🇪🇸 POR QUÉ LOS CATÓLICOS DEBEMOS DECIR “HISPANOAMÉRICA” Y NO “LATINOAMÉRICA”
Un ensayo para restaurar la verdad histórica, cultural y espiritual de un continente nacido para Cristo
POR QUÉ LOS CATÓLICOS DEBEMOS DECIR “HISPANOAMÉRICA” Y NO “LATINOAMÉRICA”
por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación
En una época en la que las palabras se manipulan para reorientar la memoria, controlar la conciencia y reescribir la identidad de los pueblos, recuperar el lenguaje verdadero se convierte en un acto de justicia y de resistencia espiritual. No es indiferente decir “Hispanoamérica” o “Latinoamérica”. Las palabras tienen alma, historia, peso moral. Y en este caso, el nombre que usamos para nombrarnos habla de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde estamos llamados por la Providencia.
Hispanoamérica no es un capricho semántico. Es un hecho histórico: designa a los pueblos de América que nacieron de la mayor obra de evangelización jamás realizada desde los tiempos apostólicos. La evangelización emprendida por la España católica —con la ayuda de sus santos, mártires, misioneros y teólogos— fue, en verdad, la gesta más grandiosa para la Cristiandad desde el nacimiento de Jesucristo. Ningún acontecimiento histórico posterior a la Encarnación y a la Resurrección tuvo un impacto tan profundo, tan decisivo y tan universal en la salvación de las almas: millones de hombres recibieron el Bautismo, se fundaron iglesias, universidades, hospitales, ciudades enteras se levantaron bajo el Sagrado Corazón. La civilización que emergió en aquellas tierras fue un auténtico milagro histórico y espiritual.
No se trató de un proyecto humano, sino de una misión divina. La España que cruzó el océano no fue la España de los tópicos modernos, sino la España forjada por siglos de fe, por la Reconquista, por la defensa de la Iglesia, por la escolástica, por el espíritu misionero que había bebido en la Roma apostólica. Fueron santos como Toribio de Mogrovejo, Francisco Solano, Pedro Claver, Rosa de Lima, Junípero Serra; fueron miles de sacerdotes, religiosos y laicos que entregaron su vida para llevar a Cristo hasta el último rincón del continente. Aquello no fue colonialismo: fue apostolado. No fue conquista material: fue conversión espiritual.
Por eso, llamar Hispanoamérica a esos pueblos no es nostalgia ni romanticismo. Es reconocer la verdad: somos hijos de una empresa sagrada que transformó la historia entera. Hispanoamérica nació en la pila bautismal y al calor de la Cruz.
Frente a esta realidad luminosa, el término “Latinoamérica” aparece como una construcción artificial, elaborada muy tardíamente y con una clara intencionalidad política. No surgió de la tradición, ni de la historia, ni de la cultura real de los pueblos del continente. Su origen se encuentra en círculos políticos e intelectuales francófonos y, sobre todo, en ambientes masones del siglo XIX, cuyo objetivo era debilitar la influencia espiritual y cultural de la Hispanidad. La masonería —enemiga declarada de la Iglesia, de la monarquía católica y de la unidad espiritual de los pueblos hispanos— promovió el concepto de “Latinoamérica” para sustituir la identidad cristiana y construir otra más maleable, más laicista, más desligada de la fe. Sustituir “Hispanoamérica” por “Latinoamérica” fue un acto político, no lingüístico: un intento de borrar el origen católico del continente y reescribir su historia desde parámetros ideológicos modernos.
Hoy, esa operación sigue dando frutos. Bajo el término “Latinoamérica” se diluye todo lo que hace único al mundo hispanoamericano: su lengua común, su evangelización común, su tradición jurídica y cultural común, su devoción a María, su fidelidad al catolicismo tradicional. “Latinoamérica” es un nombre sin alma, sin raíz, sin teología. “Hispanoamérica”, en cambio, es memoria viva de Cristo, de la Virgen y de los santos.
La recuperación del nombre verdadero no es solo una cuestión española. Tiene una importancia decisiva para toda la Cristiandad. En una época de apostasía, confusión doctrinal y avance del globalismo anticristiano, un continente consciente de su identidad católica es un baluarte para la defensa de la fe. Esto no afecta únicamente a los pueblos de habla hispana, sino también a naciones hermanas como Italia, que comparten un destino espiritual común. Italia, corazón de la Iglesia, sede de Roma, tierra de santos y defensora milenaria de la Tradición, necesita que Hispanoamérica permanezca fiel a su identidad cristiana. Llamar a las cosas por su nombre fortalece un bloque espiritual necesario para resistir a los poderes de este mundo.
Para Italia, es esencial que Hispanoamérica mantenga su conciencia católica plena, porque ese continente es hoy una reserva moral para la Iglesia universal. Cuando Italia reconoce la verdad histórica del término Hispanoamérica, no solo honra la memoria de Roma, sino que encuentra un aliado natural para la restauración de la fe. No estamos ante un debate lingüístico; estamos ante la defensa de una alianza espiritual que beneficia a toda la Cristiandad.
El lenguaje no es neutral. El que controla el lenguaje controla la historia, y el que controla la historia controla el futuro. Por eso el globalismo, el laicismo y la masonería han batallado por imponer “Latinoamérica” en lugar de “Hispanoamérica”: porque un continente sin raíz es un continente vulnerable. Recuperar la palabra Hispanoamérica es recuperar nuestra misión: ser un continente consagrado al Sagrado Corazón y a la Virgen, levantarse como bastión de la fe y sostener a la Iglesia en su hora más oscura.
Que la Virgen de Guadalupe, Reina de Hispanoamérica y Emperatriz de las Américas, fortalezca a estos pueblos para cumplir su papel providencial en la historia, y que su manto cubra también a Italia y a toda la Cristiandad en esta batalla espiritual que define los últimos tiempos.
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