¿SIMBOLOGÍA ROSACRUZ EN UN APOSTOLADO CATÓLICO? (2). Por Alex Holgado.
Una visión crítica de los retiros de impacto de Emaús (II)

Álex Holgado
Adoración y Liberación

Hay algo previo que conviene mencionar antes de abordar un tema tan complejo como es el de los símbolos y es que, para poder descubrir los significados ocultos, se necesita traspasar la apariencia, interpretar lo convencional e ir más allá.
Cada imagen cuenta y tiene su carga representativa. No se trata, ni mucho menos, de un aspecto banal, y menos si estamos hablando de espiritualidad y trascendencia.
Los retiros de Emaús, como corresponde a una propuesta que apela a la emoción para transmitir su mensaje, contienen una carga simbólica e icónica importante en la que se mezclan elementos cristianos con otros absolutamente profanos presentados en plano de igualdad. Y cuidado porque esta imbricación es señal de sincretismo e indica un proceder típico de las fratrías mistéricas y esotéricas.
No estamos afirmando que Emaús sea una secta esotérica, pero sí es cierto que contiene una iconografía del todo extraña a la Iglesia y afín a corrientes anticristianas muy antiguas de corte gnóstico.
Y hay que recordar que el sincretismo religioso es un fenómeno herético per se, pues habitualmente parte de la simbología, de la representatividad de aquello intangible que se pretende comprender, y termina implicando a las creencias. La salubridad de la fe que se profesa depende también de las formas, que bien sabemos que no son neutras.
Alegar la presencia de motivos cristianos (la cruz, la Biblia, el Espíritu Santo, el propio Jesucristo…) no debe engañarnos y llevarnos a concluir atolondradamente que asistimos a una manifestación genuinamente católica, o cuanto menos cristiana. Todas las ramas del rosacrucismo, la masonería, la Nueva Era y otras sectas gnósticas incluyen estos básicos del cristianismo en su iconografía. El quid de la cuestión es cómo los enfocan y con qué los asocian. La semántica y la sintaxis simbólica nos revelan significados que de otra manera pasarían desapercibidos.
Y ahí vemos pistas demasiado evidentes de contaminación en el emausismo.
Ya lo advertimos al principio, los símbolos están ahí, explícitos, pero su comprensión no está al alcance de todos. El problema es que su interpretación queda siempre reservada a los adeptos, a los iniciados en el camino del conocimiento esotérico o iluminación. Hay que conocer el arcano que permite la correcta interpretación del símbolo.
De hecho, el retiro de Emaús como tal tiene una fundamentación sustancial en el secreto. Nada de lo que sucede en esos tres días puede ser revelado, pues afectaría a su eficacia. Debe permanecer envuelto en el misterio, como si de una versión rediviva de los misterios órficos o eleusinos se tratara Y la estructura del retiro, sus directrices, se recogen en un manual custodiado por los “líderes”, quienes lo aplican con tanta dosis de buena fe como de sentido acrítico. En su mayoría no saben lo que hacen, pues si algo define al cristianismo es que se trata de una revelación, que es lo que acaba para siempre con lo oculto.
Alegan que no se trata de ningún tipo de hermetismo mistérico, sino de un inocente intento de no destripar la sorpresa a quienes van a hacer el retiro. De no hacer spoiler, vaya. Pero, como veremos en próximos capítulos de la serie, quizás detrás de motivos aparentemente tan baladíes aniden razones de mayor enjundia, como la aplicación de técnicas de manipulación psicoespirituales que precisan de ese elemento de desconcierto para ser efectivas.
El caso es que, decíamos, en Emaús velan el significado profundo de sus símbolos. Los muestran y al mismo tiempo los enmascaran, de forma que solo pueden ser captados plenamente por los iniciados o “caminantes”. Hay una jerarquía en el conocimiento y la comprensión de lo que está aconteciendo, que no está al alcance de cualquiera. Es otro clarísimo tic de hermandades mistéricas.
De hecho, he podido comprobar en primera persona cómo líderes de Emaús mienten al ser interrogados directamente sobre un determinado símbolo, lo cual, dicho sea de paso, no tiene tampoco nada de cristiano y sí de secta iniciática, en la que a los legos les debe ser ocultado cualquier detalle. Y lo hacen con el desconocimiento de estar colaborando con una narrativa seguramente creada en su origen para combatir a la Iglesia y tergiversar su mensaje de salvación.
Pero, ¿cuáles son esos controvertidos símbolos del apostolado de Emaús?
Si uno le pregunta a un líder o servidor de Emaús por qué en la Misa de clausura los participantes blanden rosas y no crucifijos o rosarios o biblias o estampas mientras entran cantando eufóricos en la iglesia, se callará o dará una respuesta evasiva por el mencionado mandato recibido de secretismo. Lástima que desconozcan que la rosa como símbolo espiritual es una figura fundamental de la secular iconografía tanto masónica como luterana. Y más asociada a la cruz, como consta en su emblema.
El logotipo de los retiros de Emaús para hombres es la cruz con una rosa, justo el mismo distintivo, con idéntico diseño, de la histórica fraternidad alquimista y esotérica de los rosacruces. El emblema rosacruz representa la fusión de los contrarios, la rosa por lo espiritual y la cruz por lo material, siguiendo la coincidentia oppositorum de la filosofía mística masónica.

“Ad Rosam per Crucem, ad Crucem per Rosam” (“A la Rosa por la Cruz, a la Cruz por la Rosa”) recita el canto rosacruz por excelencia, de supuesta inspiración templaria y que resuena en sus logias…al final de sus reuniones, en ese momento de exaltación de sus principios. ¿No les parece demasiada coincidencia? ¿Es casualidad que Emaús exalte la rosa en su apoteosis ante la cruz que preside toda iglesia?
Pero es que, además, la rosa y la cruz asociadas es una divisa cuya heterodoxia tiene raíz aún más antigua, pues son los elementos básicos del sello que ideó el propio Lutero para sintetizar su teología y su fe durante su permanencia en la fortaleza de Coburgo, mientras se desarrollaba la Dieta de Augsburgo (1530).
Este sello (el conocido Lutherrose, en alemán) ha pasado a representar al luteranismo internacional. Y es muy posible que influyera en la adopción del mismo por los rosacruces, ya que la historia de la masonería y por ende del rosacrucismo refundados y la del protestantismo son primas hermanas.
Con estos antecedentes de sobras conocidos por quien tiene un mínimo de cultura religiosa, cabría preguntarse por qué los primeros responsables de los retiros de Emaús eligieron, precisamente, este emblema y, en todo caso, por qué ninguna autoridad eclesiástica lo corrigió. Sin duda, se trata de la gran pregunta, ya que el rosacrucismo está condenado por la Iglesia, que conoce ampliamente su naturaleza herética, y no digamos la del luteranismo.
Los primeros cursillistas de Emaús aducen que se eligió la rosa para acompañar la cruz porque cuando estos se iniciaron en su versión masculina, hacia 1985, el Congreso norteamericano justo acababa de decidir que esta fuera la flor oficial de los Estados Unidos y, por lo tanto, estaba de moda. Suena a la típica justificación evasiva que solo puede valer para los incautos o los ignorantes.
Algo tan importante como es el símbolo señero de un apostolado de la Iglesia, supuestamente consagrado a la salvación de almas, y que forma, además, parte esencial de la narrativa del cuerpo del retiro no puede obedecer a una razón tan trivial.
Como tampoco fue una veleidad la elección de la flor representativa de los EE.UU., pues aunque uno de los argumentos decisivos esgrimidos por el Congreso fue que George Washington, padre de la nación, era un probo cultivador de rosas, hay otro motivo, este oculto, y es que Washington era Gran Maestre de la masonería y la rosa uno de los símbolos principales de la secreta fraternidad.
¿Cuál les parece más convincente? Por eso insistimos en la necesidad de no quedarse en estos temas esotéricos con la interpretación naïf. Hay que investigar las coincidencias de Emaús.
Como venimos repitiendo, los símbolos no son una futilidad, sino epítome que permite entrever qué hay detrás de una institución, de un movimiento o incluso de una persona. En este sentido, expertos como el periodista y escritor Andrea Cionci afirman que el actual antipapa Bergoglio podría ser miembro de una obediencia rosacruz, pues su famosa cruz pectoral contiene la figura del buen pastor inspirada en Osiris, propia de esa obediencia (https://www.youtube.com/watch?v=SZr0YkpcRtE ). Y, por cierto, no se puede ignorar o dejar pasar como casualidad hechos tan reveladores como que Bergoglio ha sido uno de los principales impulsores de los retiros de Emaús.
¿Es entonces el logotipo del apostolado de Emaús una declaración velada de su inspiración esotérica y rosacrucista?
Se replicará a este interrogante legítimo que la rosa también está vinculada a la Virgen Santísima (“Rosa mística” es uno de sus títulos) y a varias santas, como santa Rosa de Lima, santa Catalina de Siena, santa Isabel de Hungría, santa Isabel de Portugal, santa Teresa de Lisieux y tantas otras que obtuvieron de Dios milagros relacionados con las rosas, lo cual es hermosísimamente cierto; pero la verdad completa es que, en la iconografía de la historia de la Iglesia, la rosa nunca aparece representada individualmente, como elemento preponderante, ni desde luego insertada en la cruz. No es un símbolo católico.
Juan Eduardo Cirlot, uno de los históricos expertos en este campo, recoge en su referencial Diccionario de símbolos el valor distintivo que tiene una rosa, muy diverso al del conjunto de rosas: “La rosa única es, esencialmente, un símbolo de finalidad, de logro absoluto y de perfección”. De logro absoluto y perfección humanos, por supuesto, lo cual es un concepto ateo, un sindiós, y por ello la rosa ha sido adoptada a lo largo de la historia moderna para representar multitud de proyectos alejados o enfrentados en mayor o menor medida a la fe.
Pero la rosa que nos ocupa forma además un binomio íntimo con la cruz. Y este estandarte, como hemos visto, encarna por antonomasia el rosacrucismo. Aunque en los últimos años el emausismo le está arrebatando la representatividad del símbolo.
¿Qué intención subyace en este fenómeno? ¿Se trata solo de copiar una imagen sugerente o existe una reverencia filosófico-espiritual al rosacrucismo tras el plagio?
Para ayudar a esclarecer la posible intencionalidad masónica/luterana en la elección del emblema de Emaús de la rosa y la cruz, tenemos la contraparte del logotipo de los retiros para mujeres: una mariposa en una cruz. ¿Por qué una mariposa? Por la metamorfosis, se aduce, que experimenta en su vida al pasar de oruga a adulto, una transformación alegórica a la conversión a Jesucristo. Existe incluso una canción pseudoficial muy difundida en los retiros al respecto (https://www.youtube.com/watch?v=fzMDlLE0XX8 ).
El problema de este argumento es que, repasando la historia de la iconografía del cristianismo, vemos que nunca se ha utilizado esta imagen. Jamás. Es por completo ajena a nuestra religión, que por otra parte recoge infinidad de analogías de otros elementos o actividades naturales (peces, aves, semillas, árboles, redes, arados…), pero nunca la mariposa, que, por el contrario, tradicionalmente ha estado fuertemente vinculada a ritos mistéricos paganos y cuya semántica estaba demasiado arraigada como para poder ser adaptado el símbolo por el cristianismo. Incluso, en la Biblia, la mariposa, como insecto alado, se considera impuro (Dt 14,19).
¿De dónde surge entonces el icono de la mariposa vinculado a ese significado positivo de transformación? Del paganismo grecorromano, de donde lo extrajo la masonería para representar el camino iniciático. Según el autor masón Leadbeater, la masonería compara al hombre con la oruga, cuya existencia se limita a una hoja pero que tiene la potencialidad de convertirse en mariposa y expandir así su mirada del mundo. Asimismo, Cirlot señala que el psicoanálisis –cuyo padre, Sigmund Freud, fue maestro masón- conceptúa la mariposa como símbolo del renacer.
De manera que resulta muy difícil de creer que sea por coincidencia o por ingenuidad que ambos logotipos, el de la rama masculina y el de la rama femenina de los retiros de Emaús, tengan tan estrecha relación con la masonería y el rosacrucismo. Y tal vez por eso no pocas parroquias en distintos países han sustituido la rosa y la mariposa en la cruz por la espiga de trigo, el pan y el cáliz, iconos cien por cien eucarísticos, cien por cien católicos, en sus retiros emausísticos.
En cualquier caso y como ya se hemos sugerido antes, no es creíble que se adopten los símbolos sin más, desbrozándolos de toda significación e influjo. De hecho, cuando analicemos el contenido del retiro en próximos capítulos, nos toparemos con temas y atmósferas francamente extraños que solo son entendibles teniendo en cuenta una soterrada vinculación.
Pero ampliemos ahora el asunto de los emblemas, porque hay más componentes para el análisis.
Según la mitología griega, de la cual queda dicho que beben los rosacruces, la deidad del amor y la atracción sexual, Eros, regaló la rosa recibida de su madre Afrodita a Harpócrates, dios del silencio y remedo del Horus egipcio, como soborno para asegurarse de que se callaría las indiscreciones de los dioses. De ahí que la rosa simbolice el secretismo y el silencio, actitudes que nada tienen que ver con el cristianismo.
Techos y muros de estancias públicas de casas importantes, así como salas de justicia y de instituciones oficiales han tenido grabados de rosas como recordatorio de que todas las conversaciones allí producidas deberían ser guardadas en secreto. A partir de la Edad Media, a menudo se colgaba una rosa del techo de la cámara de los consejos del gobierno para asegurar la confidencialidad de los procesos. Por lo tanto, sub rosa (“bajo la rosa”) se convirtió en un término cuasi-legal que se sigue usando para indicar algo que es mejor que se mantenga en secreto.
¿Es por esto, en realidad, por lo que quienes idearon los retiros de Emaús escogieron la rosa? ¿Porque consideran fundamental la discreción sobre lo que allí sucede? ¿Es este filognóstico y anticristiano hermetismo una prolongación del secretismo masónico y rosacrucista?
Quizás todo ello y aun otras cosas añadidas, pues, como creen los rosacrucistas, el emblema es algo más que un emblema, es un talismán, con todos los poderes sobrenaturales que ello entraña. Y no deberíamos desdeñar el poder que encierran, si es que creemos que existe un mundo trascendente estrechamente ligado con el terrenal donde se está librando la auténtica batalla cotidiana y de la que los católicos nos hemos desentendido irresponsablemente.
Continuaremos desentrañando el simbolismo emausístico en el próximo capítulo, si Dios nos lo permite.
Acceso a los Capítulos anteriores:
- Capítulo 1:
¿RETIROS ESPIRITUALES O MERCADOTECNIA DEL ESPÍRITU? Por Alex Holgado.
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