LA BELLEZA SALVARÁ LA FE. Por Vicente Montesinos

El aporte decisivo de Hans Urs von Balthasar en plena continuidad con la tradición católica

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Teología Von Balthasar

 

 

 

por Vicente Montesinos

Director de Adoración y Liberación

 

 

 

En los ambientes donde se ama la tradición, donde se custodia con celo la integridad de la fe y se desconfía —con razón— de tantas novedades ambiguas, ha surgido en ocasiones una sospecha: hablar de la belleza como vía teológica podría parecer una concesión al subjetivismo moderno, una forma de suavizar la verdad o de desplazar el rigor doctrinal hacia lo emocional. Sin embargo, esta sospecha, aunque comprensible en un contexto de confusión generalizada, no resiste un análisis serio a la luz de la gran tradición católica. Y es aquí donde se hace necesario afirmar con claridad, con firmeza y sin complejos, que la centralidad de la belleza en la teología —tal como la desarrolla Hans Urs von Balthasar— no solo no es una desviación, sino que constituye una recuperación providencial de una dimensión esencial del cristianismo que nunca debió quedar en segundo plano.

Para comprender esto, es imprescindible situarse en el corazón mismo de la metafísica clásica. La tradición, desde los Padres hasta la escolástica, ha enseñado siempre que el ser posee propiedades trascendentales inseparables: lo verdadero, lo bueno y lo bello. No se trata de tres aspectos añadidos externamente, sino de tres dimensiones que expresan la misma realidad desde perspectivas distintas. Dios, en cuanto Ser absoluto, es simultáneamente Verdad, Bien y Belleza. Esta enseñanza, lejos de ser una elaboración tardía, atraviesa toda la tradición. Basta recordar a San Agustín de Hipona, quien en una de las páginas más sublimes de la literatura cristiana se dirige a Dios como “Hermosura tan antigua y tan nueva”, o a Santo Tomás de Aquino, que define lo bello a partir de la integridad, la proporción y la claridad, mostrando que la belleza no es una impresión subjetiva, sino una cualidad objetiva del ser que se manifiesta al intelecto a través de la forma.

Desde esta base, resulta evidente que cualquier intento de expulsar la belleza del ámbito teológico no es un acto de fidelidad a la tradición, sino, en el mejor de los casos, una reducción de su riqueza. Lo que Balthasar realiza no es una innovación rupturista, sino una rearticulación de este patrimonio, situando nuevamente la belleza en el centro de la experiencia teológica. En un contexto histórico en el que la teología había tendido, en ciertos ambientes, a volverse excesivamente conceptual, defensiva y abstracta, él recuerda que la revelación divina no se presenta únicamente como un conjunto de proposiciones verdaderas que deben ser aceptadas, sino como una forma que se manifiesta, que se deja contemplar y que, por su propia luminosidad, atrae y transforma al sujeto.

El núcleo de su propuesta es profundamente cristológico y, por tanto, radicalmente ortodoxo: Jesucristo es la forma visible de Dios, la epifanía concreta de la belleza divina en la historia. No es simplemente el portador de un mensaje, ni el mediador de unas verdades abstractas, sino la Verdad misma hecha carne, el Bien encarnado, la Belleza que se ofrece a la mirada del hombre. En Él, la revelación no se limita a instruir, sino que se da como presencia. Esta intuición no introduce ningún elemento ajeno a la fe, sino que conecta directamente con la lógica misma del Evangelio, donde Cristo no conquista a sus discípulos mediante demostraciones filosóficas, sino mediante la autoridad de su persona, la fuerza de su santidad y la atracción irresistible de su ser.

En este sentido, afirmar que la belleza es un camino hacia Dios no implica en absoluto caer en un esteticismo superficial o sentimental. Muy al contrario, supone reconocer que la verdad, cuando es plenamente ella misma, posee una capacidad intrínseca de manifestarse como esplendor. La belleza auténtica no es lo meramente agradable o decorativo, sino la irradiación de la verdad en el orden del ser. Por eso, la belleza de Cristo alcanza su máxima expresión no en lo cómodo o lo armonioso según criterios mundanos, sino en el misterio de la cruz, donde el amor llevado hasta el extremo revela una forma de gloria que solo puede ser comprendida desde la fe. Aquí se desmorona definitivamente la acusación de superficialidad: la belleza cristiana no elude el sufrimiento, lo transfigura.

Desde esta perspectiva, la aportación de Balthasar adquiere una relevancia decisiva también en el ámbito de la evangelización. En un mundo saturado de discursos, argumentos y confrontaciones ideológicas, la mera repetición de fórmulas, por verdaderas que sean, resulta a menudo insuficiente para tocar el corazón del hombre contemporáneo. No porque la verdad haya perdido su valor, sino porque ha dejado de ser percibida en toda su densidad y atractivo. La tradición de la Iglesia lo ha comprendido siempre: las catedrales, la liturgia, el arte sacro, el canto, la vida de los santos… todo ello ha sido vehículo de transmisión de la fe precisamente porque hacía visible la belleza de lo que se creía. Balthasar no hace sino devolver a la teología esta dimensión contemplativa, recordando que la verdad no solo debe ser defendida, sino también mostrada en su esplendor.

Llegados a este punto, se hace necesario responder con claridad a quienes, desde una legítima preocupación por la ortodoxia, consideran que este enfoque podría abrir la puerta a desviaciones. La respuesta es simple y profundamente tradicional: la belleza de la que hablamos no es autónoma, no es independiente, no es criterio último. Está intrínsecamente unida a la verdad y al bien. Allí donde se separa de ellos, deja de ser belleza en sentido propio y se convierte en apariencia engañosa. Pero cuando permanece en su lugar, cuando se comprende como trascendental del ser, no solo es segura, sino necesaria. Negarla o minimizarla no fortalece la fe; la empobrece.

En definitiva, el gran mérito de Hans Urs von Balthasar consiste en haber recordado a la teología católica algo que siempre supo, pero que en ciertos momentos había quedado oscurecido: que la revelación divina posee una forma, que esa forma es Cristo, y que en Él la verdad se manifiesta como belleza que atrae, convence y transforma. Leído en continuidad con la tradición, lejos de toda interpretación desviada, su pensamiento no es una amenaza, sino un instrumento valioso para devolver a la fe su capacidad de irradiar luz en un mundo que, más que nunca, necesita volver a ver.

Y si hay alguien que en nuestro tiempo ha profundizado con valentía, claridad y fidelidad en esta dimensión, desenmascarando las caricaturas y lecturas interesadas que se han hecho de Balthasar, es sin duda Don Alessandro Maria Minutella. Tanto en su obra escrita como en sus constantes catequesis, ha mostrado cómo esta teología, bien comprendida, no solo no se opone a la tradición, sino que la ilumina desde dentro, permitiendo redescubrir la fuerza de una verdad que, cuando es plenamente acogida, se manifiesta siempre como infinitamente bella.

 

 

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