¿SACERDOTES PROFESIONALES O SACERDOTES ARDIENTES? Por Alex Holgado.

La identidad católica exige épica y celo apostólico a sus pastores

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Carta a los sacerdotes

 

 

 

 

Álex Holgado

Adoración y Liberación

 

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Hay algo de lo que no se dan cuenta los sacerdotes que no están cómodos pero permanecen soldados a la herrumbre de la falsa iglesia bergoprevostiana: el valor radical y decisivo de la verdad, identidad nuclear del catolicismo.

En su fuero interno estos sacerdotes saben que les han mudado la Iglesia, que desde la irrupción de Bergoglio ya no es la misma, que han alterado sus fundamentos. Saben incluso que se ha iniciado un auténtico proceso de demolición y sustitución por otra cosa y que se trata de un atentado que lleva la marca inconfundible del Enemigo.

Lo saben, son conocedores del alcance de este ataque preternatural -por otra parte anunciado en varias profecías auténticas-, pero no son capaces de reaccionar y dar una respuesta concreta a la altura del desafío. Quizás llevan ya demasiado tiempo contemporizando y se han adaptado a las circunstancias, callando y obedeciendo por respetos humanos, disimulándolos como cristiana fidelidad.

Tal vez transfieren toda responsabilidad personal a esa victoria universal que ellos entrevén medio borrosa y difuminada del Señor al final de los tiempos. Es posible que se hayan acostumbrado a la simple supervivencia en las rutinas y la monotonía de una existencia hipócrita en la cual la dimensión sobrenatural no interfiere en la provisión cotidiana de las lentejas. Ya no creen en la justificación personal mediante la cooperación con la gracia.

Les falta, porque ya no la creen posible, la épica de la catolicidad. Para estos sacerdotes no pasa de ser una fábula infantil lo que debiera estar en la base de su vocación. ¿O no es acaso grandioso ser llamado por el Señor a dejarlo todo y seguirle?

No se dan cuenta de que el amargo desasosiego que experimentan no es sino los rescoldos entre las cenizas de aquella llamada de Dios. De que se trata del celo por la casa del Padre que los devora. Que existe una gravísima usurpación del trono petrino por fuerzas satánicas y por ende una ausencia de unidad visible de la Iglesia e imposibilidad de los sacramentos. Que esta abominación va más allá de Roma y sus burocracias y que contamina la universalidad de la vida eclesial, cada mínimo aliento.

No llegan a percibir que su llamado a la épica batalla por la liberación de la Esposa de Cristo se reduce, por su propia inconsistencia y cobardía, a una simple desavenencia terrena, algo parecido a un barato conflicto laboral.

Si se limitan a comentar en petit comité los desacuerdos con lo que les prescribe con mayor o menor ambigüedad su obispo; si su resistencia no pasa de citar lo menos posible al (falso) Papa en las homilías; si, como mucho, manifiestan su disconformidad con los documentos doctrinales y declaraciones a algunos compañeros tan gazmoños como ellos; si, en definitiva, no se levantan y señalan clara y públicamente al impostor y al cuerpo místico del Anticristo, su vocación y su misión se limitan a un simple pundonor profesional ante un disenso con la dirección de la empresa, a todo punto solucionable con una negociación privada.

Si niegan que está en acto la finisecular guerra entre el Bien y el Mal, entre las fuerzas de la luz y las huestes de las tinieblas, si renuncian a formar parte decisiva del ejército de la Mujer vestida de sol de ese permanente tiempo apocalíptico en el que se mueve la iglesia y sus hijos, se están destruyendo a sí mismos, se anulan, se aniquilan, sofocan lo mejor que les constituye. Si renuncian a su verdadera identidad de militantes de la grandiosa obra de la salvación, se convierten en tristes funcionarios de una estructura putrefacta que para nada sirve más que para ser arrojada a la calle y que la pisotee la gente.

Tenemos una sociedad voluntariamente imbuida en la niebla de la amoralidad, que es peor que la inmoralidad, porque el nihilismo no solo destruye el bien sino que, además, pretende imponer la idea de que ni siquiera existe. Lo inmoral ataca al bien, pero lo amoral niega hasta la posibilidad de bien. Es un órdago a la mayor, un delenda est Carthago, que asola y sala la moral y el principio de bien que la sustenta.

Hoy en día ser verdadero se ve tan disparatado como ser falso. Asumir la realidad, o simplemente pretender conocerla, es extremismo. Enfrentar el mal se considera un acto de soberbia, igual de reprobable o más que cometer un acto de maldad, que debe ser comprensible en sus motivos y por ello tolerado, pero nunca combatido. Por eso plantear siquiera un argumento que cuestione lo establecido por el consenso, sea este real o tramposo, ya es reprobable y merecedor de censura.

Así actúa la corrosiva ideología woke con sus enemigos. Pero es aún peor con los neutrales, a los que hace suyos por defecto y contamina por inercia. Porque el wokismo elige el terreno, dicta las normas y se reserva las ventajas y hasta las trampas. Juega la carta del victimismo. Y el “neutral” tenderá siempre a acoger a la supuesta víctima, cuya debilidad argumental aparece como si fuera resultado de una agresión, pues recordemos que, mientras lo artificial es melifluo, la realidad es consistente. Y quien esgrime la realidad se convierte en el agresor fascista que lanza piedras de realidad o de doctrina.

Por medio de esta sibilina esencia se extiende con facilidad el veneno woke en una sociedad panfeminizada como la nuestra, donde lo emotivo se absolutiza frente a lo racional y se penaliza de forma discrecional toda expresión de objetividad, que es expulsada del areópago mediático.

En el fondo de la persona que recela de quien rescata la verdad está el miedo. Miedo a toparse con la realidad, de la que viene huyendo toda su vida. Son personas domesticadas por el poder, convencidas de que son incapaces de conducir su existencia por sí mismas, que se sentirían huérfanas de permisos y asistencia, que viven emasculadas e ignorantes de que poseen las facultades y el talento necesarios para salir adelante en este mundo.

Magnifican el mundo, se lo representan inabarcable, inasumible, para justificar la pusilanimidad o la acedía que las paraliza. Y sobre todo se revuelven contra aquel que sale resuelto a la arena a librar la buena batalla de la vida con las armas de la verdad, el honor y la fe. ¿Cómo es posible tanta arrogancia, se dicen enrabietados de envidia? ¿Quién les autoriza a romper la paz de este cementerio que soy yo? ¿Por qué me ponen en evidencia, a mí que tanto he padecido para cavar mi madriguera y ahorrarme los evitables sufrimientos del error?

Dios nos ha creado libres, pero Satanás nos hace esclavos del miedo a la libertad. Nos infunde el terror a equivocarnos en nuestras elecciones y a sufrir con desmesura por sus consecuencias. Y esto, si no se domina depositando nuestra confianza en Dios, nos lleva a identificar los actos libres con manifestaciones de irresponsabilidad y a los héroes -¡a los santos y a los profetas enviados por el Señor!- con locos que merecen ser recluidos por el bien de todos.

Lo siento, padre cobardón, pero no existen fórmulas fijas que te aseguren acertar. Simplemente, hay que procurar tener la mirada limpia y abierta para acoger lo que viene de Dios y, al mismo tiempo, el corazón celoso y ardiente para que se abrase solo en la fidelidad a lo verdadero. Y lo verdadero es el Evangelio y la doctrina bimilenaria de la Iglesia, la identidad católica.

La mentira, cualquier mínima mentira; la tergiversación, cualquier mínima tergiversación; la contradicción, cualquier mínima contradicción; la rebaja, cualquier mínima rebaja, venga de donde venga, la profiera quien la profiera, aunque proceda de un supuesto ángel bajado del cielo, debe ser combatida con toda tu alma, debe ser rechazada por cada partícula de tu ser. Solo así serás libre, porque solo la Verdad te hace libre.

Y ahora te interpelo: ¿es verdad que con y desde Bergoglio Roma contradice a Roma? ¿es verdad que el (falso)Papa se ha vuelto altavoz de la falsedad, la herejía y la apostasía? ¿es verdad que la Iglesia ya no tiene eco de trascendencia sino de terrenalidad? ¿dónde están las palabras de vida eterna, dónde está Jesucristo, único Camino, Verdad y Vida, en esta iglesia falsa de nuevo paradigma?

Sabes las respuestas, las sabes y callas. Y con tu apocado proceder no solo te arriesgas tú, sino que pones en peligro de condenación eterna a la porción de la grey que te ha sido confiada por el Señor. No, no necesitamos profesionales del sacerdocio, necesitamos sacerdotes según el Corazón de Cristo, consagrados y entregados a la verdad del Evangelio y la verdadera Iglesia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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