Pater Christian Viña

Homilía del padre Christian Viña, en la Misa del Domingo XVII del tiempo durante el año, en sufragio de los sacerdotes de la colectividad eslovena, padre Matías Borstnar, a un mes de su fallecimiento; y padre Luis Kukovica, a cinco años de su partida. (Hogar Rožman, San Justo, 29 de julio de 2018).

Lecturas: 2 Re. 4, 42-44.

Sal: 144, 10-11. 15-16. 17-18 (R: cf. 16).

Ef 4, 1 – 6.

Jn 6, 1 – 15.

Jesús, Pan vivo bajado del Cielo (Jn 6, 51), en esta multiplicación de los panes –con la que comienza el bello discurso eucarístico del capítulo 6, del Evangelio de San Juan-, realiza uno de los milagros más famosos de su vida pública. Y, por cierto, comienza a elevarnos hacia el mayor de todos los milagros: la transubstanciación del pan y el vino, que en cada Santa Misa, pasan a ser el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Señor.

Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos (Jn 6, 4), y el Señor empezaba a anunciar su propia Pascua. Ese misterio que se actualiza cada vez que celebramos la Eucaristía. Conviene recordar, al respecto, que todos los milagros en Jesús no tienen como fin último solucionar problemas materiales y espirituales concretos, a todo el mundo. De hecho no curó a todos los enfermos de su época, ni les dio de comer a todos los hambrientos, ni resucitó a todos los muertos. Esos signos que realizó –ciertamente conmovido ante toda miseria humana- fueron el medio para señalar nuestro destino último, el Cielo; al que debemos llegar, con la gracia de Dios, plenamente limpios y sanos.

Lo cierto es que, con el estómago lleno, y al ver incluso lo que había sobrado (Jn 6, 12 – 13), la gente decía: “Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo” (Jn 6, 14). Y concluye el pasaje enfatizando que Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña (Jn 6, 15). No quisieron reconocerlo como Rey de Reyes, autor y consumador de nuestra fe (Heb 12, 2), y Dueño del Reino eterno. Quisieron apoderarse de él no para que reinara en sus vidas, sino para que fuera su sirviente y les diera solo cosas materiales. Poco cambiaron las cosas dos mil años después: ¿cuántos se acercan a Jesús solo para pedirle cosas, y no básicamente para adorarlo? ¡Qué sabias fueron aquellas palabras del entonces Cardenal Ratzinger: El pan es importante, pero más importante es la libertad, y muchísimo más importante es la Adoración!

El pan material está, entonces, al servicio de la Eucaristía. Como peregrinos, debemos comer para estar vivos, y en camino; y alimentarnos con la comunión en el Santo Sacrificio de la Misa. Porque ese es el verdadero alimento que debemos buscar, aquí, en la Tierra. La prenda, el anticipo del manjar del Cielo. Un pan sin Eucaristía solo nos puede abandonar en las cosas terrenas. Porque, como advierte San Pablo, sin fe en la resurrección final, sin fe en la vida eterna, sin fe en lo que viene después de este mundo que pasa (Rm 12, 2), solo nos resta comer y beber que mañana moriremos (1 Cor 15, 32).

En la primera lectura, lejano anuncio del Evangelio, escuchamos cómo el profeta Eliseo dio la orden de alimentar con pan a los cien hombres hambrientos, en Gilgal. Porque, en efecto, el Señor dijo por su intermedio, comerán y sobrará (2 Rey 4, 43). El Dios de la abundancia es fuente inagotable de vida. Por eso, todos los hambrientos de Él son colmados, sin medida.

En la antífona del salmo, como nuestra respuesta a dicho pasaje del Antiguo Testamento, repetimos: Abres tu mano, Señor y nos sacias con tus bienes. Y del salmista escuchamos esta magnífica alabanza: Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das la comida a su tiempo (Sal 144, 15). El autor de todo bien está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad (Sal 144, 18). Gracias a Dios, solo Él conoce la medida y el tiempo de la comida. ¡Qué distinto sería el mundo si, en vez de atragantarse con los placeres de la carne, buscase el alimento que perdura hasta la vida eterna!

Con su clásico fervor, San Pablo, en el pasaje de la carta a los Efesios, enfatiza que tenemos un solo cuerpo, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Ef 4, 4-6). En efecto, el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, vive de la Eucaristía. Ella hace a la Iglesia y ella se hace en la Iglesia. El Concilio Vaticano II la definió como fuente y culmen de toda la vida cristiana (Lumen Gentium, 11); o sea, de la que todo parte y a la que todo se encamina.

Nunca la Iglesia es más Iglesia que cuando celebra la Eucaristía. En cada Misa, como sabemos, se actualiza, se trae al presente el Santo Sacrificio de la Cruz; se derraman con abundancia los efectos de la Redención. Lo mismo que ocurrió, con efusión de sangre, hace dos mil años, en Jerusalén, hoy ocurre de manera incruenta, sacramentalmente, en millones de altares de todo mundo, gracias a los sacerdotes que actúan in persona Christi capitis, en la persona de Cristo cabeza.

Hoy ofrecemos esta Santa Misa en sufragio de las almas de dos queridos hermanos sacerdotes, que disfrutaron intensamente del manjar de Jesús Eucaristía: el padre Matías Borstnar (a un mes de su fallecimiento), y el padre Luis Kukovica, a cinco años de su partida. Me unió, con ellos, una gran amistad: primero, como hijo espiritual; y, luego, como hermanos en el presbiterio.

Conocí al padre Luis Kukovica hace 28 años, cuando él vivía en la residencia Regina Martyrum, de los jesuitas, en el barrio del Congreso. Me impresionó, de entrada, su silencio, su sencillez, y su mirada penetrante y honda, para ver mucho más allá de cada acontecimiento. Yo, por aquel entonces, era laico; trabajaba en la televisión como periodista, y muy lejos estaba aún de ingresar al Seminario. Como ambos teníamos de común amigo al querido padre Alfredo Sáenz, llegaba hacia ellos una y otra vez en busca de explicaciones a ciertas noticias. Recuerdo, por ejemplo, los reportajes que le hice al padre Luis sobre las sectas; tema sobre el que, incluso, hizo algunas publicaciones. Y, también, sobre el Derecho Canónico, del que era especialista. Sabía que estaba muy ocupado; y me asombraba, igualmente, cómo los fines de semana iba a dar una mano, a la parroquia Nuestra Señora de Luján, de Longchamps; en la que estaban el padre Mirko Grbec, y otros sacerdotes de la colectividad.

El padre Kukovica se emocionó muchísimo cuando le dije que iba a entrar al Seminario. Y, cada vez que me veía, me alentaba vivamente, con su reconocida pulcritud y afabilidad. Llegó a verme Sacerdote y concelebró, conmigo, en la Primera Misa que, para la colectividad eslovena, celebré el Domingo 30 de diciembre de 2012, en la Catedral de San Justo. Ya él estaba con delicados problemas de salud, y perdía la memoria con frecuencia. Fue imborrable, para mí, aquel encuentro previo que tuvimos en la sacristía del templo. Conmovido, no dejaba de repetir: ¡Christian, Sacerdote! ¡Christian, Sacerdote! Años de confesiones, de Dirección Espiritual y de un sinfín de apostolados compartidos, tuvieron en esos momentos un inolvidable broche.

Al padre Matías lo conocí en las peregrinaciones que junto a Berto Malovrh, y otros paisanos de la colectividad, realizamos desde el 2001 hacia el Santuario de Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás. Él era todavía párroco de San Nicolás de Bari, en San Justo; pero, como buen sacerdote mariano, iba con nosotros todas las veces que podía. Realizaba, por supuesto, un gran sacrificio; ya que por lo general viajábamos a la madrugada, y regresábamos a primera hora de la mañana. Él, sin dormir, volvía a ponerse a disposición de su feligresía.

Ya en el camino a San Nicolás, iba confesando en los micros, o en las camionetas. Y, cuando llegaba al Santuario, pasaba horas en el Confesonario. Todo lo hacía con un fervor sacerdotal admirable. Recuerdo haberlo visitado, cuando estuvo gravemente enfermo, en el hospital San Juan de Dios, de Ramos Mejía. Había colocado frente a su cama la imagen de la Virgen de San Nicolás. Dios quiso, también, que ella lo acompañase, en sus días finales, con esta imagen peregrina, de paso en esta capilla.

Me alentó vehementemente en mi camino al Sacerdocio. Y tuve el honor de que concelebrara en mi Ordenación. La última vez que vine a verlo, hace unos meses, intuí que era la despedida. Le pedí, solamente, que siguiera hasta el fin celebrando en este Hogar la Santa Misa; confesando y administrando la Unción de los Enfermos. Y así lo hizo. Murió, como el padre Kukovica, con la estola puesta.

En las cosas de Dios no hay coincidencia sino Providencia. El padre Borstnar murió el 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo; y el padre Kukovica, el 31 de julio, fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de su amada Compañía de Jesús. Dos fechas importantísimas para la Iglesia. ¡Que ellos intercedan, en el Cielo, por esta Santa Madre Iglesia que tanto amamos y que, por eso, tanto nos duele! Y que sean, también para nosotros, sacerdotes, verdaderos modelos de coherencia y perseverancia, para la mayor gloria de Dios…

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