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Estimados hermanos: entre mañana y pasado, días 1 y 2 de noviembre; gozaremos de la gracia de celebrar dos importantes conmemoraciones; la de todos los Santos; en la que homenajeamos a aquellos que nos han precedido e inspirado desde su santidad, guiándonos e intercediendo por nosotros (qué regalo para la Iglesia el de nuestros santos), y la de los Fieles Difuntos, donde recordamos a los hermanos que nos precedieron en el paso a la otra vida; y para quienes pedimos y deseamos la gracia de la salvación eterna, para lo que cuentan con nuestras oraciones (de ahí que este mes sea dedicado a las Almas del Purgatorio).

Hemos de ser capaces de dar a estos momentos la trascendencia que poseen; y no sucumbir de ninguna manera a todo ese cúmulo de inventos paganos que en los últimos tiempos han arrinconado el sentido de nuestras devotas celebraciones.

Ese tipo de invenciones de contenido nada gratificante ni piadoso, como el desgraciadamente famoso Halloween poco bueno aportan (por no decir todo lo contrario; y ya me gustaría poderme extender sobre el origen y connotaciones de esta fiesta, baste decir ahora que lo que no es de Dios, está contra Dios…);  y sobre todo, nos afectan especialmente cuando somos los propios católicos los que sucumbimos a ellas.

Y es que es realmente desolador observar como los niños de hoy son animados por sus propios padres y educadores, muchas veces de colegios cristianos; a festejar este tipo de cosas; sobre todo cuando no han odio hablar jamás de este o aquel santo, los verdaderos modelos para los cristianos, cuando no del mismo Jesucristo Nuestro Señor.

Es un riesgo, sí, el que nuestras tradiciones cristianas, tan beneficiosas como la devoción a los santos y el recuerdo a los difuntos, sean sustituidas por estos ritos paganos. Pero aún más riesgo es jugar con fuego. ¿Sabéis lo que le pasa al que juega con fuego, no? Pues eso.

La festividad de Todos los Santos, celebra la santidad de Dios en los santos, que es como poner en valor el programa de vida presentado por Jesús a todos los que le quieran seguir. Y en los Fieles difuntos recordamos en la oración a nuestros muertos pidiendo para ellos la vida eterna.

Se trata pues de unas fiestas que estimulan a la vida, y no a la muerte. Ese es su sentido. Es necesario que los niños descubran el valor de la vida y de la bondad, y no que fomentemos la muerte por medio de pretendidas inocentes diversiones. Que de inocentes no tienen nada, por cierto.

Seamos valientes pues y actuemos en conciencia, con la ayuda del Señor. Así sea.

 

Vicente Montesinos

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