactivarla es porque están implicados, muy implicados, incluso Francisco, el principal responsable, que pide a los media laicistas que le echen una mano, una mano que, finalmente, se la echarán al cuello, pues la Verdad acabará por imponerse. Sugiero una exclusiva de AYL. https://www.youtube.com/watch?time_continue=183&v=2zBvfbhuWlc

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  6. LOS INDICIOS DE QUE VIGANÓ DICE LA VERDAD

    Hay cinco consideraciones que, en mi opinión, hacen que el testimonio de mons. Viganò sea, con toda probabilidad, verdadero. Dadas sus numerosas y detalladas afirmaciones, es cierto que no sería una sorpresa para nadie si algunos detalles estuvieran equivocados. Y tal vez su pasión le ha llevado, sin darse cuenta, a exagerar alguna cosa aquí y allá. Pero las afirmaciones principales son probablemente ciertas. Ciertamente, yo no creo que esté mintiendo. Las razones son las siguientes:

    El silencio ensordecedor del Papa Francisco
    El Papa Francisco ha sido acusado de graves delitos por un prelado de alto nivel que, dado su cargo, estaba en una posición óptima para conocer los asuntos en cuestión. Sin embargo, no ha negado las acusaciones ni a hecho comentario alguno al respecto. No es este el modo como se espera que actúe una persona si las acusaciones lanzadas contra ella fueran falsas. Se esperaría que negara las acusaciones de inmediato y de manera clara y firme.

    Algunos de los defensores del Papa sugieren que este está simplemente manifestando una falta de preocupación por su reputación, a la manera de Cristo. Afirman que, igual que Cristo no se defendió de los que le crucificaron, tampoco el Papa se defiende. Sin embargo, el Papa se ha defendido en otros contextos. Por ejemplo, lo hizo cuando le acusaron de ser comunista, o de no haberse opuesto con suficiente firmeza durante la época de la “guerra sucia” en Argentina. Tras ser criticado por algunas personas de izquierdas tras su encuentro con Kim Davis en 2015, el Vaticano emitió una declaración afirmando que “su encuentro con ella no debería ser considerado una forma de apoyo a la posición de Davies en todos sus aspectos particulares y complejos”. En 2016, el Papa se defendió de las críticas que se alzaron contra él por su rechazo a asociar islam y violencia. En 2017, se defendió cuando fue criticado por haber comparado los campos de migrantes a los campos de concentración.

    Por tanto, la tesis según la cual el Papa prefiere “presentar la otra mejilla” en lugar de responder a quienes le critican, no aguanta un examen. A veces sí que responde. Entonces, ¿por qué no se defiende de estas graves acusaciones que le ha dirigido un acusador mucho más importante que algunos de los críticos a los que el Papa respondió en el pasado?

    Además, no es sólo la reputación del Papa la que está en juego. Está en juego el bien de la Iglesia. En la Iglesia se está fraguando, como han observado algunas personas situadas a ambos lados de la controversia, una especie de “guerra civil”. El Papa podría ayudar a prevenirla si respondiera a las acusaciones del arzobispo Viganò. Pero no lo ha hecho.

    Los defensores del Papa Francisco han exigido que mons. Viganò demuestre con pruebas las acusaciones que ha lanzado. Pero el arzobispo nos ha dicho donde están las pruebas. Nos ha dicho, por ejemplo, que hay documentos relevantes en los archivos de la Secretaría de Estado del Vaticano y en la Nunciatura Apostólica de Washington.

    Ahora bien, el Papa tiene más poder que nadie para hacer que estas pruebas salgan a la luz. Podría ordenar a oficiales del Vaticano que hicieran público cualquier documento relevante que tuvieran, y ordenar a oficiales de las iglesias locales a hacer lo mismo. Y si las pruebas le exoneraran, es exactamente lo que debería hacer. Sin embargo, no lo ha hecho.

    Es más, algunas de las acusaciones de mons. Viganò están relacionadas con conversaciones privadas que, ha dicho, tuvo con el Papa Francisco. El propio testimonio del arzobispo sobre estas conversaciones es una prueba. Pero si queremos más garantías, sólo el Papa Francisco puede proporcionarlas por medio de su testimonio personal sobre las conversaciones. Pero se niega a hacer comentarios.

    De nuevo, este no es el modo como se espera que alguien, acusado falsamente, actuaría. Esto apoya la conclusión de que las acusaciones no son falsas.

    El silencio aparente del Papa Benedicto
    El Papa emérito Benedicto XVI no ha hecho ningún comentario a las controversias de los últimos cinco años, aunque seguramente desaprueba algunas de las enseñanzas del Papa Francisco, según cuanto ampliamente afirmado. Por ejemplo, aunque Benedicto ha dejado suficientemente claro que no está de acuerdo con la admisión a la comunión de los divorciados que se han vuelto a casar, ha permanecido silencioso en relación a la controversia suscitada por Amoris Laetitia. La mejor explicación a esto es que el Papa Benedicto no quiere decir nada que pueda fomentar inadvertidamente un cisma. Parece ser que, desde su punto de vista, es mejor dejar que la confusión doctrinal la resuelva un futuro Papa y no dividir a la Iglesia.

    Pues bien, la controversia actual amenaza con dividir a la Iglesia. Dado que Benedicto parece temer cuál será el resultado de todo esto, se esperaría que actuara de un modo que, en su juicio, lo previniera.

    Por lo tanto, supongamos que mons. Viganò está mintiendo sobre las sanciones que, según dice él, Benedicto impuso privadamente al cardenal McCarrick. Entonces Benedicto podría dejar constancia de ello y así terminar más o menos con la crisis actual. Ni siquiera tiene que acusar al arzobispo de mentir. Bastaría con que hiciera sus declaraciones de modo que, simplemente, afirmaran que lo que dice Viganò es un error. La credibilidad de Viganò quedaría seriamente en entredicho, se les cortaría las alas a sus defensores y se restablecería en gran medida la credibilidad del Papa Francisco, al menos en la mente de mucha gente. En otras palabras, se reduciría mucho la amenaza de un cisma.

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    Pero supongamos que mons. Viganò está diciendo la verdad. Entonces, si Benedicto lo confirma públicamente, reivindicaría la credibilidad del arzobispo y, en consecuencia, causaría un gran daño al Papa Francisco. Y, desde luego, muchos percibirían este acto como intencionado para perjudicar al Papa Francisco. Esto, ciertamente, aumentaría mucho la posibilidad de un cisma, ya que muchos católicos lo verían como una guerra de papas: algunos seguirían a Benedicto, otros a Francisco. Esta idea debe ser horrible para Benedicto y con razón.

    Por consiguiente, si Benedicto está preocupado por el cisma, entonces su silencio se puede entender mejor con la hipótesis de que Viganò está diciendo la verdad, que con la hipótesis de que Viganò está mintiendo.

    Ahora bien, podría ser que Benedicto haya intentado hacer algún comentario a la controversia de manera sutil e indirecta. En un resumen de cómo se han desarrollado los hechos desde que se publicó el testimonio de Viganò, la Catholic News Agency observa que “una fuente cercana a Benedicto” le ha dicho al periodista Edward Pentin que “hasta donde el Papa emérito puede recordar”, hizo una “petición privada” para que McCarrick mantuviera un “perfil bajo”; esto es difiere de un “decreto formal”.

    Si este mensaje fue transmitido por petición de Benedicto -y no estamos seguros de ello-, entonces puede ser interpretado como el modo que tiene el Papa emérito de esquivar la dificultad que implica tener que elegir entre confirmar el testimonio de Viganò y, en consecuencia, perjudicar al Papa Francisco, o de minar ese testimonio y, entonces, perjudicar a Viganò. Porque, por un lado, la insinuación de que Benedicto no recuerda claramente lo que ocurrió, pero que de todas formas es seguro que no hubo un decreto formal, parece ayudar al Papa Francisco. Pero por el otro, la afirmación de que se le hizo una petición privada a McCarrick de mantener un perfil bajo confirma lo esencial de la acusación de Viganò.

    Algunos de los defensores del Papa Francisco están manipulando la información de Pentin para perjudicar a Viganò, pero no lo consiguen. Viganò nunca dijo que había un decreto formal contra McCarrick en el sentido de imponerle sanciones como resultado de un proceso de investigación formal estándar. La cuestión era que la acción contra McCarrick se había sido llevado a cabo de manera privada por el Papa Benedicto, en lugar de seguir un procedimiento disciplinario ordinario. Como han señalado algunos comentaristas, sería similar al modo cómo Benedicto trató el caso del desacreditado padre Marcial Maciel.

    Algunos también han afirmado que el hecho de que McCarrick participara en actos públicos después de las supuestas sanciones impuestas por Benedicto socava la historia de Viganò. De nuevo, esto no es así. Tal como señala Rod Dreher, la respuesta a esta afirmación es que “McCarrick desafió la orden que le dio el Papa. Un tema importante en el testimonio de Viganò es que estos cardenales de la curia y sus aliados (Wuerl, McCarrick y el resto) siguen su propia ley”.

    La conclusión es que la fuente de Pentin confirma que Benedicto sí tomó acciones privadas contra McCarrick, como ha afirmado Viganò. En resumen: o el Papa Benedicto ha confirmado, de manera indirecta y sutil, parte de la historia de Viganò; o -si la información que le llegó a Pentin no le fue transmitida a petición del Papa emérito-, ha permanecido totalmente en silencio sobre la controversia, lo que, por las razones que he aducido, se entendería en el caso de que Viganò estuviera diciendo la verdad. En cualquiera de los dos casos, las acciones de Benedicto apoyan la veracidad del testimonio de Viganò.

    La preocupación del arzobispo Viganò por su propio lugar en la historia y su alma inmortal
    El arzobispo Viganò tiene una visión teológica conservadora. Este es un punto en el que insisten mucho sus críticos, que le acusan de sentir rencor hacia un papa que es ampliamente considerado como progresista desde el punto de vista teológico.

    Ahora bien, entre las cosas en las que creería cualquier católico con una visión teológica muy conservadora es que, en la enseñanza tradicional de la Iglesia, mentir es siempre intrínsecamente un pecado, incluso si se miente por una buena causa. Y es pecado mortal cuando la mentira concierne a una cuestión seria, como la reputación de otra persona.

    Otra cosa en la que creen los católicos con una visión teológica muy conservadora es que si bien los Papas son falibles cuando no hablan ex cathedra, siempre deben ser tratados con gran reverencia, incluso si están en un error. Un mal papa no es como el líder de una facción política con el que se está en desacuerdo. Es más bien como un padre que se está desviando del buen camino. No deja de ser un padre incluso cuando hace algo mal, y su mal comportamiento no da licencia a tratarle con desprecio. A pesar de que bajo ciertas circunstancias puede ser criticado por sus subordinados, hay que hacerlo con prudencia y respeto, tal como un hijo suplicaría a un padre para que reconsidere una política imprudente o acabe con un comportamiento ofensivo.

    Un tercer punto que es verdad es que los católicos con creencias teológicas conservadores tienden a tener una visión muy romántica de la historia de la Iglesia, y también sobrenatural. La ven como una historia épica de grandes santos que obedecen la ley divina incluso a costa de sus propias vidas, pero que siempre son vengados al final; de malhechores que, aunque parecen invencibles, al final siempre son desenmascarados y derrotados; y de la divina providencia que garantiza este resultado incluso cuando todo, humanamente hablando, parece perdido.

    No ven la historia de la Iglesia como algo esencialmente gestionado por sucias políticas de poder. No ven a los santos como manipuladores cínicos e inteligentes que logran una ventaja sobre sus oponentes con medios despiadados. Ningún católico con una visión teológica tradicional mirará al pasado, a los días del Papa Honorio, del Cisma de Occidente, del Papa Borgia y pensará: “Si hubiera estado allí, ¡se me habría ocurrido una mentira inteligente y habría salvado la situación!”. Cualquier católico con mente tradicional pensaría que esto es una presunción blasfema, hacer el mal en aras de un buen fin, como si Dios fuera incapaz de salvar a la Iglesia de cualquier otra manera.

    Bien, supongamos que mons. Viganò estuviera mintiendo. Entonces estaría cometiendo lo que él sabe que es un pecado mortal, porque estaría difamando nada menos que al Vicario de Cristo. Y estaría cometiendo pecado mortal cada vez que reiterara esas acusaciones, como ha hecho desde que se publicó por primera vez su testimonio. Y como él bien sabe, ninguna confesión sacramental borraría la culpa en estas circunstancias, porque si se persevera en la mentira, falta el firme propósito de enmienda que es la condición para recibir la absolución.

    Si el arzobispo estuviera mintiendo, sería también culpable de menospreciar al mismo Vicario de Cristo, algo comparable a un hijo que humilla a su padre y le trata como si fuera su enemigo político. El arzobispo, además, estaría en peligro de ser recordado como uno de los más grandes villanos de la historia de la Iglesia, una especie de Judas que calumnió a un papa y dividió a la Iglesia. Peor aún, estaría poniendo su alma inmortal en riesgo de ser condenada para la eternidad.

    Los lectores seculares y los católicos progresistas tal vez piensen que todo esto es muy anticuado y melodramático. Pero la cuestión es que es así como vería las cosas un católico tradicional. Sobre todo, es el modo como mons. Viganò debe ver las cosas, dado que -y sus críticos siguen insistiendo en ello-, tiene lo que ellos consideran opiniones teológicas reaccionarias.

    Obsérvese que no es bueno responder diciendo (como han hecho algunos), que el arzobispo en el pasado había dicho cosas amables sobre McCarrick en un evento público, como si esto demostrara que es un mentiroso. Viganò es un diplomático y el trabajo de un diplomático es ser diplomático. Todos saben que en eventos públicos, los oradores a veces dicen cosas halagüeñas sobre personas que están presentes en el acto, ya sea que las crean o no; es una cuestión de cortesía y educación. Esto entra en la categoría de lo que los teólogos morales llaman una “amplia reserva mental” más que una mentira, porque la naturaleza del acto del discurso es tal que el oyente común es muy consciente de que en ese contexto el orador puede estar siendo sólo educado, que su intención no es decir la verdad literal.

    El testimonio del arzobispo no es en absoluto esto, porque lo que está haciendo en este contexto es, precisamente, asegurar que está revelando la verdad literal. Si lo que está diciendo no es verdad, sería una mentira y no una simple reserva mental.

    Pero, de nuevo, creer que el arzobispo está mintiendo en su testimonio es creer que está deseando hacer algo que, desde su punto de vista, le pondría en riesgo de condena eterna e infamia perpetua, todo porque estaba irritado por el caso Davis u otros asuntos relativamente triviales. Sencillamente, esto no es convincente. De hecho, el conservadurismo teológico en el que siguen haciendo hincapié quienes critican a Viganò hace que sea menos probable, y no más probable, que él mienta.

    El historial del Papa Francisco
    Como han observado Sandro Magister, el padre Dwight Longenecker y otros, la rehabilitación dal cardenal Cardinal McCarrick no sería de hecho una sorpresa visto el historial del Papa Francisco. Por ejemplo, es notorio que el cardenal Godfried Danneels intentó proteger a un obispo pedófilo de quedar al descubierto. Como observa Pentin, Danneels también «aconsejó al rey de Bélgica que firmara la ley del aborto en 1990… y se negó a prohibir el material pornográfico, “educativo”, que estaba siendo utilizado en las escuelas católicas belgas. También dijo en una ocasión que el “matrimonio” entre personas del mismo sexo era un “desarrollo positivo” y felicitó al gobierno belga por aprobar la ley sobre el “matrimonio” homosexual, aunque él intentó distinguir esta unión de lo que la Iglesia considera matrimonio».

    Final de la cita. Sin embargo, el Papa Francisco invitó a Danneels a salir al balcón con él cuando se anunció que había sido elegido papa, y le designó a un puesto clave en el Sínodo para la Familia de 2015.

    En 2013, el antiguo arzobispo de Los Angeles, el cardenal Roger Mahony, fue disciplinado por su sucesor por haber manejado mal los casos de abuso sexual por parte del clero en la archidiócesis. Sin embargo, a principios de este año, el Papa Francisco ha nombrado a Mahony enviado especial, a pesar de que este se había retirado a raíz de las protestas de los laicos.

    Tenemos también el caso del padre Mauro Inzoli. Como Michael Brendan Dougherty informó el año pasado en The Week: «Inzoli… había sido acusado de abusar de niños. Supuestamente, abusaba de menores en el confesionario. Incluso llegó a enseñar a los niños que el contacto sexual con él estaba legitimado por la Escritura y su fe. Cuando su caso llegó a la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue declarado culpable. Y en 2012, bajo el pontificado del Papa Benedicto, Inzoli fue apartado del sacerdocio. Pero hemos sabido que [Inzoli] tenía “amigos cardenales”. El cardenal Coccopalmerio y mons. Pio Vito Pinto, ahora decano de la Rota Romana, intervinieron en favor de Inzoli, y el Papa Francisco le readmitió al estado sacerdotal en 2014, invitándole a “una vida de humildad y oración”. Estas restricciones no parecen haber preocupado mucho a Inzoli. De hecho, en enero de 2015 participó en una conferencia sobre la familia en Lombardia.

    Este verano, las autoridades civiles han concluido el juicio de Inzoli, condenándole por ocho de los cargos. Otros quince habían prescrito. La prensa italiana ha machacado al Vaticano, en concreto a la Congregación para la Doctrina de la Fe, por no haber compartido la información que tenía del juicio canónico con las autoridades civiles. El propio Papa podría haber permitido que la Congregación para la Doctrina de la Fe compartiera esta información con las autoridades civiles si él lo hubiera deseado».

    Final de la cita. Otro caso: mons. Battista Ricca. The Telegraph informa que «tenía una sucesión de relaciones homosexuales que obligaron a su retirada de un destino fuera del país». Pero, como ha comentado el padre Longenecker, incluso después de que se descubriera esta historia, Ricca «sigue trabajando en el Vaticano y dirige la Casa Santa Marta, donde vive el Papa y (por lo que he podido verificar), sigue trabajando en el banco del Vaticano».

    Especialmente controvertida ha sido la gestión, por parte del Papa Francisco, del caso del obispo chileno Juan Barros, acusado de encubrir los abusos sexuales perpetrados por el padre Fernando Karadima. Vale la pena citar el relato que hace del caso el padre Raymond de Souza: «Barros… fue promovido del obispado castrense a la diócesis de Osorno en 2015. Las protestas ante este nombramiento fueron muchas, y la misa de toma de posesión tuvo que acortarse debido a las violentas protestas en la catedral. Muchos de los sacerdotes boicotearon su llegada y el resto de los miembros del episcopado chileno tomó distancias.

    Sin embargo, el Papa Francisco estaba determinado a plantar cara y defender la inocencia del obispo Barros. En 2015, en la plaza de San Pedro, acusó a los críticos del obispo de estar manipulados políticamente por “izquierdistas”. Ese episodio -la arenga del Papa está grabada en vídeo-, se muestra constantemente en Chile como ejemplo de la protección del Santo Padre del obispo Barros y de su desprecio por las víctimas…

    El nuncio papal había arreglado todo para que mons. Barros renunciara; en cambio, el Papa confirmó su nombramiento, insistiendo a pesar de la vehemente protesta de los obispos chilenos…

    En la rueda de prensa más desastrosa de su pontificado, el Papa Francisco dijo a los periodistas en Chile que quienes afirmaban que el obispo Barros era culpable de encubrimiento, eran culpable de “calumnia”.

    Después de esto, no sólo el Papa ya no tenía aliados en el episcopado chileno, sino que el cardenal Sean O’Malley de Boston, miembro del Consejo de cardenales del papa y cabeza de la Pontificia Comisión para la Protección de Menores, tomó la decisión asombrosa de reprender públicamente al Santo Padre, diciendo que sus palabras causaban “gran dolor” a las víctimas de abusos sexuales. La reprimenda del cardenal O’Malley no tenía precedentes, y sorprendió sobre todo porque está considerado un aliado cercano del Papa.

    Escarmentado, y consciente de que en una discusión pública con el cardenal O’Malley su credibilidad quedaría hecha trizas, el Papa Francisco aceptó la reprimenda durante la rueda de prensa en el avión que le llevaba de vuelta a Roma, y dijo que la declaración del cardenal era justa».

    Final de la cita. Lo único que podemos hacer es especular por qué el Papa ha tenido una actitud tan indulgente hacia los sacerdotes y prelados en cuestión. Una posibilidad es que adopta esta política para seguir insistiendo en la misericordia por encima de la ley y la justicia. Otra, es que considera a los eclesiásticos en cuestión aliados teológicamente bien dispuestos y, por esta razón, no tiene en cuenta sus acciones. Cualquiera que sea la razón, la rehabilitación de McCarrick, incluyendo la anulación de cualquier pena que le hubiera impuesto privadamente el Papa Benedicto, no sería motivo de sorpresa visto este historial.

    La respuesta que el Papa Francisco ha dado a otras críticas en los últimos años también es relevante para la controversia actual. Se ha negado reiteradamente a responder a los llamamientos respetuosos de eminentes hombres de iglesia y teólogos que le pedían que aclarara sus declaraciones doctrinales, a menudo ambiguas, a pesar de que dichas aclaraciones podrían suponer apaciguar inmediatamente las críticas. Por ejemplo, en respuesta a la controversia suscitada por las implicaciones de Amoris Laetitia, el Papa podría haber dicho fácilmente: “Desde luego, siempre es malo que una pareja en un matrimonio no válido tenga relaciones sexuales. De ninguna manera Amoris Laetitia quiere negar esto”. Sin embargo, no lo ha hecho.

    En resumen, el Papa Francisco no es famoso por “hablar claro” o por tener un discurso directo. El arzobispo Viganò, en cambio, en su testimonio hace afirmaciones que son sumamente claras y francas. También nos dice donde podemos encontrar las pruebas que confirman cuanto dice. En lugar de ser vago y evasivo, ha dejado sus afirmaciones abiertas para que, si son falsas, puedan ser refutadas. A priori, la credibilidad de alguien que hace declaraciones claras y verificables es mayor que la de alguien que habitualmente es ambiguo y escurridizo.

    La respuesta de los críticos a Viganò
    El New York Times informa que, si bien los cardenales Wuerl y Tobin han negado conocer las sanciones que, según Viganò, se habrían aplicado a McCarrick, la tendencia general entre quienes son nombrados por Viganò en su testimonio ha sido la de negarse a responder: «Siguiendo la actitud del Papa, el Vaticano también calla. El cardenal Leonardo Sandri, a quien el arzobispo Viganò también acusa en su testimonio de encubrir la conducta sexual inapropiada del cardenal Cardinal McCarrick, se apresuró a colgar a un periodista el jueves por la tarde. “Mire, ahora no estoy en la oficina. Buenas tardes, buenas tardes”, dijo. Y ha sido el más hablador de todos. El Times se ha puesto en contacto con cada uno de los cardenales y obispos que, según Viganò, sabía sobre las sanciones que Benedicto habría impuesto al cardenal McCarrick. Más de una docena de ellos declinó o no respondió a la petición de comentarios… Un visita a la embajada del Vaticano en Washington no ha proporcionado ninguna información adicional».

    Final de la cita. Como el silencio del Papa, esto es extraño. De personas inocentes acusadas de cargos tan graves como los referidos por Viganò uno se esperaría una negativa inmediata, clara y firme de las acusaciones. Está claro que una persona culpable también podría negar las acusaciones lanzadas contra ella. En su testimonio, Viganò es particularmente duro con Wuerl, del que dice que “miente descaradamente”. Pero la cuestión no es que las personas que niegan las acusaciones lanzadas contra ellas son siempre inocentes. La cuestión es que las personas que son inocentes normalmente niegan las acusaciones que se lanzan contra ellas.

    También se esperaría que los más firmes defensores del Papa exigieran en voz alta que el Vaticano y la Nunciatura Apostólica de Washington hicieran pública la documentación citada por Viganò, ya que el mejor modo de desacreditarle sería demostrar que los documentos no respaldan sus acusaciones. Pero los defensores no parecen estar muy interesados en esto.

    En lo que sí parecen estar interesados es en seguir machacando sobre el conservadurismo teológico de Viganò y su relación con los medios de comunicación católicos conservadores, como si esto arrojara serias dudas sobre su credibilidad; en otras palabras, la clásica falacia ad hominem de “envenenar el pozo”. Estas acusaciones son o verdaderas o falsas, y las motivos de Viganò de lanzarlas son, por lo tanto, irrelevantes.

    Que este intento de “envenenar el pozo” es falaz es sólo uno de los problemas. El segundo, como ya he observado antes, es que el conservadurismo teológico de Viganò hace que sea menos probable, y no más probable, que esté mintiendo. El tercer problema es que la táctica ad hominem funciona en ambos sentidos. Los críticos de Viganò pueden, con no menos justicia, ser acusados de querer difamarle porque tienen una agenda teológica progresista que temen pueda ser amenazada si se debilita la posición del Papa Francisco, o se le lleva a la renuncia.

    Como decían los antiguos abogados, cuando los hechos y la ley están de tu parte, defiéndelos vehementemente; y cuando no lo están, chilla. Los críticos de Viganò, que chillan tanto pero que demuestran un extraño desinterés por los hechos (concretamente, por los documentos que Viganò nos ha dicho que miremos), dan más bien la impresión de creer que los hechos no están de su parte [de ellos].

    * * *

    Claro está que, por todo lo que he dicho, es posible que emerjan nuevas pruebas que nieguen las afirmaciones clave de Viganò. Es más plausible que se descubra que, si bien Viganò no está mintiendo, esté equivocado en ciertos detalles, o que su evidente pasión le ha llevado, inadvertidamente, a exagerar esa o aquella afirmación, o a exagerar su caso aquí o allá.

    Sin embargo, tal como están ahora las cosas, no parece muy probable que esté mintiendo, o que la visión general de su testimonio sea falsa. El mejor modo de hacer progresos y determinar dónde está la verdad es que se hagan públicos los documentos relevantes, y que las figuras clave que nombra Viganò respondan a sus acusaciones. El Papa podría ordenar que los documentos se hicieran públicos, podría responder a las acusaciones directas de Viganò y podría instar a los otros a hacer lo mismo. La pelota está ahora en su tejado.

    Publicado por Edward Feser en su blog. Traducción al español de Elena Faccia para InfoVaticana

    https://infovaticana.com/2018/09/11/los-indicios-de-que-vigano-dice-la-verdad/

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