España e Italia: las dos columnas de la santidad que levantaron la civilización cristiana
Cuando la historia de la Iglesia se contempla sin prejuicios.
Cuando la historia de la Iglesia se contempla sin prejuicios
por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación

La historia de la Iglesia Católica no es solo una sucesión de acontecimientos religiosos. Es la historia de la santidad encarnada en pueblos concretos, de hombres y mujeres que transformaron el mundo con la fuerza del Evangelio. Si se examinan con rigor los dos mil años de cristianismo —los santos canonizados, los doctores de la Iglesia, los fundadores de órdenes religiosas, las reformas espirituales y las grandes empresas misioneras— aparecen con claridad dos naciones que han ejercido una influencia extraordinaria: Italia y España.
No se trata de una afirmación sentimental, sino de un hecho histórico. Italia, sede del Papado desde el martirio de San Pedro, ha sido el corazón visible de la Iglesia. España, especialmente desde la Edad Media y durante la Edad Moderna, se convirtió en una potencia espiritual y misionera sin precedentes.
De Roma surgió la estructura universal de la Iglesia. De España brotó una de las mayores expansiones evangelizadoras de toda la historia cristiana.
Italia: el corazón espiritual de la Iglesia universal
Roma es el centro visible de la Iglesia desde los primeros siglos del cristianismo. Allí derramaron su sangre los apóstoles Pedro y Pablo, y desde allí se ha guiado la vida de la Iglesia durante veinte siglos. Esta centralidad espiritual explica que Italia haya sido una de las tierras más fecundas en santidad.
El padre del monacato occidental
Uno de los pilares de la civilización cristiana nació en Italia: San Benito de Nursia. Su Regla benedictina, escrita en el siglo VI, moldeó la vida monástica de Occidente durante más de mil años.
Los monasterios benedictinos no solo fueron lugares de oración. En ellos se copiaron manuscritos antiguos, se preservó el saber clásico, se cultivaron las artes y se estructuró la vida espiritual de Europa. Por eso San Benito es considerado patrono de Europa.
El terremoto espiritual de San Francisco de Asís
En el siglo XIII apareció una figura que transformó profundamente la Iglesia: San Francisco de Asís.
Su radical pobreza evangélica, su amor apasionado por Cristo crucificado y su vida de fraternidad universal dieron origen a la Orden Franciscana. Los franciscanos renovaron la predicación, revitalizaron la vida religiosa y llevaron el Evangelio a nuevos territorios.
Junto a ellos surgieron otras grandes familias espirituales: los capuchinos, los conventuales y numerosas ramas franciscanas.
El mayor teólogo de la historia católica
Italia dio también al mundo a uno de los gigantes intelectuales del cristianismo: Santo Tomás de Aquino.
Dominico, filósofo y teólogo, su obra —especialmente la Summa Theologica— representa una síntesis monumental entre fe y razón. Su pensamiento sigue siendo el pilar fundamental de la teología católica.
La Iglesia lo considera Doctor Angélico y uno de los más grandes maestros de la doctrina cristiana.
Los grandes místicos y reformadores italianos
Italia ha dado también grandes figuras de santidad que influyeron profundamente en la vida de la Iglesia:
Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia, cuya intervención fue decisiva para el retorno del papado a Roma.
San Felipe Neri, fundador del Oratorio, que revitalizó la vida espiritual de Roma durante el Renacimiento.
San Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia y fundador de los redentoristas, uno de los grandes maestros de la teología moral.
San Juan Bosco, fundador de los salesianos y apóstol de la juventud.
San José Cafasso, gran formador del clero.
San Pío de Pietrelcina (Padre Pío), uno de los santos más conocidos del siglo XX, cuya vida de oración, penitencia y milagros conmovió al mundo entero.
España: la potencia mística y misionera de la Iglesia
Si Italia ha sido el centro institucional de la Iglesia, España ha sido una de las mayores fuentes de renovación espiritual y expansión evangelizadora.
Desde la Edad Media hasta la Edad Moderna, España produjo una constelación extraordinaria de santos, teólogos, místicos y fundadores de órdenes religiosas.
La Edad de Oro de la mística cristiana
Entre los siglos XVI y XVII surgió en España uno de los momentos más altos de la espiritualidad cristiana.
Santa Teresa de Ávila, doctora de la Iglesia, reformó el Carmelo y dejó obras espirituales inmortales como El Castillo Interior y Camino de Perfección.
San Juan de la Cruz, también doctor de la Iglesia, llevó la teología mística a una profundidad incomparable en obras como Noche Oscura y Cántico Espiritual.
Ambos son considerados por muchos teólogos como los mayores místicos de la historia cristiana.
Las órdenes religiosas que cambiaron la historia
España dio origen a dos de las órdenes religiosas más influyentes del mundo.
Santo Domingo de Guzmán fundó la Orden de Predicadores, los dominicos, dedicada a la predicación, la formación teológica y la defensa doctrinal de la fe.
De esta orden surgieron grandes teólogos y misioneros que influyeron profundamente en la vida intelectual de la Iglesia.
San Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús. Los jesuitas se convirtieron en una fuerza decisiva en la evangelización del mundo moderno, llevando el Evangelio a América, Asia y África.
Los grandes santos españoles
España ha dado una constelación extraordinaria de santos:
San Isidoro de Sevilla, doctor de la Iglesia y uno de los sabios más influyentes de la Antigüedad tardía.
San Juan de Ávila, doctor de la Iglesia y gran maestro espiritual del clero.
San Pedro de Alcántara, reformador franciscano.
San Francisco Javier, uno de los mayores misioneros de la historia, evangelizador de Asia.
San Vicente Ferrer, predicador incansable de Europa.
San Pascual Bailón, místico eucarístico.
San José de Calasanz, fundador de las Escuelas Pías.
San Antonio María Claret, gran misionero y fundador de los claretianos.
San Juan de Dios, fundador de la orden hospitalaria.
La mayor empresa evangelizadora de la historia
España protagonizó además una de las mayores gestas de la historia de la Iglesia: la evangelización de Hispanoamérica.
Tras el viaje de Cristóbal Colón —empresa que solo fue apoyada por la Corona española— comenzó una gigantesca misión evangelizadora.
Franciscanos, dominicos, mercedarios y jesuitas llevaron el Evangelio a millones de personas.
Se fundaron universidades, hospitales, parroquias, misiones y catedrales por todo el continente. El catolicismo quedó profundamente arraigado en la identidad espiritual de América.
Muchos historiadores consideran esta empresa misionera como una de las mayores obras apostólicas de toda la historia cristiana.
Dos naciones que sostuvieron la civilización cristiana
Italia y España, cada una con su misión providencial, sostuvieron durante siglos el edificio espiritual de la cristiandad.
Italia fue el centro doctrinal y espiritual de la Iglesia. España fue el gran motor misionero que llevó el Evangelio a nuevos continentes.
Desde Roma se custodiaba la unidad de la fe. Desde España se expandía la evangelización del mundo.
No es extraño que esta obra civilizadora haya sido tantas veces atacada por los enemigos de la fe.
Francia: santos inmensos pero en menor número
Tras Italia y España, Francia ocupa también un lugar importante en la historia de la santidad.
Entre sus grandes figuras destacan:
San Bernardo de Claraval
Santa Teresa de Lisieux
San Vicente de Paúl
Santa Juana de Arco
San Hilario de Poitiers
San Ireneo de Lyon
Santos extraordinarios, verdaderas cumbres espirituales de la Iglesia.
Pero cuando se contempla el conjunto de la historia —número de santos, fundadores de órdenes religiosas, doctores de la Iglesia y expansión evangelizadora— Italia y España permanecen como las dos grandes columnas de la santidad en la civilización cristiana.
Conclusión
La santidad es un don de Dios que florece en todos los pueblos. Sin embargo, la historia muestra con claridad que Italia y España han desempeñado un papel providencial único.
Desde Roma, corazón visible de la Iglesia, hasta la gigantesca evangelización de América realizada por España, estas dos naciones han sido instrumentos fundamentales en la difusión del Evangelio.
Su legado no pertenece solo a ellas. Pertenece a toda la Iglesia.
Porque cada santo, cada misión, cada obra apostólica no es, en último término, la obra de un país, sino la obra de Dios en la historia de los hombres.
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