Vicente Montesinos

El ex Arzobispo de La Plata, Monseñor Héctor Aguer, en el programa Claves para un Mundo Mejor, que se emite los sábados a las 9 por el canal 9 argentino, se refirió a la necesidad de construir “una democracia verdadera” desde lo que enseña el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Y advirtió que “si la vida de los ciudadanos elige placer libertario más que trabajo y generoso empeño social, si solo busca su propio bien, perece el bien común… Si como un conocido dirigente proclamó: con la democracia se come, se vive, se educa…falta mucho para que el pueblo alcance, en su conjunto, esos bienes”.

Consideró que se necesitan “menos discursos prodemocráticos y más democracia en serio. Esto vale para los políticos ciertamente (lo de los cuadernos no lo voy a tocar ahora) pero vale también para nosotros, para cada uno de los ciudadanos. Nosotros no cumplimos simplemente nuestro deber como ciudadanos cuando vamos cada dos años a poner una boletita en la urna, con nombres que no conocemos, con gente que sostiene principios que tampoco conocemos. La democracia se vive si uno cumple sus deberes y reclama sus derechos”.

El prelado recordó que “la democracia suele ser definida como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Y se le añaden adjetivos, y nosotros estamos acostumbrados a hablar, en los últimos años, de la democracia recuperada. Es decir el retorno a un régimen democrático, después de aquella doble tragedia del siglo pasado, en los años ´70 y a principios de los ´80, que fue la irrupción de la guerrilla, con el propósito de instituir acá un estado marxista; y luego la dictadura militar, con los excesos que conocemos. Se restauró la democracia; una vez concluida la guerra interna, desencadenada por múltiples demonios, una legión. Se recuperó la democracia. Yo diría, con perdón, ma non tropo, no demasiado, porque queda mucho por recuperar todavía. En lugar de eso, yo diría, tenemos que lograr una verdadera democracia, llegar a una verdadera democracia”.

También leyó el punto 406 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, donde se explica lo que se considera “una verdadera democracia” y donde se señala que “una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la “subjetividad” de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad… Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son confiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos”.

Es lo que está pasando aquí. En nuestra deshilachada Argentina se ha perdido el sentido de los valores humanos; se habla de derechos que no tienen deberes correspondientes.

En los últimos 35 años el daño está a la vista: caída continua de la vida económica, devastación del mundo laboral, impunidad de los políticos indignos y ladrones; uso perverso e ideológico de temas de lesa humanidad, caída abrupta de las costumbres sociales.

Tales los frutos de la democracia recuperada. No se trata de perderla sino de hacer una nueva, con gente nueva, sin los eternos funcionarios atornillados a sus puestos”.

Desde el texto leído, Monseñor  Aguer indicó: “Observen que así, nosotros los católicos, en todo caso, no somos confiables democráticamente, dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, porque sostenemos que existe una verdad objetiva y que esa verdad objetiva está sostenida por esa verdad suprema que es Dios. La cuestión de Dios es insoslayable en una auténtica democracia. Si Dios no existe, todo está permitido, decía Jean Paul Sartre. Pero en el preámbulo de nuestra Constitución histórica se apela todavía a Dios, fuente de toda razón y justicia: de esa fuente ha de brotar la razón y la justicia que encaminen el presente y el futuro de la Nación Argentina. Razón, verdad, no mentira; justicia, no rencor ni venganza”.

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