Johannes Wolf

 

 

 

El trece de octubre echa a andar el Concilio con su Primera Comisión General en la que se iban a elegir a los representantes en las diez Comisiones encargadas de estudiar los esquemas que había elaborado la Comisión Preparatoria, que había hecho bien sus trabajos: es de justicia decirlo.

El problema fue que no sólo ella había trabajado bien. A destajo -¡deprisa, deprisa, que se les echaba encima el Concilio!-, se habían ido reuniendo y planificando, en otra “comisión” muy distinta, una serie de prebostes -obispos, teólogos y familias religiosas- hispanoamericanos -en especial, brasileños- y europeos -franceses y belgas especialmente; más algún alemán y algún otro del Este europeo- que, ya en el mismo momento de echar a andar, efectuaron una auténtica “voladura” en la misma línea de flotación del Concilio.

Era lo que se vino a llamar el “Grupo de la Domus Mariae” -aunque ellos no se llamaron así; preferían, por ejemplo, el nombre de “Grupo Ecuménico” entre otros-, que además aglutinó, en los meses anteriores inmediatos al Concilio, a otras iniciativas ideológicas -con un marcado interés de romper la Iglesia desde dentro-, ya existentes y actuantes desde unos pocos años antes.

Ahí estaban el obispo brasileño Helder Cámara como primer eslabón de la cadena, el card. Suenens su otro yo, que cerraba la pinza en Europa: ambos formarían el tándem, oculto pero necesario, para dinamitar la Asamblea Conciliar; el card. Spellman, arzobispo de Nueva York, que llevaba tiempo poniendo los dólares para montar y sostener el Centro Internacional de Documentación, con sede en Cuernavaca; mons. Larrain, obispo de Talca (Chile) y desde 1963 Presidente del CELAM; el obispo de Cuernavaca Sergio Méndez Arceo, protector del p. Ivan Illich que fue la cabeza pensante y organizativa del antes citado Centro de Documentación (CIDOC), que tanto influyó en estos ambientes progresistas y subversivos; y otros más, como Liénart, Suenes, Döpfner, y Köning, sin olvidarnos de Montini. Uno de estos escribió en su diario que Mntini sería el futuro Papa: lo tenían todo previsto. Y lo consiguieron.

Entre los “teólogos”, “peritos” y “ayudantes a título personal” estaban -como no podía ser de otra manera-: el p. Congar, Daniélou, de Lubac, Häring, Küng, Rahner, Schillebeeckx -que ya había pretendido cargarse públicamente la teología de Santo Tomás-, todos ellos sospechosos de heterodoxia ya antes del concilio, con Pio XII, sin ir más lejos. Con el tiempo, unos acabaron mejor que otros.

Pero todos -cada uno en su papel y desde su sitio-, todos tuvieron una gran influencia, tanto durante el concilio, como después. Como detalle: en el CV I los teólogos no habían tenido ningún papel; fue como si no hubiesen existido, o como si ahí no estuviese su sitio o su función. Pero la historia es la que es. Y por eso la contamos.

Y llegó el 13 de octubre de 1962, día esperado y, a la vez, temido: porque mucha gente buena estaba que echaba las muelas con lo del Concilio. El orden del día, sobre el papel, estaba claro: la elección de representantes. Pero era lo único que “parecía” claro. Lo que la buena gente, empezando por el card. Tisserant y por el card. Octaviani -pesos pesados de la Iglesia de siempre- no podían haber previsto, es lo que pasó nada más iniciarse la sesión.

Se levantó -estaba previsto así por los “malos”- el card. Aquille Liénart, obispo de Lille, tomó el micro, y largó que no se podía votar sin conocerse entre ellos, por lo que urgía consultar a las conferencias episcopales de los distintos países. El card. Frings, que dijo hablar también por los card. Döpfner y Köning, apoyó la propuesta. Tisserant no tuvo más remedio que cerrar la sesión y afirmar que se comunicaría al Santo Padre lo ocurrido.

No solo se cargaron el reglamento, sino que se llevaron el gato al agua. El card. Suenens afirmará en su Recuerdos y esperanza, que Juan XXIII se puso muy contento. La “guerra” había comenzado.

La progresía eclesial era una minoría, pero ganaron. Casi diría que arrasaron, más cuanto más avanzaba el Concilio. ¿Por qué? Por varias razones, acumulables:

 

. eran minoría, sí; pero estaban organizados y tenían los medios: dinero, prensa y el “fuego interior” de los “revolucionarios”; además de las “artes” -inmorales- de los conspiradores: porque lo fueron;

. también intentaron organizarse después los “buenos”, y lo hicieron; pero, aunque no lo sabían, llegaban tarde, iban siempre por detrás y no podían usar los mismos métodos que los “malos”: pensaban que estos últimos eran, por decirlo así, “honrados”; pero los “malos”, por definición, nunca lo son;

. el papa Juan XXIII aún sin decirlo o “creerlo” abiertamente estaba “por la labor”; de hecho, en alguna ocasión, aún habiendo perdido los “malos” las votaciones, a la postre les dio la razón, desautorizando la votación de la mayoría;

. la inmensa mayoría, aún no estando de acuerdo en su interior con las “malas” propuestas antirromanas, antilatinas, antimagisterio y antitradición, estaban callados, como espectadores ante los dos campos bien asentados y, a la hora de la verdad, muchos votaban por las “novedades”, creyendo -así se lo hicieron creer, y les ayudaron bastante- que el “espíritu del Concilio” y el “espíritu de los tiempos”, cuando no el mismo Espíritu Santo, estaban detrás de las “reformas”;

. por parte de los “malos”, se despreció la teología y el Magisterio, se invocó “la apertura al mundo y a los hombres”, todo había de ser “nuevo” -desde la misma Iglesia Católica- porque lo viejo había pasado, y ya no era posible seguir considerando las cosas desde Dios a los hombres -esa es la Revelación- sino desde los hombres a Dios;

. yo todos los “tópicos” cuajaron: la “iglesia de los pobres”, hasta convertirse en una “opción preferencial”, además del compromiso social y político y del compromiso con el mundo; alejarse de los “espiritualismos”, de los “paternalismos” y de Santo Tomás, que era como nombrarles la “bicha”; abandono de las prácticas de piedad tradicionales de la vida de los fieles, huir de la frecuencia de los Sacramentos para la vida cristiana, que calificaban de “sacramentalismo”; dejarse de la “liturgia romana” e introducir las lenguas vernáculas -que cada Conferencia episcopal debía elaborar- para poner al alcance de todos los contenidos litúrgicos; alejarse -los sacerdotes y religiosos- de los “signos externos” que “separan” del pueblo; “comunidades de base” como expresión de la fe y la religión del pueblo: ¡no a la Iglesia jerárquica, sí a la Iglesia carismática!; “desmitificar las Verdades de Fe, empezando por desmitificar al mismo Jesucristo”…

 

 

Y así todo. Y ganaron. Y se ha descristianizado al personal, a las enteras sociedades…, pretendiendo que “la doctrina no se toca”, y que todo sigue igual.

 

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