🇪🇸 PEDRO SÁNCHEZ DISUELVE LAS CORTES Y CONVOCA ELECCIONES ANTICIPADAS EN ESPAÑA

Sánchez convoca elecciones el 29 de noviembre y comienza la campaña desde Moncloa

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Sánchez convoca elecciones el 29 de noviembre

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REDACCIÓN

 

AyL Redacción.

 

Los españoles están llamados a las urnas el domingo 29 de noviembre. Pedro Sánchez ha decidido disolver las Cortes y adelantar las elecciones generales después del fracaso parlamentario de sus dos reales decretos ley sobre vivienda y del portazo de Junts, que ha vuelto a demostrar hasta qué punto la legislatura dependía de equilibrios imposibles y alianzas que podían romperse en cualquier momento.
La decisión llega después de otro de esos llamados «periodos de reflexión» que ya forman parte de la particular manera de hacer política de Sánchez. Cuando el escenario se vuelve adverso, el presidente desaparece, reflexiona, concentra toda la atención política y reaparece con una decisión convertida inmediatamente en relato personal.
Y esta vez el relato vuelve a ser el mismo: Pedro Sánchez como víctima.
Víctima de «la peor oposición que ha conocido nuestra democracia». Víctima de unas supuestas élites empeñadas en impedirle gobernar. Víctima de gobiernos autonómicos que, según él, boicotean sus políticas. Víctima de una derecha y una ultraderecha a las que presenta prácticamente como una amenaza contra los derechos y libertades de los españoles.
Todo menos asumir con normalidad una evidencia bastante más sencilla: su mayoría parlamentaria se ha roto y su Gobierno ya no tenía capacidad suficiente para sacar adelante algunas de sus principales iniciativas.
Hay además un dato difícil de ocultar: esta legislatura termina sin que se haya aprobado un solo nuevo Presupuesto General del Estado, algo que sucede por primera vez en la historia de la democracia española. Sánchez ha gobernado con los Presupuestos de 2023 prorrogados año tras año.
Resulta especialmente llamativo porque hace apenas unas semanas mantenía otro discurso. El 9 de septiembre insistía en que la legislatura debía llegar a 2027 y aseguraba que el debate presupuestario se celebraría antes de terminar este año. Menos de un mes después disuelve las Cortes.
Eso también define una forma de gobernar: el calendario político dura exactamente lo que dura la conveniencia política de Pedro Sánchez.
Ahora, la crisis de la vivienda aparece de repente convertida en el gran campo de batalla electoral.
El problema es que Pedro Sánchez lleva ocho años en La Moncloa.
Después de ocho años de Gobierno resulta difícil presentar la vivienda únicamente como la consecuencia de quienes bloquean las soluciones que Sánchez propone hoy. Los precios, la dificultad de acceso de los jóvenes, los alquileres disparados y la escasez de vivienda llevan años creciendo. El propio debate económico reconoce que se trata de un problema estructural que no se resuelve con dos decretos aprobados precipitadamente al final de una legislatura.
Pero Moncloa ha visto una oportunidad política.
La indignación social por la vivienda permite intentar cambiar el marco de unas elecciones que llegan después de años de desgaste gubernamental. Y Sánchez vuelve a hacer aquello que mejor domina políticamente: transformar una situación defensiva en una batalla emocional donde él mismo establece quiénes son los buenos y quiénes son los malos.
De un lado, Sánchez y la «mayoría social».
Del otro, las élites, los poderosos, PP, Vox, los gobiernos autonómicos y quienes supuestamente quieren arrebatar derechos a los españoles.
No parece una llamada precisamente destinada a rebajar la tensión de una sociedad cansada de la polarización.
Sánchez ha llegado a afirmar que necesita una mayoría progresista más amplia con la que «doblegar a las élites». También ha invitado a los españoles a escoger entre su proyecto y una supuesta «ola ultraderechista», dibujando una vez más las elecciones en términos casi existenciales: o Sánchez, o el desastre.
Este planteamiento tiene poco de búsqueda de concordia y mucho de estrategia plebiscitaria.
Porque España no va a votar el 29 de noviembre para decidir si Pedro Sánchez es víctima de sus adversarios. Ni para decidir si quienes discrepan del presidente pertenecen al «lado incorrecto de la historia».
España elegirá un Parlamento.
Sin embargo, Sánchez vuelve a intentar convertir unas elecciones generales en un referéndum emocional sobre su propia figura: conmigo o contra mí; progreso o retroceso; mayoría social o privilegiados; democracia o ultraderecha.
Ese mecanismo político le ha funcionado antes. La pregunta es cuánto deterioro institucional y cuánta división deja detrás.
Especialmente grave ha sido escuchar al presidente aprovechar una declaración institucional desde La Moncloa, sin preguntas de los periodistas, para cargar directamente contra sus adversarios políticos.
«Hemos transferido a esos gobiernos autonómicos más recursos que nunca para que invirtieran en sanidad, en educación, para que construyeran vivienda. Y ellos han comprado áticos y han privatizado hospitales», afirmó, en una alusión evidente a Isabel Díaz Ayuso.
Es difícil separar ya al presidente institucional del candidato Pedro Sánchez.
La campaña ha comenzado desde la propia sede de la Presidencia del Gobierno.
Y vuelve a comenzar utilizando la confrontación.
Sánchez asegura que quedan problemas por resolver y que necesita «renovar y ampliar el apoyo de la gente». Reclama una mayoría socialista y progresista mayor y presenta la convocatoria electoral como el instrumento necesario para continuar su proyecto.
Lo que no explica con la misma insistencia es cómo ha llegado hasta aquí.
No explica por qué una legislatura construida sobre una suma parlamentaria extraordinariamente frágil termina deshaciéndose antes de tiempo. No explica por qué no ha podido aprobar unos nuevos Presupuestos. No explica por qué la vivienda se convierte ahora, después de ocho años de presidencia, en la gran emergencia que supuestamente justifica pedir una nueva mayoría.
En lugar de eso vuelve el enemigo exterior.
Las élites.
La derecha.
La ultraderecha.
Los gobiernos autonómicos.
Los que bloquean.
Los que no permiten avanzar.
Siempre hay alguien a quien responsabilizar del fracaso antes de aceptar la parte que corresponde a quien lleva desde 2018 presidiendo el Gobierno de España.
Y ahí aparece nuevamente el Sánchez más maquiavélico: convertir su propia debilidad parlamentaria en argumento electoral; transformar una derrota en el Congreso en una oportunidad de movilización; apropiarse de una protesta social que también interpela directamente a su Gobierno y presentarse después como el hombre capaz de resolverla.
Es una operación política inteligente. Precisamente por eso merece ser observada con enorme atención.
Porque unas elecciones no deberían convertirse en una guerra emocional alrededor de la supervivencia de un dirigente.
Mucho menos cuando desde el poder se acostumbra a dividir a los españoles entre quienes están del lado correcto y quienes supuestamente amenazan derechos, libertades o democracia.
El propio PSOE ha asumido ya ese marco. Tras el anuncio electoral ha cerrado filas alrededor de Sánchez y ha definido a PP y Vox como «la coalición de los buitres, de los retrocesos y del miedo».
Ese será, previsiblemente, uno de los grandes ejes de la campaña: el miedo.
Miedo a Vox. Miedo al PP. Miedo a perder derechos. Miedo a las élites. Miedo al retroceso.
Sánchez necesita movilizar a un electorado desgastado y sabe que presentar las elecciones como una situación límite puede resultarle más rentable que pedir al ciudadano que juzgue serenamente ocho años de Gobierno.
Ahí reside también el peligro del 29 de noviembre.
España llega a estas elecciones profundamente polarizada, con una política construida cada vez más sobre bloques irreconciliables y con un presidente que parece haber hecho de esa división una herramienta permanente de supervivencia.
Los españoles deberán decidir muchas cosas: vivienda, economía, inmigración, servicios públicos, impuestos, política exterior, calidad institucional y modelo territorial.
Pero deberán decidir algo más.

Si quieren seguir aceptando una forma de gobernar en la que cada fracaso termina siendo culpa de un enemigo, cada crisis se transforma en una batalla moral y cada elección acaba convertida en un plebiscito sobre Pedro Sánchez.
El 29 de noviembre no se vota para salvar a Pedro Sánchez.
Se vota para elegir el futuro de España.
Unifica los párrafos sentenciososReduce la repetición de “víctima”

AyL Redacción

 

 

 

 

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EL ESPAÑOL SIGUE CRECIENDO: ANTIGUA Y BARBUDA LO RECONOCE COMO SEGUNDO IDIOMA OFICIAL .

 

 


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