LA PACHAMAMA, EL ATENTADO Y LA “ABDICACIÓN”. Por Vicente Montesinos
EL PLAN MAESTRO DE LA MASONERÍA ECLESIÁSTICA PARA SUSTITUIR A CRISTO Y LEVANTAR LA FALSA IGLESIA
Pachamama y masonería.
por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación

Lo que voy a escribir no pretende ser una crónica aséptica ni un análisis tibio de laboratorio. Es una tesis. Es una lectura teológica, espiritual e histórica de lo que, a mi juicio, está ocurriendo ante nuestros ojos. Y esa lectura parte de una convicción firme: no estamos contemplando una suma de errores sueltos, ni meras imprudencias pastorales, ni simples excesos simbólicos. Estamos viendo la ejecución progresiva de un plan. Un plan maestro. Un plan de sustitución. No solo del culto católico en su pureza, sino de la primacía misma de Jesucristo, para vaciar desde dentro a la Iglesia visible y levantar en su lugar una falsa iglesia, una estructura adulterada, una caricatura religiosa al servicio de otro espíritu.
La cuestión de la Pachamama es decisiva precisamente por eso. Mucha gente sigue empeñada en reducirlo todo a la discusión de una estatua, de una ceremonia, de un gesto más o menos desafortunado. Ese planteamiento yerra por completo el blanco. El problema no es una figura de madera. El problema es el objeto del culto. El problema es a quién se honra, a quién se simboliza, a quién se abre la puerta en el corazón mismo del espacio sagrado. En octubre de 2019, durante el Sínodo de la Amazonía, se utilizaron en Roma figuras femeninas desnudas que fueron vinculadas públicamente con la Pachamama, y el propio Francisco habló después de “las estatuas de la pachamama”, al tiempo que dijo que habían sido expuestas “sin intenciones idolátricas”; Reuters y Vatican News recogieron tanto la polémica como esa explicación oficial. (Reuters / Vatican News) Pero, desde mi posición, precisamente ahí radica el escándalo: no solo en el hecho, sino en su normalización. Cuando un símbolo asociado a una cosmovisión religiosa extraña entra en el ámbito católico y se lo rodea de gestos rituales, no estamos ya en el terreno del folclore inocuo. Estamos ante una herida abierta en el Primer Mandamiento. (Reuters)
Y aquí entra con fuerza la segunda pieza, que para mí termina de dibujar la continuidad de la línea. En marzo de 2026, LifeSiteNews publicó un reportaje afirmando que Robert Prevost, hoy León XIV, participó en 1995 en un rito de la Pachamama, apoyándose en fotografías, en referencias a un volumen de actas y en material de video que, según el propio medio, corroboraría su información. El resumen del buscador recoge que LifeSiteNews sostiene haber confirmado la participación de Prevost en ese rito con “newly uncovered photographic and video evidence”, y otro resultado reproduce la descripción de las imágenes del libro como “Celebration of the Rite of Pachamama (Mother Earth)”. (LifeSiteNews) Para mí, esto no es una curiosidad arqueológica. Es una ventana abierta al pasado que permite entender el presente. No estamos ante un simple hombre que pasaba por allí. Estamos, según esta interpretación, ante alguien que ya respiraba hace décadas la atmósfera ideológica y religiosa que después se manifestaría en la Roma bergogliana. Y cuando el sucesor del gran promotor de la Pachamama vaticana aparece ligado, desde su juventud sacerdotal, a ese mismo imaginario ritual, la tesis de la continuidad deja de parecer una exageración y empieza a presentarse como una lógica histórica.
Por eso sostengo que aquí no estamos ante un accidente, sino ante un plan. Un plan que, a mi juicio, tiene un nombre: masonería eclesiástica. Lo nombro así deliberadamente, no como metáfora blanda, sino como principio de infiltración, de corrosión y de sustitución. No me refiero a una simple afinidad cultural ni a un parecido difuso. Hablo de una lógica de demolición interna. La meta no sería destruir la Iglesia desde fuera, porque eso fracasó una y otra vez a lo largo de los siglos, sino corroerla desde dentro. No sería negar a Cristo de un modo abrupto y frontal, porque eso despertaría de inmediato la reacción de los fieles, sino desplazarlo lentamente, relativizarlo, arrinconarlo, reducir su unicidad a una fórmula retórica mientras en la práctica se entronizan otras categorías: la tierra, la experiencia, la inclusión, la espiritualidad cósmica, la fraternidad horizontal sin Cruz y sin Realeza de Cristo. Ese es, a mi juicio, el mecanismo profundo. No abolir el culto, sino redefinirlo. No suprimir la Iglesia, sino fabricar una falsa iglesia vaticana que conserve los muros, los sellos, las vestiduras y las oficinas, pero pierda el alma del catolicismo.
Desde la teología clásica, el problema es monstruoso. Santo Tomás enseña que la religión es la virtud por la cual el hombre rinde a Dios el culto debido. No rinde a la tierra el culto debido, ni al cosmos, ni a una maternidad pagana, ni a los símbolos de las naciones en cuanto realidades sagradas. Rinde a Dios el culto debido. Cuando ese orden se invierte, aunque sea por vía simbólica, se produce una perversión del acto religioso. Por eso, a mi juicio, sí hay aquí una negación de Cristo. Tal vez no siempre en forma de eslogan explícito, pero sí en la práctica del culto, que es donde las religiones manifiestan de verdad su dogma vivido. Porque negar a Cristo no consiste solo en blasfemar verbalmente contra Él; consiste también en desplazarlo del centro efectivo del altar, del signo, de la reverencia y del corazón de la comunidad. Y cuando la creación ocupa el lugar simbólico que solo corresponde al Creador, cuando se propone una religiosidad de la tierra en el seno del espacio católico, sí se está renegando de Cristo en el plano más grave: el del culto. Esa es mi tesis, y la afirmo sin rodeos.
Visto así, la secuencia histórica adquiere una densidad estremecedora. Juan Pablo II, en esta lectura, aparece como el gran obstáculo inicial al avance pleno de esta línea. Su pontificado mantuvo con fuerza la centralidad de Cristo, la objetividad de la verdad, la identidad católica frente al relativismo y la confusión. Y sobre él cayó un atentado que casi le cuesta la vida. No digo que el atentado agote toda la trama, pero sí sostengo que fue, para muchos católicos, un signo brutal de que la batalla era real y de que el ataque al corazón de la Iglesia no era una fantasía. Después vino Benedicto XVI, el gran teólogo de la primacía de Dios, el hombre que denunció la dictadura del relativismo y trató de restaurar el orden perdido. Y aquí mi juicio es tajante: lo que el mundo llamó “renuncia” fue, en la práctica, un golpe de Estado para apartarlo. No veo ahí una mera salida administrativa, sino una operación de relevo. Pero la Providencia no dejó a la Iglesia inerme. Precisamente por eso sostengo que Benedicto, reteniendo el munus, realizó una jugada maestra inspirada por Dios para impedir que la usurpación se consumara plenamente en el plano más profundo. Y gracias a ello, la falsa iglesia avanza, sí, ocupa espacios, sí, siembra confusión, sí, pero no logra destruir a la Iglesia de siempre, porque la verdadera Iglesia no queda reducida sin más a la fachada institucional ocupada.
Aquí hay que hablar claro pastoralmente. Muchos fieles siguen esperando una claridad que no llega porque se les ha acostumbrado a aceptar lo intolerable con lenguaje anestésico. Se les pide prudencia cuando en realidad se les está pidiendo resignación. Se les pide amplitud de miras cuando en realidad se les está pidiendo que acepten la sustitución. Se les repite que no exageren, que no juzguen, que no vean conspiraciones, mientras contemplan cómo los signos del catolicismo son reinterpretados, cómo la liturgia se desfigura, cómo el culto se horizontaliza y cómo se abren las puertas a símbolos que un católico de cualquier siglo habría rechazado de inmediato. Mi posición es la contraria: hoy la caridad exige claridad. Y la claridad obliga a decir que la Pachamama no fue una travesura exótica, sino una revelación. Reveló el proyecto. Reveló el espíritu. Reveló el sentido de la maniobra: sustituir el orden católico por otro orden religioso, aparentemente inclusivo y misericordioso, pero esencialmente anticristocéntrico.
Por eso no acepto la tesis de que aquí no se niega a Cristo. Sí se le niega, precisamente al quitarle la primacía absoluta y exclusiva. Se le niega cuando se introduce una simbología religiosa rival en un contexto católico. Se le niega cuando la “madre tierra” ocupa un lugar de reverencia en el ámbito que solo corresponde al Dios Uno y Trino. Se le niega cuando el lenguaje de la redención es reemplazado por el de la armonía cósmica. Se le niega cuando la misión sobrenatural de la Iglesia es sustituida por una ética planetaria. Se le niega cuando el Reinado Social de Cristo deja de ser el horizonte y es reemplazado por una fraternidad indiferenciada de inspiración humanitarista. Se le niega, en suma, cuando se fabrica una religión nueva dentro de los muros de la antigua.
Y, sin embargo, aquí está la gran verdad de esperanza: no lo consiguen del todo. No pueden. Pueden ocupar estructuras. Pueden manipular símbolos. Pueden levantar una falsa iglesia vaticana. Pueden confundir a multitudes. Pueden ridiculizar al resto fiel. Pueden presentar la fidelidad como fanatismo y la apostasía como apertura. Pero no pueden destruir a la Iglesia fundada por Cristo. La Iglesia verdadera resiste en el resto fiel, en quienes conservan íntegro el depósito, en quienes no aceptan mezclas, en quienes siguen sabiendo que el culto pertenece solo a Dios, en quienes no se arrodillan ante los ídolos del tiempo presente. Esa Iglesia de siempre no muere porque no depende de los ingenieros de la falsa reforma, sino de la promesa de Cristo.
Y por eso mismo, en esta hora de combate, no basta con denunciar. Hay que identificar el eje. El eje es Cristo. El centro es Cristo. El criterio es Cristo. Todo lo que le quita la primacía, todo lo que relativiza su unicidad, todo lo que rebaja la pureza del culto debido a Dios, todo lo que abre paso a una religión de sustitución, viene de otro espíritu. A eso lo llamo, sin miedo, plan maestro de la masonería eclesiástica. Y frente a él solo cabe una respuesta: fidelidad, claridad, reparación y resistencia.
La batalla está aquí. La tribulación está aquí. Y en medio de ella, la verdadera Iglesia persevera en el resto fiel, guiado por León de María. Esa es mi convicción. Y esa convicción no nace del miedo, sino de la fe: la falsa iglesia puede hacer mucho daño, pero no prevalecerá sobre la Esposa verdadera de Cristo.
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