Los benditos del fin de los tiempos ( Cap. IV) GONZALO RODRÍGUEZ
Álex Holgado
Adoración y Liberación

Se puso con los celtas de la Hispania prerromana y la tesis acabó escribiéndole a él. Se puso con la tradición y esta le hizo espiritual. Se puso con la espiritualidad y la verdad le ha esculpido ciclópeo y sabio.
Torreón Gonzalo, hidalguía Rodríguez, García numantino, viene al galope directo de la profundidad mágica de la Historia. La Toledo imperial y el Alcalá cervantino, el Regnum Hispaniae a peso, está en sus venas, corre por su alma. Y no se sabe si fue antes la tradición o si fue Gonzalo.
Discípulo de la sophia perennis del militar y filósofo Antonio Medrano, sobrio y pertrechado como Julius Evola, Gonzalo Rodríguez nos habla en las redes con el acento áspero de nuestra toponimia, pronunciando un temple ya casi perdido, y, al escucharlo, uno se retorna celtíbero, guerrero, héroe y raíz espiritual.
“No se puede hacer buena política –afirma- si no se hace antes buena arqueología y buena historia”. Es decir, una sociedad y un sujeto no funcionan si en ellos no se honra primero de todo a la verdad.
Más que una intuición, tiene Gonzalo una genealogía que le pone pie y fundamento a sus brillantes arengas a la contra de la modernidad que nos disloca, que nos emascula espiritualmente y que nos neurotiza porque atenta contra la verdad ontológica del ser humano.
¿Cómo se puede insistir, nos advierte, en seguir el mismo despeñadero si encabezamos la lista de países más consumidores de ansiolíticos? Se nos dibuja la sonrisa egina en el rostro de ojos sin pupila, rostro de panteón y de muerte rica pero muerte.
En él resuena un eco lejano que parece venir del genuino horizonte mesetario, de cuando los mandatos eran breves y secos para la formación de batalla, o susurrados al amanecer de una emboscada entre espigas y cambrones. De cuando las guerras íntimas contra el miedo, la debilidad y el deseo caprichoso.
“Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses”, nos promete oracularmente y nos aúlla en la helada estepa de estos tiempos demoníacos y dionisíacos que regresemos a la disciplina para poder matar al dragón interior con las flechas apolíneas de lo que debe ser y es, más que necesario, importante.
Y uno se ve parte de aquellos clanes que trashumaban en tiempos ovinos y se juraban lealtades bajo un firmamento encendido y metalúrgico. Y se ve en fratrías de plaza mayor en mediodías planos de sol o tras los portalones, deslizándose entre secretos pasadizos toledanos. Y se escucha uno en el lejano aullido del lobo, en el chisporreteo de la forja y en la brisa afilada de la espada.
Uno escucha y ve a Gonzalo Rodríguez y siente la sed y el sabor fuerte de las lenguas de la hoguera y el descampado del raso, donde los tatarabuelos se forjaban en la fragua y en el yunque de la ascesis para conquistar la areté y hacer de la vida un propósito y del propósito la vida. Uno lo escucha y tonifica los aflojados músculos del alma y se apresta, en el carro, a aferrar las bridas de cuero.
“La verdad os hará libres”, insiste como predicador del Cristo de siempre para romper el nudo gordiano del engaño de hoy que nos bisbea lo inverso, es decir, aquello luciferino de que es la libertad la que nos hará verdaderos. “No caigas en el samsara y la oscuridad del kaliyuga”, remacha Gonzalo sonriendo y atusándose la larga perilla entrecana del druida guerrero.
Y ese caballero con la mano en el pecho, quijotesco en el hablar, greco en la inspiración y el genio, parece difuminarse en los escarpes del Tajo, por donde discurre espoleado por los azudes el lomo del agua de las antiguas y lejanas sierras de nuestros ancestros, donde bebieran austeros verracos y sagrados leones alados.
Superviviente de Numancia, aquella primera España que escribiera Cervantes, torreón Gonzalo avanza entre tambores y picas por el hielo del protestantizado río Mosa, como el muchacho que carga la Inmaculada profesando el Salve Regina, confiado y ya victorioso, en el milagro de Empel que supone el regreso de los nuevos tercios de siempre.
Capítulos anteriores de esta serie:
- Capítulo 1:
- Capítulo 2:
Los benditos de los últimos tiempos (Cap. II) DON MINUTELLA, EL LEÓN DE LA FE APOSTÓLICA
- Capítulo 3:
Los benditos de los últimos tiempos (Cap. III) ANTONINI DE JIMÉNEZ, DE VOCACIÓN LIBRE

ACCEDE A LAS MEJORES LECTURAS CATÓLICAS PINCHANDO ESTA IMAGEN
ACCEDE AL NUEVO CATÁLOGO DE LA TIENDA AYL PINCHANDO ESTA IMAGEN


