Mi nombre es Legión. Por Juan Manuel de Prada.
La «inteligencia artificial» no tiene otra razón de ser sino el control de las poblaciones, su conversión en rebaño individuado, formado por borregos.
Inteligencia Artificial: Mi nombre es Legión

Por Juan Manuel de Prada

Me ha enternecido saber que la Unión del Pudridero Europeo se dispone a regular la llamada (con sarcástico oxímoron) «inteligencia artificial», para que no se desmande.
¡Como si el embargo de nuestras almas no se sostuviera, precisamente, sobre la vigilancia tecnológica, que registra desde nuestros movimientos hasta nuestras transacciones, pasando por nuestras lecturas, por los latidos de nuestro corazón, por nuestros mismos pensamientos! Aunque, siendo más precisos, la misión de la vigilancia tecnológica no es tanto ‘registrar’ cuanto hacemos, decimos o pensamos, sino ‘adelantarse’ a ello, inspirarlo, inducirlo, disciplinarlo. No es que puedan seguir el rastro de nuestro dinero, es que saben lo que vamos a comprar; no es que sepan lo que pensamos, es que generan nuestros pensamientos (por eso nuestra época tiene pensamientos tan cretinos).
Por supuesto, como señala Ignacio Castro Rey, este «colectivismo tecnológico» es «personalizado, para que cada uno tenga un papel narcisista e interactivo»; o, dicho más exactamente, para infundir a cada uno la ilusión de que lo tiene, mientras la tecnología «se apodera de las almas con una violencia suave, casi vegana». Precisamente para eso la Unión del Pudridero Europeo se dispone a legislar la «inteligencia artificial»: no para impedir el embargo de nuestras almas, sino para infiltrarlas muy dulce y veganamente, sin que tengamos la incómoda impresión de que nos están hurgando los esfínteres, mientras nos convierten en estadística que ‘gestionan’ burócratas con cara de col de Bruselas.
La «inteligencia artificial» no tiene otra razón de ser sino el control de las poblaciones, su conversión en rebaño individuado, formado por borregos aislados y conectados a una ‘mente colmena’ que, sin embargo, se creen más independientes y soberanos que Puigdemont. Y ese control lo es en todos los órdenes: cultural, económico, político, militar, incluso religioso. La «inteligencia artificial» no quiere expandir nuestras capacidades, sino, por el contrario, agostarlas, reprimirlas, jibarizarlas, hasta que simplemente dejemos de ser humanos. Como no han podido fabricar máquinas capaces de igualar al ser humano, se han propuesto limitar la existencia humana a lo que una máquina puede controlar.
Nuestra vida en el jardín europeo será como la de aquel endemoniado del Evangelio que afirmaba: «Mi nombre es Legión». También él estaba conectado a una inteligencia artificial que había confiscado dulce y veganamente su alma. Por supuesto, quienes se nieguen a aceptar este nuevo anillo diseñado para gobernarnos a todos, para atraernos a todos y atarnos a las tinieblas serán convenientemente señalados. Ahora a los estigmatizados los motejan de negacionistas, antisemitas o «hijos de Putin»; a ver cuál es el nuevo remoquete que se inventan para estigmatizar a los insumisos de esta «inteligencia artificial» que llama a las puertas de la Unión del Pudridero Europeo, tan mona y reguladita ella.

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