En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.

Son los niños inocentes, frágiles, que necesitan de los adultos, que creen y confían, que se entregan sin medida y sin cálculos de ninguna clase, los preferidos de Dios. Han de ser ellos nuestro referente y hemos de ser como ellos para entender a Dios. 

Porque mucho de lo que vamos creando, de lo que vamos haciendo imprescindible, de aquello que nos atrae y esclaviza, no son nada más que quimeras, que solo tiene el objeto de alejarnos de Dios. 

Hemos armado todo un tinglado, cuando lo que realmente necesitamos es muy poco, los niños lo saben: amor. Y, sin embargo, cada vez invadimos y pervertimos más su mundo, acortando la infancia, como si en su pronta participación en el mundo de los adultos estuviera su perfección. ¡Nada más alejado de la realidad! ¡Eso es lo que hoy nos revela el Señor! ¡Tenemos que cambiar! 

Porque si lo más importante es alcanzar a Dios, ellos son los que están más cerca.

                                        Vicente Montesinos

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