LA PALABRA DE DIOS DEL DOMINGO: Domingo in Albis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Donnet

 

 

 

 

DOMINGO IN ALBIS

 

PRIMER DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

DENTRO DE LA OCTAVA DE PASCUA

 

TEXTOS DE LA SANTA MISA

 

 

Introito. 1 Pdr. 2,2; Salm, 80.2.- Como niños recién nacidos, aleluya, ansiad la leche espiritual no adulterada, aleluya, aleluya, aleluya.  Salmo. Regocijaos alabando a Dios, nuestro o protector; cantad al Dios de Jacob. V/. Gloria al Padre.

 

Colecta.- “El pueblo de Dios se ha engendrado en las aguas del bautismo en un pueblo de niños inocentes;  guarden todos sin mancilla la blancura de su vida nueva” San Clemente de Alejandría. «Te suplicamos, ¡oh Dios omnipotente!, hagas que, celebradas las fiestas de Pascua,   continuemos, con tu gracia, realizando su ideal en nuestra vida y costumbres. Por nuestro Señor.

 

Epístola. 1 Juan 5.4-10.- La victoria sobre el pecado y sobre la muerte, afirmada en la re­surrección del Señor, se halla para el cristiano en la fe de su bautismo, prenda de glorificación. Carísimos: Todo lo que nace de Dios, vence al mundo, la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es Jesucristo, que vino en el agua y en la sangre; no en el agua solo, sino en el agua y en la sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio de que Cristo es la verdad. Porque tres son los que dan testi­monio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son una misma cosa. Y tres son los que dan testimonio en la tierra; el espíritu, el agua y la sangre; y estos tres son una misma cosa. Si admitimos el testimonio de los hombres, mayor testimonio es el de Dios. Ahora bien, el de Dios, cuyo testimonio es mayor, es el que ha dado de su Hijo, El que cree en el Hijo de Dios tiene en sí el testimonie de Dios.

Aleluya.-  Aleluya, aleluya, V/. En el día de mi resurrección, dice el Señor, os precederé en Galilea. Aleluya, V/. A los ocho días, estando cerradas las puertas, se puso Jesús en medio de sus discípulos, y dijo: ¡La paz sea con vos­otros! Aleluya.

 

Evangelio. Juan 20, 19-31.- Con sus apariciones a los discípulos consolida el Señor por sí mismo nuestra fe y dice a Tomás el mérito que a la fe atribuye. ¡Bienaventurados los que creen! Por este camino llegan a la verdadera vida, la del Espíritu Santo y que 4les infunde Jesús y que les vale la posesión de la paz divina. En aquel tiempo: Aquel mis­mo día, primero después del sábado, siendo ya tarde y estando cerradas las puertas de la casa  en donde se ha­llaban juntos los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús y, puesto en medio de ellos, les dijo: ¡La paz sea con vosotros! Dicho esto, mostróles manos y costado. Llenáronse de gozo los discípulos al ver al Señor. Díjoles de nuevo: ¡La paz sea con vosotros! Como mi Padre me envió,  así también yo os envío. Dichas estas palabras, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Se perdonarán los pecados a aquéllos a quienes los perdonéis; y se les retendrán a aquellos a quienes se los retengáis. Pero Tomás, uno de los doce,  llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Dijéronle pues, los  otros discípulos Hemos visto al Señor. Mas él contestó: Si no veo en su manos la hendidura de lo clavos y meto  el  dedo  en el agujero de sus clavos, y mi mano en su costado, no lo creeré. Y al cabo de ocho días estaban otra vez sus discípulos dentro, y Tomas con ellos. Vino Jesús estando cerradas las puertas, y, puesto en medio de ellos, les dijo:’ La paz sea con vosotros. Y después, a Tomás: Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; trae tu mano, métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel.  Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dio mío! Respondióle Jesús: Por que me has visto, Tomás, has creído: Bienaventurados los que, sin haber visto, han creído. Otros muchos milagros hizo Jesús ante sus discípulos, que no están escritos en este libro. Mas éstos se han es­crito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, ten­gáis vida en su nombre.

 

Ofertorio. Mat.28.2,5-6.-  Un ángel del Señor descendió del cielo y dijo a las mujeres: El que buscáis ha resucitado, como lo ha­bía dicho. Aleluya.

 

Secreta.- Recibe, Señor, los dones de tu Iglesia regocijada; y pues le has dado el motivo de tanto gozo, concédele el fruto de la perpetua alegría. Por nuestro Señor.

 

Prefacio de Pascua.- La noche de Pascua se dice: in hac potissimum nocte (en esta noche). De Pascua al sábado in albis: in hac potissium die, (en este día); posteriormente: in hoc potissimum, (en este tiempo).

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo, Señor, te alabemos; pero con más gloria que nunca en este día (en este tiempo), en que se ha inmolado Cristo, nuestra Pascua.  El cual es el verdadero Cordero que quita los pecados  del  mundo y que muriendo, destruyo nuestra muerte y, resucitando reparó nuestra vida. Por eso con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Domina­ciones, y con. toda la milicia del ejército celestial, cantamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar: Santo…

 

Comunión. Juan 20.27.- Mete tu mano y reconoce el lugar de los clavos, aleluya; y no seas incrédulo, sino creyente, aleluya, ale­luya.

 

Poscomunión.- Te rogamos, Señor Dios nuestro, que los sacrosantos misterios que nos has concedido para ayudarnos a robustecer la gracia de nuestra reparación, nos sirvan de remedio ahora y en lo futuro. Por nuestro Señor.

 

 

 

TEXTOS EN LATÍN

 

Dominica in Albis
I Classis
Statio as S. Pancratium

Introitus: 1 Petr. ii: 2

Quasi modo géniti infántes, allelúja, allelúja: rationábiles, sine dolo lac concupíscite, allelúja, allelúja, allelúja. [Ps. lxxx., 2]. Exultáte Deo adjutóri nostro: jubiláte Deo Jacob. Glória Patri. Quasi modo.

¶ Dicitur Glória en excélsis in hac et sequentibus Dominicis post Pascha etiam quando infra hebdomadam resumitur Missa Dominicæ præcedentis.

Collect:

Presta, quǽsumus, omnípotens Deus: ut qui paschália festa perégimus, hæc, te largiénte, móribus et vita teneámus. Per Dóminum.

1 Joann. v: 4-10

Léctio Epístolæ beáti Joánnis Apóstoli.
Caríssimi: Omne, quod natum est ex Deo, vincit mundum; et hæc est victória, quae vincit mundum, fides nostra. Quis est qui vincit mundum, nisi qui credit quóniam Jesus est Filius Dei? Hic est, qui venit per aquam et sánguinem, Jesus Christus: non in aqua solum sed in aqua et sánguine. Et Spíritus est, qui testificátur, quóniam Christus est véritas. Quóniam tres sunt, qui testimóniam dant in cælo: Pater, Verbum, et Spíritus Sanctus: et hi tres unum sunt. Et tres sunt, qui testimónium dant in terra: Spíritus, et aqua, et sanguis: et hi tres in unum sunt. Si testimónium hóminum accípimus, testimónium Dei maius est: quóniam hoc est testimónium Dei, quod majus est: quóniam testificátus est de Filio suo. Qui credit in Fílium Dei, habet testimónium Dei in se.

Allelúja, allelúja. [Matth. xxviii] In die resurrectiónis meæ, dicit Dóminus præcédam vos in Galilǽam. Allelúja. [Joann. xx: 26] Post dies octo, jánuis clausis, stetit Jesus in médio discipulórum suórum et dixit: “Pax vobis.” Allelúja.

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Joann. xx: 19-31

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem.
In illo témpore: Cum sero esset die illo, una sabbatórum, et fores essent clausæ, ubi erant discípuli congregáti propter metum Judæórum: venit Jesus et stetit in médio, et dixit eis: “ Pax vobis.” Et cum hoc cum dixísset, osténdit eis manus et latus. Gavísi sunt ergo discípuli, viso Dómino. Dixit ergo eis íterum: “ Pax vobis. Sicut misit me Pater, et ego mitto vos.” Hæc cum dixísset, insufflávit et dixit eis: “Accípite Spíritum Sanctum: quorum remiséritis peccáta, remittúntur eis; quorum retinuéritis, reténta sunt.” Thomas autem unus ex duódecim, qui dicitur Dídymus, non erat cum eis, quando venit Jesus. Dixérunt ergo ei álii discípuli: “Vídimus Dóminum.” Ille autem dixit eis: “Nisi vídero in mánibus eius fixúram clavórum et mittam dígitum meum in locum clavórum et mittam manum meam in latus ejus, non credam.” Et post dies octo, iterum erant discípuli eius intus, et Thomas cum eis. Venit Jesus jánuis clausis et stetit in medio et dixit: “Pax vobis.” Deínde dicit Thomæ: “Infer dígitum tuum huc, et vide manus meas, et affer manum tuam, et mitte in latus meum: et noli esse incrédulus sed fidélis.” Respóndit Thomas et dixit ei: “Dóminus meus, et Deus meus.” Dixit ei Jesus: “Quia vidísti me, credidísti: beati qui non vidérunt et credidérunt.” Multa quidem et ália signa fecit Iesus in conspéctu discipulórum suórum, quæ non sunt scripta in libro hoc. Hæc autem scripta sunt, ut credátis quia Jesus est Christus Fílius Dei, et ut credéntes, vitam habeátis in nómine ejus.

Credo.

Offertorium: Matth. xxviii: 2, 5, et 6.

Angelus Dómini descéndit de cælo, et dixit muliéribus: “Quem quǽritis, suréxit sicut dixit,” allelúja.

Secreta:

Súscipe múnera, Dómine, quǽsumus exsultántis Ecclésiæ: et cui causum tanti gáudii præstitísti, perpétuæ fructum concéde lætítiæ. Per Dóminum.

Præfatio Paschalis in qua dicitur:
“in hoc potíssimum gloriósius prædicáre.”

Communio: Joann. xx: 27

Mitte manum tuam, et cognósce loca clavórum, allelúja: et noli esse incrédulus sed fidélis,” allelúja, allelúja.

Postcommunio:

Quǽsumus, Dómine Deus noster: ut sacrosáncta mystéria, quæ pro reparatiónis nostræ munímine contulísti; et præsens nobis remédium esse fácias, et futúrum. Per Dominum.

 

 

 

 

COMENTARIO

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Este domingo se llama de Quasimodo por las primeras palabras del Introito, o in Albis, porque los neófitos (adultos recién bautizados; en la antigüedad, en los comienzos del Cristianismo, había más bautismos de adultos que de niños) acababan de dejar sus blancas túnicas. La Iglesia compara a sus hijos con los niños recién nacidos y esa lecheque les da de beber (Introito) es la fe en Jesús que les hará triunfar sobre el mundo. Esa fe tiene por fundamento el testimonio del Padre, que en el bautismo de Cristo (agua) le había ya proclamado Hijo suyo; del Hijo, que en la Cruz (sangre), se mostró verdaderamente Hijo del Padre; y del Espíritu Santo (fuego), el cual atestigua por la Resurrección de Jesús la divinidad del Salvador (Epístola). También nos muestra el Evangelio cómo Cristo, que se apareció dos veces en el Cenáculo, después de confundir la incredulidad de Tomás, alabó a los que, sin haber visto, creen en Él. Creamos nosotros en Jesús resucitado, y repitamos en presencia de la divina Eucaristía, donde está real y verdaderamente, aquel grito de fe y de humildad de Sto Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Cristo ha muerto por nuestros pecados; pero también ha resucitado para revestirnos de su justicia y devolvernos el derecho perdido a la herencia. «¡En tu resurrección, oh Cristo, se alegren cielos y tierra!» porque todos juntamente con Él resucitamos. Que estas alegrías pascuales perduren en nosotros y dejen impresa honda huella en nuestras almas. Ya hace ocho días que vimos surgir vencedor de la muerte y del infierno. Cada domingo renovemos y honremos la memoria de su Santa Resurrección. Pidamos una gracia, gracia que las resume todas; gracia que tantas veces implora la liturgia de estos sacratísimos días: ut Sacramentum vivendo teneant; que estas fiestas pascuales y las gracias celestiales que en ellas llueven a torrentes, moribus et vita teneamus. Lo que equivale a aquella amonestación que el sacerdote nos dirigió al bautizarnos: serva baptismum tuum, guarda blanca la túnica de tu bautismo, y encendida la luz de la fe que en él se te dió; para que cuando el Esposo venga a llamarte a las bodas, puedas seguirle con todos sus Santos a los palacios del cielo y tener la vida eterna, y el gozo por los siglos de los siglos. ¡Amén, amén. Fiat, fiat! (1)

 

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El corto  comentario del Padre Castellani nos parece interesante, por lo cual lo reproducimos textualmente, haciendo salvedad que lo que él trata con cierto desdén, aquello de que nuestra Fe tiene mayor mérito –según dicen los Libros de Devoción– porque no vió y creyó, está muy cercano a la Verdad.

 

 

 

 “Makárioi oi mée ídontes kai pistéusantes”. (“Porque me viste, Tomás, creíste: dichosos los que no vieron y creyeron”), o mas exactamente, “los no videntes y creyentes”; lo cual abarca el tiempo presente y el futuro64.  Esta es una sentencia muy importante porque contiene la definición misma de la fe; y su promulgación y su recompensa.  Algunos dicen: “¡Qué dichosos hubiésemos sido de haber vivido en los tiempos de Cristo y haberlo visto con nuestros ojos!”. Cristo dijo lo contrario. Esta es la exclamación ingenua del bárbaro Clodoveo, primer Rey de Francia: “¡Ah! ¡Si hubiese estado yo allí con mis francos!” Pero si hubiese estado, posiblemente hubiese ayudado a crucificarlo. De hecho, es muy posible que hubiese algún franco allí entre los sayones del Calvario: desde Augusto, los franceses andaban enganchándose en el Ejército Romano; y buenos soldados salieron, por cierto. El mejor regimiento romano, la Legión Décima, con el cual julio César conquistó la Inglaterra, estaba entonces, 86 años después, de guarnición en Jerusalén: y estaba llena de galos.  Para salvarse es necesario volverse contemporáneo de Cristo; eso es la Fe; es decir, que Cristo debe volverse para nosotros una realidad contemporánea y no una imagen histórica: no hay que creer en participio pasado sino en participio activo indefinido: en eternidad. Muchísimos de los coetáneos no fueron coetáneos espirituales de Cristo: estaba allí delante pero no lo vieron, lo vieron mal, vieron “la figura del siervo”, al hombre, al sedicioso; no fueron contemporáneos: en vez de mirar lo que estaba ah, miraron atrás, miraron a David y a Salomón, a los Macabeos, a la figura histórica que ellos se hablan hecho del Mesías. Saber historia es peligroso: quiero decir, saber poca historia.  Somos más dichosos nosotros, no porque “nuestra fe es más meritoria”, como dicen los libros de devoción, sino porque en cierto sentido es más fácil y más perfecta. “Os conviene a vosotros que yo me vaya; por eso me voy”, dijo Cristo a los Apóstoles antes de la Ascensión. En su Profesión de fe del Vicario Saboyano, Rousseau prácticamente exige a Cristo que venga Él en persona a instruirlo si quiere que crea en El; y probablemente saldría disparando como los Guardias del Sepulcro; y después contaría el caso, así como los mismos Guardias, todo al revés.  El evangelio de la Domínica In-Albis (Juan XX, 19-31) cuenta la doble aparición de Cristo a los Once en el Cenáculo; la primera sin Tomás Dídymo, después que la Magdalena

                                                         

 (64Nuestra lengua no tiene el participio activo indefinido de los griegos.)

 

anunció su encuentro de la mañana; la segunda, con Tomás presente el otro domingo… La Santísima Virgen no habló hasta que fue solemnemente interrogada por Pedro; y entonces respondió sencillamente “Sí”, arrebolándose toda.  Era el domingo (el primer día de la Semana judía) por la tarde, “estando fuertemente trancados por miedo a los Judíos”. Los protestantes adventistas dicen que los Papas cambiaron la Ley de Dios, porque sustituyeron el domingo como día de fiesta al sábado judío; por lo cual el Papado es el Anticristo. Ignoran que esa mutación remonta a los Apóstoles, o por mejor decir al mismo Cristo; el cual resucitó en domingo; y dio en aparecer resucitado los domingos a las Santas Mujeres, a la Magdalena, a Pedro, a los Discípulos de Emmaús y a los Once dos veces; y probablemente también a los siete Discípulos pescadoras del Mar de Tiberíades, pues es seguro que no estaban pescando en día sábado. Y si Cristo no puede cambiar una fiesta, entonces Perón puede más que Cristo. La Resurrección de Cristo – que es recordada el domingo– es un acontecimiento más importante que la Creación del Mundo, que es recordada por el sábado judío.  En la primera aparición, el mismo Domingo de Pascua, Cristo instituyó solemnemente el Sacramento de la Confesión. “¡Paz a vosotros!” y parándose en medio de ellos les mostró las manos y el costado herido y glorificado. “Paz a vosotros” dijo otra vez: “Como el Padre me envió, así yo os envío.” Sopló sobre ellos, como lo había hecho en el rostro del sordomudo. “Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonareis los pecados les serán perdonados; y a los que retuviereis retenidas son”.  Los protestantes, que dicen la Confesión es invento de los curas, tienen que borrar este texto. Sí, pero ¿los confesionarios los inventó Cristo? Los confesionarios los inventó San José o algún Papa que haya sido carpintero, Sixto V pongamos. Pero los confesionarios no son la confesión. Los confesionarios los inventaron las mujeres. Absolutamente ningún cura es capaz de inventar el confesionario. Es que los protestantes no saben lo que es un confesionario: es un trabajo duro y una carga tremenda para el cura.  En la segunda Aparición estaba Tomás el Dídymo; ¿y en la primera, dónde andaba? No se sabe, pero probablemente andaba haciéndose el indio por Jerusalén; el cual se había negado rotundamente creer a los otros Diez, y quizás, a Nuestra Señora –esperemos que no–; y había puesto para creer una condición parecida a la del Vicario Saboyano. Cristo se plegó amablemente a la condición, y el discípulo porfiado cayó a sus pies exclamando: “¡Mi Señor y mi Dios!”. En lo cual creyó también sin ver –porque de no, no hubiese realmente creído– porque creyó en el Señor al cual veía y en el Dios que no veía. “Entra tu dedo aquí y mira mis manos y trae tu mano y ponla en mi costado; y no quieras ser “apistós” sino “pistós””. no increyente sino creedor.  Santo Tomás, llamado por sobrenombre Dídymo –que quiere decir medio indio– no era de ésos que creen a los diarios. Era un tipo medio indio, y la prueba está que después se fue a evangelizar las Indias; y algunos pretenden que llegó a América; de hecho los compañeros de Cortés encontraron entre los aztecas la extraña leyenda del Hombre Blanco enviado por Quezalcoatl, que les predijo para un tiempo muy lejano la llegada de los otros, blancos, que serían más indios que él (65).  Pero si Santo Tomás no hubiese sido medio indio y hubiese creído enseguida a sus compañeros, Rousseau o Renán hubiesen dicho: “¿Ha visto cómo pasaron las cosas? Surgió un susurro entre las mujeres –ya sabemos cómo son las mujeres– de que había resucitado; y unos a otros lo iban propalando, a la manera de los rumores políticos; y enseguida lo creían, porque lo deseaban: y así se formó la leyenda de la Resurrección…”.  Tomás dudó para que nosotros creyéramos.  “Makárioi oi mée ida ntes kai pistéusantes.” (2)

 

65Ver Catholic Encyclopedia, v. X; y Cristus, de Huby, capítulo IV. (Hasta acá Castellani)

 

 

 

CRISTO RESUCITADO, CUERPO GLORIFICADO

 

Ya hablamos brevemente sobre la glorificación de los cuerpos resucitados el Domingo pasado, de Pascua de Resurrección.

Hoy se produce una Aparición de Jesús resucitado donde muestra algunas de estas propiedades nuevas. No está sujeto a leyes físicas; entra a un recinto con puertas cerradas. En la semana hemos repasado la aparición a los discípulos de Emaús, que también mostró ciertas propiedades nuevas.

Jesús resucitado puede manifestar, si quiere, los rastros de su Martirio; las llagas y las cicatrices de su Pasión, en la manera que crea necesaria para edificar a sus díscípulos. Vemos la gran libertad del Resucitado.

Los Santos Padres hacen consideraciones muy interesantes sobre esto.

Por ejemplo, hay que tener en cuenta que la manera que los Apóstoles vieron a Jesús hoy y en la Pesca Milagrosa, no es el modo Glorioso y Eterno en que estará en el Cielo; no es la visión beatífica. Es una modalidad de edificación para su fe en crecimiento.

 

Dice San Agustín al respecto:

 

San Agustín, De civ. Dei, 22, 19

Es de creer que la claridad con que resplandecerán los justos, como el sol en su resurrección, fue velada en el cuerpo de Cristo resucitado a los ojos de los discípulos, porque la debilidad de la mirada humana no la hubiese podido soportar, cuando debían conocerle y oírle. (Hasta acá San Agustín)

 

Mas bien su estado eterno sería semejante, aunque también infinitamente superior a aquel que mostró en la Transfiguración. Una gloria que solo podremos contemplar resucitados en la Parusía, y quizás también aquellos que estén vivos en la Parusía, ya sometidos a la tremenda purificación del Anticristo.

 

 

 

Las objeciones racionalistas ante este prodigio de la sutileza y demás propiedades de los cuerpos resucitados, así como a todo milagro y prodigio sobrenatural, provienen obviamente de la incredulidad y ateísmo crasos. Ignoran el Poder de Dios, como les dijo Cristo a los Saduceos, -secularistas, inmanentistas y modernistas de aquella época- que le presentaron aquel ridículo problema con la Resurrección (Mt 22 23ss):

 

Ustedes están en un gran error, por no conocer la Escritura ni el poder de Dios.

 

En la Resurrección serán como ángeles en el Cielo.

 

Es decir, los cuerpos resucitados tendrán propiedades análogas a los ángeles (aunque estos no tengan cuerpo). Y cuidado que dice como ángeles; y no serán ángeles.

 

El hombre será hombre por toda la eternidad; incluso en el Cielo.

 

También dice San Agustín:

 

San Agustín, in serm. Pasch

Hay algunos que de tal manera se admiran de este hecho, que hasta corren peligro, aduciendo contra los divinos milagros argumentos contrarios de razón. Arguyen, pues, de este modo: Si el cuerpo que resucitó del sepulcro es el mismo que estuvo suspendido de la cruz, ¿cómo pudo entrar por las puertas cerradas? Si comprendieras el modo, no sería milagro. Donde acaba la razón, empieza la fe.

San Agustín, in Ioannem, tract., 121

Las puertas cerradas no podían impedir el paso a un cuerpo en quien habitaba la Divinidad, y así pudo penetrar las puertas El, que al nacer dejó inmaculada a su Madre.

 

 

 

 

SOPLA SOBRE ELLOS EL ESPÍRITU SANTO

 

Recibid el Espíritu Santo. Se perdonarán los pecados a aquéllos a quienes los perdonéis; y se les retendrán a aquellos a quienes se los retengáis.

 

Sabemos que luego de esta y otras apariciones que tuvieron los apóstoles y discípulos del Resucitado, él les mandó solemnemente que se queden en Jerusalén orando, esperando la Promesa del Padre, es decir la Plenitud del Espíritu Santo. Que descendería sobre ellos en Pentecostés, Incluso sobre la Santísima Virgen.

Entonces, que significa lo de hoy?

 

Veamos algunas consideraciónes de los Santos Padres.

 

Crisóstomo, ut supra

Dicen algunos que por esta insuflación no les dio el Espíritu Santo, sino que los hizo aptos para recibirle. Si, pues, al ver Daniel al ángel se desmayó, ¿qué hubiera sucedido a los discípulos al recibir tan inefable gracia, si antes no hubiesen estado prevenidos? No será pecado decir que ellos recibieron entonces el poder de la gracia espiritual, no de resucitar muertos ni hacer milagros, sino el de perdonar los pecados. De aquí sigue: «A quien perdonareis los pecados, les serán perdonados», etc.

 

 

San Agustín, De Trin. 4, 20

El soplo corporal de su boca no fue la sustancia del Espíritu Santo, sino una conveniente demostración de que el Espíritu Santo, no tan sólo procede del Padre, sino que también del Hijo. ¿Quién será tan insensato que diga que el Espíritu Santo, dado por insuflación, es diferente del que después de su resurrección envió a los Apóstoles?

 

Nos atrae esta explicación. Si les mandó quedarse quietos el día de la Ascensión, hasta que recibieran la Promesa del Padre en Pentecostés, y aun estaban medrosos, es que no habían recibido la Plenitud del Espíritu, y al parecer tampoco ningún poder adicional, sino solo un aviso y símbolo para que se preparen para aquel momento capital de la Historia de la Salvación, en el Cenáculo de Jerusalén.

 

El Poder de perdonar pecados y la instauración del Sacramento de la Confesión no es un invento humano clerical, como sostienen estúpidamente protestantes y modernistas iracundos, sino Institución de Cristo. Ya lo explicó el Padre Castellani en el comentario que citamos.

 

 

 

LA PAZ SEA CON USTEDES

 

Pero acaso no alerta a los Discípulos en los discursos escatológicos de los sinópticos y en la Oración Sacerdotal de la Ùltima Cena y las charlas de Despedida, que serán perseguidos, maltratados, calumniados, martirizados?

 

Que el mundo los odiará?

 

Seréis odiados de todos por causa Mía…

 

 

Donde está la Paz entonces?

 

La Paz del cristiano no es contubernio con el Mal; aquiescencia cobarde con el mundo; ni quietud miserable en acuerdo con la injusticia, sino la quietud del corazón que está y descansa en Dios.

 

Esa paz que da Cristo, es para todos? No; se la da a los que lo siguen y entregan todo por Él como los Apóstoles, que mas allá de sus debilidades, después de Pentecostés estuvieron felices de morir y sufrir por Él.

 

Muchos de nosotros tenemos la Confirmación; ya tenemos nuestro Pentecostés: así que tendremos verdadera Paz en tanto y en cuanto, tengamos la misma actitud de los discípulos: estar dispuestos a vivir nada mas que para la misión que nos encarga el Señor y entregar todo por Él negándonos a nosotros mismos.

 

Recordemos aquellos pasajes proscriptos o licuados por la estulticia progremodernista y el neocatolicismo liberal:

 

No he venido a traer paz, sino espada.

 

La pasividad aquiescente y el silencio miserable ante el mal que avanza no tiene nada que ver con la Paz de Cristo: es Traición, Apostasía y Cobardía.

 

La vida del Cristiano es un buen combate. Combate espiritual, y alguna vez también a espada literal…como las Cruzadas o Lepanto…

 

 

 

NO TEMAN

 

Exhortación repetida de Cristo a los discípulos. La medrosidad, el miedo y su impulso es algo humano, y el mismo Cristo lo experimentó antes de su Pasión y en el Huerto de los Olivos. Lo que pide Él es que no nos dejemos condicionar por el miedo. El miedo no debe hacer efecto sobre ninguna decisión nuestra.

Valiente no es aquel que no siente miedo; valiente es aquel que se sobrepone al miedo.

La cobardía en un cristiano es pecado gravísimo, porque implica falta de Fe y excesivo cuidado de sí mismo. A Cristo le producen náuseas los cobardes. En el Apocalipsis entre los que descienden al lago de Fuego están los Cobardes.

 

Estar con Cristo y sentir miedo no es pecado. Pero dejarse condicionar por el miedo es Cobardía. Algo realmente muy miserable y grave.

 

 

 

CREER PARA VER

 

La estulticia de una mentalidad secularista, cientificista y positivista crasa, totalmente confinada, atrofiada a la inmanencia, tipo Comte, que se puso de moda y tiene que ver con el Iluminismo y la Revolución Francesa, tenían y aún tienen ese imbécil aforismo de

 

Ver para creer..

 

Cofinando y atrofiando al ser humano a la inmanencia, a lo experimentable y mensurable. Una mutilación y reducción que asesina al ser humano, pero que a las mentes contaminadas por el humanismo, el modernismo y el cientificismo, le fascinan como algo superior.

 

Santo Tomás Apóstol tuvo ese problema, pero lo superó. El Señor hace con él una especie de excepción. Le hace la concesión de que lo vea y lo toque para creer. Y tomás, viendo a un hombre, reconoce a Dios, por esto también tiene su mérito.

 

Señor mío y Dios mío!

 

Dice San Gregorio al respecto:

 

San Gregorio, In Evang. hom. 26

Pero como diga el Apóstol que la fe es la sustancia de cosas que se esperan ( Heb 11,1), pero que no se ven evidentemente, se deduce que, en las que están a la vista, no cabe fe, sino conocimiento. Si, pues, Tomás vio y tocó, ¿por qué se le dice «Porque me viste, creíste»? Pero una cosa vio y otra creyó; vio al hombre, y confesó a Dios. Mucho alegra lo que sigue: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron». En esta sentencia estamos especialmente comprendidos, porque Aquel a quien no hemos visto en carne lo vemos por la fe, si la acompañamos con las obras, pues aquel cree verdaderamente que ejecuta obrando lo que cree.

 

Vemos que el Señor le dice muy contento a Natanaél:

 

Porque te digo que vi bajo la higuera creíste. Verás muchas cosas mas….

 

Es decir, que para evolucionar espiritualmente hacia la Salvación, hay que abandonar toda atrofia secularista y positivista. Toda mentalidad crasamente cientificista.

 

Con Dios, no hay que ver para creer; hay que creer para ver.

 

Esa prudencia y suspicacia hay que tenerla para con el mundo; no con Dios.

 

El Buenismo, la ingenuidad y credulidad con el mundo, es suicida. Ya vemos los frutos de la adopción de esta nefasta y autodestructiva actitud por parte de la Iglesia en el II Concilio Vaticano; en el cual se muestra ya desde su Discurso de Inicio. (3)

 

 

 

PALABRA CUMPLIDA

La Palabra de Dios es infalible, Eterna.

 

En el Principio era la Palabra, y la Palabra era Dios…por Ella fueron hechas todas las cosas…

 

Cielo y tierra pasarán, pero mis Palabras no pasarán.

 

Los Apóstoles y Discìpulos, cuya fe fue probada, gustaron la alegría de ver cumplida la Palabra de Dios.

Dice El Crisóstomo

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 85

Y como antes de morir les había dicho «Otra vez os veré y se alegrará vuestro corazón», lo cumple. Por esto añade: «Los discípulos se alegraron al ver al Señor».

 

 

 

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, ÍCONO DE LA FE QUE CREE SIN VER, Y LUEGO VE LA GLORIA DE DIOS

 

Sobre todo la Santísima Virgen María, Madre también de la Fe, que es la que fue elogiada por el Espíritu Santo por su Fe:

 

Feliz la que ha creído. Por eso le será cumplido lo prometido de parte del Señor…

 

La Fe nos hace agradables a Dios, y nos capacita para la Salvación. Esto es Gracia de Dios. Pero la Fe debemos aceptarla y trabajarla. Cuidarla y acrecentarla. De lo contrario, se pierde, junto con nosotros.

 

La Alegría de la Santísima Virgen está plasmada en el cántico que se entona en la Pascua, el Regina Coeli:

 

V: Regina caeli, laetare, alleluia.
R: Quia quem meruisti portare, alleluia.

V: Resurrexit, sicut dixit, alleluia.
R: Ora pro nobis Deum, alleluia.

V: Gaude et laetare Virgo María, alleluia.
R: Quia surrexit Dominus vere, alleluia.

Oremus:
Deus, qui per resurrectionem Filii tui, Domini nostri Iesu Christi, mundum laetificare dignatus es: praesta, quaesumus; ut, per eius Genetricem Virginem Mariam, perpetuae capiamus gaudia vitae. Per eundem Christum Dominum nostrum. Amen.

Gloria Patri, et Fili, et Spiritui Sancto. Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saeccula saeculorum. Amen. (3 veces)

 

Traducido al castellano:

 

G: Reina del cielo, alégrate, aleluya.
T: Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya.

G: Ha resucitado según su palabra, aleluya.
T: Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

G: Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
T: Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

Oremos:
Oh Dios, que por la resurrección de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amen.

Terminemos esta Octava de Pascua, Gran Día de la Resurrección del Señor, pidiendo una Fe fuerte y sin grietas, para poder cantar con María este glorioso cántico.

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

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Categorías:LA PALABRA DE DIOS DEL DOMINGO

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5 respuestas

  1. Muchas gracias por enviarnos con tanta claridad y detalle LA PALABRA DE DIOS

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