MENTAR ES INVOCAR. Por F. L. Mirones

Voy a explicarlo aquí ahora para no tener que hacerlo cada vez que use estas palabras en el futuro.

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Por Fernando López Mirones

 

Apreciados aulladores: Voy a explicarlo aquí ahora para no tener que hacerlo cada vez que use estas palabras en el futuro.

Creo que casi todos ya saben que el CCA es el acrónimo aullador del Cambio Climático Acojonante.

Pues otro palabro que implementamos para no repetir y repetir los términos que el sistema nos quiere imponer es el de las LAIAS.

¿Qué son las LAIAS?

Pues, simplemente, lo que ellos quieren que llamemos “la IA” o “la inteligencia artificial”, de “la IA” sale LAIA, y como me niego a decirlo en singular, lo pluralizo en LAIAS. Serían las inteligencias artificiales. Ya saben que combatimos la programación neurolinguística a la que nos someten los medios oficialistas inventando nuestros propios términos; y es que somos plenamente conscientes de que las palabras importan y mucho, de que los términos tienen una gran fuerza evocadora en nuestros cerebros, tal y como explico ampliamente en YO, NEGACIONISTA.

El uso del singular confiere a los términos una categoría superior. Solo se dice en singular algo muy importante. Fíjense que si oyen a alguien hablar de “los dioses”, infieren que es agnóstico o ateo, pero si lo escuchan decir “Dios”, de inmediato deducirán que es un creyente. Sólo cambiando el plural por singular, de algún modo deificamos el concepto. Por eso ellos decían “la vacuna”, cuando eran varias, o “el covid”, o “el virus” como si fuera un ser amenazante con cara y decisiones propias. En su momento desactivamos estos trucos narrativos. También lo hacen con “el Cambio Climático”, que es uno y trino, indivisible e indiscutible… ¡pues no! Miren como cambia la cosa si hablamos de “cambios climáticos” en plural.

Pero se da la circunstancia de que si los que disidimos de las campañas de propaganda oficiales, sean cuales fueren, utilizamos para ello su terminología, lo que hacemos en realidad es colaborar en afianzarlas en las mentes del resto de negacionistas.

Por otro lado hemos de entendernos, y es obligado llamar de algún modo a aquello a lo que nos referimos. Por eso desde 2020 puse mucho esfuerzo en difundir nuevos términos que desactivaran la invocación constante de sus miedos. Empecé con “bozal” en lugar de mascarilla, cuajó enseguida. Después hubo muchas, como “repentinitis”, “inoculados” (para evitar repetir la palabra “vacunados”), “purasangre”, “covidiano”, “vacuñao”, “terapauta”, “pautacompleta”, “desdelprincipio”, “protoculos”, “plandemia”, “timotest”, “europedos”, “calentólogos”, “egologistas”, etc.

Algunas se convirtieron enseguida en lenguaje habitual y otras no.

El caso es que defiendo firmemente que esta guerra tiene mucho de “relato” y “narrativa” (palabras de mi asignatura y trabajo como guionista que también empecé a usar con la plandemia enseguida y que luego oigo mucho en otros divulgadores) y de discurso; de ahí que el NOM siempre busque términos muy impactantes para sus lanzamientos publicitarios como “fiebre del mono”, “enfermedad X”, súperbacterias”, “negacionista”.

Esta última es la que les propuse que debíamos adoptar y blanquear para neutralizarla y hacerla nuestra. Esta técnica de usar un ataque contra nosotros a nuestro favor ya se hizo muchas veces en la historia y casi siempre con éxito. Se usó por ejemplo con “negro”, convertido en “Black Power” o “Black lives matter”; también con “maricón”, que pasó de insulto a término identitario después de que los protagonistas empezaron a utilizarlo. Cuando un colectivo atacado convierte la palabra con la que lo atacan en su sello de identidad, no solo contrarresta los ataques, sino que los convierte en fuerza propia y propaganda positiva. Es la negación la que ayuda al enemigo: ¡no soy negacionista, no niego nada!… error. Lo que desarma es que cuando a uno le dicen ¡negacionista! responda ¡gracias!.

Esta guerra retórica que a muchos les puede parecer anecdótica, para mí es la clave de todo. El discurso oficialista se basa en la confusión semántica constante.

Que la gente confunda “virus” con “enfermedad” como si fueran sinónimos, que crean que los médicos trabajan en microbiología y saben de “vacunas”, que nadie conozca qué hacen exactamente los biólogos, que piensen que existe eso llamado “consenso científico” – por supuesto en singular – que los premios Nobel de Fisiología se llamen “de medicina”, etc.

En definitiva, que las LAIAS son la IA de ellos, el CCA es su clima cambiático y que todo neolenguaje que podamos usar nos “empodera” (término del sistema obligado a un solo colectivo). Sigo sin aceptar el gran truco que ya nos han colado y que no pude evitar a pesar de años de intentarlo; que no es otro que la expresión “feminista” que viene de femenino, cuyo antónimo es masculino, y no “macho”. Por tanto, si existe un feminismo, su contrario debería llamarse masculinismo. Pero hábilmente implantaron un término que suena mal, “machismo”, de tal suerte que o se es una cosa o se es otra (la dicotomía, el otro gran engaño dialéctico), y claro, esta última suena fatal. En justicia semántica debería ser feminismo versus masculinismo, o machismo versus hembrismo. Cuando se me ocurrió proponer “hembrismo” hace muchos años en Facebook, donde empecé con esta cruzada de palabras, todas mis amistades de izquierdas se me echaron encima. De hecho, este término se ha convertido en tabú; sin embargo es el adecuado para contrarrestar a la palabra “machista”. La gran victoria dialéctica del NOM ha sido consolidar que feminista es una virtud que emana de ser lo contrario a machista, sin dejar ningún término intermedio para que la mayoría pueda sentirse a gusto sin tener que elegir truco o trato. En su momento propuse “humanista” pero no cuajó. Al final han ganado, e incluso los mayores machistas dicen en público que son feministas como si fuera una virtud, perdimos esa batalla discursiva.

Al final lo único que quiero contarles es que las palabras que usamos a diario conforman nuestras ideas, y que esos conceptos se convierten al final en decisiones, en votos, en opiniones que creemos propias y no lo son tanto, porque muchas veces nos han sido inducidas por los medios de comunicación a base de repetirlas. Ni hablar del término más falaz, inapropiado y malévolo jamás inventado: Latinoamérica. Años de lucha personal que esta vez sí veo que está calando. Un latino es alguien italiano. No entro ahora en esto porque ya escribí mucho hace años.

El NOM nos inyecta continuamente sus términos envenenados, que a menudo adoptamos sin darnos cuenta de que tienen truco. Es como cuando queremos medicar a una mascota y le metemos una pastilla en el interior de una chuchería.

Fíjese que cuando quieren ver a alguien en un entorno formal, siempre le propondrán quedar a “tomar un café”, jamás “un vino”, aunque sean las 13 horas; decir quedamos a tomar “unas cañas”, “unas cervezas” o “unos vinos” no queda bien; incluso cuando no hay confianza utilizamos el eufemismo “tomar algo”. Y hacemos esto de forma natural, sin pensarlo mucho, porque estamos pre programados por las palabras que pronunciamos y que escuchamos.

Por eso rezar es importante, o los mantras o cualquier repetición de palabras que toda creencia religiosa usa desde hace siglos. Repetir algo lo hace estar presente.

Por tanto, me niego a escribir mil veces “la Inteligencia Artificial IA” como si fuera una nueva diosa, porque lo que se menciona existe. Son LAIAS que suena un poco a lamias, criaturas monstruosas y asesinas que ahora el folklore revisado woke quiere reivindicar como nuevas criaturas maravillosas. Esto es un melón más que dejamos para otro día.

Un aullido.

 

 

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