Los benditos de los últimos tiempos (Cap. VIII) NATALIA PREGO, LA MEDICINA PRÍSTINA
Los benditos del fin de los tiempos ( Cap. VIII) Natalia Prego
Álex Holgado
Adoración y Liberación

Si uno teclea su nombre en los buscadores, se agolpa con preferencia casi maligna en el listado de la pantalla la batería de enlaces de las siniestras agencias verificadoras negándole el pan y la sal. Y uno se pregunta si no es esto, precisamente, signo evidente de conspiración. Te apabullan con sus formalismos porque el Gran Hermano te protege de la libertad.
“Negacionista”, “conspiranoica”, “antivacunas”, “desinformadora”, “bebelejías”… la artillería pesada del régimen se ha concentrado en esta doctora que se atrevió a desafiar los axiomáticos protocolos de la corrupta OMS y el manual del médico corporativo, inodoro e insípido. Porque para el ecosistema científico la mediocridad hace al sanitario engranaje útil.
En los primeros compases de la plandemia su rostro, amable pero tenaz, encarnó las incipientes y dispersas voces de la disidencia. Natalia Prego, opinión autorizada por su condición de médico y a la vez cercana a la gente quizás por su emoliente deje gallego, se plantó y su desafío resquebrajó la pesada losa del relato oficial, cuya figuración no era sino una fantasmagoría, el armazón intencionado de una tormenta perfecta para la mayor estafa de la historia.
Era el 15 de marzo de 2020, el segundo día del incuestionable (aunque inconstitucional e impune) confinamiento domiciliario en España, cuando no existía discusión pública posible de la plandemia. De pronto, un audio suyo en Whatsapp se hace viral: por fin un médico pone en entredicho la letalidad del coronavirus, rechaza por absurdo el aislamiento de la población sana y destruye la apocalíptica narrativa mediática.
Las mascarillas, la distancia social, los confinamientos, los asintomáticos, el terrorismo mediático, ¡las sacrosantas vacunas!… Natalia, cumpliendo precisamente con su juramento hipocrático, se rebeló contra la gran mentira en el momento más espeso y casi sin querer catalizó la resistencia organizando Médicos por la Verdad. La verdad se abría paso.
La respuesta no se hizo esperar. ¿Quién se permite independencia de criterio y contradecir los dogmas del rebaño y la idolatría de las vacunas? De inmediato fue atacada por los perros guardianes del sanitarismo criminal y el estraperlo secular y consentido de la mafia de las batas blancas. La todopoderosa máquina trituradora se puso en marcha.
Como a una moderna santa Catalina de Alejandría, la expusieron como carnaza en el circo público que patrocinan los respetables mecenas farmacéuticos y se atropellaron los verdugos para aplicarle el hacha decapitadora. La despidieron del trabajo, la expedientaron en el colegio de médicos, el mainstream la sacudió como a muñeca de trapo y la red la censuró y condenó a la periferia de la marginalidad digital.
La prístina medicina había sido violentada, una vez más, por la turba de lamebotas de la academia y sus indecentes conflictos de intereses.
Pero su asesinato social fue semilla que germinó para la gran causa del pensamiento libre. Natalia y otros nombres benditos, como Ángel Ruiz Valdepeñas o María José Martínez Albarracín, llevan en su espíritu esa gracia entre celestial y científica que trasciende los tejemanejes del pútrido sistema pecuario que nos pastorea y nos explota y que distingue la gente de bien.
“El problema –nos revela Natalia Prego- surge cuando la incertidumbre se presenta como desinformación, el debate se convierte en patología y la prudencia y el principio de precaución se confunden con el negacionismo”. “La biomedicina no fracasa por plantearse demasiadas preguntas. Fracasa cuando declara certeza antes de tener los datos”, remacha.
Su valentía y determinación, la solidez de sus principios éticos y su fidelidad a los planteamientos científicos, hace tiempo que la migraron a un plano superior, intangible, verdadero, del que debemos nutrirnos para inmunizarnos del descarado desenvolvimiento de que hace gala la mentira, que amenaza con volver a someternos.
Ahora que la verdad sobre la plandemia y los negocios homicidas de los inyectables de la industria farmaobscénica se ha puesto sobre algún tímido tapete, sería el tiempo de la justicia. Y resultaría un saludable ejercicio de madurez colectiva no solo que la sociedad al completo entonara un mea culpa, sino que restituyera el buen nombre y el prestigio de estos médicos mártires de su vocación.
Sería justo y urgente rectificar la avalancha de bulos, escarnios y condenas desencadenada por los fact checkers y extirpar para siempre esa purulenta excreción del sistema. Por supuesto sabemos que no se hará y que nadie rendirá cuentas porque hay una mayoría cómplice y forma parte de la estructura luciferina que rige el mundo. Interesa mirar para otro lado. Ya se ocupará de alinearlo la memoria democrática.
Pero es nuestra obligación en conciencia mirar a Natalia y a esos médicos con mayúscula y ver en ellos a los benditos de los últimos tiempos, identificarlos y seguir su ejemplo de integridad y consagración a la verdad. Cueste lo que cueste. Nos va la vida, la verdadera vida, en ello.
Capítulos anteriores de esta serie:
- Capítulo 1:
- Capítulo 2:
Los benditos de los últimos tiempos (Cap. II) DON MINUTELLA, EL LEÓN DE LA FE APOSTÓLICA
- Capítulo 3:
Los benditos de los últimos tiempos (Cap. III) ANTONINI DE JIMÉNEZ, DE VOCACIÓN LIBRE
- Capítulo 4:
- Capítulo 5
- Capítulo 6
FERNANDO LÓPEZ-MIRONES, LA CIENCIA ORIGINAL . Por Álex Holgado
- Capítulo 7
CRISTINA MARTÍN JIMÉNEZ, LA SIBILA DEL PERIODISMO. Por Álex Holgado

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