Johannes Wolf

 

 

 

 

El 13 de octubre de 1962 echó a andar la 1ª Sesión del CV II. Pero dos días antes, Juan XXIII había presidido la ceremonia de apertura que dejó realmente impresionados a los millones de personas que, en todo el mundo, siguieron el evento. Fue todo un espectáculo -realmente único por su grandiosidad y por ser la primera vez que se hacía visible ante el mundo-, en el que la Universalidad de la Iglesia se reflejó con verdadera autenticidad, lo mismo que su carácter Jerárquico: no podía ser de otra manera. Como detalle, sólo el cortejo era de casi cuatro kilómetros.

Una vez instalados todos los participantes en la basílica de san Pedro, y como estaba previsto, Juan XXIII pronunció el discurso inaugural -en latín-: Gaudet Mater Ecclesia. En él se definían las “nuevas” relaciones entre la Iglesia y el mundo, teniendo como nota destacadísima del gran suceso un optimismo desbordante y desbordado. Afirmaba: ”Iluminada la Iglesia por la luz de este Concilio crecerá en espirituales riquezas y, al sacar de ellas fuerza para nuevas energías, mirará intrépida a lo futuro. En efecto, con oportunas `actualizaciones´ y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales”.

Era un desiderátum sin fundamento alguno: ni eclesial, ni moral, ni siquiera intelectual; era la expresión del “iluminismo” al que el mismo Juan XXIII “se agarró” para poner en marcha el propio concilio. Él mismo explicó que lo había concebido en “la mente, como de improviso”.

Y digo “desiderátum” porque, a la vuelta de cincuenta y seis años, bien se ve que nada de esto se ha cumplido. Al contrario: el paisaje desolado -arrasado- de países enteros, católicos de primera hora, en que se ha convertido el primer mundo, es la prueba palpable.

Además, da la impresión de que, con este discurso, se inaugura en la Iglesia ese buenismo que, a imitación y ejemplo del buenismo político, ha renunciado hasta al pensamiento, en su más genuina expresión. Y que, en la Iglesia Católica, está perfectamente vigente y al día.

Eso sí: a los que ponían en duda este “espíritu” -mezcla de optimismo en el futuro con el necesario dejar de lado lo que se posee “en depósito” y, por tanto, no se puede disponer porque no se es dueño-, no dudaba en descalificarlos con palabras más bien “gruesas”: “En el cotidiano ejercicio de nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, (…) no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina” (…). Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos (…).

Para volver enseguida al optimismo inmoderado: En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres, pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aún las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia”.

Así se siguen expresando todos los “forofos” de la “nueva pastoral y de la nueva iglesia”, aparte los “fideístas”, que también existen. El “iluminismo” seguía presente en el discurso papal con esa alusión a la Providencia que todo lo remedia, hasta los males. El problema es que la Providencia, “que hace de los males bienes, y de los grandes males grandes bienes”, como decía san Josemaría, con eso no está beatificando ni los males ni a los malos: los males son males, y los malos son malos; a los que Él pedirá cuenta. Más a quien más ha dado, como explica Jesús mismo.

A partir de aquí, en esa alocución se van sucediendo –“una de cal y otra de arena”, como se dice en castellano- una serie de dualidades enfrentadas, porque no podían no estarlo: una cosa ni casa ni puede casar con su contraria.

De una parte, la misión principal del Concilio -proseguía el Papa- es “transmitir pura e íntegra, sin atenuaciones ni deformaciones, la doctrina que, durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres, patrimonio que, si no ha sido recibido de buen grado por todos, constituye una riqueza abierta a todos los hombres de buena voluntad”. El patrimonio de la Iglesia no es patrimonio de los hombres: “riqueza abierta” desde la Iglesia hacia los hombres, sí. Pero… , vuelve al contraste contradictorio:

“Nuestro deber no es sólo estudiar ese precioso tesoro, como si únicamente nos preocupara su antigüedad (…) La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos (…).

>Para eso no era necesario un Concilio. Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero espera que se de un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina [¿dónde estaba, en qué gentes, ese “espíritu cristiano y católico” que, para más y mejores señas, esperaba “anhelante esa penetración doctrinal y esa formación de las conciencias en perfecta correspondencia con la auténtica doctrina”? Desde luego: si existía, cosa más que dudosa, desapareció tras el concilio. ¿Se lo cargaría entonces el concilio?], estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno. Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del `depositum fidei´, y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse en cuenta -con paciencia, si necesario fuese- ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral”.

Sí a la sustancia, no a la formulación que llevaba casi cinco siglos vigente, desde Trento; y con éxito, todo hay que decirlo, especialmente si lo comparamos con lo que ha llegado después. Pero, como se ha visto y sufrido, si se cambia el lenguaje se cambia, necesariamente, el contenido. Bien claro lo había tenido la Jerarquía durante más de dos milenios de historia más que fecunda.

Por el contrario, hoy, la doctrina católica en la propia Iglesia tiene un peso irrelevante, residual, meramente “histórico” o “presencial”: algo así como los monumentos megalíticos de la antigüedad. Y ahí están, para demostrarlo, las “pastorales” enfrentadas de obispos contra obispos, teólogos contra obispos, laicos contra su jerarquía, obispos y cardenales contra el Papa, etc.

Porque, además, la nueva pastoral, la “nueva actitud pastoral” -de auténtica “madre”- la que Juan XXIII anunciaba a bombo y platillo -en la Basílica Vaticana, ante los representantes de toda la Iglesia, y ante los medios de comunicación del mundo mundial: con más solemnidad imposible-, ya se iba a encargar de que así fuese. Por cierto, es en la que estamos. Y a toda caña.

“En nuestro tiempo, (…) la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas. [De este modo], la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de Ella”. Esta fue, en concreto, la actitud -tomada a conciencia- por Pablo VI, su sucesor en la Sede de Pedro, y lo que esa actitud engendró.

Quedaba, pues, patente que no se iba a condenar a nada ni a nadie, como no se iban a formular o definir nuevos dogmas: la Iglesia iba a “adaptar” su lenguaje a los nuevos tiempos, pretendidamente dentro de la enseñanza perenne: era el famoso “aggiornamento” que tanto dio de sí. Y no para bien, precisamente, dada la trayectoria intencional e histórica del proyecto. Aggiornamento, que se entendía como el rejuvenecimiento de la vida cristiana y de la Iglesia, volcada en la búsqueda de una renovada inculturación del mensaje cristiano en las nuevas culturas.

Como ejemplo “de libro”, y para no liarnos con doctrinas, se suprimió de un plumazo los catecismos que eran el primer pilar de la cristianización. El intento -a la contra- del Catecismo Holandés trajo el desbarajuste que trajo: Holanda estuvo en un tris del cisma con Roma.

Hoy se experimenta con brutal crudeza lo que ha dado de sí tanto “buenismo”. Se ha cumplido al pie de la letra -tajantemente- que la pretendida “sacralización” del mundo y del hombre se ha hecho -como no podía por menos- a costa de la “desacralización” de la misma Iglesia: de la secularización de la Iglesia, y de la pérdida de la identidad cristiana de gentes y países.

A la Iglesia Católica le ha pasado lo que a la persona: el hombre, para “divinizarse”, necesita vaciarse de sí mismo, como explica sin subterfugios san Juan bautista: Conviene que Él crezca y que yo disminuya. La mente de la modernidad es el contrario: que crezca el hombre -hasta reventar de orgullo- a costa de “matar” a Dios. No hay más caminos.

Es lo que ha pasado: la Iglesia no podía “abajarse” hacia el mundo -ponerse a su nivel- más que a costa de renunciar a su doctrina, a sus Sacramentos, a Cristo, a Dios. La Iglesia Católica estaba hecha para SALVAR al mundo: así lo “sacralizaba” -lo convertía en ocasión de encuentro con Dios, tanto para las personas como para las culturas-, es más, lo “divinizaba” y lo “santificaba” sin perder lo que de sagrado tenía Ella: su verdadera especificidad. Porque la Iglesia Católica es SANTA.

Pero ya iremos viendo, con calma, lo que pasó desde la Primera Sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II.

 

 

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