Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».




En el evangelio de hoy escuchamos a Jesús decirnos que El es uno con el Padre.

Y Jesús les dice a aquellos fríos de su tiempo (cuántos fríos en los tiempos de hoy) que si no creen, al menos crean por las obras que hace, que manifiestan el poder de Dios: «Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí» (Jn 10,25).

Para seguir a Jesús, para creerle, hemos de ser sus ovejas; las que tienen conocimiento de su pastor, y las que él puede llamar por su nombre siendo respondido.

Esa intimidad con Jesús se consigue en la oración, en la adoración, en el trato diario tú a tú.

Que no nos soltemos de la mano de Jesús y del Padre. María, madre de Fátima, nos ayudará.
Vicente Montesinos

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