🇪🇸 La “Iglesia” hoy: mientras negocian la Misa tradicional, coquetean con el esoterismo. Por Vicente Montesinos
La Iglesia de hoy y el Esoterismo
por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación

Tras las restricciones impuestas por el motu proprio Traditionis Custodes, diversos actores y asociaciones centraron sus esfuerzos en asegurar la continuidad práctica del rito antiguo mediante vías diplomáticas, gestiones discretas y conversaciones con autoridades eclesiásticas.
Todos conocemos de las supuestas mediaciones de determinados tradicionalistas (cuando no cardenales de esta diáspora en busca de pactos no muy edificantes) con Robert Prevost, en conversaciones orientadas a preservar espacios donde el rito tradicional pudiera subsistir dentro de la estructura oficial de la falsa iglesia.
Pero parece que la decisión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de consagrar obispos sin mandato “pontificio” ha influido en el clima de dichas negociaciones, al considerarse que endurecía la postura romana y dificultaba cualquier aproximación institucional. Como consecuencia, ciertos sectores del tradicionalismo institucional han optado por marcar distancia pública respecto a dicha Fraternidad, buscando proteger su reconocimiento y mantener autorizaciones para la celebración del rito antiguo en determinadas diócesis.
En este contexto aparece la figura de Joseph Shaw,

presidente de la Latin Mass Society de Inglaterra y Gales y de la International Una Voce Federation, quien promovió una estrategia basada en la prudencia institucional, el diálogo y la negociación con Roma, con el fin de obtener márgenes de tolerancia para la celebración de la liturgia tradicional en latín, márgenes que ahora ve peligrar.
Shaw teme que, gracias a decisión de la FSSPX, los obispos simpatizantes consideren ahora a todos los asistentes a la misa tradicional como «manchados» por la desobediencia.
Pero hay un problema real para Shaw y para todos los miembros de esta diáspora: se centran en la estética y las adaptaciones legales, y rara vez abordan las causas teológicas fundamentales de la crisis. Es decir, a cambio de las misas en latín diocesanas, han aceptado las condiciones de la falsa iglesia de Bergoglio y Prevost. Y este pacto litúrgico con el diablo (desgraciadamente pretendido por el propio Cardenal Burke, aunque hasta ahora con escaso éxito) puede preservar por ahora las formas externas, pero al precio de amordazar la verdad misma que dio significado a esas formas.
Shaw no se limita a evitar pronunciarse sobre graves desviaciones doctrinales; además adopta una postura de control respecto a la FSSPX, marcando distancias en nombre de la respetabilidad institucional. Todo ello mientras se mueve con soltura en un ambiente donde, con frecuencia, la defensa de la imagen pública pesa más que la claridad y limpieza doctrinal.
Un caso ilustrativo aparece en el reciente análisis de Alistair McFadden, quien documenta cómo determinados círculos tradicionalistas considerados “respetables” llegan a aceptar y normalizar materiales cercanos al esoterismo cuando estos se presentan bajo una apariencia estética acorde con su sensibilidad.
McFadden subraya, por ejemplo, el tratamiento favorable que Shaw dio públicamente al escritor británico Roger Buck, a quien llegó a presentar —en un texto publicado en Rorate Caeli— como una referencia fiable o guía valiosa. Cuando el pensamiento de Buck se apoya en gran medida en la influencia de Valentin Tomberg, autor de Meditaciones sobre el Tarot, obra situada en ese terreno ambiguo donde un lenguaje aparentemente cristiano se combina con categorías propias del hermetismo. Shaw (y no es el único) termina otorgando legitimidad dentro del ámbito institucional a un autor cuya base intelectual se nutre del llamado “hermetismo cristiano” asociado a Tomberg.
Increíblemente, Shaw actúa con cautela extrema respecto a cualquier cercanía con la FSSPX, tratando toda vinculación con ella como un factor peligroso que podría comprometer el curso de las negociaciones. Pero no muestra reparo en valorar positivamente y difundir a ciertos autores situados en ámbitos donde aparecen influencias de carácter esotérico, siempre que estas no perturben el equilibrio institucional ni generen conflictos visibles.
No se trata de algo casual, sino de una línea de actuación reconocible: mientras se relajan los límites doctrinales cuando el discurso adopta formas de espiritualidad “mística” contemporánea, se refuerzan con rigor los límites canónicos y litúrgicos.
Se puede apreciar el mecanismo: el movimiento adquiere los atributos de la tradición, pero pierde el instinto de custodiar el depósito de la fe. En definitiva: mientras se desarrollan negociaciones para preservar la forma litúrgica, emergen tensiones internas sobre claridad doctrinal, orientación espiritual y coherencia teológica. Ello hace que la situación de Roma sea un auténtico caos: una falsa iglesia queriendo acabar con el depósito de la fe; una FSSPX que quiere sus obispos y los quiere ya; aunque sea a costa de negociar con el Asmodeo Fernández; y una galaxia ultratradicionalista que mientras tenga sus misas, le da igual acabar con la FSSPX o vender libro de Tarot.

Desde un punto de vista doctrinal, la cuestión que se plantea no es meramente disciplinar ni estratégica, sino profundamente teológica y moral. La Santa Misa tradicional no es únicamente una forma ritual venerable, sino la expresión sacrificial, teológica y mística de la fe íntegra de la Iglesia. En ella se manifiesta la lex orandi que custodia la lex credendi; por tanto, separar la forma litúrgica de la plenitud doctrinal introduce una fractura que afecta al mismo principio de coherencia católica.
Si, por una parte, se despliegan esfuerzos constantes para conservar la forma más sagrada del culto, pero por otra se toleran ambigüedades espirituales, influencias ajenas o silencios estratégicos sobre cuestiones doctrinales, surge inevitablemente la percepción de una dualidad difícilmente conciliable con la integridad de la fe.
La Revelación ilumina esta situación con singular claridad. Nuestro Señor advierte que nadie puede servir a dos señores (Mt 6,24), y el Apóstol enseña que incluso si un ángel anunciara un evangelio distinto, debe ser rechazado (Gal 1,8).
La Tradición constante de la Iglesia ha sostenido que la pureza del culto no puede separarse de la pureza de la fe, pues el sacrificio eucarístico es la actualización incruenta del Calvario y no un mero signo cultural o identitario.
El profeta Isaías denunciaba ya el peligro de honrar a Dios con los labios mientras el corazón permanece distante (Is 29,13), advertencia que resuena cuando la forma externa del culto corre el riesgo de convertirse en objeto aislado, desligado de la totalidad doctrinal que le da vida.
Así, el cuadro descrito revela una tensión entre estrategia y coherencia, entre supervivencia práctica y fidelidad plena. La historia de la Iglesia muestra que las negociaciones prudenciales han existido siempre; sin embargo, también enseña que la verdad revelada no es objeto de transacción.
La liturgia tradicional, nacida de siglos de fe ininterrumpida, no puede ser reducida a un elemento aislado ni sostenida al precio de ambigüedades espirituales, pues su esencia es precisamente la manifestación visible de una fe total, doctrinalmente íntegra y moralmente coherente.
En este sentido, la cuestión de fondo no es simplemente litúrgica, sino teológica: la unidad entre verdad, culto y vida sobrenatural constituye el corazón mismo del catolicismo, y cuando esa unidad se tensiona, la crisis deja de ser externa para volverse interior.
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