La última gran herejía de Prevost: la unidad sin verdad
Hay palabras que suenan a campanas de paz y, sin embargo, esconden un trueno doctrinal. Hay gestos que parecen abrazos y, en realidad, son rendiciones.
Hay palabras que suenan a campanas de paz y, sin embargo, esconden un trueno doctrinal. Hay gestos que parecen abrazos y, en realidad, son rendiciones.
por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación

Hay palabras que suenan a campanas de paz y, sin embargo, esconden un trueno doctrinal. Hay gestos que parecen abrazos y, en realidad, son rendiciones. Esta semana, en la Basílica de San Pablo Extramuros, al concluir la llamada “Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos”, se proclamó que las diferentes confesiones cristianas “ya son una”. No como un deseo por alcanzar, no como una meta por la que orar, sino como un hecho consumado. Y ahí, precisamente ahí, se abrió la grieta.
Porque la unidad no es un eslogan. La unidad no es una emoción. La unidad no es una fotografía ecuménica para titulares amables. La unidad, en la Iglesia de Cristo, es una realidad visible, doctrinal, sacramental y jerárquica. O es eso, o no es nada.
La tentación de la unidad sin verdad
Decir que “ya somos uno” mientras subsisten diferencias reales en fe, sacramentos y autoridad no es una afirmación poética: es una afirmación teológica. Y como toda afirmación teológica, debe ser juzgada a la luz de la Revelación y del Magisterio perenne.
Cuando se afirma que las distintas “religiones cristianas” comparten la misma fe, se introduce una ambigüedad peligrosa. Porque la fe no es un sentimiento genérico en Cristo. La fe es un contenido concreto: lo que la Iglesia cree, enseña y custodia. Si dos comunidades discrepan sobre los sacramentos, sobre la autoridad del Romano Pontífice, sobre la naturaleza de la Iglesia, sobre el sacrificio de la Misa o sobre el sacerdocio, no comparten “la misma fe” en sentido católico. Comparten, en el mejor de los casos, elementos parciales de ella.
Lo que la Iglesia siempre ha enseñado
El Catecismo Mayor de San Pío X es cristalino, sin adornos ni rodeos. La Iglesia está unida por:
- la misma fe,
- el mismo culto,
- la misma ley,
- y la participación de los mismos sacramentos,
- bajo la misma Cabeza visible, el Romano Pontífice.
No hay aquí espacio para una “unidad” puramente interior, invisible o sentimental. La unidad es visible porque la Iglesia es visible. Es concreta porque Cristo fundó una sociedad, no una nebulosa espiritual. Se basa en la voluntad fundativa de Cristo y en el respeto a la tradición apostólica. Punto. Lo demás son mandangas.
El Catecismo del Concilio de Trento, eco de la enseñanza unánime de los Padres, lo dice sin ambigüedad: la Cabeza visible es necesaria para establecer y preservar la unidad en la Iglesia. No como un accesorio administrativo, sino como un principio teológico querido por el mismo Cristo.
Y León XIII, en su encíclica Satis Cognitum, cerró la puerta a cualquier teoría de una Iglesia meramente espiritual o invisible. La unidad, enseñó, se fundamenta en tres pilares inseparables: fe, sacramentos y gobierno. Arranca uno de esos pilares y el edificio deja de ser la Iglesia que Cristo fundó.
Iglesias separadas no son una sola Iglesia
Llamar “una” a realidades que, en los hechos, no reconocen la misma autoridad, no celebran los mismos sacramentos en plena comunión y no profesan íntegramente la misma doctrina, no es un gesto de caridad. Es una confusión.
Las Iglesias cismáticas que rechazan la autoridad del Sucesor de Pedro, y las comunidades heréticas que han alterado verdades de fe y estructura sacramental, no pueden ser presentadas como si ya estuvieran en plena unidad con la Iglesia Católica. Declarar la unidad donde no existe es sustituir la verdad por una narrativa.
La caridad sin verdad se convierte en sentimentalismo. Y el sentimentalismo, en teología, suele ser el preludio de la apostasía práctica.
El espejismo del camino “sinodal” ecuménico
Se ha repetido que el camino “sinodal” de la Iglesia debe ser, por su propia naturaleza, ecuménico. Pero aquí conviene hacer una distinción que hoy se quiere borrar.
La Iglesia puede dialogar. La Iglesia puede escuchar. La Iglesia puede invitar. Pero la Iglesia no puede negociar el depósito de la fe. No puede convertir la verdad revelada en un punto de partida para una mesa de consenso. Cristo no dijo a los Apóstoles: “Id y dialogad hasta que encontréis una fórmula común”. Dijo: “Id y enseñad todo lo que os he mandado”. Y esto es lo que ha finiquitado la falsa iglesia de bergoglio y Prevost. Toda la verdad revelada por Cristo Nuestro Señor.
El ecumenismo auténtico no consiste en rebajar la doctrina para que quepan todos. Consiste en presentar la plenitud de la verdad católica con claridad, con caridad y con firmeza, y llamar a todos a esa plenitud.
Unidad: meta, no ficción
La unidad cristiana no es una fotografía del presente, es una meta del futuro. Una meta que pasa, necesariamente, por el retorno a la misma fe, al mismo culto, a los mismos sacramentos y a la misma autoridad visible.
Decir “ya somos uno” puede sonar a victoria. Pero, teológicamente, suena a renuncia. Renuncia a la pretensión —escandalosa para el mundo, pero sagrada para la Iglesia— de ser la única Iglesia fundada por Cristo, fuera de la cual no hay plenitud de los medios de salvación.
No necesitamos una Iglesia que se disuelva en el aplauso del mundo. Necesitamos una Iglesia que permanezca de pie cuando el mundo se tambalea. Firme, clara, visible. Una, sí. Pero una en la verdad, no una en la confusión. Obviamente, esa Iglesia ya no existe desde 2013 en el Vaticano. Existe afuera, en la batalla del mundo; donde el Pequeño Resto Fiel resiste, este sí; en torno a la auténtica cabeza visible.
Epílogo
La oración por la unidad debe seguir subiendo al Cielo. Pero la doctrina no puede bajar al suelo. Porque cuando la Iglesia deja de enseñar con precisión, deja de ser faro y se convierte en reflejo. Y el mundo no necesita reflejos. Necesita luz.
La unidad verdadera no se declara. Se construye sobre la roca. Y esa roca no es un consenso. Es la fe íntegra, custodiada, transmitida y gobernada bajo la misma Cabeza visible, como ha sido, como es y como será, hasta el fin de los tiempos. En todo caso; para consolarnos, al menos, tengamos claro que, puesto que igual de Falsa, o más, es la Iglesia de Prevost, que el resto de confesiones heréticas, lo que aquí se dilucida es una unión entre todos los falsos. Una unión que al Pequeño Resto ni nos vincula, ni nos atañe.
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