¿ACEPTAR UNA MÍSTICA ESOTÉRICA AL GUSTO DE LA MODERNIDAD? (4). Por Alex Holgado.
Una visión crítica de los retiros de impacto de Emaús (IV)

Álex Holgado
Adoración y Liberación

Cualquier católico libre del virus modernista tiene claro que estamos inmersos en un tiempo apocalíptico. La Iglesia está sometida a una dura prueba en la que el instrumento clave es el cedazo y la pericia el conocimiento animado por el Espíritu Santo; pero el de verdad, no el sucedáneo.
La modernidad, decíamos en el anterior capítulo, tan focalizada en el ser humano y tan desenfocada de Dios, tiene la marca del binomio protestantismo-masonería y contra este batalló la Iglesia desde el principio con las armas del Concilio de Trento y la Contrarreforma.
Y la sesión XXV de tan decisivo Concilio recondujo el asunto de la representatividad icónica, puesta en grave crisis por el luteranismo, mediante la formulación del principio de la “veracitas”. ¿Qué significa este principio? Sencillo: la veracidad de los símbolos, su validez, se fundamenta en la vinculación con la narrativa tradicional. Es decir, no debemos inventar nada tampoco en materia de simbología, solo desarrollar lo existente sin desvirtuarlo.
La Iglesia nos viene advirtiendo (incluso tras el volatín naif del Vaticano II) que no vale cualquier interpretación simbólica que se nos ocurra, por muy bonita que nos parezca, pues el contenido que transmite puede desviar nuestra mirada de la sana doctrina, en la que debemos permanecer firmemente anclados para no ser arrastrados por cualquier viento. Símbolos, rituales, representaciones… todo está perfectamente tipificado para nuestra seguridad.
“No cualquier belleza -recogen el venerable D.José Rivera y D.José María Iraburu en su magnífica Síntesis de Espiritualidad Católica– es idónea para los signos litúrgicos (…) ha de ser una belleza elegida (por la Iglesia)” (Ed.Gratis Date, p.84) y denuncian que “(algunos) piensan más en inventar ritos y signos nuevos a su gusto, que en estudiar, asimilar, explicar y aplicar con prudencia y creatividad las formas y textos que la Iglesia propone” (Íbid, p.54).
Queda claro y meridiano, ¿verdad? La sumisión a la tradición es la garantía para no caer en el error.
Pues los partidarios de nuevos paradigmas para la “renovación” de la Iglesia no lo aceptan. ¿Debemos hablar de error o de acto de rebelión?
Salvo que se trate de idiotas, en su acepción más genuina, me inclino por lo segundo.
Solo recientemente, con la imposición de la iglesia del nuevo paradigma bergogliano y la conversión, por ejemplo, a una “ecología integral”, parece que se rehabilita el enfoque panteísta a través de la veneración a su iconografía o cosmovisión (https://pastoralsj.org/vivir/969-agua-tierra-aire-y-fuego o también https://alfayomega.es/tierra-agua-aire-fuego/ ), algo que parecía superado hace siglos, lo cual, por otra parte, resulta lógico en una falsa iglesia tomada por las atávicas fuerzas anticrísticas.
De esta misma raíz pagana y antigua se alimenta la masonería y otras sociedades secretas esotéricas, donde secularmente han tenido y tienen una gran significación los elementos primordiales del agua, tierra, fuego y aire, cuya sabia combinación por parte del hombre, como hemos referido en el capítulo anterior de esta serie, le permiten alcanzar la quintaesencia de la armonía cósmica, la paz interior. ¿Y saben dónde tiene su máxima expresión plástica esta armonía? En el jardín, la naturaleza expresada por el hombre.
“Desde el siglo XVIII –escribe David Martín López en la Revista Electrónica de Patrimonio Histórico, en el ejemplar de diciembre de 2023-, el jardín ha sido una de las expresiones plásticas y estéticas más singulares de Europa dentro de la Orden (masónica)”.
Habíamos sugerido ya en el anterior capítulo la importancia alegórica del jardín al citar a George Washington, Gran Maestre de la Gran Logia de Virginia, como experto cultivador de rosas y diseñador de espacios ornamentales. El jardín contiene un hermetismo simbólico complejo para los masones y otras sociedades secretas. Y, como hemos visto -y ampliaremos más adelante- con el cultivo metafórico de las rosas, flor representativa de la mencionada acción del hombre en la naturaleza, también Emaús utiliza elementos esenciales del mismo en sus retiros.
Por su parte, la mística rosacruz, que retrotrae de forma delirante sus conocimientos al Egipto faraónico, maneja los cuatro elementos primordiales relacionándolos sincréticamente con las iniciales del acrónimo INRI en su terminología hebrea: Iam (agua), Nur (fuego), Ruach (aire o espíritu) y Iabeshah (tierra), y los sitúa oponiéndolos en los cuatro extremos de la cruz y convergiendo en la quintaesencia central, la rosa.
A su vez, la rosa tiene una larga tradición alquímica, con los cuatro elementos que giran a su alrededor simbolizando las áreas del entrenamiento iniciático en esta pseudociencia. El color rojo de la rosa se relaciona también con la alquimia, pues se dice que la piedra filosofal era de este color, y, por supuesto, con la sangre, que en estos conocimientos esotéricos se considera el vehículo del alma y por eso es una flor llena de vida, lo cual, por cierto, es otro punto de conexión con las consideraciones de los seguidores de los retiros de Emaús.
Las imbricaciones simbólicas, estamos viendo, son demasiado recurrentes como para descartar la relación de Emaús con el esoterismo místico.
¿Les escandaliza esta hipótesis?
Hay un anexo en el manual de retiros de Emaús en el que se aporta abundante simbología de la rosa estrechamente asociada a lo que estamos relatando y que se traduce en una actividad transversal que atraviesa todo el retiro y culmina en la apoteosis mencionada de la Misa de clausura, con los participantes blandiendo eufóricos una rosa.
Según el manual, en la primera sesión del retiro, en concreto el viernes por la tarde noche, se celebra un extraño ceremonial, con explicación posterior de lo que representa, en la que se compara la vida espiritual con el rosal, con la vitalidad de las rosas.
En esta ceremonia, cada una de las partes del rosal tiene su correspondiente metáfora, en paralelo con lo que hemos explicado de los elementos primordiales. Así, el tallo sería la disciplina, las espinas son las tentaciones y heridas de la vida, las raíces son las personas que nos acompañan en nuestra existencia, la tierra somos nosotros, etc.
La ceremonia, como decimos, supone un auténtico ritual en el cual cada líder y su colíder de mesa (iniciadas en Emaús que colaboran en la realización del retiro y que se distribuyen por mesas en las comidas) toman solemnemente en parejas una rosa blanca que se consagra en voz alta, con nombre y apellidos, a cada una de las “caminantes” (neófitas).
Se trata, literalmente, de un rito para el cual, se subraya en el manual, debe reinar un “silencio total” y las luces deben estar apagadas, con un cirio encendido en la mesa principal. Las parejas de servidoras toman la flor, pronuncian el nombre de la neófita y la encomiendan. A continuación la depositan en un florero, formando finalmente un ramo o rosal completo, al que se añade una rosa roja y una espiga que simbolizan a Cristo. Y este ramo o rosal estará presente en toda actividad que se realice en adelante.
De modo que tenemos de nuevo ante los ojos la rosa, los cuatro elementos primordiales que la alimentan (aire, agua, fuego y tierra), el rosal, el jardín, los cultivadores o cuidadores de las flores…Tendremos hasta el mandil en la última jornada.
Pero no nos adelantemos, ya trataremos este aspecto del mandil en su momento. Analizaremos en próximos artículos la incidencia que tiene esta narrativa y cada uno de esos aspectos personales en las cuestionables (e inquietantes) dinámicas del retiro, ahora nos interesa seguir viendo los detalles de esta actividad y su simbología.
En otros países (el manual es idéntico en todo el mundo, aunque con ligeras variaciones), una vez terminada la ceremonia, el líder reserva aparte una de las flores no consagradas y la mantiene lejos de la vista de todos hasta la última sesión, la del domingo por la tarde, para que entonces se pueda constatar cómo se ha marchitado fuera del jarrón y del agua.
Eso, explicará entonces, es lo que nos pasa a nosotros, los seres humanos, cuando nos alejamos de Dios, de nuestras oraciones, de la palabra, en definitiva de los referidos elementos primordiales, convirtiéndonos en seres inermes y sin vida, a pesar del aparente éxito que podamos tener tal como lo dicta el mundo. Marchitos, no transmitimos nada espiritual, ni a nuestras familias ni a nuestros allegados porque somos muertos en vida.
Al final, se recita incluso una oración –es decir, se pasa a la práctica trascendente- en la que se compara el nivel de apertura de cada uno de los participantes con el de las rosas y los capullos, y se le pide a Dios que sepan estar abiertos y recibir así el alimento espiritual que hace que florezca ese amor que llevamos en nuestro interior. Un amor interior de tipo divinal que, al parecer, todo ser humano lleva dentro al margen de si está bautizado o no.
Podría constituir todo ello una bonita metáfora, y así la toman quienes desconocen la etimología e historia de los símbolos. Pero nada de esto es inocente, ni poético, ni naif. Se podría haber tomado la parábola de los sarmientos, por ejemplo, pero tiene esta connotaciones doctrinales (Señor de la viña, quema en el infierno…) que no encajan con el cristianismo gnóstico y emotivista que troquela el retiro.
El hombre constituido en sabio cultivador de rosas no necesita las indicaciones del Señor de la viña, al que reemplaza, es autosuficiente. Igual que lo es para los rosacruces, como puede comprobarse en este cortometraje que publicitan en la web oficial de la Antigua y Mística Orden Rosae Crucis (AMORC) en España, y que merecerá un detenido análisis cuando abordemos el tema de la psicoherejía subyacente en los retiros: https://www.youtube.com/watch?v=2Ze2xbE0Fp8&t=24s . Por ahora, démonos cuenta de la inquietante omnipresencia de la rosa.
Quedándonos en el mero plano simbólico, subrayemos que los rosacruces consideran, precisamente, la rosa como la flor más exquisita porque es el producto depurado y perfecto del cuidado del jardinero y, como se ha dicho antes, simboliza el alma humana. Además, como señala el maestro rosacruz Krumm Heller, no existe la rosa como la conocemos hoy en estado silvestre, sino que es obra del hombre, que la cultiva en sus jardines. Y en toda enseñanza rosacruz se invita a alimentarla con buenas acciones, rectos pensamientos y divinos sentimientos para que se expanda y se abra y pueda mostrarse en todo su esplendor.
“La rosa –escribe Israel Rojas, de la Fraternidad Rosacruz de Bogotá, en el opúsculo “El simbolismo de la Rosa-Cruz” (https://issuu.com/fgor/docs/el_simbolismo_de_la_rc#google_vignette )-, está llena de espinas, de tal modo que la rosa es símbolo perfecto de las luchas humanas, pues amor y dolor son (…) instrumentos maravillosos que el Logos emplea para que el hombre se ennoblezca, se espiritualice”. Señalemos, por cierto, que en el manual de Emaús, las espinas son referenciadas como “heridas profundas” de la vida, pero que “cada herida puede servir para fortalecer nuestra fe”.
Insistamos por si acaso no ha quedado claro que el jardinero no es alegoría de Nuestro Señor y ni siquiera de ese Logos impersonal que se cita, por si existía alguna esperanza al respecto, sino que representa al mentor o maestro que abre la puerta del conocimiento al neófito en una hermandad organizada en grados. Los mentores son la líder y la colíder de mesa de Emaús que se ocupan de la rosa con nombre y apellidos y la depositan en el jarrón para que viva.
Por otro lado, en las reflexiones ya citadas de estos retiros de moda (http://yosoyemaus.byethost13.com/simbolos_emaus.html?i=1 ) se enseña que “para llegar al pétalo de una rosa, hay que pasar por un camino lleno de espinas, pero una vez que se llega a él, la belleza es indescriptible”. Estamos ante un clarísimo itinerario de iniciación esotérico, en el cual solo mediante el esfuerzo personal se podrá alcanzar un nivel de conciencia superior.
“Atrévete, hermano, a llegar a Cristo y abre tus pétalos ante la Gracia de Dios y verás como todo en la vida tiene un significado especial”, continúa la metáfora de Emaús en un sorprendente paralelismo con la decisión interior para la consecución de la sabiduría cósmica, una iluminación interior al alcance de quien ascienda de nivel, para quien se abra al conocimiento iluminador, a pesar de su revestimiento de términos cristianos, típico, por otra parte, de estas filosofías pseudomísticas. Así, el término “esfuérzate” o “atrévete” (try, en inglés) fue adoptado hace siglos por los rosacruces como lema supremo para sus actividades.
Esto es lo que escribe el ocultista Swinburne Clymer, Gran Maestro supremo rosacruz moderno, en su obra “Los rosacruces y sus enseñanzas”, originalmente publicado en 1917 (https://archive.org/details/los-rosacruces-y-sus-ensen-anzas-swinburne-clymer-1947 ): “¡Atrévete! ¡Esfuérzate! ¡Prueba! ¡Todo es posible para quien se atreve! Despiértese tu Alma y yérgase airosa, plena de fuerza y de confianza, al toque vitalizante de tu propia voluntad (…) las puertas del Templo se abrirán un día de par en par para quienes verdaderamente se atreven, y prueben y se esfuercen”.
¿No es lo suficientemente explícito el paralelismo? Quien conserva un mínimo sentido de lo católico se da perfecta cuenta de la contaminación del lenguaje emausístico y del pelagianismo subyacente en ambos textos, normal en el rosacrucista, que cree en el poder inmanente del alma, pero imperdonable en el supuestamente cristiano.
Y esta consideración de los distintos niveles del alma de cada quien también se refleja en la esencia de los retiros de Emaús, que nacieron con la convicción de que había que abrir una puerta (el verbo “abrir”, no por azar siempre omnipresente) a aquellas personas impreparadas y espiritualmente menos desarrolladas para ofertarles un camino apropiado a su inferior condición.
Y ya que mencionamos el camino, merece la pena detenerse a desmenuzar este otro símbolo central en el emausismo.
No puede ser casualidad que este retiro se fundamente en el pasaje evangélico más explorado por el sectarismo herético de todos los tiempos, desde los primeros siglos y a lo largo de toda la historia del cristianismo, conociéndose a sus adeptos con diferentes denominaciones, tales como gnósticos, albigenses, iluminados, rosacruces….
De la misma manera que los discípulos de Emaús deben recorrer un largo camino antes de reconocer a Jesucristo en el acto de partir el pan (acto perfectamente planificado en los retiros para impactar al neófito, como veremos), el cristianismo gnóstico –del que beben todas las sectas esotéricas y, por supuesto, el rosacrucismo- impone un camino de ascesis, con numerosos grados y todo tipo de pruebas, para llegar a alcanzar la iluminación o conocimiento.
Leemos en la web emausista ya citada el siguiente párrafo en relación a la alegoría del rosal y, en concreto, a la necesidad de ser podados para conseguir la perfección: “Si las personas que nos rodean no nos alimentan espiritualmente y, por el contrario, nos guían por caminos erróneos, nos morimos espiritualmente. Por eso es necesario podar el ambiente en el que nos encontramos para buscar los verdaderos amigos, en el Amor de Cristo, que nos ayuden a seguir por el sendero correcto”.
“¿Por qué –se pregunta el ya citado Clymer- son tan pocos los que, habiendo hollado una vez el Sendero, tienen el coraje, la persistencia, la buena fe y la paciencia necesarias para continuar en él hasta alcanzar la condición de un verdadero rosacruz?”. “La nueva vida –añade- no se manifiesta sin dolor y sin que tengamos que desprendernos de lo viejo y caduco”.
¿No corresponde esta última afirmación al sentido de la alegoría emausística de la poda y del camino de espinas para llegar al pétalo, la nueva vida? ¿No son ambos textos intercambiables? ¿Y no son indicativos del aislamiento sectario?
Veámoslo con mayor claridad unas líneas más adelante en este libro rosacrucista: “Las Circunstancias son las cadenas que atan al hombre a la tierra y a todo lo terreno. Pero llega un día en que el hombre ― si quiere realmente vivir y no meramente subsistir — tiene que romper las trabas del ambiente, arrojar de sí las influencias retardatorias de situaciones o asociaciones, y crearse un medio más elevado y conveniente”.
Por supuesto, quien se ocupa de dirigir al neófito en este camino es la fraternidad, es decir, el grupo. En el retiro de Emaús, los neófitos son denominados “caminantes” y, por supuesto, son dirigidos por los “líderes”, en quienes aquellos han de ver la personificación de Jesucristo en el momento de la cena, a la mesa, partiendo el pan. Todo se dispone, según dicta el manual, para que así sea.
Pero dejemos, por ahora, esta reveladora sugestión de ver a Jesucristo en el líder y los pasos que siguen los caminantes en su iniciación en el retiro. Retengamos esa clarísima ambivalencia del camino de sanación/purificación que se debe recorrer necesariamente, el planteamiento de un camino iniciático hacia la armonía interior por medio de la iluminación y terminando con la aplicación de técnicas de sanación emocional que se atribuyen a un numen superior. La separación del ambiente habitual del neófito es otro aspecto que abordaremos.
Retengamos esta ambivalencia de los símbolos asumida y promovida por un supuesto apostolado católico en estos tiempos de apostasía. Quedémonos con esta inconcebible y sibilina infiltración, porque detrás de lo aparente está actuando lo anticrístico de una manera desencadenada.
Lo veremos en próximas entregas, si Dios nos lo permite.
Acceso a los Capítulos anteriores:
- Capítulo 1:
¿RETIROS ESPIRITUALES O MERCADOTECNIA DEL ESPÍRITU? Por Alex Holgado.
- Capítulo 2:
¿SIMBOLOGÍA ROSACRUZ EN UN APOSTOLADO CATÓLICO? (2). Por Alex Holgado.
- Capítulo 3:
¿EL TRIUNFO DE LA COSMOVISIÓN PAGANA EN LA NUEVA IGLESIA BERGOGLIANA? (3). Por Alex Holgado.
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