Vicente Montesinos

 

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Me escriben muchos hermanos, desde todos los rincones del planeta. Prácticamente todos, con unos matices u otros, con la personalidad y la espiritualidad de cada uno que es diferente; y con la exclusividad con que Dios hace a cada una de sus criaturas, vienen a demandar un tema común: un ansia de luchar por esta Iglesia de Cristo, tan atribulada; y una necesidad de compartir misión, vida y oración en esta ardua tarea que nos ha tocado vivir. Ardua, pero preciosa. Como toda la que lleva a Cristo.

No entienden… Como yo… Se duelen… Como yo… Sufren… Como yo… Rezan… Como yo… Caen… Como yo… Se levantan… Como yo… Y al final se abandonan en Dios para seguir, como inútiles instrumentos en sus manos, dando la batalla por Cristo y por Su Santa Madre Iglesia en estos tiempos negros… Como yo…

Ahí están esos hermanos filipinos, esos buenos amigos chilenos o argentinos, esos queridos navarricos que sobrellevan mi lucha de forma compartida con algo más que una amistad, desde Mateo el calvo, hasta los del RP30; esos apóstoles de Cristo de los 4 puntos cardinales de mi España, esos ciudadanos romanos… o en Roma…; tanto hermano de otras latitudes de Latinoamérica (Colombia, Bolivia, Costa Rica, Puerto Rico, Brasil, Perú, Honduras…). Esa colonia londinense; ese frente de París; o esa avanzadilla polaca… Esa hermana de Toledo (adelante con Nuestra Santa Madre de los Dolores)… Aquella del Bajo Cauca Antioqueño (vamos, hermanita…) Y tantos y tantos otros hermanos y hermanas… Ahí están esos queridos padres en América, en Europa y en África… Esos Legionarios de Cristo valientes… Esos miembros de la Prelatura de la Santa Cruz que sobreviven… Algunos heróicos diocesanos…

Muchos… Muchos hermanos en la Fe… A pesar de que somos pocos… Somos muchos…

Quisiera abrazarlos a todos cada día, y darles, desde mi corazón, muchas veces, un consuelo que yo no tengo, pero que delego en Cristo Nuestro Señor… Él tiene consuelo, lucha y fuerza para todos. Para vosotros y para mí.

Por eso hoy solo quiero deciros, hermanos:

Es ahora que deberemos mostrar nuestro mayor amor a nuestro Divino Creador. Ser almas para Dios, ser de Él y dejarnos tomar.

Es nuestra hora; la hora de los enamorados del Señor… de aquellos que saben hacerse violencia.

La hora de los abandonados y abonados del amor.

¿Nosotros? ¿Quebrantados? ¿Nosotros? ¿Del montón? ¡¡¡El Cielo!!!!!! ¡¡Amigos!! Pensemos en lugar tan elevado y no nos establezcamos en esta tierra ruin.

María está con nosotros y en nosotros. ¡No estamos solos!

¡Desapartémonos de nosotros mismos y demos cara nuestra vida en Cristo!

Y no nos dejemos avasallar ni mancillar por el demonio.

Somos hijos del Altísimo, que por nosotros pagó un alto precio. Y no estamos en remate, ni mucho menos perdidos…

No nos dejemos llevar por nuestras emociones, nuestros sentidos… ¡Despertémolos!

¡ Y que nuestra alma entre en funciones! ¡Activemos en nosotros esa espiritualidad de hierro, de amor, de esperanza, de Lucha!

¡Y HAGAMOS LO DEBIDO! ¡El cielo! ¡El cielo, amigos!

¡NO HAY SUFRIMIENTO QUE NO VALGA LA VIDA VIVIR POR TAN ELEVADA META! ¡EL CIELO! ¡Donde Cristo Rey nos espera!

Y porque HASTA EL CIELO NO PARAMOS, que Dios os bendiga a todos, mis queridos hermanos… ¡Y a seguir!

 

 

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