🇪🇸 LA OBEDIENCIA CRISTIANA Y SU LÍMITE. CUANDO RESISTIR ES ACTO DE FIDELIDAD. Por Vicente Montesinos.

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LA OBEDIENCIA CRISTIANA Y SU LÍMITE.

 

por Vicente Montesinos

Director de Adoración y Liberación

 

 

 

La obediencia ocupa un lugar central en la vida cristiana. Desde los primeros pasos en la fe hasta las formas más altas de consagración, la Iglesia ha presentado siempre la obediencia como virtud necesaria, camino de santificación y expresión concreta de humildad. Sin embargo, precisamente por su importancia, es también una de las virtudes más fácilmente deformadas cuando se la separa de la verdad. En tiempos de confusión doctrinal, la obediencia mal entendida puede dejar de ser virtud para convertirse en instrumento de error.

La tradición católica jamás ha identificado obediencia con sumisión absoluta o ciega. Por el contrario, ha enseñado siempre que la obediencia es una virtud moral, regulada por la razón y ordenada por la caridad, que solo puede ejercerse rectamente dentro del marco de la ley divina y del bien objetivo de las almas. Esta enseñanza alcanza su formulación más clara y segura en la teología de Santo Tomás de Aquino, cuya doctrina permanece como norma perenne para el discernimiento moral y eclesial.

En la Summa Theologiae, Santo Tomás trata la obediencia en la segunda parte de la segunda parte, cuestión 104. Allí enseña que la obediencia es una virtud que inclina la voluntad a cumplir los mandatos del superior, pero solo en cuanto dichos mandatos se ordenan al bien y permanecen dentro de los límites de la autoridad legítima. Desde el inicio, el Aquinate establece un principio fundamental: solo Dios puede exigir obediencia absoluta; toda autoridad humana es necesariamente limitada.

La afirmación tomista es de una claridad que no admite equívocos: “Obedecer a los superiores es debido en aquellas cosas que están sujetas a su potestad; pero no en las que son contra Dios” (Summa Theologiae, II-II, q.104, a.5). Y añade una consecuencia decisiva: en tales casos, obedecer no sería virtud, sino pecado. No se trata, por tanto, de una mera posibilidad de desobedecer, sino de un deber moral de no hacerlo cuando el mandato contradice la ley divina o la fe revelada.

Esta doctrina se apoya en una verdad teológica esencial: toda autoridad humana participa de la autoridad de Dios de modo analógico y subordinado. San Pablo enseña que “no hay autoridad que no venga de Dios” (Rom 13,1), pero esto no significa que toda orden de una autoridad humana exprese automáticamente la voluntad divina. La autoridad viene de Dios en cuanto autoridad; los actos concretos del que manda pueden, sin embargo, apartarse de Dios.

Por ello, cuando una autoridad manda algo contrario a la fe, a la ley natural o al bien objetivo de las almas, ese mandato pierde su fuerza obligatoria. No se trata de que el súbdito se erija en juez supremo, sino de que reconoce que el mandato ha salido del ámbito en el que podía ser obedecido. La obediencia cristiana no se dirige a la persona del superior en cuanto tal, sino al mandato justo en cuanto conforme al orden querido por Dios.

Este principio no es una elaboración tardía ni una reacción moderna frente a abusos de poder. Está firmemente arraigado en la Sagrada Escritura y en la tradición de los Padres. Los Apóstoles lo expresaron con una fórmula que atraviesa los siglos: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). No es una consigna revolucionaria, sino una confesión de fe.

San Agustín enseña que no se debe obedecer a los superiores cuando mandan algo injusto, porque “no es ley lo que no es justo” (De libero arbitrio, I, 5). San Gregorio Magno, por su parte, advierte que el silencio ante el error del pastor no es neutral, sino culpable, porque callar ante el error equivale a consentirlo (Regula Pastoralis). Para los Padres, la obediencia nunca puede separarse de la verdad sin corromperse.

La historia de la Iglesia ofrece un ejemplo luminoso y decisivo en la figura de San Atanasio. En el siglo IV, cuando la herejía arriana logró imponerse en amplios sectores de la jerarquía, Atanasio permaneció firme en la confesión de la divinidad de Cristo. Fue condenado por sínodos, depuesto de su sede, exiliado repetidas veces y abandonado por muchos. Desde una perspectiva meramente externa, parecía un obispo desobediente y perturbador del orden eclesiástico. Desde la perspectiva de la fe, fue el gran defensor de la ortodoxia.

San Atanasio no resistió por orgullo ni por apego a una opinión personal. Resistió porque estaba en juego el corazón mismo de la fe cristiana. Si hubiera obedecido en nombre de la paz o de una obediencia mal entendida, habría traicionado el depósito recibido de los Apóstoles. Su resistencia fue, en realidad, un acto de obediencia superior: obediencia a Dios y a la verdad revelada.

Este ejemplo permite comprender una distinción fundamental, hoy frecuentemente olvidada: la diferencia entre obediencia verdadera y obediencia falsa. La obediencia falsa absolutiza la autoridad humana, identifica el cargo con la verdad y reduce la virtud a una ejecución acrítica de órdenes. En nombre de esta obediencia se exige callar cuando se debería hablar, aceptar ambigüedades doctrinales y justificar contradicciones con la fe.

La obediencia verdadera, en cambio, es esencialmente teologal. Reconoce la autoridad legítima, pero la sitúa en su lugar propio. Es una obediencia racional, iluminada por la fe, que discierne el contenido del mandato. No busca el conflicto ni la ruptura, pero acepta el sufrimiento cuando la fidelidad a la verdad lo exige. Puede llevar a la marginación, a la incomprensión y aun a la persecución, pero permanece en comunión real con la Iglesia, porque permanece en la verdad.

Santo Tomás lo expresa con precisión: “El súbdito no está obligado a obedecer al superior en todo, sino solo en aquello que pertenece al orden de la justicia” (Summa Theologiae, II-II, q.104, a.6). Cuando el mandato se aparta de ese orden, la obediencia deja de ser virtud y se transforma en cooperación con el mal.

Este principio tiene una aplicación directa y dolorosamente actual. Cuando se exige relativizar dogmas, silenciar verdades definidas, aceptar prácticas contrarias a la ley divina o entrar en comunión práctica con el error, la obediencia mal entendida se convierte en instrumento de corrupción espiritual. En tales circunstancias, resistir no es rebeldía ni desobediencia culpable, sino fidelidad objetiva a Cristo y a su Iglesia.

La historia confirma que la Iglesia no ha sido preservada por quienes obedecieron sin discernimiento, sino por quienes supieron resistir cuando obedecer habría significado traicionar la fe. La unidad de la Iglesia no se funda en la uniformidad externa ni en la sumisión material, sino en la comunión en la verdad revelada.

La obediencia auténtica no anula la conciencia; la forma.
No sustituye la verdad; la sirve.
No absolutiza al hombre; glorifica a Dios.

La Iglesia no se salva obedeciendo al error.
La Iglesia se salva permaneciendo fiel a Cristo,
aunque esa fidelidad tenga el precio de la cruz,
la soledad y la incomprensión.

Así lo enseña la Escritura.
Así lo confirma la Tradición.
Así lo razona la teología tomista.
Así lo testimonia la historia.

Y así seguirá siendo hasta el fin.

 

 

 

 

 

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