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Este verano se cumplieron diez años de  la promulgación, el 7 de julio de 2007, del motu proprio Summorum Pontificum, mediante el cual S.S el Papa Benedicto XVI, reconoció la igualdad de los ritos nuevo y antiguo de la Santa Misa —llamados desde entonces formas ordinaria y extraordinaria, respectivamente— y autorizó a todos los sacerdotes católicos para celebrar lícitamente en cualquiera de las dos formas.

El texto reconoce además que los fieles tienen el derecho a pedir la celebración de la Misa tradicional y que las autoridades eclesiásticas no pueden negarse.

“Summorum Pontificum”, autorizó el uso del misal tradicional, codificado por varios papas, desde Gregorio el Grande hasta Juan XXIII.

Cuando Pablo VI promulgó, en 1969, el misal nuevo, muchos católicos de buena fe pensaron que podía seguirse usando el antiguo de igual manera, ya que no fue nunca abolido. Ni el Concilio Vaticano II ni ningún Papa lo prohibieron. Pero, en nombre de un entendimiento erroneo, nuevamente,  del Concilio Vaticano II, se impuso la misa nueva de forma obligatoria.

¿Lo obligado a partir de ahí en el uso que fue? Lenguas vulgares, volver los altares, supresión de ritos y gestos sagrados, introducción de músicas profanas, etc…

Pero si todo hubiera quedado ahí… La realidad es que con el tiempo cada celebrante fue agregando por su cuenta interrupciones, liturgias abreviadas, comentarios, coloquios, posturas, ritos que no se sabe de donde salen, innovaciones sin ninguna base litúrgica, etc… En definitiva, en  ocasiones, una absoluta ocultación  del carácter sagrado y ceremonial del Santísimo Sacrificio de la Eucaristía.

Ni que decir tiene que los cuatro caracteres de la Santa Misa (latréutico, impetratorio, propiciatorio y eucarístico) se han ido desdibujando hasta cometerse auténticas barbaridades de la que cada uno de nosotros deberemos dar cuenta ante Dios según nuestras distintas responsabilidades. Sin olvidar nunca que, sobre todo,  la misa es la renovación incruenta del sacrificio del Señor que el sacerdote, actuando “in persona Christi”, ofrece al Padre en nombre propio, de los presentes y de todos los fieles, vivos y difuntos.

Muchos pensamos que el nuevo culto desdibujaba muchas de las características anteriormente mencionadas, lo cual no ha sido óbice para que participemos en cada una de las Eucaristías diarias con la devoción, y atribución del eterno e inconmensurable valor que cada una de ellas tiene. De ahí que esperaramos con impaciencia y obediencia un cambio normativo; y de ahí la enorme alegría que nos supuso el Motu Proprio que ahora cumple diez años.

 

De ahí que esperaramos con impaciencia y obediencia un cambio normativo; y de ahí la enorme alegría que nos supuso el Motu Proprio que ahora cumple diez años.

 

Y es que no hay que olvidar que la cuasi supresión del canon romano tradicional, así como que se sacase al Santísimo de su lugar central sobre el altar mayor, y que el celebrante mirase al pueblo, que no es el punto de referencia; amén de la eliminación de ritos, lengua, vestimentas y silencios sagrados, hacían más daño a la fe, que la pretendida ayuda a la misma que la supuesta “modernidad” iba a aportar.

Por ello ahora hace diez años muchos manifestamos nuestra más profunda complacencia y gratitud hacia S.S. Benedicto XVI, quien satisfizo nuestra esperanza, nos confirmó en la fe y nos hizo un acto de enorme de caridad.

 

Por ello ahora hace diez años muchos manifestamos nuestra más profunda complacencia y gratitud hacia S.S. Benedicto XVI, quien satisfizo nuestra esperanza, nos confirmó en la fe y nos hizo un acto de enorme de caridad

 

Somos  muchos más de los que a simple vista parece (entre otras cosas porque las escasas opciones que los celebrantes siguen dando impiden manifestarse) los que deseamos continuar viviendo nuestro cristianismo dentro de la fidelidad a Cristo, a la Iglesia y a la más exquisita tradición litúrgica.

 

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Por otra parte, todo sea dicho, y gracias a Dios, en algunos lugares, aún celebrando la Santa Eucaristía dentro de la forma ordinaria,  el cuidado de la liturgia y de lo sagrado es exquisito, lo cual palía  la situación de desamparo en qué quedó el católico  que participaba de la forma extraordinaria con absoluta devoción y alabanza (vienen a mi cabeza las Eucaristías tan dignamente celebradas por algunos piadosos sacerdotes que tengo el privilegio de conocer y cuyo cuidado de la Santa Misa es exquisito).

Sin duda, este documento ha sido uno de los más importantes en la Iglesia en los últimos tiempos, y los católicos debemos agradecimiento a S. S. el Papa Benedicto XVI por haberlo promulgado, ya que, con todas las dificultades, y a pesar de los “palos en la rueda” puestos, y que se siguen poniendo  (permítaseme la expresión vulgar) ha dado buenísimos frutos,  a lo largo de la última década; y los lugares en los que es posible asistir a misa en forma extraordinaria (como se la reconoce) se han duplicado. Frutos que esperamos puedan seguir produciéndose. Y aumentando. Por el bien de la Iglesia. Por el bien del Mundo.

Todo a mayor Gloria de Dios

 

                                              Vicente Montesinos

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